El amor esta hecho de humo - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 El foco del engaños Parte 6
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17: El foco del engaños Parte 6 17: El foco del engaños Parte 6 El estruendo del público era ensordecedor, una masa de luces y gritos que me mareaba.
Mientras esperábamos en la oscuridad del lateral del escenario, sentí que mis dedos se entumecían.
Miré mis manos: temblaban violentamente, traicionando la armadura de frialdad que había construido.
Por un segundo, la jefa de grupo desapareció y solo quedó la chica que temía ser juzgada por el mundo entero.
Entonces, sentí una presión cálida.
Kim rodeó mis manos con las suyas, ocultando mi temblor entre sus palmas.
No dijo nada, pero sus ojos oscuros buscaron los míos con una intensidad que me obligó a respirar.
Su pulso estaba tranquilo, firme; era el ancla que yo necesitaba.
Me dio un apretón final antes de que la luz roja se encendiera.
Ahora o nunca.
Las luces estroboscópicas estallaron y los primeros acordes de Envolver golpearon el set.
Al principio, me moví con la rigidez del miedo, pero Kim estaba ahí.
En el primer roce, su mano en mi cintura me atrajo hacia él con una seguridad que me decía: “Te tengo”.
Dejé de pensar en mi grupo, en las chicas nativas y en el contrato.
El mundo se redujo a la fricción de su camisa de lino contra mi piel y al ritmo que dictaba mi sangre.
Nos perdimos.
La coreografía fluyó como lava.
Cada giro era más cerrado, cada toque más prolongado.
La seducción que desbordábamos no era actuada; era el resultado de horas de contención que finalmente estallaba.
Cuando bajamos al suelo para el paso final, el set se quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el bajo de la canción.
La transparencia de mi short y la apertura de su camisa creaban una imagen tan cruda y bella que parecía irreal.
Me moví con una libertad salvaje, y Kim me siguió, sus ojos fijos en los míos, olvidando por completo que había cámaras o fans.
Estábamos solos en nuestra propia tormenta.
Cuando la música murió, quedamos fundidos en la pose final, jadeando, con los rostros a milímetros.
El silencio duró un segundo eterno antes de que el estudio estallara.
Sus compañeros de banda estaban de pie, con las manos en la cabeza y sonrisas de absoluto asombro.
Nunca lo habían visto tan humano, tan vulnerable y tan feroz al mismo tiempo.
Intercambiaban miradas de “esto no es solo un show”.
Las nativas…
ay…el silencio en su sector era gélido.
Sus rostros eran máscaras de envidia pura y desprecio; sabían que, después de eso, cualquier cosa que ellas hicieran parecería aburrida.
Mi mejor amiga gritaba de emoción, abrazada al chico colombiano, quien silbaba con orgullo.
Lloraban de alegría, sabiendo que esa actuación nos acababa de salvar a todos.
El resto salto de alegría pero por lo impecable del baile.
Los camarógrafos no bajaban las lentes; los productores en la cabina se miraban entre sí, frotándose las manos.
Sabían que ese clip daría la vuelta al mundo en minutos.
Kim me ayudó a levantarme, pero no soltó mi mano de inmediato.
Me miró con una mezcla de respeto y algo que me dio miedo reconocer.
El ambiente en el set era denso, como si el oxígeno se hubiera consumido con el fuego de la presentación.
Kim y yo seguíamos parados en el centro, recuperando el aliento, mientras el jurado nos observaba en un silencio que parecía eterno.
El juez más severo, un coreógrafo legendario conocido por su frialdad, dejó sus papeles sobre la mesa y se quitó los lentes.
—”Danna…
Kim…” —comenzó, y mi nombre sonó como una advertencia—.
“Lo que acabamos de ver no fue una coreografía.
-apenas escuche eso mi corazon se detuvo ¿Acaso nos iban a eliminar por ser tan explícitos?- Fue una conversación privada que tuvimos la osadía de interrumpir.
Kim, nunca te había visto perder la compostura de idol de esa manera; hoy no fuiste un modelo a seguir, fuiste un hombre bailando.
Y Danna…
tienes una técnica que intimida, pero tu capacidad para arrastrar a un artista de su nivel a tu propio terreno es lo que realmente da miedo”.
La jueza principal asintió, visiblemente emocionada.
—”Es la primera vez que veo este género bailado con tal respeto y, al mismo tiempo, con tal falta de vergüenza.
La inmunidad es suya.
No hay discusión.
Grupo 4, están a salvo”.
Habíamos ganado la inmunidad, sí, pero yo acababa de perder la guerra contra mis propios sentimientos.
Escuché el grito de alivio de mis amigas desde el backstage.
Mis piernas por fin dejaron de temblar, pero la mano de Kim, que aún rozaba discretamente la mía, me recordaba que el precio de esa inmunidad era habernos expuesto por completo.
Mientras caminábamos hacia los camerinos, los teléfonos del staff empezaron a arder.
No tuvimos que esperar mucho para ver las pantallas gigantes del pasillo reflejando el caos digital: #DannaAndKim: Se volvió tendencia global en menos de 10 minutos y sólo era una pequeña parte para promocionar el show.
El video del movimiento final alcanzó los 5 millones de reproducciones antes de que termináramos de desmaquillarnos.
Además, hubo una guerra civil digital.
Algunas estaban furiosas por la cercanía física (“¿Quién es ella para tocarlo así?”), pero la gran mayoría estaba hipnotizada por la química.
Empezaron a llamarnos “The Untouchable Duo”.
Revistas de música en Latinoamérica y Estados Unidos compartieron el video con el titular: “La bailarina que le enseñó a Corea lo que es el fuego”.
Danna, la chica que quería pasar desapercibida, era ahora la persona más buscada en internet.
Recordé el objetivo de estar en este reality, volver famosas a mis amigas y tener más contratos de trabajo y esto solo era el comienzo, aun no salían las grabaciones, pero, estaba tranquila de comenzar a abrir de a poco las puertas de esperanza.
A pesar de nuestro triunfo, el ambiente en la casa se volvió lúgubre.
La regla era clara: dos grupos debían ir a la fase de eliminación.
Uno de los mejores grupos, o al menos a mi criterio, sorpresivamente, los jueces las sentenciaron.
Dijeron que su técnica era perfecta pero que, comparadas con nuestra pasión, parecían “muñecas de porcelana sin alma”.
Estaban furiosas, y sus miradas hacia mí en el comedor eran dagas listas para matar.
El otro grupo a eliminar, a pesar de su esfuerzo, no lograron conectar con el concepto y quedaron en la cuerda floja.
Pasamos la semana en una burbuja extraña.
Yo intentaba evitar a Kim, volviendo a mi papel de jefa de grupo fría, pero era imposible.
Cada vez que nos cruzábamos en el buffet o en los pasillos, las cámaras se giraban hacia nosotros y el silencio se apoderaba del lugar.
Él ya no me miraba como a una concursante más; me miraba como alguien que compartía un secreto conmigo.
El viernes por la noche, antes de la gala de expulsión, me encontré a Kim en la terraza.
Estaba mirando los comentarios en su teléfono.
—”Dicen que somos el ‘incendio’ del programa” —dijo sin mirarme, con una sonrisa melancólica—.
“Pero los incendios suelen dejar cenizas, Danna.
¿Estás lista para lo que viene ahora que todos esperan que repitamos esto?” —”Yo solo quería salvar a mi grupo, Kim” —respondí, manteniendo mi distancia habitual, aunque por dentro mi corazón seguía bailando al ritmo de esa canción—.
“Lo que piensen las redes no es mi problema”.
—”Mientes” —susurró él, acercándose un paso— mi mirada nerviosa se desvío y simplemente me aleje friamente- -Piensa lo que quieras- dije engañandome a mi misma-
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