EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 69
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Capítulo 69: Capitulo Nro. 50 : A = ¡Walter y su Mimosa! ( Parte: 01 )
En la cascada La Mula , en el Distrito 01, se escuchan azotes. Sin embargo, una simple vista solo se puede ver la gran laguna, una cocha inmensa donde las aguas turquesas se almacenan y se emposan.
Los azotes siguen sin pausa, sin contemplaciones; la piel sigue gritando. Solo la oscuridad de la noche, el valle y la luna acompañan los gemidos sollozos de una mujer joven. El sonido se filtra a través de la cortina de agua espumosa. A lo lejos, se ve como una estrella la luz de una vela. Al adentrarnos en esa muralla de agua que se precipita y cae, vemos una cueva oculta que inspira, a través de la visión, una gran profundidad.
En uno de los compartimentos existe una caverna en forma circular. En una de las esquinas está el cuerpo desnudo de una mujer de estatura baja (1,65 m), delgada y de cadera estrecha: una Pixidoll . Su ropa está tirada a un costado. Está presa, engrilletada con rejillas de acero atornilladas a la pared de la caverna. El artefacto metálico está a 1,68 m del piso, por lo que esta mujer se esfuerza por mantenerse en la punta de sus pies.
Walter, con su correa, la azota mientras grita:
— ¿Ya entendiste que eres una mula? —dice Walter.
— ¡No soy una mula! ¡Auch, me duelo! ¡Auch, auch… me duele mucho, por favor distensión!.
— Con este serían 121 azotes. ¿Quieres más? —dice Walter—. ¿O prefieres algo más invasivo y menos doloroso?.
— ¿Me vas a tomar, cierto?.
— Sí… gozaré contigo un rato —dice Walter Serafín .
— ¿Qué gano yo?.
—Nada. Solo la certeza de ser mula —dice Walter.
— Márcame y toma mi carne, bebe de mi sangre.
— Si te marco, serás parte de mí. Por momentos te sentirás un guiñapo casi sin voluntad firme.
— No importa, si compartes tu rango y cuidas de lo que queda de mi cuerpo. Solo deja que visite a mis padres una vez cada 21 días, por favor.
— Está bien, si es eso lo que deseas, lo haré. Pero me sorprende la decisión que tomas; no suelo marcar casi a nadie porque es doloroso, ¿sabes? —dice Walter Serafín.
— ¿Qué tan doloroso es?
— Pues cuando te muerda, sentirás que un fluido caliente invade tu cuerpo y te dolerán mucho las articulaciones. Tu corazón latirá tres veces por segundo… vas a gritar mucho, te lo juro, y sentirás que mueres. Luego entrarás en un período de sueño para que, después de tener una pesadilla horripilante, saltes de golpe convertida en una extensión de mi ser… eso es lo que sucederá. ¿Estás lista? —dice Walter Serafín.
– ¡No!
Walter se desabrocha el cinturón y se baja el pantalón. La luz de la luna alumbra, a través del agua, su Falcus . Sin previo aviso roza su Triangus , ingresando. Empuja con vigorosa fuerza; ella no puede aguantar y darme de incomodidad al sentirse vacía.
— Oh, sí, me excitas mucho… mmm, sí… no imaginaba que fueras tan, pero tan sabrosa… creo que es el momento… ¿estás lista? —dice Walter Serafín.
Él solo puede ver su espalda, su cuello desnudo y la carnosidad que une el cuello con el hombro. Así que, sin pensarlo mucho, abre su boca… sus dientes parecen mucho más grandes de lo que normalmente son, como si fueran retráctiles. La muerte, hunde sus molares en su carne; brotan hilos de sangre, pero no desgarra la piel; al contrario, suelta su presa. Ella pensó que chuparía su sangre, pero era algo doloroso, sí, pero rápido. Walter siguió embistándola con más fuerza hasta que, después de que ella se quedó sin voz de tanto gemir, él emitió un grito gutural terminando en ella.
— Te soltaré, porque ahora comenzará tu verdadera diversión, mi preciosa mula —dice Walter Serafín.
Se estiró alargando su brazo, metiendo la llave en cada cerradura y abriendo las rejillas de acero. Ella, cansada, sudando y mojada, cae al suelo al no tener apoyo. Pero cuando intenta levantarse para escapar y alejarse de su captor, siente un dolor intenso, una sensación de que la parte en dos porque su sistema nervioso está siendo sobreestimulado por la mordida. En la herida se ve que adquiere una coloración morada y rojiza que supura espuma amarilla.
—¡Ahhh! ¿Qué me estás haciendo?… ¡Por Yendey, duele mucho, mucho! No lo… no lo soporto, haz que se detenga, ¡ahhh!
— No te estoy haciendo nada malo; son las consecuencias de la mordida. Te dije que no sería fácil la marcación; Ahora no se puede detener. Afróntala con valentía o morirás —dice Walter Serafín.
