EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 73
- Inicio
- Todas las novelas
- EL ALTO TUNGSTENO
- Capítulo 73 - Capítulo 73: Capitulo Nro. 52 : A. = ¡Walter y su Mimosa! ( Parte: 03 )
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 73: Capitulo Nro. 52 : A. = ¡Walter y su Mimosa! ( Parte: 03 )
Al ingresar, la vio sentada en una silla de metal. Aunque ella lo conoce de hace diez años, muestra una expresión lóbrega: ojos muy abiertos, una boca abierta… tal vez porque no esperaba verlo, al menos en una situación así. Walter avanzó con agilidad. En vez de plantarle un beso como lo haría un hombre común, toma su mentón en su mano y cierra su boca de forma delicada.
—En boca cerrada no entran moscas querida—dice Walter.
—Este… no te esperaba acá tan pronto —dice Sofía.
—¿Disculpa? Tú me llamaste, me contaste lo que pasó. —dice Walter.
—Cándidas dijo que era necesario avisarte por respeto —dice Sofía.
—Cuánta razón tiene ese hombre; es un iluminado —dice Walter.
—Tal vez lo sea, pero también es un mañoso… Sabes que él también es un domador recién iniciado —dice Sofía.
—¿Cómo sabes que es mañoso? —dice Walter.
—Porque se me insinuó; obvio que lo puse en su lugar —dice Sofía, parándose de su asiento y yendo hacia la ventana.
—No lo culpo. Eres una Elysia; sabes que tu belleza es como una fuerza de gravedad que atrae con brutalidad los comportamientos más misóginos, hasta al hombre más ético —dice Walter.
—Yo jamás te pedí nacer así, y lo sabes. Jamás debería hacerte caso de dejar en casa nuestro maquillaje, nuestras máscaras de colores vibrantes. Nadie debe averiguar, presumir o sospechar que somos Elysias; Deben creer lo que fingimos ser: arlequinas tristes, felices y serias… locas de la calle.
—¿Estás loca? ¡como Walter Serafín Polmod, el oligarca de las sombras, que va a pasear, conversar y hasta follar con una payasa, así sea de mentira! —dice Walter.
—Eso es lo único que te importa: mi belleza. Por eso mi hija está lastimada por gente como tú, viejo… Mi bebé… pobre mi bebé —dice Sofía.
—¡Valeria! ¿Qué le pasó a Valeria? De eso nada me dijo Cándidas… ¡maldito! —dice Walter.
—Pues verás, yo… este, mmm, yo… estaba… —intenta explicar Sofía cómo sucedieron los hechos.
—Tranquila, ya sé que te divertiste con Thiago —dice Walter.
—¿Cómo te atreves a pensar que me voy a acostar con tu hijo? ¿Estás loco o enfermo? Sabes que, por sobre todas las cosas, soy una mujer decente —dice Sofía.
—Yo jamás dije que te jodiste a Thiago… jajaja. Sabes, a veces pienso que eres más auténtica que la mayoría de mujeres porque, incluso cuando quieres ocultar algo, eres un libro abierto —dice Walter.
—Estás muy mal, en serio, viejo, muy mal. Ahora que tu hijo está grave en el quirófano de cirugía, porque le están cosiendo la herida producto de la puñalada que ese tal Flaco Barrientos le hizo, deberías dejar tus celos absurdos para empezar a ser más paternal y cuidarlo —dice Sofía.
—¿Paternal yo? Jajaja. ¿Cuándo me has visto así? —dice Walter.
—Con mis hijas lo fuiste desde hace años —dice Sofía.
—Sí, pero tus hijas son eso: hijas. Mmm, son mujeres, y a mí me encanta estar rodeado de mujeres. Tienen coño y eso se protege; en cambio, mi caballo chúcaro, mi Thiago, es macho, tiene verga. Él debe sobrevivir y aprender —dice Walter.
—¿Entonces quién lo cuidará? —dice Sofía.
