El amor esta hecho de humo - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 El foco del engaño Parte 10
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21: El foco del engaño Parte 10 21: El foco del engaño Parte 10 Las semanas siguientes fueron una calma tensa.
El incidente del collar se hundió en la memoria del programa, reemplazado por la ansiedad de la competencia.
Con la eliminación del grupo europeo, solo quedábamos tres: las nativas, un grupo mixto de talentos locales y nosotras.
Éramos las supervivientes.
Para “suavizar” la imagen del show, la producción implementó las “Citas de Convivencia”.
No eran individuales, sino encuentros grupales en nuestro departamento.
Los idols venían a cenar, a charlar y a fingir una normalidad que no existía.
Pero pronto, ellos empezaron a venir por gusto, fuera de cámara, buscando refugio en nuestra energía auténtica, tan distinta a la rigidez de sus agencias.
Poníamos música, compartíamos nuestros gustos y era un ambiente relajado.
Kim venía casi todas las noches.
Se sentaba en nuestro sofá, observando cómo nos movíamos, cómo hablábamos nuestro idioma.
Sus ojos me buscaban constantemente, intentando descifrar si el muro de hielo que levanté seguía ahí.
Pero llegó el último viernes del mes.
Nuestra noche de libertad.
Una vez al mes, la producción nos permitía salir del complejo por ocho horas bajo estricta confidencialidad.
En el grupo lo llamábamos “La Cacería”.
No buscábamos amor, ni citas románticas, ni promesas.
Buscábamos contacto humano real, sudor de extraños en una discoteca oscura y el olvido en los brazos de alguien que no supiera nuestros nombres.
Era una necesidad física para no volvernos locas, más cuando estábamos ovulando.
Esa noche, los idols aparecieron en el departamento sin avisar, con comida y bebidas, esperando una velada tranquila.
Se encontraron con algo totalmente distinto.
El departamento olía a una mezcla embriagadora de perfumes caros y laca para el cabello.
Mis amigas estaban terminando de vestirse: faldas cortas, botas de cuero, maquillaje ahumado y una actitud depredadora.
Yo estaba frente al espejo del pasillo, terminando de aplicar un labial rojo intenso, vistiendo un vestido negro que parecía una segunda piel.
—¿A dónde van?
—preguntó Hoseok, quedándose de piedra en la entrada al ver a mi mejor amiga con un atuendo que dejaba poco a la imaginación.
—Es nuestra noche libre —respondí, dándome la vuelta y ajustándome un pendiente.
Mi mirada era fría, enfocada en el objetivo—.
Vamos de cacería.
Kim se separó de la pared, dejando la bolsa que traía sobre la mesa.
Su rostro se endureció.
El concepto de “cacería” no era difícil de entender, y ver la determinación en nuestros ojos le provocó una reacción física.
—¿Cacería?
—repitió él, su voz bajando una octava—.
Danna, no es seguro que salgan así.
La gente podría reconocerlas…
—No te preocupes por nuestra seguridad, Kim.
Sabemos cuidarnos solas —lo interrumpí, pasando por su lado.
El roce de mi brazo contra el suyo fue eléctrico, pero no me detuve—.
Es divertido estar con ustedes, pero, nosotras salimos de aquí buscando…
otra cosa.
—No necesitas ir a buscar a un extraño —susurró él, sujetándome del brazo con una urgencia que no pudo ocultar frente a los demás.
Sus ojos ardían de celos, de una posesividad que chocaba frontalmente con su imagen de idol perfecto—.
Quédate.
Podemos hablar, podemos…
—No quiero hablar, Kim —le solté, mirándolo a los ojos con una honestidad brutal—.
He pasado un mes siendo observada, juzgada y controlada.
Esta noche quiero ser alguien que no tiene que dar explicaciones.
No eres mi dueño, ni mi mánager.
Mis amigas ya estaban en la puerta, listas.
El contraste en la sala era increíble: ellos, los idols más deseados de Asia, parados con comida para llevar, viéndose repentinamente pequeños y aburridos frente a cinco mujeres que estaban listas para devorarse la ciudad.
—No nos esperen, nos vemos al amanecer —dije, cerrando la puerta tras de nosotras y dejando a Kim con la palabra en la boca y los puños apretados.
Bajamos por el ascensor en silencio, sintiendo la adrenalina subir.
Sabíamos que esa noche cambiaría la dinámica para siempre.
Los habíamos dejado atrás en su jaula de oro, demostrándoles que, aunque ellos fueran los reyes de la industria, nosotras seguíamos siendo las dueñas de nuestros propios deseos.
