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El amor esta hecho de humo - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - Capítulo 25: El foco del engaño Parte 14
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Capítulo 25: El foco del engaño Parte 14

La discusión había llegado a su punto de ebullición. Kim me sujetó la cintura con una fuerza casi violenta y, en un movimiento brusco, me sentó sobre la fría mesada de la cocina. Mis piernas, buscando instintivamente un apoyo, se enredaron en su cintura. La falda de seda se subió peligrosamente, revelando más de lo que el guion permitía, pero nadie dijo nada.

​Nuestros rostros estaban a centímetros. Podía sentir su aliento caliente y agitado sobre mis labios, el mismo aliento que había compartido en mi habitación.

—Esto no es actuar, ¿verdad? —mi voz tembló, una confesión susurrada que se perdió entre el ruido del set.

​—Danna… —susurró contra mi boca, su aliento caliente quemándome la piel—. Dime que esto es lo que querías buscar afuera… dime que nadie más puede hacerte temblar así.

​Yo no podía responder. Solo podía aferrarme a sus hombros, mis uñas hundiéndose en la tela de su ropa, mientras mis labios respondían con la misma violencia. Cada vez que él me succionaba el labio inferior, sentía una descarga eléctrica que me recorría la columna. Kim bajó una de sus manos desde mi nuca hasta mi muslo, apretando la carne con una firmeza que me hizo arquear la espalda.

​Él estaba fuera de sí. A pesar de que el set estaba lleno de gente, Kim me besaba como si estuviéramos solos en el fin del mundo. Sentí su lengua recorrer el arco de mi labio superior antes de volver a hundirse en mi boca con una profundidad que me dejó mareada. Sus ojos estaban cerrados con fuerza, sus pestañas rozando mis pómulos, y pude sentir el temblor de su mandíbula.

​—Mírame —le pedí en un susurro cuando nos separamos apenas un milímetro, nuestras narices todavía rozándose—. Mira lo que estás haciendo.

​Él abrió los ojos, y lo que vi fue una oscuridad pura, un deseo tan absoluto que me asustó y me excitó a partes iguales. Kim volvió a atacarme los labios, esta vez con más lentitud, saboreándome, como si quisiera memorizar cada curva de mi boca antes de que el director gritara el final. El roce de su lengua era ahora una caricia húmeda y experta que me hacía perder el sentido de la realidad.

​En ese momento, la mesada de la cocina dejó de ser un set. Era el altar de nuestra perdición. El beso terminó no porque quisiéramos, sino porque el oxígeno se nos agotó, dejándonos a ambos con los labios hinchados, la respiración rota y la certeza de que, después de ese contacto, ya no había máscara profesional que pudiera ocultar lo que sentíamos.

​Lo sentí todo, el roce de su erección incipiente contra mi muslo a través de la fina seda de mi vestido, la presión de sus manos en mi cintura que me atraían más y más hacia él, el gemido ahogado que se escapó de mi garganta cuando él mordió suavemente mi labio inferior. Era un incendio. Un incendio que él había iniciado y que ahora estaba fuera de control.

-Corte- no sentía miedo porque el director había cortado el beso. Sabía que se venía la escena de la cama, donde debía estar desnuda al igual que el… Sentía que estábamos perdiendo el control y me arrepentí de haber aceptado el trabajo.

​

El director pidió que bajaran las luces. El set se sumergió en una penumbra azulada, recreando esa hora incierta de la madrugada donde los secretos pesan más que el sueño. Yo estaba allí, acostada de costado sobre las sábanas de raso, sintiendo el aire frío en mi piel desnuda. Las pezoneras eran un chiste, una barrera invisible que no lograba quitarme la sensación de estar totalmente expuesta ante él.

​Cuando Kim subió a la cama, el colchón cedió bajo su peso y mi cuerpo rodó levemente hacia él. Se posicionó encima de mí, apoyado en sus antebrazos. La almohada estaba allí, entre nuestros torsos, cumpliendo su función de muro de castidad para la cámara.

​—No me mires así —susurró Kim. Su voz era un hilo ronco, cargado de una vergüenza que le teñía las mejillas de un rojo que el maquillaje no podía ocultar.

