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EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 84

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  4. Capítulo 84 - Capítulo 84: Capítulo Nro. 57 : ¡Walter y su Mimosa! ( CUARTA PARTE )
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Capítulo 84: Capítulo Nro. 57 : ¡Walter y su Mimosa! ( CUARTA PARTE )

Después de cinco minutos, Valeria quedó dormida a consecuencia de los calmantes que le aplicaron por vía intramuscular.

—Viejo, levanta a nuestra hija por favor —dice Sofía.

—Está bien, de todas maneras lo iba a hacer… ya sufrió mucho —responde Walter.

Solo así que se agachó, deslizó sus brazos por su espalda y la carga. Su peso es de 48 kilos, pero para Walter es como cargar una pluma. Caminó unos cuantos pasos y la depositó en la cama, despidiéndose con un beso en la frente.

—Pobre mi niña, ha sufrido mucho —dice Sofía García acomodando su cabello y limpiando su rostro.

Walter se acercó solo para tomarla del brazo y conducirla a las afueras del cuarto 421, en el pasadizo. Estaban alumbrados por una luz blanca, la misma que en momentos de aflicción consuela a los deudos, a los receptáculos de dolor que ven a sus seres queridos sanar en camas de sábanas blancas.

— ¿Cómo piensas que salvaré a mi hijo? —dice Walter.

—Pues no lo sé…

—El Sr. Rodolfo Cándidas podría ayudarte —dice Sofía.

—¿En dónde está él? Desde que llegué no lo vi —dice Walter.

—Acá estoy señor, no me perdería por nada del mundo esto —interviene el Sr. Cándidas.

—¿Por nada del mundo? ¿A qué se refiere? —dice Walter.

—A ver al oligarca de las sombras en persona —dice el Sr. Cándidas.

—Usted dijo sobre una intervención falsa —dice Walter.

—En efecto, pero necesitamos el arma, si es que de verdad Gualberto fue el culpable. —Dice el S3 Candidas.

Daniela sale tirando la puerta con una expresión de ojos rojos; hay lágrimas secas en sus mejillas.

—Dejen de pelear. ¿No siente vergüenza de tener a su hija inconsciente de tanto sufrir? Ustedes salen al pasadizo para humillarse —dice Daniela.

—Amor, no es eso. Mi viejo está muy preocupado por… Thiago, porque está, o puede estar implicado en un delito de lesiones graves y estamos pensando en buscar el arma o incluso fabricarla, mmm —dice Sofía García.

—Bueno, ahora entiendo… Me disculpo, padre, mmm. Pero si la pelea fue en las afueras de la discoteca, cerca de The Raw Overload, y necesitan encontrar un arma (hasta donde tengo entendido, un cuchillo)… pues creo que tengo la solución —dice Daniela Moreno.

—Después de que salí The Raw Overload con Mauricio, encontré algo en medio de un charco de sangre: un cuchillo filudo. Lo puse en una bolsa; Pensé que me serviría para después —dice Daniela.

Así que extiende su mano para abrir su bolso. Del interior saca una bolsa negra; adentro contiene algo largo y frío que, a través de la superficie de plástico, gotea un líquido rojo, Sangre.

—Muy bien, en buena hora, niña. Nos ha salvado. Con esto podremos hacer magia… perdón, hundir al flaco Barrientos —dice el S3 Cándidas, tomando el artículo de la mano de Daniela.

—¿Con esto podrás hacer tu trabajo, cierto? ¿Necesitas algo más? —pregunta Walter Serafín.

—La verdad, señor, ya que lo pregunta, me gustaría una “presa”… usted sabe, para aliviar la tensión —dice el S3 Cándidas.

—La conseguiré… en un rato, no te preocupes; pero ve haciendo el acta, ¿quieres? El acta de intervención, para que mi hijo quede liberado de toda culpa —ordena Walter Serafín.

—Claro, señor, a la orden —responde Cándidas.

