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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 77

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Capítulo 77: Capitulo Nro. 53 = ¡El Amo y la Señora Otti!

Los dedos de sus manos se torcían en espasmos de ansiedad. Su boca emitía saliva de forma profusa y su respiración se agitó hasta volverse errática; el corazón le latía con la fuerza de un tambor. Ottilia sentía que, con cada segundo que pasaba, era “menos ella”, llegando a la fatídica conclusión de que su carne, sus huesos, su nombre e incluso su sexo no eran más que una minúscula parte de la voluntad de Walter.

—Estoy fabricando una mula nueva —añadió Walter, observando a su interlocutora con una mezcla de fascinación y desprecio.

—¿Matilde quiere saber si tendrá una hermana? —preguntó Matilde “la Mimosa”, con esa voz infantilizada que Walter tanto disfrutaba.

—No exactamente, bebé. Esto es solo el inicio. Digamos que este proceso es más lento, pero por lo mismo, mucho más delicioso —respondió Walter, saboreando cada palabra.

Matilde lo miró fijamente, con una curiosidad inquietante.

—Matilde pregunta: ¿usted disfruta con el sufrimiento ajeno? —dijo la Mimosa.

—La violencia sin sentido es aburrida —contestó Walter sin inmutarse—. Me gusta mucho reducir a la mujer a una versión infantilizada, disminuida y rota.

—¿Matilde está rota, amo? —inquirió ella, buscando una validación que solo él podía otorgar.

—Para mí eres perfecta. Solo cuando un ser humano se rompe en muchas partes se puede ver su verdadera belleza —afirmó Walter.

Matilde se sintió extrañamente feliz por aquellas palabras, aceptando su destino de ser “perfecta” en su fractura.

Walter se volvió entonces hacia la otra mujer presente.

—Amo… Matilde pregunta ¿si es perfecta? —repitió Matilde la Mimosa, como un eco.

—Eres muy mimosa, eres más que perfecta, eres sin igual porque no creo que exista mujer como tú, tan, pero tan mimosa… y es que para mí siempre serás toda perfección, bebé —sentencia Walter Serafín.

—Muy bien, señora Otti. ¿Quién es su amo? —preguntó Walter, fijando su vista en ella.

—Mi…mmm… mi amo… eres tú, señor ¡amo! —balbuceó la señora Otti, entregando su voluntad en un susurro.

Walter nota con fascinación que ella, la Señora Otti, se resiste con demencia férrea al control. Los efectos de la palabra prohibida.

—Perfecto… Lo repetiré por segunda y última vez, debes deshacerte de esa ropa que te asfixia, que te quema. ¿No lo sientes? —ordenó Walter. —date tu tiempo para sentirlo para dejar que esas brazas que están en ti te quemen hasta el hueso.

La señora Otti sudaba; sentía un calor abrasador recorriendo su cuerpo mientras se sonrojaba y tartamudeaba.

—Por… por… ¿por qué me haces esto? —logró decir, aunque su resistencia iba menguando.

—Porque me perteneces, entiéndelo. Mi prospecto de mula —sentenció Walter con autoridad.

La señora Otti, con los dedos inquietos y temblorosos, comenzó a desabrochar su suéter. La prenda se abrió finalmente, dejando una vista clara y completa de su vestimenta central: un vestido largo de color blanco con adornos celestes.

El pronunciado escote se revelaba conforme la lana blanca, que la protegía del frío, se despejaba con cierta violencia.

Al deshacerse de la lana blanca, que conformaba su suerte. La cuál le protegía del frío de Tungsteno.

Arruga su rostro, forma una horrorosa trompa, que me recuerda a cuando tragas algo fétido, rancio, que deseas vomitar sin tener éxito en ese menester.

Mete su mano dentro de su escote, buscando de forma insistente el tejido blando de su pecho derecho, el cual es suave y grande. Así que, al palparlo, lo saca fuera del vestido que lo contiene. El pecho se deja caer con un pequeño rebote, se deja ver con su forma redonda y el pezón prominente, pero erizado.

—Sin lugar a dudas, tu cuerpo es enigmático —comentó Walter mientras la examinaba con ojo clínico—. No puedo decir que sea sofisticado, sino verdadero.

Observó sus pechos voluminosos y su estómago incipiente, marcado por estrías posiblemente causadas por subir y bajar de peso en varias ocasiones; marcas que Walter comparó con quien deja grumos en la mezcla para hacer el pan. Sus caderas eran anchas, en realidad más anchas que las de su mujer, Sofía.

Sus piernas son chuecas, pero atractivas. Sus pies son pequeños, diría que el dedo pulgar es muy grueso para mi gusto. El meñique está deformado, siendo más evidente el izquierdo. Mmm…

—Estoy divagando mucho, debo terminar antes que se desvanezca el efecto de la palabra prohibida —termina diciendo Walter Serafín.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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