El amor esta hecho de humo - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 El foco del engaño Parte 9
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20: El foco del engaño Parte 9 20: El foco del engaño Parte 9 —¡PAREN TODO!
¡APAGUEN LA MÚSICA!
—gritó, con la cara roja de una furia que no lograba contener.
El colombiano soltó mi cintura de inmediato y yo solté la correa del collar, que cayó sobre su pecho con un tintineo metálico que pareció resonar en toda la sala.
Mis amigas se quedaron congeladas; los idols, incluidos Kim y Hoseok, dieron un paso atrás, reconociendo el tono de voz que precede a una tormenta destructiva.
—¿Qué es esto?
—preguntó el mánager, señalando el collar con un dedo tembloroso—.
¿Acaso creen que están en un club subterráneo?
¡Esto es una academia de alto rendimiento!
¡Es un programa para la televisión nacional!
Se acercó a mí, ignorando a los varones, y se paró a escasos centímetros.
Pude sentir el olor a café amargo de su aliento.
—Danna, te hemos dado libertades por tu talento, pero esto…
este accesorio de sadomasoquismo es una falta de respeto a la cultura de este país —escupió las palabras—.
Es agresivo, es vulgar y es totalmente inaceptable para el estándar coreano.
¿Qué pasaría si esto se filtrara?
¿Crees que la audiencia vería “arte”?
Verían una conducta indecente.
Yo lo miré fijo, sin bajar la cabeza, aunque por dentro sentía la injusticia quemándome la garganta.
—Es una herramienta visual para enfatizar el control en la danza —respondí con una calma que lo enfureció más—.
Si el problema es el collar, se quita.
Pero la fuerza de la coreografía no es “vulgar”, es técnica.
—¡No me hables de técnica!
—rugió él mientras me empujaba con su dedo índice —.
Has cruzado la línea.
Desde este momento, todos los ensayos del Grupo 4 quedan bajo supervisión estricta de un coreógrafo de la agencia.
Se acabaron los trucos y se acabaron los accesorios no aprobados.
Y tú…
—se giró hacia el colombiano—, quítate esa porquería ahora mismo o estás fuera del programa.
Asustado el colombiano se lo saco y el manager agarro el collar y se lo llevó.
Kim dio un paso al frente, quizás intentando mediar, pero el mánager le lanzó una mirada que lo silenció antes de que pudiera abrir la boca.
El mensaje era claro: el poder del negocio estaba por encima de cualquier chispa de creatividad o atracción.
El mánager se dio la vuelta y salió, dejando tras de sí un ambiente de funeral.
Mis amigas bajaron la mirada de los espejos, sintiéndose repentinamente pequeñas en sus tacones.
El colombiano me miró con tristeza, yo sabia que no era su culpa, era mía.
Me quedé en medio de la sala, respirando agitadamente, sintiendo cómo intentaban cortarnos las alas justo cuando empezábamos a volar.
Busqué la mirada de Kim entre la multitud; él no dijo nada, pero sus ojos estaban llenos de una rabia impotente.
Él sabía, mejor que nadie, lo que era vivir en esa jaula de cristal donde la pasión siempre es castigada si no se puede etiquetar y vender.
—Lo siento.
Me pasé de la raya —dije, inclinándome en una reverencia que me dolió más que cualquier caída.
El orgullo me quemaba la garganta como ácido, pero tenía que salvar al Grupo 4.
El camino al departamento fue un funeral.
Nadie hablaba.
El tintineo de nuestras cosas al guardarse era el único sonido.
Una vez allí, seguras tras la puerta cerrada, me desmoroné.
—Perdónenme…
de verdad, perdónenme.
Por mi culpa casi nos echan —les dije con la voz rota.
Mis compañeras me abrazaron, pero el peso no se fue.
Esa noche, el insomnio se convirtió en un monstruo.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de satisfacción del mánager y la mirada de Kim.
La furia y la culpa eran una mezcla explosiva.
A las tres de la mañana, me puse las zapatillas y bajé al gimnasio.
No quería bailar; quería romper algo.
Quería que mis músculos gritaran tanto que mi mente se apagara.
Durante toda la semana siguiente, me convertí en un fantasma de hielo.
Ignoré a Kim con una precisión quirúrgica.
Si él entraba a una habitación, yo salía.
Si nuestras miradas se cruzaban en los ensayos generales, yo las desviaba como si él fuera un extraño en la calle.
Lo detestaba.
Detestaba que su presencia me obligara a querer demostrar nada.
Detestaba que él pensara que era el sol alrededor del cual yo tenía que orbitar.
—Miren, ahí va la zorra del extranjero —susurró la líder de las nativas cuando pasamos por el pasillo hacia el comedor.
Sus amigas estallaron en risitas agudas, cubriéndose la boca con las manos.
El insulto me golpeó la espalda, pero no me detuve.
Se habían vuelto descaradas.
Como sabían que yo estaba “bajo vigilancia” del mánager, se sentían con el derecho de pisotearme.
—No les hagas caso, Danna —susurró mi mejor amiga, apretándome el brazo—.
Solo quieren que explotes para que el mánager tenga una excusa para echarte.
—Que sigan hablando —respondí con los dientes apretados—.
Pero si piensan que me han quebrado, se van a llevar una sorpresa.
El viernes, durante un desafío general de conocimientos, la tensión llegó al límite.
Kim estaba en la mesa de observación junto a los otros idols.
Yo pasé a su lado para ir al baño y él extendió la mano, rozando mi brazo para intentar detenerme.
—Danna, tenemos que hablar sobre lo que pasa…
Me solté de su agarre con un movimiento tan violento, lo miré con un odio frío que lo dejó mudo frente a todos.
—No tenemos nada de qué hablar, Kim —le dije, lo suficientemente alto para que las nativas dejaran de reírse y prestaran atención—.
Soy una concursante, tú eres un idol.
Mantengamos las distancias, antes de que tu preciada agencia decida que mi sola presencia contamina tu imagen.
Vi sus ojos vidriosos, una mezcla entre culpa, desesperación y remordimiento, pero no podía darme el lujo de dejar caer mi orgullo.
Le di la espalda y caminé hacia el baño, sintiendo su mirada clavada en mi nuca.
Sabía que lo había herido, pero era la única forma de protegerme.
Si no lo alejaba, el incendio terminaría por destruirnos a ambos y eso tambien podria afectar al grupo 4.
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