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El amor esta hecho de humo - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 El foco del engaño Parte 11
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23: El foco del engaño Parte 11 23: El foco del engaño Parte 11 Kim no se había quedado en la sala.

Estaba allí, en la penumbra de mi cuarto, bloqueando la única salida.

Su respiración era pesada, errática, y su silueta recortada contra la poca luz que entraba por la ventana lo hacía ver más como un depredador que como una estrella de pop.

​—Sal de aquí, Kim.

Estoy cansada —le dije, intentando que mi voz no temblara, mientras tiraba la camisa azul sobre la cama.

​—Mírate —siseó Kim, dando un paso que hizo crujir el suelo—.

Llegas aquí con el cuerpo marcado por un desconocido y esperas que me quede en la sala sonriendo como si no me estuviera arrancando la piel por dentro.

—¿Te hizo sentir viva?

—su voz salió como un latigazo, cargada de una amargura que nunca le había escuchado—.

¿Eso es lo que necesitas?

¿Un extraño que no sabe ni tu nombre para sentirte real?

​—Lo que yo necesite no es asunto tuyo —respondí, dándome la vuelta para enfrentarlo.

Estábamos a centímetros.

Podía oler su rabia—.

Tú no eres nadie para cuestionar mi libertad.

No soy una de tus fans, no soy tu empleada y, ciertamente, no soy tuya.

​Kim dio un paso adelante, acortando el espacio hasta que mi espalda golpeó la pared.

Apoyó ambas manos a los lados de mi cabeza, encerrándome.

Sus ojos ardían, fijos en el chupetón de mi cuello que la luz de la luna hacía resaltar.

Sus manos se enterraron en mis hombros, y por primera vez sentí que la máscara de idol se había hecho pedazos.

Lo que había frente a mí era un hombre desesperado.

​—Me odias porque te recuerdo quién eres —susurró él, su rostro bajando hasta que sus labios rozaron mi oreja—.

Me odias porque sabes que ese hombre de la discoteca no te tocó ni la mitad de lo que yo te toco solo con mirarte.

​El silencio que siguió fue violento.

Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un incendio que me envolvía y me robaba el aire.

Kim bajó la mirada a mis labios y luego a la marca en mi cuello.

Sus dedos rozaron la piel magullada con una delicadeza que me dolió más que su furia.

​—Eres un arrogante —mascullé, aunque mi pulso se disparó, traicionándome.

​—Y tú eres una mentirosa, Danna —respondió, y por primera vez, sentí su mano subir por mi brazo, firme, reclamando el territorio que otro había marcado esa noche—.

Sales a buscar afuera lo que te da miedo aceptar aquí dentro.

Quieres que te traten como a una cualquiera porque no soportas la intensidad de lo que pasa cuando me miras a los ojos.

​De repente, su mano se cerró con fuerza contenida sobre mi mandíbula, obligándome a mirarlo.

No había cámaras, no había mánagers, no había un guion que seguir.

​—Si quieres guerra, la vas a tener —sentenció él, con una oscuridad en la mirada que me hizo comprender que el juego de las “citas de convivencia” se había terminado—.

Pero no vuelvas a traerme el trofeo de otro hombre en mi cara.

No cuando sabes perfectamente que el único incendio que no puedes apagar es el que yo encendí en ti.

Soy un hombre que está viendo cómo la única cosa real en este edificio se le escapa entre los dedos hacia los brazos de cualquier idiota.

Me vuelve loco pensar que él te tuvo, Danna.

Me vuelve loco que creas que eso es libertad cuando lo que tenemos nosotros aquí…

esto es lo único que nos mantiene vivos a los dos.

​—Esto no nos mantiene vivos, Kim…

esto nos está matando —respondí, aunque mis manos, traicioneras, se habían cerrado sobre las solapas de su sudadera, atrayéndolo hacia mí en lugar de alejarlo—.

Me asfixias.

Me vigilas como si fuera tuya, pero no haces nada para reclamarme.

​—¿Quieres que te reclame?

—preguntó él, y su mano subió por mi nuca, enredándose en mi cabello con una fuerza posesiva—.

¿Quieres ver qué pasa cuando dejo de ser el idol y empiezo a ser el hombre que se muere por borrar cada rastro que no sea el mío?

​El silencio que siguió fue asfixiante.

Por un segundo, creí que me besaría con la misma furia con la que me hablaba, pero Kim se apartó bruscamente, como si tocarme le quemara.

Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se giró.

​—Quédate con tu camisa de lino, Danna.

Mañana en el ensayo, vamos a ver si ese extraño te enseñó a bailar mejor que yo.

​Salió de la habitación dejando la puerta abierta.

Me quedé allí, en la oscuridad, con el corazón martilleando contra mis costillas.

La camisa azul seguía sobre la cama, pero de repente, ya no me sentía como una cazadora.

Me sentía como alguien que acababa de entrar en una jaula mucho más peligrosa que la de cualquier contrato.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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