Ella, la presa, la mujer que está tirada en el suelo, que siente frío y está mojada de sudor y secreciones propias de la maldición de ser carne humana en esta tierra, observa que su visión se vuelve borrosa. Las imágenes de la cueva están dando vueltas en su cabeza: el agua cayendo, las velas, el hombre que es alto e imponente y que está presenciando su sufrimiento con seriedad, estando ligero de ropas. Grita, se retuerce, levanta su cabeza y la deja caer al suelo; Ella no puede detenerse, solo puede sentir, quejarse y suplicar porque termina mientras escapa gran cantidad de saliva.
«Detente, vamos, controla tu cuerpo».
«Soy una mujer, sí, eso soy, una mujer».
«Soy una mula, soy un animal, soy un maldito objeto».
«¿Él quién es? ¿Qué hago acá? ¡Acaso es mi padre! ¡Es mi dueño, maldita sea!».
«Solo puedo verlo, mirarlo, recordarlo… sentir que siempre estuve a su lado, que siempre debo estar a su lado. Maldita sea, él es mi carne, yo soy su carne y su sangre».
— Soy tuya, solo tuya, que termine esto, vamos… termina esto… oh, no, Dios, no puedo más… te pertenezco, pero haz que termine esta locura, ¡ahhh!
El cuerpo de la mujer, que posee una contextura delgada, enjuta, de caderas estrechas y cuello delgado —una Pixidoll— aumenta bruscamente de temperatura. Su cuerpo suelta un humo blanco denso porque ya no puede contener la fiebre que la está llevando muy cerca del abismo de la oscura muerte. Pero, cuando su organismo atraviesa su momento más álgido, pierde la conciencia, dejando a la cueva en perfecto silencio.
Un sonido proveniente de su celular interrumpe la paz que siente Walter al presenciar lo que acaba de ocurrir con su presa. Saca el teléfono de tu pantalón, que está en el suelo; es un número desconocido: +88 923 745 816 . No quiere contestar, pero como siempre recibe ofertas para iniciar nuevos modelos de negocio, la curiosidad le gana. Escucha la voz de un hombre joven.
—Buenas noches, ¿con Walter Serafín Polmod?
— Sí… con él habla. ¿Qué deseas? —dice Walter Serafín.
CONTINUARÁ…================}}} A LA VUELTA DE LA ESQUINA EN…….
LA MIMOSA DE WALTER Y EL TRATO POR UN AMOR PATERNAL…….
— Señor, me apena decirle que su hijo resultó herido de una puñalada. Desconozco los detalles. Soy el S3: Rodolfo Cándidas . Intervine a su señora, la señora Sofía García López , y al enterarme de que su hijo, Thiago Serafín Saavedra, estaba herido, lo llevó al hospital Esperanza Baja . Cabe señalar que las formas en que fue apuñalado son extrañas… En el hospital hay un efectivo de la Policía que hará preguntas e indagará sobre lo sucedido. Él averiguado en recepción que llegó un hombre antes que su hijo, llamado Gualberto Barrientos ; el Tungsteno lo conoce como el “Flaco Barrientos” . Lo encontraron sobre un charco de sangre… no se sabe quién o cómo se le hicieron esas lesiones; Hasta el momento no despierta. Ojalá no sea cierto, pero si su hijo está implicado, podría ser excluido, vigilado e iniciará un proceso judicial —responde el S3: Rodolfo Cándidas.
— Sabe, no es un buen momento… estoy en medio de algo importante. Además, ¿cómo sé que es real? Puede ser que me esté mintiendo; después de todo, el Tungsteno es muy chismoso y aquí todos se entran de la vida del otro como si fuera un periódico —responde Walter Serafín con frialdad.
El policía no tiene más opción que despegar el celular de su oído para entregárselo a otra persona que está cerca de él.
— Aló… Walter, soy Sofía… No sé cómo decirte esto, amor, pero… perdóname, pero pasó algo. Tu hijo, es decir, Thiago, resultó herido —confiesa Sofía García.
— ¡Qué carajos, Sofía! ¿Qué has hecho o qué hizo ese chico? Caramba, no puedo dejarte un segundo a cargo sin que intente matar a mi propia sangre. ¿Qué pasó? —grita Walter Serafín.
— Pues… fuimos a una discoteca. Thiago ha estado bailando con mis hijas, en especial con Daniela y luego con Valeria, pero… bueno, llegó un punto en que el ambiente se hizo algo asfixiante y salió afuera. Yo lo seguí porque, como habíamos tomado algo de cerveza, quería ver que estuviera bien. Al buscarlo, vi que cerca de tu camioneta Chevrolet C10 él estaba peleando con un hombre mayor que él… creo, no estoy segura, que le dicen el “Flaco Barrientos”. Thiago ganó la pelea, pero después de un rato, mientras caminábamos y estando algo alejados del lugar de la riña, nos dimos cuenta de que había sido apuñalado. Intenté traerlo al hospital, pero no conozco bien el Tungsteno, así que me demoré hasta que me encontré con el S3: Cándidas. Él me trajo en el menor tiempo posible, salvando a tu hijo… No sé qué hacer, todo esto es muy duro para mí —dice Sofía García.
