El amor esta hecho de humo - Capítulo 1
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1: El efecto resaca 1: El efecto resaca Las gotas de perfume impactan contra mi piel, reclamando el aire de la habitación hasta que el aroma lo inunda todo.
Detesto esa huella ácida que el sudor deja sobre mí; el rastro amargo de la transpiración que me recuerda que soy de carne y hueso.
Cada ensayo, cada coreografía, me consume hasta los bordes.
El cansancio me pesa, y más ahora, que recae sobre mis hombros la tarea de ser el bálsamo de esos muchachos; de convertirme en su tregua y en la calma que sus cuerpos rotos necesitan.
—Hoy tenemos una nueva incorporación —anunció el mánager, captando la atención de todos—.
Es bailarina y tiene varios ases bajo la manga; será una pieza clave para el grupo en general.
Tras las presentaciones de rigor, me escoltó hacia los camerinos para conocer a las verdaderas estrellas de la empresa.
—Caballeros, denle la bienvenida a Danna —dijo él.
Saludé con un gesto cargado de respeto.
—Ella viene de Argentina —continuó el mánager—.
Ha recorrido el mundo trabajando con grandes artistas, y este año será su apoyo emocional y psicológico.
—Un placer —contesté con brevedad.
Al principio, solo recibí miradas gélidas o indiferentes.
Eran cuatro grupos numerosos de hombres polifacéticos: cantaban, bailaban, modelaban y actuaban, aunque su verdadera fuerza residía en el escenario.
Las primeras semanas transcurrieron en una calma engañosa, hasta que el silencio se rompió.
Durante un ensayo, el integrante más joven de uno de los grupos colapsó; un ataque de ansiedad brotó en él como una herida abierta en medio de la coreografía.
—¡Renuncio!
—gritó a pleno pulmón, su voz desgarrándose antes de salir corriendo hacia los camerinos.
El mánager me lanzó una mirada cargada de agotamiento y advirtió al resto: —Déjenlo en paz.
Necesita espacio.
Ignoré el mandato con sutileza.
Me dirigí a los camerinos y abrí la puerta por la que él había desaparecido.
Lo encontré sentado en el sofá, con las manos atrapadas en un temblor incontrolable.
—¿Día difícil?
—pregunté, fingiendo buscar algo en mi bolso para no invadir su espacio de golpe.
—No tienes idea —respondió él, con la voz rota.
Me acerqué.
Saqué un pañuelo y, con movimientos lentos, comencé a secar el sudor de su frente mientras mi otra mano buscaba la suya, acariciándola con una suavidad magnética.
—Imagino que la presión es demasiada —susurré.
—Demasiada —repitió él, como un eco.
—Está bien colapsar —continué, mientras mis dedos se enredaban de forma casi imperceptible en su cabello—.
Pero debes saber que, si necesitas un refugio, puedes contar conmigo.
Incliné mi hombro hacia él.
Como si hubiera encontrado un puerto seguro tras una tormenta, él apoyó la frente contra mí, rendido ante el ataque de ansiedad.
—Respira hondo —le pedí.
Mientras acariciaba su pelo, sentí cómo la rigidez de su cuerpo se disolvía.
Sus manos, antes crispadas, cedieron ante el roce de las mías.
Me abrazó de pronto, como un niño que busca consuelo en la oscuridad.
—Todo irá bien —le aseguré—.
Y si no fuera así…
eres joven, siempre puedes volver a empezar.
Lo miré a los ojos; el fuego del pánico se había apagado, reemplazado por una calma profunda y extraña.
—Vamos —dije, tomándolo de la mano.
Él se puso en pie y me siguió en silencio, con la mirada fija en mí, como si estuviera bajo un hechizo del que no quería despertar.
Mientras tanto, en la sala de ensayo, la tensión se podía cortar con un hilo.
—Tardaremos horas en calmarlo —sentenció el líder del grupo, con la frustración marcada en el rostro—.
No hace mucho que debutamos y ya está en crisis otra vez.
—Iré por él —se ofreció otro de los chicos, pero justo en ese instante, la puerta se abrió.
Él entró primero y yo lo seguí, manteniendo una distancia prudencial.
—Sigamos —dijo él, con una voz tan serena que parecía que el estallido de hace unos minutos nunca hubiese ocurrido.
La sorpresa recorrió el salón.
El ensayo se reanudó y transcurrió con una fluidez inesperada.
Durante un breve descanso, mientras bebíamos agua, el mánager se acercó a mí y, en un susurro casi imperceptible, murmuró: —Buen trabajo.
No respondí; preferí mantener el disfraz de la indiferencia.
Sin embargo, noté que el líder de la banda había captado el intercambio.
Sus ojos se clavaron en mí y pude sentir cómo una ola de desconfianza recorría su cuerpo, como si presintiera que mi presencia no era tan inofensiva como parecía.
Al finalizar la jornada, mientras recogía mis cosas, aquel joven que había colapsado se acercó a mí con paso tímido.
—Soy Nahuel —dijo, buscando mi mirada—.
¿Tú eres…?
—Danna —contesté.
Él repitió mi nombre en voz baja, saboreándolo, como si pronunciarlo le devolviera la paz que había perdido.
—Adiós, Nahuel —me despedí.
Antes de que pudiera alejarme, sentí que tomaba mi mano con suavidad.
Bajo la mirada atenta de sus compañeros, me rodeó con un abrazo inesperado, hundiendo el rostro en mi hombro para respirar hondo una última vez, buscando ese alivio que solo yo parecía proveer.
—Adiós, Danna.
Salí de la sala y caminé por el pasillo de la empresa.
Una sonrisa de satisfacción asomó a mis labios; el control era un vino dulce.
Pero entonces, la sonrisa se congeló.
Lo vi a él.
Vi esos ojos negros y ese cabello que parecía esculpido para un dios.
Por un segundo, el mundo se detuvo, pero sacudí la cabeza.
No quería detenerme a enamorarme; no tenía energías, ni tiempo, ni espacio para el amor.
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