—Su madre, cuando se entere, lo va a cuidar muy bien. Esa hembra no vive, no respira, si su hijo no está bien mimado, ¿sabías? —dice Walter.
—Ignoraba que tu exmujer fuera tan maternal —dice Sofía.
—Pues sí lo es —dice Walter—. Quiero verla… ¿dónde está su cuarto?
—¿Quién? ¿A quién quieres ver?. —Dice Sofía.
—A mi ahijada, pues. ¿A quién más, si no es mi Valeria, mi pelirroja? —dice Walter.
—No digas “mi”. No es tu hija, solo tu entenada, y tampoco es tu propiedad —dice Sofía.
—¿De qué estás hablando? Todas ustedes son de mi propiedad. Y si bien es cierto que no uso el órgano de tus hijas como un objeto —dice Walter entre risas—, igual siguen siendo mías, de mi propiedad, y ellas lo saben.
—Mmm, sí… pero no es normal, eso no debería ser así. ¿Y cómo sé que no les harás daño? —dice Sofía.
—Porque si quisiera usarlas, les haría esto. Mírala… para que entiendas mejor —dice Walter, extendiendo la mano a Matilde La Mimosa.
Sofía alza la mirada a la puerta que sigue abierta. Una figura delgada, a simple vista delicada, con una altura de 1.65 m. Usa un vestido azul de una sola pieza, adornado con flores de color rosado en su bordado. Con pantis de color piel y zapatos de taco bajo; encima de ellos, unos muslos carnosos. Unas manos pequeñas pero de dedos largos. Lleva una máscara de costal viejo en la cabeza con un botón gigante al lado derecho y un hueco al lado izquierdo donde se asoma, de forma visible, su enorme ojo de color verde jade. Tiene un cierre en forma de boca y un hermoso cabello rojo marrón cobre que se derrama por la espalda y sus hombros.
—¿Qué es esa cosa? —dice Sofía.
—Es Matilde… bueno, mi Matilde La Mimosa —dice Walter—. Tenía que hacer algo mientras tú gritabas con Thiago. ¿Qué crees, que me quedaré en silencio mientras tú montas sola hacia la luna?
—Matilde… puedes abrir tu boca y hablar —dice Walter.
La extraña mujer, que si no fuera por la máscara sería confundida con una mujer casi normal… porque nadie usa esos vestidos algo ligeros en una zona tan fría como Tungsteno.
Matilde levanta su mano izquierda, coge el cierre y lo abre, enseñando una boca de labios delgados de color rosado.
—La Mimosa se lo agradece, amo. Muy buenos días. Mi nombre es Matilde La Mimosa; aunque Matilde sea más sincera, prefiero ser La Mimosa que Matilde —dice Matilde La Mimosa—. La Mimosa quiere saber: ¿quién es esta mujer para mi amo?
—Yo… yo… soy la pareja de Walter Serafín —dice Sofía—. ¿Tú quién carajos eres, “cosa”?
Sofía no pudo evitar ponerse nerviosa; no podía disimular su malestar.
—Matilde no es una cosa… mmm… Matilde es La Mimosa.
—¿Qué has hecho, Walter, con esta pobre alma? —dice Sofía, indignada.
—No es alma… es mujer, y pienso usarla como un helado, ¿me entiendes? Cuando era joven comía mucho helado de dulce de leche… mmm… succionaba, chupaba. Usar ese dulce era delicioso hasta que solo quedaba el barquillo de miel, al cual con mi fuerza lo rompía hasta que solo quedaba eso: una cosa amorfa, desigual, algo que pocos reconocerían como Matilde. ¿Me entiendes, mujer? —dice Walter.
—Amo, mmm… ¿yo también podré beber y comer helado como usted lo hace? —dice Matilde La Mimosa.
—Sí, claro que sí. Pero todo a su debido momento. Recuerda que primero debes aprender a ser bien, pero bien Mimosa, ¿sí? —dice Walter.
