El Amor de Mi Acosador - Capítulo 20
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20: Capítulo 20: ¿Adónde se fue mi acosador?
– Parte 2 20: Capítulo 20: ¿Adónde se fue mi acosador?
– Parte 2 ELLA POV
Hice algo que probablemente no debería haber hecho y me fui directa a la biblioteca para mi sesión de tutoría con Mason.
Cuando llegué, se estaba preparando para irse, ya que yo no había aparecido.
Tuve que disculparme con él, explicándole que me había retrasado en mi última clase.
Ni loca iba a decirle que Jace me había acorralado, que me había exigido que me mantuviera alejada de Mason y que luego me había besado.
Mason no entendería nada de eso y, además, había firmado ese estúpido contrato, así que legalmente no podía decírselo.
No tengo tiempo para pararme a pensar en qué le ha pasado a Jace, pero ese beso…
—Me alegro de que tu retraso no se deba a nada grave —empieza a sacar sus cosas de nuevo.
Me acomodo en el puf y saco mi portátil, lista para empezar.
Necesito quitarme de la cabeza lo que acaba de pasar, al menos por un rato.
Empiezo repasando el último examen de Mason, le explico por qué se equivocó en sus respuestas y luego le muestro cómo se hacían correctamente.
Para cuando suena el último timbre, lo hemos puesto al día y está listo para que pasemos al temario actual la próxima vez que nos veamos.
—Emm… creo que la próxima vez que nos veamos será mejor que vengas a mi casa.
No estoy segura de si podré seguir quedando contigo a esta hora.
—No lo miro mientras se lo digo, pero puedo sentir su mirada sobre mí.
—Vale.
¿Pasa algo por que quedemos aquí?
—pregunta él.
—Eh, no, en realidad no.
Es solo que creo que sería mejor poder hablar abiertamente en lugar de preocuparnos por si nos dicen que hacemos mucho ruido.
Además, tengo otros compromisos a esta hora que creía que ya no tenía, pero estaba equivocada.
Lo siento, espero que no te suponga un inconveniente.
Mason sonríe ampliamente y me pone la mano en el brazo, captando toda mi atención.
—Ella, no pasa nada.
No tengo ningún problema en ir a tu casa, y si alguna vez no se puede, podemos quedar en la mía.
Mientras sea después del entrenamiento, me viene bien a cualquier hora.
Suelto el aire, aliviada de que no esté enfadado.
—¡Genial!
Gracias por comprenderlo, Mason.
Y, de nuevo, siento haber llegado tarde hoy y no haberte escrito.
—Eh, tranquila.
Son cosas que pasan, lo entiendo.
—Vuelve a mostrarme su deslumbrante sonrisa y me siento agradecida de tenerlo como amigo.
Salimos juntos de la biblioteca y él insiste en acompañarme al coche antes de irse al entrenamiento.
Desde lo del otro día, Mason se ha vuelto muy protector.
Dice que se siente mal por haberme dejado sola y que nada habría pasado si me hubiera acompañado al coche como un caballero.
Eso me hace sonreír, pero al mismo tiempo no quiero que los demás se sientan responsables de mi bienestar.
Dejo que me acompañe hasta el coche, nos despedimos y me dirijo a casa.
Algo me despierta.
Miro el reloj de la mesita de noche: son las once y cuarto de la noche.
Debo de estar agotadísima, porque recuerdo haber subido a mi habitación sobre las siete y haberme dado un baño caliente.
No recuerdo mucho más después de salir, salvo que me tumbé en la cama.
Me miro y, aunque las luces están apagadas, la poca iluminación que entra por la ventana me permite ver que sigo envuelta en la toalla y tumbada sobre la colcha.
Con razón me he despertado, pues unos escalofríos me sacuden el cuerpo.
Salgo de la cama y voy a pulsar el interruptor junto a la puerta para encender la luz del techo.
Rebusco en mi cómoda y encuentro un par de shorts cortos y una camiseta de tirantes para dormir.
Me quito la toalla y la dejo caer al suelo mientras alargo la mano para coger los shorts.
—Por mí no te cortes…
Ahogo un grito, me doy la vuelta de golpe y veo a Jace apoyado en la puerta de mi armario, al otro lado de la habitación, sonriendo de oreja a oreja mientras me recorre con la mirada.
Chillo al darme cuenta de que estoy completamente desnuda, me agacho y recojo la toalla a toda prisa para cubrirme.
—¿Qué haces aquí, Jace?
—pregunto con desdén.
—¿Son esas formas de hablarme, Ella?
—Se despega de la puerta del armario y camina lentamente hacia mí.
Desliza los nudillos por mi brazo desnudo—.
Creía que ya deberías saberlo, o puede que lo sepas, y por eso lo hagas.
—Se inclina tanto que puedo oler su embriagador aroma—.