El S3 de la Policía apartó el teléfono del oído de Sofía para volver a hablar con Walter.
— ¿Entonces desea que ayude a su hijo, señor, o dejo que todo caiga por su propio peso? —pregunta Rodolfo Cándidas.
— Primero, gracias por ayudar a mi mujer. Sobre todo, muchas gracias por salvar la vida de mi hijo; Es muy importante para mí que él esté bien. Haz algo para ayudarte, no quisiera que el futuro de mi sangre quede manchado, ¿me comprendes? —responde Walter Serafín.
— No se preocupe, señor. Haré todo lo que esté en mis manos para ayudarle. La forma más salomónica es crear un acta de intervención policial dando a entender que Thiago fue víctima de un indigente, un loco de la calle… Así lo salvamos de cualquier futura sospecha —dice Rodolfo Cándidas.
— Está bien, ópera como mejor te parece siempre y cuando mi hijo sale ileso de todo este embrollo que aún no termina de entender. Rayos, cómo diablos mi hijo, que es tan tranquilo y justo, se metió en este lío. Intentaré ubicar a su madre porque esto no se queda así. Por cierto, no te preocupes por los gastos, te daré tu tajada; Avísame cuáles son los costos —responde Walter Serafín.
— No, señor, no hace falta. Más bien, si es necesario involucrar a otras personas, como el médico, le avisaré de inmediato. Pero eso sí: su señora me prometió una presa jugosa . La verdad, me gustaría una —dice el S3: Cándidas.
— No se preocupe, le conseguiré una. Es un hecho. Y de nuevo, muchas gracias —sentencia Walter Serafín.
De pronto, un gruñido ronco interrumpe el silencio: «¡Ahhh… grrr… grum, grum!» . Es una voz ronca, con las cuerdas vocales casi destruidas. El cuerpo inerte y caliente, que soltaba un vapor espeso, despertó de golpe, parándose de forma mecánica. Está empapada, pero con los ojos bien abiertos y desorbitados.
— Escucho que está algo ocupado con alguna “carne”, ¿cierto? No tiene que responderme. Gracias por su tiempo, señor; termine primero, lo esperamos en el hospital —dice Cándidas, colgando de forma brusca.
— Por fin te levantaste, pequeña nulidad —dice Walter Serafín—. Es la primera vez que marco a una. Siempre decía “mula” porque las usaba, pero jamás me había atreví a marcar a una de verdad. Es un proceso que agota; le cedo privilegios y, hasta que me reponga, pasarán 24 horas. En fin.
— ¿Qué… yo… quién soy?
— Eres y siempre serás Matilde “La Mimosa” —responde Walter Serafín.
— Oh, sí… lo recuerdo. Sí, así es. Soy La Mimosa … Matilde. ¿Mimosa, cierto?
— Así es, siempre Mimosa. Está bien, Matilde, ¿lo has entendido? —pregunta Walter.
— Oh, sí, vaya que lo entendió. ¿Señor? Así… ¿te puedo decir “señor”?
— Sí, señor o amo, porque eso soy para ti. A propósito, tengo un regalo para ti; Tienes que ponértelo y usarlo como si fuera tu propia piel, ¿está bien? —dice Walter Serafín.
Se aleja al interior de la cueva y de un cofre saca un pedazo de lona porosa de color beige, como los costales de antaño. Vuelve con Matilde, su “Mimosa”. Le entrega el pedazo de tela que tiene un agujero para el ojo izquierdo; el orificio del derecho está tapado con un botón gigante de color negro. Donde debe ir su boca hay un cierre dorado, seguro para cuando desee hablar o comer. Para que esa tela funcione como una segunda piel, está implementada con una driza delgada, diseñada para pegar esa cosa extraña y horrible al rostro y sujetar el cuello, tapando su clavícula y la marca que recién empieza a sanar.
— Póntela encima de tu cabeza, pero no tapes tu cabello. Que tu hermoso cabello anaranjado cobrizo caiga largo por debajo de la máscara. Y vístete; por el momento, terminó con tu cuerpo —ordena Walter Serafín.
— Sí… amo, así será —responde Matilde “La Mimosa” .
CONTINUARÁ…================}}} A LA VUELTA DE LA ESQUINA EN…….
“Gracias por habitar mi mundo y permitir que mis palabras encuentren refugio en tu mente. Con amor, Eva María Sagasti Mercier.”
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