—¡Si! Mi dulce amo. —dice Matilde La Mimosa.
—No digas esas cosas… ¿No te das cuenta de que te están usando? —dice Sofía.
—¿Qué es usar? Matilde no sabe a qué se refiere, señora —dice Matilde La Mimosa.
Sofía se quedó asustada mirando con cierto temor a Walter.
<< Si Walter tiene tanto poder, ¿por qué jamás me convirtió en este adefesio? >> —piensa Sofía García.
—No soy mamá de nadie… Me importa muy poco lo que pase con otras mujeres. Mmm… te mostraré el cuarto de mi hija, ven por acá —dice Sofía.
—Espera un minuto. Como te has portado mal esta noche… mmm, bueno, la noche que acaba de pasar, entonces te castigaré como siempre. Ya me conoces —dice Walter.
—Pero… Pero no, no me porté mal. Incluso salvé a tu hijo. ¿Por qué me vas a castigar, viejo? —dice Sofía.
—Porque puedo hacerlo sin consecuencias, jajaja. Porque en el fondo sabes que sí te portaste mal. Sabes que ese órgano tuyo… sí, ese que está en tu entrepierna, me pertenece… Así que, si lo has usado, debo castigarte. Solo tres azotes —dice Walter.
—Pero… Pero viejo, no, por favor —dice Sofía.
—Date la vuelta, bájate el pantalón. Tu bombacha también. Quiero ver ese culo que tienes y prepárate para la caricia de mi cinturón de cuero —dice Walter.
—No quiero, por favor… ha sido una noche muy difícil —responde Sofía.
—He dicho que me muestres la espalda, que bajes ese pantalón y tu bombacha la bajes también —repite Walter.
—Está bien, ya está bien, vaya —suspira Sofía.
Sofía camina hacia los pies de la cama, se desajusta el cinturón y se baja el pantalón, mostrando sus caderas; su culo desnudo se expone ante los ojos de Walter.
—¿Dónde está tu ropa interior? —dice Walter.
—Tenía calor, jajaja —la risa de Sofía se escuchó; sabía que, hiciera lo que hiciera, Walter abriría su piel con un pedazo de cuero.
—Lo sabía, te portaste mal. Mmm… ¿pero qué puedo esperar de una hembra como tú? —dice Walter, levantando su cinturón de cuero sobre su cabeza para proceder.
—Me dejaste sola, Walter. No me cuidaste… pero no te traicioné —dice Sofía—. Si me vas a azotar, que sean 9 golpes.
—Solo son 3. ¿Por qué quieres 6 más? —dice Walter.
—Porque quiero estar al lado de tu hijo y acompañarlo y, si es posible, mimarlo.
No sé por qué, eso es lo que la carne de mujer me dicta. Así que azótame, castiga mi cuerpo, pero deja que yo sea para él compañía, consejo y cariño —dice Sofía, gritando por el miedo a la caricia de su hombre.
Walter acarició sus glúteos con un hambre que él mismo estaba conteniendo. Deseaba hacerlo; quería morder, rasgar la piel a golpes. Quería tocar su puerta varias veces hasta que ella, su Sofía, gritara de tanto dolor; hasta que esa bendita puerta se rompiera y él pudiera entrar en sus recovecos más oscuros y escondidos, pintando sus paredes de rojo santo.
Sí, ese guinda, rojo muerto, rojo sangre. La sustancia que brota en medio de la tortura de lo único sabroso en esta maldita vida… jajaja.
Pero sabe muy bien que no puede tener sexo, no ahora. Coge su falcus y lo aprieta fuerte para que de una vez se quede tranquilo, pequeño en su sitio.
Baja el cinturón con toda su fuerza, dibujando una V en el aire. Se escuchó un silbido; la piel solo pudo gritar mientras adquiría un color rosado.
—Esto… esto es maravilloso, lo juro —dice Walter mientras sigue lanzando latigazos.
Sofía se muerde los labios. El dolor es fuerte, profundo y, sobre todo, muy humillante.