Creo que te gusta cuando te pongo rojo ese culito que tienes.
—¿Q-qué q-quieres, Jace?
—Bueno, como antes saliste huyendo, he pensado en pasarme para que pudiéramos terminar nuestra conversación.
¿Se refiere a terminar la sesión de besos que él empezó?
Su beso me cautivó antes, derribando mis defensas, y no puedo permitir que vuelva a ocurrir.
Doy un paso atrás y él me fulmina con la mirada.
Él responde dando un paso adelante.
Seguimos así hasta que mi espalda choca contra la cómoda y ya no tengo adónde ir.
—Tienes que irte.
—De eso nada, preciosa.
¿Eh?
Primero el beso y ¿ahora me llama «preciosa»?
¿Adónde ha ido Jace y quién demonios está delante de mí?
Jace Palmer es mi acosador, le gusta atormentarme, no besarme y decirme cosas bonitas.
Frunzo el ceño, confundida, y él se ríe entre dientes.
—Te he dicho esta tarde que eres mía, Ella.
¿Acaso no me has creído?
—Esta vez me acaricia la mejilla, pero sus nudillos continúan su recorrido por mi cuello, y luego aún más abajo.
Aprieto la toalla con más fuerza cuando él roza el borde de la tela.
—Por favor, Jace, no aguanto más.
¿Cuánto tiempo vas a seguir acosándome?
—Oh, Ella.
Dejé de acosarte hace tiempo.
En el momento en que te marqué con mi semilla en la Sala de Arte, te convertiste en mía.
Yo no acoso lo que es mío, lo domino.
—¿No es lo mismo?
Él sonríe con arrogancia y siento un vuelco en el estómago; es guapísimo.
Se acerca todo lo que puede y hunde la cabeza en mi cuello para inhalar mi aroma, antes de pasar su nariz por mi mandíbula.
—Todo eso depende de ti, Ella.
—Levanta la cabeza y me mira fijamente, apartándome unos mechones que se han escapado de mi moño deshecho mientras dormía—.
Verás, te deseo.
Llevo mucho tiempo deseándote.
He entrenado y aprendido a ser un mejor amante y un mejor hombre para poder reclamarte algún día.
—Sus dedos me agarran la barbilla y me inclina la cara suavemente hacia arriba—.
Se acabó la espera, Ella.
Quiero que te sometas a mí.
Aprieto los muslos porque siento cómo la humedad empieza a acumularse entre mis piernas.
Todavía intento averiguar qué es lo que quiere exactamente.
Quiero decir, está diciendo que me desea y que soy suya, pero ¿y los dos últimos años?
¿A qué vino todo aquello?
—Sé que tienes muchas preguntas, y te las responderé, a su debido tiempo.
Pero, por ahora, lo único que necesitas saber es que me perteneces, Ella.
Siempre me has pertenecido y siempre lo harás.
Tiemblop por su contacto y no sé qué hacer.
Estoy aquí, prácticamente desnuda, mientras mi acosador, que ya no lo es porque ahora me reclama como suya, invade mi espacio personal, recorriéndome con los dedos y haciendo que me moje mucho.
—¿Me decías la verdad cuando dijiste que soy el único que te ha tocado íntimamente?
—pregunta, ladeando la cabeza.
Asiento.
—Quiero oírlo, Ella.
—Sí, Jace.
Eres el único.
—Bien, y siempre seré el único.
—Me da un beso suave en la frente—.
He venido a darte tu castigo por ser una chica mala.
¿Recuerdas por qué?
Cierro los ojos y me estremezco mientras asiento.
—Sí, porque he estado pasando el rato con Mason.
—Fuiste a la biblioteca después de marcharte esta tarde, ¿no?
—Sí.
—Así que me desobedeciste.
—Jace, tengo derecho a tener amigos, y solo le estaba dando clases particulares.
—La cuestión es que te dije que te mantuvieras alejada de Mason y me desobedeciste.
Y, encima, te marchaste sin pedir permiso, ¿o no?
—Sí —bajo la mirada al suelo, pero él me la levanta una vez más con la mano.
—Como no puedo castigar ese culito porque alguien podría oírnos, tengo otro tipo de castigo, uno que cubrirá todas tus fechorías.
Me tiembla el labio, así que me lo muerdo para disimular, pero el gesto solo sirve para atraer su atención.
Se lame los labios mientras me mira fijamente la boca, pero entonces sus ojos verdes se encuentran con los míos azules, hipnotizándome, alterando mis sentidos.
Todo a mi alrededor se vuelve borroso y solo existimos Jace y yo, pero su voz atrae mi atención cuando me pregunta si estoy lista para mi castigo.
Asiento.
—Bien.
Ahora sé una buena chica, suelta la toalla y ponte de rodillas.
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