Walter, con el ceño fruncido, volteó a ver a la derecha y a la izquierda, pero no la vio. En cierta forma era obvio que no estaría presente Matilde, su “Mimosa”, porque al momento de cargar a su hija y salir llevándose a Sofía del brazo, no le dio ni una orden.

Abrió de golpe, tirando la puerta de una patada. Encontró a la pequeña Matilde sentada en una silla, observando fijamente con su único ojo jade, que es su ventana hacia el mundo exterior.

—Amo, Matilde quiere saber qué se le ofrece.

—¡Cállate, mula asquerosa! —grita Walter, alterado, con los ojos inyectados de ira.

—Matilde dice: “Sí, amo” —La Mimosa solo puede agachar la cabeza; se siente mal, como una niña que se portó muy mal.

Walter la cogió de la muñeca izquierda y la jaló, llevándola casi a rastras. Aunque ella jamás opuso resistencia, los pasos de su amo eran tan rápidos que por momentos no le daba tiempo de seguir su ritmo frenético.

—Madre, ¿a dónde se lleva padre a la señorita del costal? —pregunta Daniela Moreno.

—¡A dónde más… a joder! —Sofía García sabe que Walter, su marido, está muy pero muy estresado.

Ella sabía que él no podría usarla a ella porque tenía orgullo. La carne que conforma la anatomía femenina de Sofía, “La Yegua Arisca”, está manchada, marcada por las huellas digitales de su hijo, así como por marcas y magulladuras que, aunque no son visibles para un inexperto, para Walter son un mapa de repugnante depravación. Por lo tanto, usar a Sofía para montar, gemir y descargar era algo impensable; tarde o temprano su hijo despertaría y se tendría que ocupar de ella y su terrible oscuridad como mujer descarada.

Sofía solo se sentó en la banca de la zona de espera para los familiares y se tapó los oídos. Daniela se quedó muda; era un hábito que aprendió desde hace diez años: “Cuando padre discute con madre, debo quedarme muda”.

.

* * * * *

—Matilde pregunta: “¿A dónde me lleva, amo?”.

—A un lugar oscuro donde puedas gritar… estúpida —dice Walter, riéndose por la maldad que hará.

—Pero Matilde está confundida. ¿Por qué castigará a la Mimosa si ella ha sido muy mimosa con el amo?.

—No te castigaré, retrasada, solo… —dice Walter.

—¿Usted, mi amo, quiere tomar la “zona feliz” de Matilde, su Mimosa?

—Así es, me duele mucho la cabeza —dice Walter Serafín.

—Pero no necesita arrastrar a la Mimosa para eso, amo. Yo puedo darle mi zona feliz como guste; si la quiere comer, es suya, mi amo.

—No me recuerdas, cierto. Aún no terminas de conocerme… Ya olvidaste quién soy yo —dice Walter Serafín.

Sacó de su bolsillo una llave que decía “488”. Al ver una puerta con el mismo número, introdujo la llave y la abrió. Al cerrar la puerta tras ellos, se reveló un cuarto de limpieza: paredes blancas, una gran cómoda empotrada y muchos artículos para darle mantenimiento a los ambientes.

—Yo no necesito tu permiso… ni siquiera que me dirijas la palabra; solo deseo tu sufrimiento —dice Walter Serafín.

—Pero… Matilde dice, amo, que no se pre…

—¡Cállate! ¿Crees que solo quiero tu “zona feliz”? Yo… deseo humillarte hasta que llores, hasta que desees estar muerta —sentencia Walter Serafín.

—Matilde dice que está confundida.

¿Qué desea el amo de La Mimosa?

—Deseo, quiero… no, necesito tu resistencia, tus gritos, tu dolor.

Matilde agachó la cabeza y el suelo se manchó de lágrimas; gotas gruesas brotaban de sus párpados. De pronto, Matilde, la Mimosa, cortó el aire con un movimiento rápido de su mano. Walter escuchó el silbido que se fabrica al romper las partículas de aire condensado en la atmósfera y recibió un golpe fuerte, certero, que lo hizo tambalear.

