EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 80
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Capítulo 80: Capitulo Nro. 55 : A = ¡Dos opciones Una Nulidad!
A Sofía le duele la garganta porque le cuesta pasar saliva; esas opciones son repugnantes.
El dolor se hace presente en la entrepierna… No es una hora, tampoco cinco míseros minutos, son ocho horas si es que Walter está benevolente.
Pero ella sabe muy bien que ese hombre, al cual le dio siempre su devoción, no solo quiere descargar… sino someter, sino castigar, sino provocar que una hembra sude, llore y se arrepienta de ser mujer. Porque solo siendo mujer es que eres presa de su hambre… esa adicción que para las mujeres es abuso de principios y derechos, pero para él es una adicción sádica y hermosa.
—No, no me hagas esto, solo déjame ir… mmm, puedo complacerte como siempre, pero… pero no, yo… Pero no me lleves lejos, no soportaría que me pongas esa asquerosidad en la cabeza, amor, cariño, por favor —ruega Sofía García; se pone de rodillas y se acerca de forma lenta a Walter.
—Oye, mujer fea, Matilde quiere decirte que esta hermosa cosa que está acá arriba, en mi cabeza, es mi cara… No puedes ver, apreciar o sentir su belleza, es obvio. ¿Verdad, amo? —dice Matilde, la Mimosa.
—No le hagas caso, mi pequeña bebé, recuerda que Sofía solo quiere ganar tiempo; es una zorra con pésimas costumbres —dice Walter Serafín.
—No necesito esa cara sobre mi rostro, no necesito otra piel para complacerte —dice Sofía García; se pega a las piernas de Walter y lo abraza de la cintura.
Le baja el cierre del pantalón, mete su mano buscando ese pedazo de carne suave, depilado y frío que tiene adentro de ese pantalón abultado. Lo coge con la mano: es grueso, largo, le recuerda mucho a una baguette. Lo saca, acerca sus labios a él y comienza a trabajar con su saliva, con sus labios, con esa lengua que muchas veces acarició el paladar de su marido, Walter, cada vez que él la besaba en esas noches de pasión, de luna llena, de esa luna roja.
—Ah… que… mmm… shhh… no hagas eso, detente —dice Walter, pero no aparta su cabeza de su entrepierna.
—Matilde, la Mimosa, quiere saber: ¿qué hace la señora con el pipí de mi amo?
—Solo le está dando mimos, muchos mimos, y eso sería bueno en otras circunstancias, querida —dice Walter Serafín—. Será mejor que pares, porque aunque me corra, mmm… igual te voy a morder si no me das tu elección de una buena vez. Tu única esperanza es que elijas, ¿me entiendes?
Sofía se desprende del falo botando mucha saliva al piso.
—¿Pero por qué tu finalidad no es el sexo? ¿Qué tiene que haga que te descargues ahora en mí y se acabó? —dice Sofía García.
—Jajaja, ¿crees que solo quiero sexo y ya? Eso solo es el vehículo, el móvil, pero la verdad es que lo que deseo es el sometimiento crudo y puro de un alma rota; una conciencia que se degrada al darse cuenta de que no es mujer ni hombre, solo un pedazo de carne, una nulidad. Por eso existe mi Mimosa; ya la usé muchas veces, incluso ella vomitaba del asco, pero acá está —dice Walter Serafín.
—Pero, amo… Matilde, la Mimosa, mmm… no recuerda que la haya usado antes; mi zona feliz no se siente herida o llena.
—Ay, bebé, desconoces tantas verdades y eso es justo lo que me encanta —dice Walter Serafín.
—Entonces, ¿qué rayos quieres de mí? —dice Sofía García.
—Pareces retrasada… Ya te dije, quiero que seas una nulidad que no piense, sienta o desee… Que seas un cascarón vacío que solo obedece órdenes con un nuevo nombre denigrante, como “La Mimosa”. Pero en tu caso sería “La Sumisa” o “La Zorra”, porque, vaya, has abusado de mi confianza… Pero como soy benevolente, te quiero dar una oportunidad. Opción A: aceptar que serás una nulidad pura toda tu vida, te voy a morder y adiós, Thiago. Opción B: serás mi mula, pero fingirás ser mi nulidad por esta noche; te pondré esa máscara que tanto amas y hablarás en tercera persona, me tendrás que aguantar todo este día… Tengo planes de venganza y tú me ayudarás. La noche la pasaremos tan bien juntos que mañana te prometo que te soltaré y serás libre. Si deseas estar con mi hijo no me opondré. Una noche por tu amado Thiago. Decide, mujer, que pierdo la paciencia —dice Walter Serafín Polmod.
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