El Amante del Rey - Capítulo 443
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Capítulo 443: Su influencia
Habían pasado unos días desde que el príncipe heredero le dijo que pretendía retenerla para siempre. Rosa todavía evitaba pensar en ello. Quizás porque resaltaba su impotencia, o porque sacaría otras cosas a la luz: cosas que no quería admitir.
Caius, por otro lado, estaba claramente más feliz, sobre todo desde que ella ya no mencionaba lo de marcharse, y Rosa podía ver con claridad cómo él disfrutaba cada momento que pasaban juntos. Pero ella todavía no estaba segura de lo que quería.
¿De verdad quería permanecer en el castillo como nada más que una amante?
Antes de su conversación tras regresar de la residencia de Lady Delphine, en lo único que había pensado era en marcharse. Había estado rezando por la oportunidad perfecta para ser por fin libre del príncipe heredero, rezando para que la dejara marchar.
Pero en los últimos días, parecía disfrutar de su cautiverio. Miró hacia el armario donde estaba la droga. Ya había usado una cantidad considerable desde la última vez que la repuso. Rosa sintió un sabor a bilis en la boca.
¿Acaso la influencia de él la había afectado tanto que se sentía satisfecha con su mísera oferta?
Rosa se cubrió el rostro con las manos. Esas eran las cosas en las que no quería pensar. Sabía que no amaba al príncipe heredero, estaba casi segura de ello, pero la falta de una certeza absoluta la inquietaba.
¿Por qué iba a importarle un mocoso tan egoísta? ¿Por qué importaba la idea de que él ya no la viera como una conquista? ¿Por qué significaban algo sus palabras suplicantes para que se quedara?
Él ni siquiera estaba suplicando; admitió que no le daba otra opción. ¿Era este el tipo de cosas que le gustaban a ella? ¿O es que pasar demasiado tiempo en presencia de un lunático la había convertido en esto?
Rosa dio un respingo, y todo su cuerpo tembló cuando llamaron a la puerta. Se sintió avergonzada por su reacción, aunque no había nadie que la viera. Sabía que había reaccionado así porque estaba pensando en el príncipe heredero, y eso la molestó aún más.
Se levantó de un salto de la silla donde había estado sentada, junto a su escritorio, realizando su tarea del día. Rosa caminó lentamente hacia la puerta, preguntándose quién podría ser.
Aún no era mediodía, lo que significaba que no podían ser sus doncellas, a menos que tuvieran algo que decirle. Rosa frunció el ceño; había notado que todo estaba más tranquilo últimamente, e incluso Welma no tenía nada nuevo que contarle.
Había intentado sonsacarle información, pero la doncella seguía insistiendo en que no tenía nada que decir y que la reina no la había convocado en casi una semana. A Rosa le costaba creerlo, pero Welma no tenía ninguna razón para mentir, y confiaba en la doncella.
Abrió lentamente la cerradura de la puerta y la entreabrió para encontrarse con Lord Tomás. Su pelo castaño tenía un brillo, como si se hubiera aplicado algún aceite capilar, y su aspecto parcialmente húmedo lo hacía destacar más.
—Lord Tomás —lo llamó Rosa, sorprendida de verlo.
—Rosa —dijo él, y entró en la habitación.
—Pensé que habías dicho que estarías fuera más de una semana. Solo han pasado cinco días.
Se dio cuenta de que no se veía diferente de cuando se marchó, salvo por estar un poco bronceado. La tarea no debió de ser difícil. Como había regresado antes de lo esperado, sospechó que todo había ido bien.
—Seis —respondió él—. Me fui tan pronto como te lo dije.
—¿Adónde fuiste? —preguntó ella.
—Tuve que hacer un recado fuera del castillo —respondió él—. Su Majestad me ordenó que te llevara a la residencia de Lady Delphine.
El cambio de tema tomó a Rosa por sorpresa, pero la nueva información fue aún más impactante. —¿Él dijo eso?
Thomas asintió sin ofrecer ninguna explicación. Rosa recordaba haber dicho que no necesitaba ir en ese momento, pero no tenía muchas ganas de negarse. Hacía un tiempo que no veía a Lady Delphine, y en su mansión, al menos podría pasear por la propiedad y no quedarse en esa habitación como una cautiva.
—¿Ahora mismo? —preguntó ella.
—Si estás lista, sería mejor que nos fuéramos ahora para poder regresar al anochecer.
A Rosa no se le escapó la insinuación: no podía pasar la noche fuera del castillo. Caius se volvería loco. A ella todavía le sorprendía que él permitiera esto, y sentía lástima por Thomas, que acababa de regresar.
