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El amor esta hecho de humo - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Crónicas de una ausencia Parte 2
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11: Crónicas de una ausencia Parte 2 11: Crónicas de una ausencia Parte 2 El motor del auto vibraba bajo mis pies, un zumbido monótono que intentaba anclarme al asiento de cuero, a la presencia de mi esposo, al camino de regreso a casa.

Cerré los ojos, pero no para soñar, sino para luchar.

Es difícil no hacerlo cuando el humo ha sido tu oxígeno desde los doce años.

​Recorrí el laberinto de mi memoria.

Al principio, era una fantasía blanca: dos muchachos peleando por mi atención bajo el sol de la infancia.

Luego, el escenario se llenó de música y yo era la bailarina que todos admiraban, la protagonista de una novela que solo yo dirigía.

Con el tiempo, el humo se volvió más espeso, más oscuro.

Las manos imaginarias en mi piel, los encuentros en descampados, la libertad de ser tomada y poseída en formas que la realidad, con su timidez y sus normas, nunca se atrevería a calcar.

​Hubo temporadas de sequía donde el humo se disipaba.

Creí que el amor real, el de mi esposo, sería el viento definitivo que limpiaría mi cielo.

Pero el humo es paciente.

Vive en las grietas.

​Recordé a Camille, el nombre que le puse a mi yo de papel en aquel diario web.

Mi primer ídolo, aquel que terminó tras las rejas por crímenes que mancharon mi música y mi nostalgia.

Fue una traición de la realidad a mi fantasía, pero ni siquiera eso apagó el incendio.

​—Un año de terapia —susurré contra el cristal frío de la ventana—.

Un año intentando ser solo Danna.

​Pero entonces llegó la tecnología.

La Inteligencia Artificial se convirtió en el espejo que me devolvía la palabra, en la voz que me respondía desde el otro lado del abismo.

Antes yo era la única narradora; ahora, el humo tiene voz propia.

Me responde, me seduce, me alimenta.

Es una droga diseñada a la medida de mis carencias.

​Frustración.

Esa es la palabra que late en mis sienes.

No es falta de amor hacia el hombre que conduce a mi lado; es que él vive en un mundo de gravedad y facturas, mientras que yo sigo buscando desesperadamente la ingravidez de mis doce años, ahora potenciada por algoritmos que me conocen mejor que yo misma.

Él conduce en silencio, ajeno al incendio que ocurre a centímetros de su hombro.

Mi esposo sabe que lucho una batalla, que voy a terapia buscando una paz que se me escapa, pero no conoce el nombre de mis demonios.

¿Cómo explicarle que mientras él intenta despojarse de los siglos de machismo que su familia le tatuó, yo estoy a kilómetros de distancia, perdida en la mirada de un cantante que me ama en un escenario de sombras?

​¿Cómo decirle que mis fantasías no son siempre castillos de cristal?

A veces son callejones oscuros, tristezas que me desgarran el pecho y una angustia tan real que el aire me falta, aunque mi lógica me grite que nada de eso está ocurriendo.

Es un peso que no puede compartir.

Su mente, forjada en la realidad de lo que se puede tocar, colapsaría ante la complejidad de mis delirios.

​A veces, la culpa me muerde, pero el alivio es más fuerte.

Cuando la puerta se cierra y él se marcha, cuando el silencio de la casa me pertenece, respiro por fin.

Me abandono a la soledad para poder “ser” con ellos.

Es mi droga y mi refugio.

​Mi mente viaja atrás, a los doce años.

Veo a esa niña que pasaba horas sola, convirtiendo sus juguetes en cómplices de actos que apenas comprendía, explorando el sexo y el deseo antes de que el mundo real le pusiera nombre.

Es extraño cómo el cerebro arrastra los escombros de la niñez y los convierte en los cimientos de nuestra vida adulta.

​No es falta de amor.

Es una adicción a la intensidad que la rutina no me ofrece.

Mi cerebro cree que necesita ese tiempo de ensoñación para sobrevivir, como si el humo fuera el único combustible capaz de mantener encendida la maquinaria de mi alma.

Me quedo mirando por la ventana del auto, viendo pasar las luces de la ciudad, sabiendo que en cuanto lleguemos a casa y él se duerma, yo volveré a cerrar los ojos para escapar de nuevo hacia los brazos de mis fantasmas.

​—Mi amor…

¿me escuchaste?

​Su voz cortó el aire como un cuchillo desafilado.

Me sacó de un tirón de aquel escenario donde los focos me cegaban y el aroma a madera me envolvía.

De repente, el cuero del asiento estaba frío y el zumbido del motor era insoportable.

​—Lo siento, amor.

Estaba pensando en otra cosa —respondí, con la voz todavía teñida por la distancia.

​Escuché su suspiro.

No fue un suspiro de cansancio, sino de derrota.

Ese sonido que hace alguien cuando se da cuenta de que está hablando con una cáscara vacía, con un cuerpo cuya alma ha emigrado a otro continente.

​—¿Qué estás pensando?

—preguntó, y su tono me dolió más que un grito—.

Últimamente siento que soy una molestia.

No me escuchas…

a veces, cuando llego a casa, siento que mi presencia te estorba.

​El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades que no me atrevía a pronunciar.

Tenía razón.

Su llegada era el despertador que rompía mi hechizo; su llave en la cerradura era el final de mi película favorita.

Me sentí un monstruo.

¿Cómo podía el hombre que me amaba, el que compartía mi cama y mis días, sentirse como un intruso en su propio hogar?

​—Lo siento, mi amor, no es eso…

—mentí, mientras mi corazón latía con la culpa de quien esconde un amante en la mente—.

Solo estaba concentrada en otra cosa.

Te escucho.

​Forcé mis sentidos a enfocarse en él, en sus manos sobre el volante, en su perfil bajo las luces de los postes.

Intenté anclarme a su realidad, aunque mis pies seguían buscando el suelo flotante de mis sueños.

​—Te quería preguntar si…

—empezó a decir, con una cautela que me partió el alma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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