​Sus ojos viajaron por mi hombro, bajaron por la curva de mi cintura y se detuvieron en mi cadera. Sentí cómo su respiración se entrecortaba. Él estaba luchando. Podía ver el sudor perlando su frente, no por el calor de los focos, sino por el esfuerzo sobrehumano de no perder el control.

​Entonces, el director pidió un movimiento más natural. Kim se acomodó, buscando una posición más “íntima” para el ángulo de la cámara, y en ese ajuste, ocurrió: la almohada se deslizó por el borde y cayó al suelo.

​El tiempo se detuvo, pero Kim no se alejó. Al contrario, aprovechó ese vacío para colapsar sobre mí.

​Danna lo sintió todo.

​Sentí el peso real de su cuerpo presionando el mío. Sin la almohada, su pelvis encajó contra la mía con una precisión devastadora. A pesar de la tela de su boxer, la dureza de su deseo era innegable, una presencia sólida y vibrante que presionaba contra mi muslo. Kim soltó un jadeo ahogado contra mi cuello, escondiendo su rostro en el hueco de mi hombro, abrumado por la vergüenza de su propia reacción física y la intensidad del contacto.

​—Dios, Danna… lo siento —susurró, pero sus manos no me soltaron. Sus dedos se enterraron en la sábana al lado de mi cabeza, apretando la tela con una fuerza que hacía que sus nudillos se pusieran blancos.

​Teníamos que fingir que hacíamos el amor para las tomas cortas. Kim empezó a moverse con una lentitud tortuosa, rozando su cuerpo contra el mío en un vaivén que nos estaba quemando vivos. Cada vez que su pecho rozaba mis pechos, protegidos solo por ese delgado adhesivo, una descarga eléctrica me recorría la columna. Estuvimos a punto de hacerlo. La frontera entre la actuación y el acto real se volvió invisible. El hambre que sentíamos, esa necesidad de borrarnos el uno en el otro después de tantas discusiones, estaba ahí, empujándonos al abismo.

​—Si no paramos ahora… —masculló él, su boca rozando el lóbulo de mi oreja, su erección pulsando contra mi cadera con una urgencia que me hacía perder el sentido de la realidad.

​Yo solo pude arquear la espalda, buscando más de ese contacto prohibido. El calor de su abdomen contra el mío, el roce de su piel sudada y la evidencia de cuánto me deseaba me hacían querer gritar que despejaran el set.

​—No pares —le pedí en un susurro casi inaudible, una súplica que rompió la última barrera de su resistencia.

​Kim me besó con una desesperación renovada, una mano bajando para apretar mi muslo y subirlo por su cadera, uniendo nuestros cuerpos de una forma que la cámara no podía captar pero que nosotros sentíamos en cada fibra. Estábamos a un solo movimiento de cruzar el punto de no retorno, de convertir el MV en una cinta prohibida.

​Cuando el director finalmente gritó: “¡Corten! ¡Toma terminada!”, Kim se quedó congelado sobre mí durante cinco largos segundos. Su frente estaba apoyada contra la mía, ambos jadeando, con los corazones latiendo al mismo ritmo salvaje.

​Cuando finalmente se apartó, se cubrió rápidamente con la sábana, evitando mi mirada. Estaba avergonzado, sí, pero también estaba marcado. No podía ocultar lo que su cuerpo había confesado frente a todos.

​El mundo volvió a la normalidad. Yo me levanté rápidamente, sintiendo el vacío donde el cuerpo de Kim había estado. Me vestí con un abrigo y caminé hacia la puerta. Kim se quedó en la cama, cubierto a medias, con el rostro oculto entre sus manos, luchando por recuperar el control.

​—Danna… —su voz, ahora más fuerte, me detuvo.

​Lo miré por encima del hombro. El set era solo utilería, pero los sentimientos eran muy reales.

—Es solo un video, Kim —respondí, intentando que mi voz sonara firme, aunque el corazón me latía a mil por hora—. Tú mismo dijiste que somos profesionales. Mañana volveremos a ser el idol y la concursante que se odian.

​Pero ambos sabíamos, con una certeza dolorosa, que después de habernos sentido así, con la almohada desaparecida y los cuerpos unidos, no había vuelta atrás. La ficción se había convertido en nuestra peligrosa realidad

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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