—De acuerdo —dijo, asintiéndole.
Aunque no salía de su habitación, Rosa siempre se aseguraba de vestir apropiadamente, y sus doncellas la habían preparado para el día. Salió de la habitación, cambiando de opinión sobre coger una bufanda; ahora hacía más calor, no la necesitaría.
Thomas la guio por la puerta lateral, como de costumbre, donde el carruaje esperaba, y ella subió. Tan pronto como ambos estuvieron sentados, el carruaje se puso en marcha.
El viaje fue bastante tranquilo, y Rosa se asomaba de vez en cuando por las cortinillas para disfrutar de las vistas mientras atravesaban la ciudad. Podía oír voces al pasar por el mercado: vendedores que anunciaban sus productos para atraer a los clientes, clientes que regateaban porque el precio era demasiado alto.
Hacía tanto tiempo que no iba ella misma al mercado. A Rosa le gustaba hacer recados y se preguntó cuándo podría volver a hacerlo. Apartó la mirada de la ventana para ver a Thomas, que la observaba con una expresión extraña.
Era difícil de explicar, una mezcla entre pensativo y emocionado. Rosa no había pensado demasiado en este viaje inesperado a la casa de Lady Delphine, ni en que Thomas le dijera que iba a estar fuera un tiempo cuando no había necesidad de ello.
—Dijiste que tenías que salir de la capital… —empezó a decir Rosa.
—Ya hemos llegado —la interrumpió Thomas, mirando por las cortinillas.
—Sí —dijo Rosa frunciendo el ceño, preguntándose por qué la había interrumpido de esa manera.
Miró por la ventana justo a tiempo para ver cómo se abrían las puertas, pero entonces Rosa vio algo de lo más extraño y, por un momento, llegó a la conclusión de que estaba soñando, porque era imposible que aquello fuera real.
Sus miradas se encontraron y él sonrió. Si el carruaje no se estuviera moviendo, Rosa habría salido disparada de él.
—¡Padre!
—¡Padre! —llamó Rosa mientras el carruaje pasaba a su lado y atravesaba las puertas abiertas. Habría detenido el carruaje si hubiera podido.
—Rosie —dijo él con una mirada afectuosa en el rostro.
Sacó la cabeza por la ventanilla y la giró hasta que le dolió para poder seguir mirándolo mientras él cerraba las puertas. Thomas tenía una expresión de pánico en la cara, preocupado de que pudiera caerse.
Rosa sintió un torrente de emociones recorrer su cuerpo al ver a su padre, pero la principal era pura felicidad.
Se agarró al dobladillo del vestido, lista para salir disparada en cuanto el carruaje se detuviera. Las piernas le temblaban de impaciencia y le dolía el cuello de tanto forzarlo.
En cuanto el carruaje aminoró la marcha lo suficiente, Rosa abrió la puerta de un empujón antes de que Thomas pudiera reaccionar y salió volando, corriendo tan rápido como pudo hacia las puertas.
Su padre se dio la vuelta justo a tiempo, justo cuando terminaba de cerrar las puertas, y Rosa voló a sus brazos. Estaba bastante acostumbrado a que corriera hacia él de esa manera, y la atrapó con la misma facilidad de siempre.
—Padre, Padre, Padre —sollozó Rosa contra su hombro mientras lo abrazaba con fuerza.
—Rosie, no llores.
Rosa no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que él habló. Había notado que se le nublaba la vista mientras se esforzaba por mirarlo, pero no le había dado mucha importancia. En lo único que podía pensar era en llegar hasta él.
—Padre —sollozó de nuevo, abrazándolo con fuerza.
—Sí, sí. Te he extrañao mucho, mi querida.
Él le dio unas palmaditas en la espalda mientras ella lo abrazaba con fuerza. Apretó la cara contra su hombro como para confirmar que él estaba realmente allí y que sus sentidos no le estaban jugando una mala pasada.
—Te he echado mucho de menos, Padre.
—Mi Rosie —susurró él.
Después de un rato, Rosa por fin estuvo lista para soltarlo y lo hizo a regañadientes. Levantó la vista hacia el rostro de su padre y le acarició las mejillas. Parecía más viejo y estresado, con ojeras bajo los ojos. No había perdido mucho peso, pero sí lo suficiente para que Rosa se diera cuenta.
La mirada de Rosa se ensombreció de inmediato, y dio un paso atrás para verlo bien. —No te has cuidado como me prometiste que harías.
