EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 CAPITULO N° 05 LA MUJER SIN FILTRO
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7: CAPITULO N° 05 : LA MUJER SIN FILTRO 7: CAPITULO N° 05 : LA MUJER SIN FILTRO Sus veredas son angostas; están rajadas con canaletas grandes para evitar inundaciones provocadas por los caudales de las constantes lluvias.
Dentro de la ciudad no hay muchos vehículos automotores, porque Tungsteno fue construida alrededor de una gran autopista: El Redentor.
Este camino encauza todo el comercio, las líneas de abastecimiento de combustible, víveres y animales vacunos; también los viajes al interior del país Tawantinmarka.
Por eso, el ochenta por ciento de las máquinas de transporte no tienen motivos para ingresar a los distritos donde viven sus habitantes más fieles, más devotos: descendientes de los fundadores de este pequeño rincón del mundo frío.
Un mundo contaminado no solo por la minería…
sino por el corazón.
Por desgracia, hay tungsteno en la respiración, quieras admitirlo o no.
Marina camina al costado derecho de Luciana.
Sus manos están heladas; no sabe cómo iniciar la conversación.
—¿Te parece si tomamos café?
—pregunta Luciana Vargas.
—Claro que sí…
sería buena idea.
Me duele la cabeza —responde Marina Saavedra.
Luciana la conduce hasta un restaurante vacío a esas horas.
Treinta y siete mesas de madera, un solo comensal: un hombre de tez cobriza, viejo, tal vez setenta años.
Bebe un vaso de ron con la calma de quien ya no espera nada.
Marina se sienta.
Luciana se acomoda frente a ella, sonriente.
Luciana nunca oculta lo que piensa; muchos hombres dirían que es una descarada, muchas mujeres, que es una zorra.
Pero la verdad es más simple: es una mujer sin filtro.
Su única religión es el placer —y no solo el sexual.
Para ella, el placer es un ramo de delitos bellos: carnales, culinarios, emocionales, viajes, regalos.
Cada uno con su promesa.
—¿Quién fue el hombre que te folló?
—pregunta Luciana Vargas.
Sin parpadear.
—¿Podrías hablar con propiedad?
—se defiende Marina Saavedra.
—Solo digo la verdad.
Te hizo el amor…
aunque me imagino que no fue amable —responde Luciana Vargas.
Encendiendo un cigarrillo invisible, con sus dedos en un gesto obsceno.
—Al principio estuvo bien —admite Marina Saavedra—pero después se volvió más intenso.
Quise parar y no me dejó.
Me sometió hasta que terminó.
—Y tú, querida…
¿también terminaste encima de él, verdad?
—la interroga Luciana Vargas.
Con media sonrisa.
—Eso es privado…
pero la verdad no pude concentrarme.
Era la primera vez en mucho tiempo que tenía intimidad, y no tuve un orgasmo pleno.
—Marina Saavedra.
Baja la mirada.
—Qué desperdicio —responde Luciana Vargas—.
Si no vas a disfrutarlo en todo su esplendor, ¿para qué tener sexo?
—Porque estaba sola.
Porque solo deseaba sentir algo.
Pensé que se sentiría verdadero…
pero en pleno acto, con él encima, me sentí culpable.
Me sentí sucia.
—responde Marina Saavedra.
Luciana se inclina hacia ella.
Sus ojos, de un brillo color ambar, reflejan algo entre compasión y cinismo.
—Entonces no fue él quien te ensució, Marina.
Fuiste tú quien se olvidó de amarse.
—respondió Luciana Vargas.
El silencio cayó sobre las treinta y siete mesas.
Solo el anciano al fondo siguió bebiendo, inmóvil, como si ya conociera el final de esa conversación.
—Pero amarse mucho no significa dejar que te penetren sin tapujos —interpela Marina Saavedra.
—Qué aburrida eres, amiga mía —responde Luciana Vargas.
Con una media sonrisa que podría ser compasión o burla.
—Si un hombre te penetra y no se detiene hasta eyacular, sin importarle cómo te sientas…
para mí eso es usarme.
Nada más.
Como si fuera una muñeca sexual —dice Marina Saavedra.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES EvaMaria_Sa_Me Marina Saavedra Llosa.
—– Luciana Vargas no pide permiso para existir.
Camina como si el mundo fuera una extensión de su cuerpo y el deseo, una lengua que domina sin esfuerzo.
Es una mujer sin filtro porque nunca aprendió a ponerse uno; nadie se lo exigió y, si lo hicieron, decidió ignorarlos.
Donde yo veo culpa, ella ve experiencia.
Donde yo me detengo a pensar, ella ya avanzó dos pasos más.
Luciana cree que el placer es un derecho y una responsabilidad: si no lo tomas entero, lo desperdicias.
No se disculpa por querer, no se avergüenza de gozar, no se castiga por elegir.
A veces la admiro; otras, me duele mirarla.
Porque su libertad me recuerda todo lo que yo aprendí a callar.
Y aun así, cuando el mundo me pesa, es a ella a quien llamo.
Tal vez porque su descaro no me juzga.
Tal vez porque su cinismo me presta una valentía que todavía no sé habitar.
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