El Amante del Rey - Capítulo 522
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Capítulo 522: ¿A dónde vamos?
Chelsy acababa de atar la capa alrededor del cuello de Rosa cuando un golpe resonó en la habitación. Ella dio un respingo, y Rosa no pudo evitar sentirse mal por ella. ¿Qué le habría dicho Caius? Había estado nerviosa todo el tiempo, queriendo hacerlo todo bien.
Rosa sentía curiosidad y tuvo que reprimir el impulso de preguntar a las hermanas varias veces si tenían idea de lo que estaba pasando, pero estaban tan absortas en su tarea que no quiso distraerlas.
—Ya están aquí —anunció Isla.
—Yo también he oído el golpe, Isla —dijo Chelsy mientras ajustaba la capucha sobre el pelo de Rosa, asegurándose de que pudiera deslizarse fácilmente sin estropearle el peinado.
También se mostraba más brusca con Isla, y su hermana pequeña intentaba no estresar más a Chelsy, pero la mayoría de las veces fracasaba estrepitosamente, como ahora.
Chelsy retrocedió, ladeando la cabeza mientras miraba fijamente a Rosa, y luego asintió. Una sonrisa se deslizó por sus labios y, por primera vez desde que había empezado, sus ojos se relajaron.
Rosa se miró y vio que la capa no le cubría la parte delantera del vestido; y no era por falta de intentos, es que el vestido tenía una falda muy voluminosa.
—Chelsy, de verdad creo que esto es demasiado. Cualquiera diría que voy a ser una no…
—Tienes que irte ya —alzó la voz Chelsy para acallar la risita ahogada de su hermana y para impedir que Rosa terminara la frase.
Pasó junto a Rosa hacia la puerta para abrirla. Rosa suspiró y asintió. Iba a confiar, pero el hecho de que todo esto ocurriera tan tarde por la noche la tenía muy confundida. Rosa caminó hacia la puerta, preguntándose a quién le habría enviado el Rey a estas horas.
—Lady Rosa —dijo Maximus con una breve reverencia en cuanto ella apareció.
¿Lady?
Rosa nunca podría acostumbrarse a que la llamara así, y no entendía por qué lo hacía. Rosa tenía la idea de que Maximus era bastante importante, probablemente más que Thomas, pero de algún modo él se dirigía a ella con un título sin problemas, cuando ella era una plebeya.
—Lord Maximus —devolvió ella fácilmente con una sonrisa.
El hombre seguía siendo tan gigantesco como lo recordaba, y en la oscuridad parecía aún más grande. Vestía ropas negras y su gran espada colgaba de su cintura, como de costumbre.
La ropa hacía que pareciera fundirse con la oscuridad, pero su rostro se veía con bastante claridad, lo que le daba un aspecto ominoso, como si uno estuviera mirando el rostro de la propia oscuridad.
—¿Nos vamos? —preguntó él.
Rosa negó con la cabeza, diciéndose a sí misma que no había razón para tener miedo y que se estaba imaginando cosas. —¿Puedo preguntar adónde vamos?
—No puede —respondió él de inmediato.
Rosa casi se rio de su respuesta sosa y abrupta. Ni siquiera ofreció una explicación. Simplemente se negó y lo dejó así.
Ella asintió y giró la cabeza para mirar a Chelsy, que seguía de pie junto a la puerta, manteniéndola abierta, pero se mantenía casi oculta de Maximus.
Rosa no podía culparla. Cualquiera se aterrorizaría si un hombre enorme, vestido de negro y con una espada gigantesca, apareciera en su puerta a medianoche. Al menos, así es como se sentía ella.
Chelsy le sonrió radiante a Rosa mientras asentía, como para animarla. Rosa le devolvió el gesto y dio un paso adelante. En cuanto salió de sus aposentos, las puertas se cerraron como para impedir que Rosa cambiara de opinión.
Maximus la estaba estudiando, y Rosa se sacudió los hombros para ahuyentar los escalofríos. No quería que el enorme hombre viera que estaba asustada y nerviosa.
Dio un paso adelante y Maximus se colocó a su lado. Rosa hizo todo lo posible por no reaccionar, aunque sentía como si estuviera caminando junto a un árbol.
Esperaba que la llevara a los aposentos de Caius, pero él empezó a caminar hacia las escaleras, alejándose de esa planta.
«¿Adónde vamos?».
Lo tenía en la punta de la lengua, pero entonces recordó que él le había dicho que no podía preguntar adónde iban, así que se mordió la lengua y bajó las escaleras.
Caminaron en silencio. Era muy incómodo y, más veces de las que le gustaría admitir, Rosa estaba bastante convencida de que Maximus la estaba llevando a algún pasillo oscuro para rebanarle el cuello con la espada que llevaba en la cintura.
Por suerte, se convenció de que no la mataría vestida de forma tan elaborada; no parecía su estilo. Maximus daba la impresión de que no le gustaba ensuciar.
Era más probable que la matara en el baño o en el exterior, donde la sangre pudiera contenerse fácilmente, o que la estrangulara para que no se desangrara. «¿Era eso lo que iba a pasar?».
«¡Rosa!».
Se gritó internamente para dejar de darle tantas vueltas. Respiró hondo y miró a su alrededor para distraerse. Se dio cuenta de que parecía haber más guardias cuanto más avanzaban, pero ninguno de ellos los molestó, y todos se inclinaron ante Maximus.
Rosa frunció el ceño al darse cuenta de que estaban en un lugar familiar, y no era el camino para salir del castillo. Estaban en un ala diferente. Rosa frunció el ceño mientras miraba a su alrededor, tratando de hacer memoria.
Este era el camino a la sala del trono. Rosa había recorrido este camino con Caius hacía muy poco, pero no era solo eso. Le resultaba más familiar de lo normal, y la última vez se habría dado cuenta, pero estaba demasiado preocupada por que los descubrieran.
Entonces la idea la golpeó con fuerza suficiente para marearla. Este era el camino a la sala donde los lores celebraban sus reuniones. Justo antes de las puertas, debería haber una escalera. Rosa se dio cuenta de que se sentía muy diferente a cuando había tomado ese camino por primera vez.
Maximus pasó de largo la escalera, tal como había hecho Caius la noche del velatorio de su padre, y se detuvo frente a las enormes puertas que conducían a la sala del trono.
Rosa levantó la cabeza, pero aun así apenas podía ver la parte superior de las puertas. Los guardias se movieron rápidamente para abrir las puertas, y a Rosa casi se le cayó la mandíbula al suelo ante la visión que tenía delante.
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