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El amor esta hecho de humo - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 El foco del engaño Parte 5
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16: El foco del engaño Parte 5 16: El foco del engaño Parte 5 Las horas se fundieron con el sudor.

Cada vez que mis músculos gritaban por el cansancio o que la vergüenza intentaba paralizarme, visualizaba los rostros de mis amigas.

Lo hacía por ellas.

Si ganaba esta inmunidad, aseguraba su estancia una semana más.

Ese era mi escudo, mi justificación para permitir que las manos de Kim se cerraran sobre mi cintura con cada vez más firmeza.

​—Una vez más —repetí, limpiándome el sudor de la frente.

​Pero algo empezó a cambiar.

A medida que Kim dominaba el ritmo, el ambiente dejó de ser tenso para volverse eléctrico.

Ya no era yo arrastrándolo a él; ahora nos movíamos en una conversación sin palabras.

Su cuerpo, entrenado en la precisión del K-pop, empezó a absorber la sinuosidad del reggaetón, y me sorprendió descubrir que disfrutaba viéndolo transformarse.

​En el clímax de la canción, bajamos al suelo.

Ya no sentía ese vacío de miedo en el estómago, sino una adrenalina nueva.

Me movía con una libertad que me asustaba, y Kim me seguía, su respiración mezclándose con la mía en un compás perfecto.

Al levantarnos, el impulso de la coreografía nos dejó pegados, pecho contra pecho.

​Ninguno de los dos se movió.

​—Lo estás disfrutando —susurró él, con los ojos fijos en mis labios.

Su mano, que debía estar en mi hombro según la rutina, subió lentamente hasta rozar el mechón de pelo mojado en mi sien.

​—Solo estoy haciendo mi trabajo —respondí, pero mi voz me traicionó, sonando más como un suspiro que como una sentencia.

​—Mientes, Danna.

Ya no estás pensando en tu grupo.

Estás aquí, conmigo.

​La tensión entre nosotros se volvió casi sólida, un hilo invisible que tiraba de ambos hacia el centro de un incendio.

Por primera vez en todo el programa, no me importó que las cámaras estuvieran grabando desde los rincones.

El autocontrol, que había sido mi religión, estaba empezando a desmoronarse bajo el calor de su mirada.

Estaba disfrutando del baile, sí, pero también estaba empezando a disfrutar de la forma en que él me miraba: como si fuera la única verdad en una habitación llena de mentiras.

​—Sigamos —dije, aunque no me aparté—.

Si vamos a ganar, tienen que sentir que nos estamos quemando vivos.

​Kim sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que me hizo entender que él también había dejado de actuar hace mucho tiempo.

​El vestuario era una trampa de seda y transparencias.

Al verme al espejo con el short transparente y el body de encaje, que solo cubria mis pechos, sentí una oleada de calor que no tenía nada que ver con el ejercicio.

Me sentía desnuda, expuesta ante un país que no era el mío.

Pero entonces, recordé las caras de mis amigos en la sala de estar, su esperanza puesta en mí.

Exhalé un aire frío, endurecí la mirada y me puse la armadura de indiferencia que tan bien sabía usar.

​Cuando entré a la sala, Kim estaba allí, con la camisa blanca abierta, revelando un torso que parecía esculpido.

Su mirada se ancló en mis piernas y luego subió a mis ojos con una intensidad que me hizo querer cubrirme, pero me obligué a mantener la barbilla en alto.

​—Es un vestuario funcional para el género —dije con voz gélida, cortando cualquier comentario que él estuviera por hacer—.

No te distraigas.

​—No es distracción, Danna, es…

—intentó decir, pero lo interrumpí con un gesto seco.

​—Es trabajo, Kim.

Vamos a marcar.

​Puse la música.

El ritmo de Envolver empezó a golpear las paredes.

Me moví con una precisión mecánica, intentando que mis sentidos no registraran la suavidad de su camisa de lino rozando mi piel o el calor que desprendía su cuerpo.

Pero a medida que el ensayo avanzaba, la coreografía empezó a reclamar su tributo.

El reggaetón no se puede bailar con el hielo de la lógica; exige entrega.

​Llegamos al suelo.

Me arrodillé y sentí su presencia justo detrás, una sombra cálida y poderosa.

Mi mente decía: “Hazlo por el grupo, termina y vete”, pero mi cuerpo empezó a traicionarme.

Al bajar al suelo para el paso final, el roce de su piel contra la mía, casi sin barreras por la falta de botones en su camisa, me provocó un estremecimiento que no pude ocultar.

​Por un segundo, disfruté de la sensación de ser deseada por el hombre más codiciado del show.

Disfruté del control que tenía sobre su respiración, que se volvía errática cada vez que yo movía las caderas.

Me gustaba, me aterraba y me avergonzaba a partes iguales.

​Cuando terminamos la secuencia, quedamos en el suelo, él sobre mí, rodeándome con sus brazos en la pose final.

Mis ojos encontraron los suyos y, por un instante, mi máscara de frialdad se agrietó.

​—Lo haces muy bien —susurró él, buscándome la mirada—.

Casi pareces de piedra, pero tu corazón está corriendo a mil por hora bajo mi mano.

​—Es el esfuerzo físico —respondí de inmediato, recuperando mi tono distante y apartándome con brusquedad para ponerme de pie—.

No confundas la adrenalina con otra cosa.

​Me sacudí el short blanco con un gesto nervioso, evitando mirarlo a los ojos.

Me moría de ganas de sonreír, de dejarme llevar por la electricidad que aún vibraba en el aire, pero me obligué a cerrar los puños.

Si admitía que me gustaba, perdía el juego.

Y yo no podía permitirme perder nada.

​—El escenario nos espera —sentencié, dándole la espalda para recoger mi agua—.

Intenta no perder el paso cuando las luces se enciendan- ¿Qué estaba diciendo?

El estaba acostumbrado a ese foco de atención, en cambio, yo no.

​Kim se quedó en el suelo un momento más, observándome con una media sonrisa que decía que sabía perfectamente que mi frialdad era una mentira hermosa.

Afuera, el murmullo de la producción crecía.

La jaula de cristal estaba lista para que entráramos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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