A medida que pasaba la noche las chicas volvían al departamento.
El sol empezaba a filtrarse por las persianas del departamento cuando mi mejor amiga y yo cruzamos el umbral.
El silencio del pasillo se rompió con nuestras risas cansadas y el roce de nuestros tacones en la mano.
Estábamos despeinadas, con el maquillaje corrido y ese brillo en los ojos que solo da una noche de olvido absoluto.
En la sala, el ambiente se congeló.
Kim y Hoseok seguían allí.
No se habían ido.
Estaban sentados con el colombiano y el chico nativo, quienes habían intentado explicarles —sin éxito— por qué no podían venir con nosotras.
—”Espantaran a la presa, chicos” —había dicho el colombiano con una risa burlona antes de que llegáramos—.
“Ustedes brillan demasiado.
Ellas necesitaban hombres reales esta noche, no estrellas”.
Cuando entramos, la mirada de Kim se clavó en mi cuello.
El chupetón que asomaba por el borde de mi vestido era una marca de guerra, una prueba irrefutable de que alguien más había tocado la piel que él tanto deseaba.
Hoseok, por su parte, miraba las marcas similares en mi amiga dominicana con una mezcla de shock y dolor.
Yo no agaché la cabeza.
Al contrario, saqué de mi bolso una camisa de hombre de lino azul, arrugada y con olor a tabaco y perfume ajeno.
—Mira esto —le dije al colombiano, ignorando por completo la presencia de Kim.
—¡No puede ser!
—exclamó él, saltando del sofá y agarrando la prenda—.
¡La tradición continúa!
Se nota que te divertiste anoche- Él sabía perfectamente lo que significaba.
Yo tenía una dinámica en mis redes sociales: fotos con las camisas o camisetas de los hombres que me habían hecho pasar una noche inolvidable.
Era mi colección de trofeos, una forma de decir que nadie me poseía, pero que yo disfrutaba de quien quería.
—Era un tipo increíble —comenté, sentándome en la mesa y estirando mis piernas cansadas—.
Sabía exactamente lo que hacía.
Hacía tiempo que no me sentía tan…
viva.
El sonido de un vaso golpeando la mesa de cristal nos sobresaltó.
Kim se había puesto de pie.
Estaba pálido, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello resaltaban.
Sus celos no eran silenciosos; eran una vibración que llenaba la habitación.
Hoseok, a su lado, simplemente miraba al suelo, incapaz de procesar que la chica que tanto le gustaba regresara con el rastro de otro hombre en su piel.
—¿Te divierte esto?
—preguntó Kim, su voz temblando de rabia contenida—.
¿Exponerte así?
¿Traer ropa de un extraño como si fuera una medalla?
—No es una medalla, Kim.
Es un recuerdo —respondí, mirándolo directamente a los ojos mientras acariciaba la tela de la camisa—.
Mientras ustedes estaban aquí sentados esperando, yo estaba afuera siendo una mujer normal.
—Vinimos aquí porque nos importan —soltó Hoseok, mirando a mi amiga con ojos heridos—.
Pensamos que teníamos algo…
una conexión.
—La tenemos —respondió mi amiga con honestidad brutal—, pero esta noche necesitábamos algo que ustedes no pueden darnos bajo este techo lleno de micrófonos.
Kim se acercó a mí, ignorando a los demás.
Se inclinó sobre la mesa, quedando a centímetros de mi rostro.
Su perfume caro luchaba contra el olor de la camisa de lino azul que yo sostenía.
—¿Crees que ese hombre te vio de verdad?
—susurró él, con una amargura que me dolió—.
Solo vio una cara bonita en un club.
Yo te veo todos los días.
Yo sé quién eres cuando se apaga la música.
—Ese es el problema, Kim —le dije, levantándome y pasando la camisa por su hombro como si fuera un trapo—.
Tú crees que me conoces porque me observas.
Él no me conocía, y por eso me dejó ser libre.
Me di la vuelta para irme a mi habitación, dejando la camisa sobre el sofá.
El colombiano me guiñó un ojo, celebrando mi audacia, pero el ambiente en la sala era de una derrota absoluta para los idols.
Habían descubierto que, por mucho que fueran los dueños de las listas de éxitos, no tenían ni una pizca de control sobre nuestras noches, ni sobre nuestras pieles.
El aire en el pasillo estaba cargado de la electricidad estática de una tormenta que llevaba semanas gestándose.
Entré en mi habitación y, antes de que pudiera encender la luz, sentí la presión de la puerta cerrándose con un golpe seco tras de mí.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Aymara Música de fondo -Cuarteto y cumbia vieja-
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