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El amor esta hecho de humo - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 El efecto resaca Parte 2
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2: El efecto resaca Parte 2 2: El efecto resaca Parte 2 Mi respiración se agita, atrapada en el rastro de un sueño que se niega a abandonarme.

En la penumbra de mi mente, aquel hombre de ojos oscuros acariciaba mi brazo con una delicadeza hechizante, hasta que, de la nada, un lobo emergía de las sombras para devorarme.

Desperté con el corazón martilleando contra las costillas; solo era una pesadilla, pero el sabor del miedo se quedó pegado a mi lengua.

Cada vez que entro en el salón de baile, la incomodidad me envuelve como una segunda piel.

Ha pasado una semana desde que Nahuel decidió que yo soy su único refugio.

Me recibe con abrazos urgentes, buscando un contacto físico constante, aferrándose a mí como si fuera su última tabla de salvación en medio del naufragio.

Y mientras tanto, el líder de su banda me vigila.

Sus ojos son puñales que me siguen a cada paso, cargados de un juicio que empieza a agotarme.

Un día, durante un descanso, decidió acortar la distancia.

—No sé quién eres realmente, pero no me das buena espina —soltó a modo de amenaza, su voz vibrando con una hostilidad contenida—.

Mantente alejada de Nahuel.

Le sostuve la mirada, imperturbable.

—Esa no es mi decisión —respondí con frialdad—.

Si tanto te molesta, díselo a él.

En ese instante, el aire pareció romperse.

Por encima de su hombro, vi cómo uno de los pesados pilares de iluminación cedía, desplomándose hacia nosotros.

—¡Cuidado!

—grité.

Lo empujé hacia un costado con todas mis fuerzas.

El estrépito del metal contra el suelo fue seguido por los gritos espantados de los presentes.

El peso cayó directamente sobre mi pierna.

El dolor fue sordo y punzante, pero, tras un segundo de agonía, supe que mis huesos seguían intactos.

—¡Dios mío!

¿Estás bien?

—Las voces de los demás se atropellaban entre sí, llenando el salón de un eco de pánico y confusión.

El líder permanecía inmóvil, todavía atrapado por el impacto del shock.

A pesar del accidente, podía sentir cómo su desconfianza seguía allí, vibrando bajo su piel.

Nos escoltaron a ambos hacia la enfermería.

En cuanto la enfermera salió de la habitación, el silencio se volvió denso, casi asfixiante.

—¿Qué es lo que tramas realmente?

—soltó él sin preámbulos—.

¿Buscas fama?

¿Dinero?

¿Acaso crees que seduciendo a Nahuel y fingiendo que me salvas la vida voy a caer en tu juego?

Solté una carcajada irónica.

Me resultaba casi fascinante lo básico y predecible que era su razonamiento.

—¿De verdad crees que mi objetivo es acostarme con Nahuel?

—le pregunté, clavando mis ojos en los suyos—.

Me lleva diez años; tiene dieciocho, es apenas un niño.

Hice una pausa para que mis palabras calaran hondo antes de continuar.

—Además, no lo hice para agradarte.

Si yo salgo lastimada, solo soy una pieza intercambiable: buscarán otra bailarina y el mundo seguirá girando.

Pero si tú te rompes…

una gira se detiene, las sesiones de fotos se cancelan, los conciertos mueren.

Lo hice por el bien común, no por ti.

Así que, por favor, rebaja tu arrogancia.

Mi mirada era gélida, envuelta en un profesionalismo inquebrantable.

—¿Entonces qué intenciones tienes con él?

—insistió, aunque su voz ya no sonaba tan segura.

—Apoyarlo —respondí con sencillez—.

Es difícil ser el centro de todas las miradas; no sabes en quién confiar y el suelo siempre parece estar a punto de ceder.

Él sabe que no puede apoyarse en ustedes, porque todos cargan con el mismo peso y apenas pueden lidiar con sus propias sombras.

¿Tiene algo de malo que yo sea su punto de apoyo para alivianar la carga de todo el grupo?

El líder se hundió en un silencio denso, procesando mis palabras mientras la duda luchaba contra su orgullo.

—Aun así, no me fío de ti —sentenció finalmente—.

Cuídate, porque te tengo en la mira.

«No eres el único», pensé para mis adentros, recordando aquel sueño con los ojos negros y el lobo.

En ese momento, la puerta se abrió de par en par.

Nahuel entró seguido por otro miembro del grupo.

En cuanto sus ojos se posaron en mi pierna cubierta de hielo, su rostro se descompuso.

Corrió hacia mí con una desesperación que rozaba lo irracional.

Me rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en la curva de mi cuello; respiraba de forma agitada, como si necesitara absorber mi aroma para convencerse de que seguía allí.

—Danna…

—murmuró con la voz temblorosa—.

¿Estás bien?

¿Necesitas ir al hospital?

Mientras él se aferraba a mí, yo mantuve la mirada fija en el líder.

Fue un gesto silencioso pero letal, reafirmando lo que acabábamos de discutir: no era yo quien buscaba a Nahuel, era él quien gravitaba hacia mí de forma inevitable.

—Estoy bien —respondí, suavizando la voz y dejando que mis dedos se perdieran en su cabello—.

Soy de huesos fuertes, Nahuel.

Solo me han dado un par de horas de reposo.

Él no se movió.

Continuó abrazado a mí, inmóvil, como si estuviera recargando su energía vital a través de mi contacto, tal como un celular conectado a su única fuente de poder.

En la habitación, el silencio solo era interrumpido por su respiración, que poco a poco empezaba acompasarse con la mía.

Regresé a la sala de ensayo, esta vez relegada al papel de observadora.

Mientras mantenía la pierna en reposo, repasaba mentalmente cada coreografía, diseccionando los pasos en mi cabeza.

El líder no me quitaba la vista de encima; su vigilancia era un zumbido constante, similar a la devoción silenciosa con la que Nahuel me observaba desde el centro de la pista.

De pronto, el eco de unos pasos firmes interrumpió la música.

Era él.

El hombre de los ojos negros.

Lo observé desde mi rincón.

Hablaba con el líder en voz baja, y aunque el líder seguía lanzándome miradas inquisidoras, yo mantuve mi expresión de piedra, profesional y gélida.

Sin embargo, en cuanto sentí que él estaba a punto de girar el rostro hacia mí, desvié la cabeza con brusquedad, fingiendo buscar una botella de agua.

Un ardor de irritación me recorrió.

¿Desde cuándo no eres capaz de sostener una mirada, Danna?, me recriminé.

Enojada conmigo misma por esa muestra de debilidad, enderecé la espalda y forcé mis ojos a buscar los suyos.

El choque fue eléctrico.

Usé cada fibra de mi ser para aguantar la presión de su vista, un pulso silencioso en el aire, hasta que él rompió el contacto para acercarse a bambalinas y charlar con el encargado de las luces.

—Danna…

Danna…

—La voz de una de mis compañeras me llegó como desde el fondo de un túnel.

Gracias a Dios, ella me sacó de aquel trance.

—Te llevo a casa, hoy traje el auto —me ofreció con una sonrisa.

—Gracias —respondí, soltando un aire que no sabía que estaba reteniendo.

Me apoyé en su hombro para levantarme, pero de inmediato Nahuel apareció a mi lado.

Se ofreció como un segundo pilar, ayudándome a caminar con una urgencia casi posesiva.

En cada roce, en cada paso que dábamos juntos, sentía cómo seguía absorbiendo de mí, alimentándose de mi presencia para mantenerse en pie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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