Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

EL ALTO TUNGSTENO - Capítulo 86

  1. Inicio
  2. EL ALTO TUNGSTENO
  3. Capítulo 86 - Capítulo 86: Capítulo Nro. 59 : ¿Dónde está mi hijo? (P:2)
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 86: Capítulo Nro. 59 : ¿Dónde está mi hijo? (P:2)

De pronto, un golpe abrupto la hizo voltear. Alguien tocaba la puerta. Tocaba fuerte. Tocaba seguido. Insistente.

El corazón se le fue al pecho. Ignoraba quién podía ser, pero una voz interna empezó a lanzar nombres como dardos:

—¿Será mi hijo? —¿Será mi madre? —¿Será Mateo? —¿Será… Él?

Él.

Le gusta llamarlo así porque ese pronombre le permite olvidar una parte de su existencia; una vergüenza enterrada en su presente y el triste, desagradable final que le espera si volviera a tocar su puerta para visitar sus adentros.

Siempre Él. Solo Él.

Se levantó tragando saliva. Estar tan nerviosa por un sonido casual era absurdo, pero para ella era una realidad… Su saliva sabía amarga, como un trago de aguardiente.

Cogió el postigo y lo apretó con mucha fuerza, quedando congelada. Respiró hondo; sabía que no era sano escapar de las experiencias desagradables o de las personas, por más daño que nos hagan. Así que abrió la puerta, la cual soltó un rechinido fuerte, propio de las casas antiguas.

—¿Madre? —se sorprendió Marina Saavedra Llosa.

—¿A quién más esperabas, jovencita?

—reclamó Cándida Llosa Páramo.

—Pues a nadie… je, a nadie más, madre. No es que esté siempre esperando a un ser o a una persona, como si pensara siempre en alguien… claro que no —intentó justificarse Marina.

—Ay, mi Marina… Eres tan, pero tan transparente. ¿Qué bicho, o debería decir hombre sin escrúpulos, te ha picado esta vez? —respondió Cándida.

—Nadie que no me haya picado hasta la médula antes, madre —soltó Marina.

—¿Qué has dicho, niña? ¡Por Dios, qué indecente! —criticó Cándida.

—No es lo que piensas. Dije: nadie en especial con el que no haya hecho amistad antes. Aparte, sabes que yo solo salgo con amigos hasta el mediodía

—se defendió Marina.

—Menos mal. Me voy a persignar con la señal de la Santa Cruz por mis ideas tan pecaminosas; no soy merecedora de una rosa tan hermosa como mi Marina —concluyó Cándida.

—¿Y papá dónde está? —preguntó Marina Saavedra Llosa.

—Pues no lo veo desde ayer, ¿sabes? Dice que tuvo que ir a un retiro espiritual; algo de purificar su esencia de pecador con la sangre de su salvador —explicó Cándida Llosa Páramo.

—Ya veo… Lástima, me hubiera gustado verlo, pero… no está contigo —dijo Marina.

Sin planearlo, bajó la mirada y vio algo que no había visto jamás, al menos no desde que vivía en Tungsteno. Vio un anillo grueso de oro 💍 que brillaba con la fuerza de la mañana.

—¿Te has casado? ¡Pero si estabas en contra del matrimonio! —preguntó Marina, algo alterada.

—Sí, lo estaba. Pero los tiempos cambian y ya no soy tan joven como antes; quiero que me cuide mi marido. Aparte, siempre ha sido un buen hombre, ¿cierto? —confesó Cándida.

—Sí… mmm, bueno… Buen hombre, sí —respondió Marina.

Se quedó pensativa… muy pensativa. 🤔🤔🤔

—¿Me parece o hueles mal, hija? —critica Cándida Llosa Páramo.

—Madre, verás… no tuve tiempo de bañarme adecuadamente. Vienes demasiado temprano —responde Marina Saavedra Llosa.

—Mmm… Sabes, jamás conocí a una mujer como tú. Estar con ropa de calle, en especial con esas botas que tanto te fascinan usar dentro de tu casa, y no haberte bañado… —dice Cándida.