—¡Oh, Yendey! No creo que aguante más… Dios… No sigas más, me duele mucho, amor… Por favor, detente —llora Sofía.
A Walter no le interesaba detenerse; le excita sobremanera golpear la carne femenina. Ver el cuerpo de una mujer sufriendo es como un bautizo para él; a veces, incluso mejor que el sexo.
—Mmm… sh, sh… ¡oh, sí, nena, sí! Aguántame más… más. Déjame verte sangrar un poco más, jajaja, ¡jajaja! —grita Walter.
—¡Oh, por Yendey, amor! Me… me estás destrozando. ¡Auch, auch, auch! Prométeme… hazlo… prométeme por tu madre que me dejarás ser consentida con tu hijo —sigue insistiendo Sofía.
—¿Qué tan importante es él para ti? —pregunta Walter.
—Sí… sí, es mucho, muy importante. ¡Es que mi instinto de Elysia me grita que esté a su lado, y más aún cuando está desprotegido! ¡Entiéndelo! Si me amas, entiéndelo, ¡maldita sea! —dice Sofía con desesperación, en medio de un llanto profundo.
—Está bien… bien. Caray, ya terminé. Puedes ponerte tu ropa —dice Walter.
Varias gotas de sangre gotean al piso. Su hombre había sido muy violento esta vez; desgarró su piel hasta que los vasos sanguíneos explotaron formando varios arañazos profundos. De su piel brotaba sangre, pero no en abundancia, solo manchó un poco el piso.
El dolor es el verdadero problema. Le costó mucho enderezar su postura, subirse el pantalón y acomodarse la ropa para seguir con sus deberes; en este caso, esperar a Thiago y cuidarlo como solo lo haría una madre o, en su defecto, una mujer terriblemente obsesionada con su macho, su hombre.
Un pedazo de Falcus con piernas.
Sofía pone sus manos en la parte de atrás de su espalda, intentando acostumbrarse al intenso grito de su piel que experimenta producto de los azotes.
Sopla y respira cerrando los ojos esporádicamente. Walter recién se toma el tiempo de verla; nota que su pantalón, en la parte de atrás donde se encuentra cubierto su culo, está manchado.
Así como también parte de los muslos y la entrepierna. El olor que despide es de un metal oxidado, porque la sangre, al degradarse, bota un aroma repulsivo y fuerte que nadie puede ignorar.
Su blusa, la cual es de color negra, está oscura porque está mojada con la sangre a la altura de su vientre.
—¿Por qué estás tan manchada? —dice Walter.
—Porque a tu hijo lo apuñalaron y tuve que dar mi hombro como punto de apoyo… para ayudarlo a caminar, llevarlo a la camioneta, la cual ya estaba manchada de sangre en el asiento del piloto. Dónde me senté. —dice Sofía.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué molestarte en salvar a un hijo que no es tuyo? —dice Walter.
—Será porque te quiero… Al verlo, veo algo de tu pequeño e insignificante rostro. Sabes, eso me conmueve; por momentos me excito —dice Sofía—. ¿Dije que eso me excita? Creo que sí… ¿De repente no lo sabes? Pero prefiero el cariño antes que el abuso, aunque haya comido toda mi vida el abuso y prefiera que me domen como yegua; a veces es lindo que te den cariño del bueno, sin sadismo.
—Sí… sí, sí, como digas —dice Walter Serafín, porque ya no quiere escuchar más.
—Por eso, cuando Thiago se quedó en silencio sin exigir nada… mmm, eso me gustó. Cuando bailamos en el restaurante sin buscar sobarse con mi cuerpo, eso me gustó… Incluso cuando me buscó y me defendió equivocadamente de… ese tal… —dice Sofía García.
—No es necesario que me lo cuentes todo. Si pudieras guardarte tus comentarios… sería genial. En fin. Mejor quédate acá un rato; intentaré conseguirte algo de ropa —dice Walter.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com