El Amante del Rey - Capítulo 507
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Capítulo 507: Aquí
Puso la mano en el pomo y lo giró. Dudó en entrar en la habitación, pues estaba seguro de que le haría aún más consciente de lo mucho que la extrañaba.
Sin embargo, quedarse a solas en su alcoba era impensable. Iba a estar despierto de todos modos; bien podría pasar el rato rodeado de las cosas que le recordaban a Rosa.
Aunque era doloroso, sabía que sería reconfortante estar en la habitación de ella. No intentaba olvidar; no se atrevería.
Caius abrió la puerta y se sorprendió al ver una vela encendida sobre el escritorio. El escritorio no estaba desordenado, pero las cosas estaban dispuestas como si ella fuera a volver de un momento a otro. Caius recordó que se había ido con muy poco equipaje.
Había libros apilados unos sobre otros y una pluma lista para ser usada. Sobre la mesa también había montones de papel que podía usar para sus lecciones. Caius se estremeció ante la familiaridad de todo aquello.
Se acercó y, ocupando su asiento habitual junto al escritorio, contempló con anhelo el asiento vacío a su lado. Sin proponérselo, Caius comenzó a revivir numerosos recuerdos de Rosa sentada a su lado mientras él le daba clases.
Ella ponía varias expresiones. Fruncía el ceño cuando él se burlaba. Hacía un puchero cuando estaba confundida, pero era demasiado orgullosa para pedirle ayuda. Y su parte favorita era la sonrisa que esbozaba cuando, inesperadamente, acertaba una pregunta.
Caius no se sintió mejor. Podría decirse que se sentía incluso peor, pero no se atrevía a marcharse. Era tan agradable como doloroso.
Caius rebuscó sobre el escritorio —¿qué otra cosa podía hacer?— y encontró la última tarea que le había encomendado. Habían pasado muchas cosas en los últimos días y no habían tenido ninguna lección desde hacía tiempo.
La última lección fue después del incidente con Caira, y él había pasado el día entero con ella en su alcoba. Caius recordaba lo divertido que había sido y cómo ella le había hecho olvidar su dolor y sus heridas.
Caius rio para sus adentros mientras la marcaba como incorrecta. A ella no le iba a hacer ninguna gracia. Odiaba suspender sus tareas. Cuando terminó, Caius abrió el cajón. Iba a guardarla a buen recaudo hasta que regresara.
Todavía sonreía al cerrar el cajón, y se le ocurrió una idea. Iba a darle más tareas de las que pudiera terminar jamás. Se lo merecía por haberlo abandonado. Tomó un papel y cogió la pluma.
—Solo sonríe así cuando tiene una idea terrible, Su Majestad.
Caius se quedó helado, con el papel en la mano, al oír aquella voz familiar. Por un instante, tuvo demasiado miedo como para girar la cabeza y mirar. Estaba seguro de que la voz solo estaba en su mente.
Caius no tardó en girarse en dirección a la voz. Era imposible que no lo hiciera. Necesitaba saberlo.
No tuvo que forzar la vista para verla. Rosa estaba de pie junto a él, vestida con su camisón de siempre. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas, una le caía sobre el pecho y la otra por la espalda.
Estaba seguro de que estaba alucinando. La había extrañado tanto que su mente le estaba jugando una mala pasada. Se le nubló la vista y temió que ella desapareciera y él se diera cuenta de que solo estaba soñando.
—Rosa —susurró con voz ronca.
Caius no se dio cuenta de que extendía la mano para ver si podía tocarla, para asegurarse de que era real. El brazo de ella se sintió cálido bajo su palma. La acercó más para rodearle la cintura con sus brazos y hundir el rostro en su torso.
—Su Majestad —dijo Rosa mientras le tocaba la cabeza con suavidad.
Caius apretó el rostro contra ella, empapándose de su aroma familiar y deleitándose con el hecho de que de verdad estaba allí, con él. —Rosa —la llamó de nuevo.
—Sí, Su Majestad.
La mano de ella en su cabeza se sentía cálida, y deseó que nunca dejara de tocarlo. Realmente estaba allí, con él. Si aquello era un sueño, no quería despertar.
—Has vuelto —masculló Caius. No le importaba cómo era posible; lo único que importaba era que estuviera allí mismo, con él.
La mano de Rosa en su cabeza dejó de moverse y Caius la abrazó con fuerza, temiendo que pudiera apartarse de él.
—Lo siento, Su Majestad, pero nunca me he ido.
Caius se obligó a salir de la euforia de verla en la misma habitación y alzó el rostro para mirarla a ella, que lo observaba desde arriba.
Los ojos de ella brillaban a la luz de la vela y, por un momento, Caius olvidó qué era lo que tanto le preocupaba. No podía existir nada más importante que ese instante.
—Lo siento, Su Majestad —susurró Rosa, acunándole el rostro—. Solo quería asegurarme de que estaría dispuesto a hacer algo que yo quiero, aunque no le guste, pero que lo haría por mí.
Se estaba disculpando. A Caius no le importaba el crimen que hubiera cometido. Podía ser una asesina, y aun así él solo pensaría en lo feliz que era en ese preciso instante, con ella allí.
—¿No ibas a abandonarme? —preguntó.
Rosa negó con la cabeza. Se veía completamente distinto a como lo había visto la noche anterior. Era casi como si hubiera envejecido, y su barba de un par de días había crecido un poco.
Rosa soltó un gritito cuando Caius tiró de ella para sentarla en su regazo, sujetándola para que no pudiera escapar; no es que tuviera intención de hacerlo.
—Explícate, mujer —dijo él, mirándola desde arriba mientras la sujetaba sobre sus piernas.
Rosa se cubrió el rostro con las manos, pero Caius no se lo permitió y se las apartó. —¿He tenido el peor día de mi vida y me estás diciendo que has estado aquí todo el tiempo?
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