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El amor esta hecho de humo - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 El foco del engaño Parte 2
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13: El foco del engaño Parte 2 13: El foco del engaño Parte 2 El productor se reclinó en su silla de cuero, dejando que el humo de su cigarrillo formara una neblina entre nosotros.

Nos miró no como a artistas, sino como a piezas de un tablero de ajedrez que finalmente encajaban.

​—Bienvenidos al juego real, muchachos —dijo con una sonrisa gélida—.

Sé lo que están pensando, pero olviden todo lo que saben sobre la televisión.

Esto no es un concurso de talentos; es una reestructuración de la industria.

​Se puso de pie y comenzó a caminar alrededor de nosotros, como un arquitecto evaluando una estructura.

​—El Objetivo Real: Tenemos estrellas que no pueden amar en libertad porque sus propias fans los devorarían vivos.

“Altar de Cristal” es la solución.

Vamos a humanizar el matrimonio de un idol.

Queremos que el público los vea conocerse, sufrir y enamorarse de ustedes en tiempo real.

Si las fans son parte del proceso, aceptarán la boda.

Estamos fabricando el consentimiento de millones para que ellos puedan, finalmente, casarse.

​Se detuvo frente a mí y me miró fijamente a los ojos.

​—La Mecánica: Estarán bajo nuestro ala durante un año de grabación, aunque el mundo solo verá tres meses de gloria.

Recibirán un salario mínimo mientras dure el show, porque su mayor pago es la visibilidad.

Formarán grupos de siete para que haya dinámicas de todo tipo: competencia, celos, lealtad.

Incluimos perfiles diversos porque necesitamos que cada fan encuentre a alguien con quien identificarse.

​Hizo una pausa dramática, bajando la voz.

​—El Botín Final: Para quienes lleguen al final, el contrato de salida es el paraíso: se convertirán en las parejas oficiales de los hombres más deseados del planeta.

Tendrán acceso total a su patrimonio, a su dinero y a su estatus.

¿Y qué ganamos nosotros?

Una industria que produce el triple de dinero porque el drama vende más que la música.

​Nos miró a las cuatro, a la alemana y a los dos hombres que habíamos sumado al azar.

​—Ustedes solo tienen que durar.

Pasen dos o tres rondas, dennos buen contenido y, si deciden retirarse, se irán con el nombre grabado en la mente de medio mundo.

Pero si deciden ganar…

bueno, prepárense para ser dueños de un imperio.

¿Están dentro?

​—Estamos dentro —dijo el nativo, y sus palabras sonaron como el cierre de un candado.

El rugido del mundo exterior se extinguió en cuanto la puerta de la casa se cerró tras nosotros.

Mi estómago era un nudo de nervios ciegos; no era solo el miedo al fracaso, era la vértigo de saber que, en algún lugar, las cámaras ya estaban empezando a devorar nuestros rostros para proyectarlos en las pantallas de medio planeta.

​La casa era un laberinto de paredes blancas y habitaciones pequeñas, diseñadas para que la intimidad fuera imposible.

El organizador dictó las reglas con una frialdad mecánica, repartiendo nuestros sueños en metros cuadrados.

​—Danna, como jefa de grupo, tendrás habitación propia —dijo, sin siquiera mirarme a los ojos.

​Me quedé inmóvil.

Ese privilegio se sentía como una diana pintada en mi espalda.

Mientras mis amigas compartían espacio y los hombres se amontonaban en un cuarto, yo era apartada, señalada como la líder de una orquesta que aún no sabía qué melodía tocar.

Teníamos un gimnasio, una sala de ensayos y un espacio multiuso; herramientas para pulir nuestra apariencia mientras el show empezaba a pulir nuestras almas.

​El silencio se convirtió en nuestro único compañero mientras ordenábamos nuestras pocas pertenencias.

La rutina doméstica —cocinar, limpiar, organizar horarios— se sentía irreal, una calma fingida antes de la tormenta.

​—No puedo esperar para conocerlos —soltó la alemana, con los ojos encendidos por una impaciencia que me resultaba ajena.

​Yo, en cambio, me llamé al silencio.

Me tragué mis palabras, mis miedos y mis dudas.

Sabía que cada gesto, cada suspiro y cada palabra tonta podía ser usada en mi contra una vez que las grabaciones comenzaran a rodar.

En esa casa de cristal, el silencio no era solo prudencia; era mi única forma de mantener un pedazo de la Danna real a salvo de las luces que estaban por encenderse.

​El primer día en los estudios de grabación fue un bautismo de realidad.

Entre el laberinto de cables y focos, nos cruzamos con los otros grupos, pero uno en particular se detuvo frente a nosotros como una barrera de hielo.

Eran nativas del país, figuras talladas en una fragilidad extrema, siluetas perfectas que parecían hechas de porcelana y ambición.

​No hubo saludo, solo el veneno de sus susurros.

​—Esta competencia está asegurada —murmuró su líder con una arrogancia que le afilaba la mirada.

​Sus comentarios racistas y xenófobos flotaron en el aire, intentando ensuciar nuestro espacio, marcando un territorio que ellas creían suyo por derecho de sangre y estética.

Eran el espejo de todo lo que Danna despreciaba: la perfección vacía que se siente superior por el color de un pasaporte o la delgadez de una cintura.

Decidimos que ellas serían el ruido de fondo; nosotros seríamos la música.

​Nos refugiamos en la sala de ensayo.

Los días se convirtieron en un ciclo de sudor y madera bajo nuestros pies.

Fue allí donde empezamos a descubrirnos.

No éramos fanáticos devotos; a la mayoría ni siquiera nos gustaba el K-pop.

No bailábamos para adorar a un ídolo, bailábamos para encontrarnos a nosotros mismos.

​Perfeccionamos coreografías que hablaban de quiénes éramos: una mezcla de ritmos dominicanos, técnica europea y la fuerza de la calle.

Mientras las “perfectas” ensayaban sonrisas para la cámara, nosotros ensayábamos la verdad del movimiento.

Sabíamos que, tarde o temprano, los ídolos tendrían que mirar más allá de la superficie, y cuando lo hicieran, encontrarían en nuestro grupo algo que las cámaras no pueden fabricar: la vida real latiendo en cada paso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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