Vallyn intentó no reaccionar al hecho de que su hija se hubiera dado cuenta; ella siempre había tenido un ojo agudo para ese tipo de cosas. Las mujeres de la mansión habían hecho todo lo posible para que tuviera mejor aspecto que cuando llegó, pero, por supuesto, nada escapaba a los ojos de Rosa.
—No —empezó a negar con la cabeza de inmediato—. Solo estoy cansao del viaje.
Rosa frunció el ceño cuando él mencionó el viaje. Las otras emociones que había estado ignorando debido a la felicidad de ver a su padre estaban resurgiendo.
—Rosa —la llamó la voz de Esme mientras ella y Kali salían de la mansión.
Estaban a cierta distancia y los saludaban con la mano. Rosa se dio cuenta de que Thomas estaba de pie junto al carruaje, observándola.
—Vamos, Padre —dijo Rosa, agarrando su áspera palma—. Entremos.
Rosa estaba feliz de ver a su padre; eso era innegable. Había estado dispuesta a sacrificarlo todo para volver a verlo, pero, al mismo tiempo, Rosa estaba enfadada.
Podía sentir la ira bullir justo bajo su piel; su felicidad la mantenía a raya por ahora, pero Rosa quería gritar y arañar algo.
Caminó junto a su padre, y Esme la abrazó cuando se acercó lo suficiente.
—Bienvenida de nuevo —dijo.
—Gracias —respondió Rosa—. Y gracias por dejar que mi padre se quede aquí.
Rosa tenía varias preguntas, pero ya sabía la respuesta a dos de ellas: el príncipe heredero era la razón por la que su padre estaba aquí, y el viaje que Thomas había hecho era para traer a su padre a la capital. Podía sentir que la sangre le hervía, pero dejó que se calmara.
—No nos des las gracias —dijo Esme con una risa—. Tu padre es una compañía maravillosa.
Esme movió las cejas de forma sugerente, y Rosa no supo si debía alarmarse. A pesar de lo cómoda que se sentía aquí, seguía siendo un burdel. Sin embargo, Rosa no pensó mucho en ello ni le molestó. Las mujeres de aquí no querían hacerle ningún daño a su padre.
—¿Está despierta Lady Delphine? —preguntó en su lugar.
—No —dijo Kali—. No creo que se despierte pronto. Estuvo despierta hasta media mañana.
—Oh.
Rosa se preguntó si eso tendría algo que ver con la presencia de su padre, pero las mujeres no parecían actuar como si fuera un problema.
Sin embargo, lo único que quería en ese momento era un momento a solas para hablar con su padre. Tenían mucho de qué hablar, y la curiosidad la estaba superando.
—¿Quieres almorzar algo? —preguntó Kali.
—¿Ha comido mi padre? —preguntó mientras lo miraba.
—Sí, Rosie. Ya comí.
—¿Puedes guardarme la comida por ahora? Me gustaría hablar con él antes de comer.
—Por supuesto —dijo Esme con entusiasmo.
—¿No crees que es mejor que comas primero, Rosie?
Rosa le sonrió. —No te preocupes por mí, Padre. He desayunado muy bien.
Su padre pareció satisfecho con esto y simplemente asintió con la cabeza como respuesta.
Esme se apresuró a llevarlos a un pequeño salón y rio tontamente mientras los veía sentarse en el sofá. Rosa sabía que Esme simplemente estaba feliz de que estuviera con su padre, ya que esta última había perdido a sus padres a una edad temprana.
—Gracias, Esme.
Ella asintió enérgicamente. —Si necesitan cualquier cosa, por favor, háganmelo saber —dijo mientras se retiraba de la habitación.
Rosa agarró la mano de su padre mientras se sentaban uno al lado del otro; sentía como si, de no sujetarlo, él desaparecería y ella despertaría para descubrir que todo era un sueño.
Él sonrió mientras se cogían de la mano y le apretó la palma con fuerza. —Te ves muy bien, Rosa. ‘toy tan feliz de verte.
Rosa asintió, luchando contra el impulso de volver a llorar. —¿Cómo fue el viaje? —preguntó después de recomponerse.
Se encogió de hombros. —No estuvo mal, aparte del trasero dolorido por cabalgar, el viaje fue bien, y el zagal de Thomas fue de gran ayuda.
A Rosa le hizo gracia que su padre llamara a Thomas «zagal». Se dio cuenta de que durante el viaje habían intercambiado algunas palabras, y su padre ya no sentía una aversión tan fuerte hacia Thomas como la primera vez que se conocieron.
Rosa asintió en respuesta a sus palabras. —Me alegro —dijo. Luego hizo la pregunta más difícil: —¿Por qué estás aquí?
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