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El amor esta hecho de humo - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 El foco del engaño Parte 8
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19: El foco del engaño Parte 8 19: El foco del engaño Parte 8 A medida que las semanas se estiraban como ligas a punto de romperse, sentimos el peso constante de la vigilancia.

Los idols y la producción nos observaban como si fuéramos un experimento bajo un microscopio.

Analizaban cómo comíamos, cómo hablábamos y cómo, a pesar del encierro, nuestra energía no se apagaba.

​Pero lo que no esperaban era nuestra nueva rutina de medianoche.

​Como no nos dejaban salir de fiesta y el mundo exterior era solo un recuerdo tras los muros de cristal, mi mejor amiga y yo decidimos traer la “fiesta” al estudio.

Los idols se estaban ausentando por ver a otro grupos, además que eran altas horas de la noche, por lo que pudimos ensayar tranquilos.

Empezamos a enseñarles Heels al resto del grupo.

No era solo bailar en tacones; era una disciplina de hierro que exigía un control absoluto del eje, fuerza en los tobillos y una actitud de acero.

​—La precisión está en la lentitud —les decía yo, marcando un caminado que hacía que el eco de mis tacones resonara como disparos en la sala vacía.

​Al principio, la vergüenza las paralizaba.

Se miraban los pies, temblorosas, sintiéndose ridículas bajo las luces fluorescentes.

Pero poco a poco, el sonido de la música —lenta, pesada, sensual— empezó a calar.

Entendieron que dominar el equilibrio sobre diez centímetros de tacón les daba una comprensión del centro de gravedad que ningún otro género les daría.

​Se soltaron.

El estudio se convirtió en nuestra propia pasarela privada.

Era nuestra única excusa para arreglarnos, maquillarnos un poco más y usar esa ropa que guardábamos para unas noches de fiesta que nunca llegaban.

Vernos en los espejos, poderosas y estilizadas, nos devolvía la humanidad que el reality intentaba quitarnos.

​Una noche, mientras afinábamos una secuencia de movimientos lentos y controlados, sentí esa sensación familiar de ser observada.

Miré hacia el cristal de la galería superior.

​Allí estaban ellos.

Kim, Hoseok y un par de idols más.

​Ya no nos miraban con la curiosidad de antes.

Sus rostros estaban pegados al cristal, en un silencio absoluto.

Estaban hipnotizados por la técnica de los pasos lentos, por la forma en que el grupo se movía al unísono con una elegancia depredadora.

Kim, en particular, tenía la mirada fija en mis movimientos, siguiendo la línea de mis piernas y la seguridad de mi postura.

​Ya no éramos las chicas que “entrenaban fuerte” en el gimnasio.

Éramos mujeres dueñas de su sofisticación.

​—No se detengan —susurré a mis compañeras, viendo cómo algunas se tensaban al notar la presencia de los varones—.

Lucirse es parte del entrenamiento.

Si quieren mirar, que aprendan lo que es la disciplina de verdad.

​Esa noche, el aire en la academia cambió.

Los idols comprendieron que nuestra resistencia no solo era física, sino mental.

Habíamos convertido nuestro encierro en un salón de alta costura y técnica, y mientras ellos seguían las reglas del contrato, nosotras estábamos creando nuestras propias reglas sobre tacones de aguja.

​El eco de los pasos en la escalera metálica interrumpió la música.

Eran ellos.

Se quedaron en el umbral, rompiendo la intimidad de nuestro santuario.

Hacía tiempo que no bajaban a observarnos, y la sorpresa en sus rostros al vernos sobre tacones de aguja fue casi cómica.

​—Menudo baile —soltó Hoseok, rompiendo el hielo con una sonrisa de incredulidad, mientras sus ojos viajaban de los pies a la postura de mi mejor amiga.

​Yo me llamé al silencio.

No necesitaba explicar nada; el sudor y la línea perfecta de mis compañeras hablaban por sí solos.

Me limité a ajustar la correa de mi tacón, ignorando la intensidad con la que Kim me escaneaba.

​—Deberías incluir varones a la coreografía —dijo Kim con un tono provocador, cruzándose de brazos—.

Un estilo así necesita el contraste de una fuerza masculina.

​Una chispa de ironía cruzó mi mente.

Él pensaba que nosotras éramos las únicas que estábamos puliendo este estilo.

​—Ven aquí —le ordené a mi compañero colombiano.

​Él caminó hacia el centro con una elegancia que dejó a los idols mudos.

Siempre había tenido una afinidad especial con él; con los chicos como él, la seguridad era absoluta.

No había miradas lascivas ni segundas intenciones.

Tenemos los mismos gustos rn hombres.

Podía tocarme, envolverme en sus brazos o rozar mi piel, y yo sabía que cada toque era puramente artístico, una herramienta para la sensualidad del baile, nunca una falta de respeto.

Con él, yo podía ser libre.

​La música volvió a estallar, pero esta vez con un ritmo oscuro y profundo.

​Nos perdimos en la coreografía.

Él se movía con una fluidez asombrosa, marcando el contraste perfecto entre su fuerza y mi flexibilidad.

Sus manos se movían sobre mí con la confianza de quien conoce el mapa de la rutina, dándole la provocación necesaria para que el aire en la sala empezara a quemar.

El resto de las chicas gritaba de emoción, sus voces dándonos el soporte necesario para pulir cada movimiento lento.

​Pero yo siempre tenía un as bajo la manga.

​Minutos antes de empezar, en la oscuridad del rincón, le había puesto un collar de estilo sadomasoquista oculto bajo su camisa.

En el clímax de la canción, mientras él estaba frente a mí, agarré el extremo de la correa.

Con un movimiento seco y cargado de poder, tiré de ella, ajustando el collar y obligándolo a levantar la barbilla hacia mí.

​El impacto visual fue devastador.

Nadie esperaba ese nivel de audacia.

Mis amigas estallaron en un grito de euforia al ver el truco; era la representación pura del dominio y la estética heels llevada al extremo.

​Miré a Kim por encima del hombro de mi compañero mientras lo mantenía sujeto por el collar.

Su rostro era un poema de desconcierto, celos y una envidia mal disimulada.

Le demostré que no necesitaba su “contraste masculino” para que la coreografía tuviera fuerza; nosotros ya teníamos el fuego, la técnica y, sobre todo, la libertad que ellos, atados a sus contratos y su imagen pulcra, solo podían soñar con tener.

​—¿Suficiente contraste para ti?

—pregunté sin soltar la correa, con la respiración agitada y una sonrisa de triunfo que sabía que lo perseguiría toda la noche.

Entonces, escuchamos un grito…

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Aymara Canción de la coreografia: Billie Eilish- Bad Guy (PatrickReza Remix)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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