—Este… verás… lo puedo explicar, madre… mira —balbucea Marina.

—¡Basta, cariño! No sigas, porque si no, tendré que darte una lección que no olvidarás —se molesta Cándida.

Marina puede ver cómo la mano de su madre se mueve, cerrando y abriendo los dedos; se escucha el estallido de los conejos, las articulaciones tronando por el exceso de estrés.

—Está bien, madre, perdóname… Verás, ayer salí con mis amigas. ¿Sí? ¿Lo entiendes? —dice Marina con voz temblorosa.

—No… No lo entiendo. ¿Por qué tendría que entenderte, niña? —sentencia Cándida.

—Estaba estresada. Este proceso que llevo con Walter por la pensión alimenticia de mi hijo es muy duro, me asfixia… Necesitaba respirar aire fresco —confiesa Marina.

La madre camina está mortificada, dando vueltas por la sala intentando ver que errores encuntra en el hogar de su niña malcriada. Siente un asco en la boca del estómago solo de imaginar los actos indecentes que, de repente, su hija —su preciada flor: Marina— fomentó ayer por la noche. Sí, porque hasta tomar 600 mililitros de cerveza, o de esa cosa que ella desprecia, el “calientito”, o como dice su bien portado marido: “Mi rico Incandescente”; para ella, aquello es indecencia y pecado vil, una mancha que degrada el alma hasta el tuétano.

—Yo no he venido a comprenderte ni a entenderte. Yo vine a este mundo a darte disciplina, a enseñarte, si es preciso a golpes, porque en esta vida solo se aprende así, a la mala, a ser una mujer de bien, decente y, sobre todo, dedicada a su casa. ¡Mira qué porquería es esta! —sentencia Cándida Llosa Páramo, pasando un dedo por los muebles y manchándolo con una capa gris de polvo.

—No me ofendas, madre, por favor. Sabes que no soporto que me hables así de fuerte. Respétame… ya soy adulta —responde Marina Saavedra Llosa.

—Si haces las cosas mal, te las tengo que decir. Sabes muy bien que tu primer amante es tu casa; a ella dedícale todo tu cuerpo, tus anhelos… hasta tu deseo debe estar impreso en estas paredes. ¡Caramba! ¿Qué te enseñé en todos estos años? No aplicas nada, ¿verdad? —grita Cándida, elevando la voz.

De pronto, tras el mueble, ve una mancha roja, de un tono guinda, como si un chorro de cátsup hubiera manchado el piso en una “S” larga y distorsionada. Era algo extraño, porque en estos pisos antiguos de cemento no se usa cera roja.

—Niña tonta, ¿por qué usas cera roja en estos pisos de cemento gris? ¡Ay! Eres incorregible, me avergüenzo de ser tu madre. Definitivamente te olvidaste de todo lo que te enseñé —dice Cándida.

Marina se acerca para ver. Ella jamás ha usado cera roja para limpiar sus pisos o embellecer su casa.

—¡Oh, Dios! No… No es cera, mamá. Es sangre… y parece que ya está seca —grita Marina.

Piensa en su hijo, que no está en casa y no contesta el teléfono. Solo puede verlo en su mente: sangrando, sufriendo y llorando. Le duele el corazón y se tambalea porque siente que se desvanece. Cándida la abraza para que despierte de su letargo. Marina reacciona llevándose las manos al rostro, manchando sus dedos con el sudor frío que brota de su frente. Solo puede gritar una y otra vez:

—¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde se encuentra? ¿En una fiesta? ¿Debajo de un puente con sus amigos? ¿Jugando vóley? ¡No lo creo, no lo creo! O peor aún… ¿estará bien o en un hospital mal herido? ¡No, por favor! Dios mío, si algo le pasa, yo… no sé qué haré. ¡Me muero, juro que me muero! ¡Mi hijito, amor de mi vida, ¿dónde estás?! —clama Marina con desesperación, rompiendo en llanto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo