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El amor esta hecho de humo - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 El foco del engaño Parte 7
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18: El foco del engaño Parte 7 18: El foco del engaño Parte 7 ​—Ya te lo dije: cree lo que quieras —le solté a Kim, soltándome de su agarre con un movimiento seco que lo dejó descolocado.

​No me quedé a ver su reacción.

Nos dejaron descansar dos dias, pero la furia y frustración por todo lo vivido no se iba de mi garganta.

Caminé hacia el fondo del gimnasio, donde cuelgan los sacos de boxeo y están las pesas libres, el área que los idols varones suelen dominar como si fuera su territorio privado.

Podía sentir sus miradas de suficiencia; nos veían como extranjeras exóticas, pero seguían pensando que éramos “el sexo débil”.

Creían que nuestra resistencia terminaba en el escenario.

​Qué equivocados estaban.

​Me acerqué a la barra olímpica.

Sin decir una palabra, empecé a cargar discos.

Diez kilos, veinte, treinta…

hasta llegar a un peso que hizo que un par de miembros del grupo de Kim detuvieran su charla.

Me posicioné, ajusté mi agarre y, con un grito sordo de pura furia contenida, ejecuté un clean and jerk perfecto.

La barra subió sobre mi cabeza con una explosión de potencia que hizo retumbar el suelo cuando la solté.

​A mi lado, mi mejor amiga no se quedaba atrás.

Mientras Hoseok la miraba boquiabierto, ella empezó una serie de burpees explosivos y dominadas en la barra fija con una rapidez que ningún idol ahí presente podía igualar.

Su cuerpo dominicano era puro músculo y nervio; no era la delicadeza coreana, era fuerza bruta pulida por años de necesidad y baile callejero.

​—¿Qué pasa?

—solté, jadeando, mirando de reojo a Kim y a sus amigos que se habían quedado mudos—.

¿Pensaban que solo sabíamos mover las caderas?

En mi tierra, si no eres fuerte, no sobrevives.

No entrenamos para vernos lindas en una foto; entrenamos para que el cuerpo aguante lo que la mente le pida.

El enojo, el estrés contenido me hacían reaccionar ante cualquier rastro de menosprecio.

​La tensión en el gimnasio cambió.

Ya no era una tensión sensual, era una tensión de respeto y competencia.

Los idols, que están acostumbrados a ser los más atléticos de cualquier habitación, se dieron cuenta de que en una carrera de resistencia o en una prueba de fuerza, las extranjeras los dejaríamos atrás sin despeinarnos.

​Kim dio un paso hacia adelante, dejando de lado su fachada de seductor.

Sus ojos ahora brillaban con una admiración distinta, una más real y peligrosa.

Se quitó la sudadera, revelando que él también estaba listo para llevar su cuerpo al límite, desafiado por mi demostración de poder.

​—Tienes razón —dijo Kim, su voz resonando en el gimnasio ahora silencioso—.

Los subestimamos.

Pensamos que eran flores ​Se acercó a la barra que yo acababa de soltar y añadió diez kilos más.

Me miró fijo, un desafío silencioso en sus ojos.

​—Si quieres descargar tu furia, Danna, no lo hagas sola.

Veamos quién de los dos cae primero.

​En ese momento, el gimnasio se dividió.

Hoseok finalmente se acercó a mi amiga para proponerle un circuito de alta intensidad, y el resto de los chicos empezaron a empujar sus propios límites, contagiados por nuestra energía.

Ya no éramos “ídolos y fans”.

Éramos atletas en una arena, quemando la rabia y el deseo a través del esfuerzo físico.

La atmósfera en el gimnasio era asfixiante.

El sonido del metal chocando contra el suelo, los jadeos pesados y el olor a esfuerzo llenaban el aire.

Kim y yo estábamos enfrascados en un duelo de resistencia que ya no tenía nada que ver con el programa; era un choque de voluntades.

Mis músculos ardían, el sudor empapaba mi top de malla y el cabello se me pegaba a la frente, pero no iba a ser la primera en bajar la guardia.

​Él me miraba con una mezcla de agotamiento y fascinación.

Estaba viendo a la Danna real: la que no necesitaba un escenario para imponerse, la que tenía más fuerza en los brazos que muchas de las “estrellas” que caminaban por esos pasillos.

​Justo cuando Kim se preparaba para igualar mi última serie y la tensión entre nosotros estaba a punto de romper algo invisible, la puerta del gimnasio se abrió de par en par.

​—¡Idols!

¡A formación ahora mismo!

—la voz del mánager principal de la agencia retumbó como un latigazo, cortando la música de golpe.

​El silencio que siguió fue instantáneo y pesado.

Los chicos se detuvieron en seco.

Hoseok, que estaba ayudando a mi amiga con un estiramiento que parecía más una caricia, se alejó rápidamente, recuperando su postura profesional en un parpadeo.

​El mánager entró unos pasos, barriendo la sala con una mirada de desaprobación absoluta.

Sus ojos se detuvieron en la piel expuesta, en el sudor compartido y en la cercanía peligrosa entre Kim y yo.

Sus labios se apretaron en una línea fina; no le gustaba lo que veía.

No le gustaba que sus “diamantes” se estuvieran mezclando con el “fuego” sin supervisión.

​—Tienen una sesión de fotos de emergencia para el patrocinador principal.

Se supone que deberían estar en maquillaje, no perdiendo el tiempo aquí —sentenció el mánager, mirando a Kim con especial dureza—.

Muévanse.

¡Ya!

​Kim exhaló un suspiro largo, tratando de recuperar el aliento y la compostura.

Se pasó una mano por el cabello empapado, ocultando por un segundo la frustración en sus ojos.

Me miró una última vez, pero ya no era el hombre del gimnasio; estaba volviendo a ponerse la máscara de K-pop.

​—Parece que la campana te salvó —dije en un susurro, con una sonrisa fría y desafiante, a pesar de que mi propio corazón martilleaba contra mis costillas.

​Él no respondió con palabras.

Se acercó lo suficiente para que solo yo pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo y me dedicó una mirada oscura, cargada de una promesa que me hizo estremecer.

Luego, se dio la vuelta y salió tras su mánager, seguido por el resto de los chicos que caminaban cabizbajos, como soldados llamados al frente.

​El gimnasio quedó vacío de repente, dejando solo el eco del metal y a nosotras cuatro recuperando el aliento.

Mi mejor amiga se acercó a mí, secándose la cara con una toalla, con los ojos todavía fijos en la puerta por donde Hoseok acababa de desaparecer.

​—Danna…

—dijo ella en voz baja—, esto se está saliendo de control.

Ellos no son como los chicos de casa.

Son peligrosos porque no saben cuándo detenerse.

​—Nosotras tampoco sabemos cuándo detenernos —respondí, agarrando mi botella de agua con manos que aún temblaban por el esfuerzo—.

Y ese es su problema, no el nuestro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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