—¿Qué diablos haces, Matilde? —exclama Walter Serafín.

—Matilde no quiere que la viole. Matilde se defenderá del viejo abusivo.

—¡Qué rayos…! Yo soy tu amo, maldita loca —dice Walter, consternado al ver a la Mimosa rebelde.

Matilde retrocedió un paso y le aplicó un golpe con su puño derecho que hundió la carne del viejo abusivo hasta rozar su columna vertebral.

—Matilde dice que el viejo abusivo es débil.

Walter no pudo evitar sonreír mientras se agachaba para experimentar el dolor hasta superarlo. Se levantó y la cogió del cuello, elevándola por encima de su cabeza. La Mimosa patea, se retuerce, luchando contra la falta de oxígeno.

—Creo que te romperé el cuello —dice Walter Serafín.

Pero, mientras el dolor de estómago se extinguía, experimentó felicidad; porque, en efecto, su Mimosa se había resistido con fuerza.

—Sabes… eres una loca muy buena. No sé si eres demasiado obediente o demasiado estúpida —dice Walter Serafín mientras deja de apretar su tráquea.

—Matilde dice que es demasiado buena para un animal como el viejo abusivo. Su “zona feliz” es la mejor que hay… El viejo abusivo jamás sabrá qué tan buena es, porque él prefiere viejas rubias, indecentes y descaradas como su maldita esposa.

Walter la baja al piso y la envuelve en sus brazos. La empuja contra la estructura de metal.

Walter no sabía si ella aún seguiría peleando, así que midió su fuerza. Se acercó y le dio tres golpes medianamente fuertes en las costillas del lado derecho.

—¡Haaa… ger… haaa… auch… ssshhh!

Matilde, la Mimosa, emite un grito desgarrador dentro del cuarto.

Walter no desea incapacitarla, solo quiere que se calme. Coge su vestido, levanta su falda larga y baja su braga.

Empuja más la parte superior de la espalda de Matilde, provocando que la Mimosa se incline, quebrando su cintura.

Walter se desabrochó los pantalones, bajando su ropa interior y revelando su falcus.

Lo alineó y empujó con fuerza; poco a poco se internó dentro de Matilde. Ella no gritaba, tampoco lloraba; solo respiraba profundamente.

Extrañamente, al sentir a la Mimosa de forma tan personal, el roce que experimentaba era muy parecido a masturbarse; incluso sentía las sensaciones presentarse como cosquillas en su corteza cerebral.

<< ¿Será que yo y Matilde, mi Nulidad, nos hemos vinculado de forma simbiótica con mi virus y, por lo tanto, con mi código genético? >>, piensa Walter Serafín.

—Matilde dice: “No se preocupe, amo… yo solo fingí, actué por el bien de mi amor adorado… Sabe, me agrada sentirlo.

Sabe, no recuerdo todo, solo sé que pasamos muchas horas a diario debajo de la catarata de… de la Mula.

Y usted siempre tan guapo con el látigo, y yo tan mimosa, tan atada, tan encadenada… tan mimosa para usted. No hay sonido, solo una sensación… ¿de culpa? ¿de decepción? No, es mejor dicho: placer culposo”.

—Amo, Matilde le pide que no la suelte. Tome a la Mimosa, apriétela fuerte.

Las embestidas son fuertes, cargadas de fuerza y piel que grita, que se lastima, se magulla y se cura.

—Perdóname, mi Matilde, es que mi hijastra está muy lastimada, se va a quedar inválida. Siento tanta rabia que por eso quiero lastimarte —dice Walter.

—Matilde dice: “No se disculpe”. Y si quiere desfogar, penetre a la Mimosa más fuerte, más duro, más cruel. Rompa la pelvis de la Mimosa, estoy para servirle, amo —dice Matilde, la Mimosa.

—Perdón —dice Walter.

Sus movimientos se volvieron más erráticos, más urgentes. Él introduce una porción considerable de su ser dentro de ella. La Mimosa ya no puede pensar, solo gemir, sentir un placer que se expande hasta casi borrar la delgada línea entre la cordura y la locura.

—¡Oh, amo! No puedo más. Su Matilde siente que algo viene… ¡Agárreme! ¡Oh, Dios! ¡Joder! La Mimosa se viene con todo. Amo, reciba a la Mimosa, tenga energía… que Matilde se derrite en usted, encima de usted.

—¡Maldición, Mimosa! Me estás mojando todo —dice Walter.

Desde el centro más profundo del vientre de Matilde, la Mimosa, despierta una fuerza que, desde su transmutación, se fue almacenando gota a gota… Claro que inicialmente fue el poder de Duxari del Amo, pero a medida que vive sus experiencias y hace uso de esos chispazos de emociones, se fue recolectando.

Su piel, a la altura de su útero, comenzó a brillar con una luz rosada, como si su epidermis fuera de cristal y dentro se almacenara lava con estrellas brillantes de color rosado y vetas plateadas. La energía bajó hasta invadir su cavidad, ese órgano que Walter está disfrutando con gran regocijo. La energía trepa y se mimetiza con la piel de su Amo, volviéndose uno solo.

La piel de Walter se torna rosada y brillante, despidiendo una luz que invade su falcus, pero sin dolor; solo una electricidad que lo hacía sentir más ligero. La energía trepó por sus caderas, sus piernas y entrepierna, su cintura, su torso hasta el pecho. Prácticamente, esa energía rara y rosada cubrió todo su ser. Su cuerpo latía con gran fuerza.

—¿Qué me estás haciendo, niña? —dice Walter Serafín.

—Amo, esto no lo controla Matilde… mmm, me siento algo débil, amo… mmm, usted me está chupando la fuerza, amo… ¿Le gusta?.

Del interior de las caderas, en lo más profundo donde desde el principio de la existencia emergió y brotó por primera vez su falcus, se prendió una chispa de color rojo.

Salió al exterior como un torrente abundante de fluido que ingresó al sistema de Matilde, la Mimosa; se impregnó en sus células, provocando que sus caderas brillen con una luz roja intensa: sus piernas, sus pies, su vientre, torso, tronco, hasta su rostro y cabeza.

Matilde gritó mirando al techo mientras la luz envolvía todo su cuerpo; un rojo granate que invade, domina y absorbe su humanidad.

Y del fondo de su boca, desde donde debería venir su estómago, sale una luz rosada tan fuerte que hace retroceder a esa luz roja, egoísta y dominante, para terminar absorbiéndola, como si todo este tiempo hubieran sido una sola carne, un solo espíritu, una sola mente.

—Matilde, bebé… mmm, siento una energía muy fuerte y poderosa. Es como si, en vez de quitarme energía al tener sexo, me hubieras dado nueva fuerza, mi Mimosa —dice Walter Serafín.

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Epígrafe: La Nulidad Simbiótica.

El odio y el rencor me incitaron a destrozarte,

como si fuera yo un macho redentor.

Te golpeé, te estrené y te goberné,

hasta entrar en el trance de tu propio desprecio.

En medio de esta vorágine de locura y dulzura,

tu oscura figura me aprieta y me sofoca,

hasta extinguir mis ganas de cualquier otra aventura.

En medio del quehacer, hallé al fin el placer,

pues comprendí que no eres una desconocida,

sino la extensión violenta de mi propio ser.

¡Cuán dichosa es la mano izquierda,

que se reconoce al ser acariciada por la derecha!

Porque no somos dos cuerpos, sino uno solo:

sufrimos, debemos y gritamos al unísono,

ya sea en medio del camino o sobre un escenario.

Comprende: eres quien me recarga y eres mi carga.

Eres mi doncella y eres mi mula.

Eres mi nulidad…

y solo te quiero destrozar.

POR: WALTER SERAFÍN POLMOD.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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