El amor esta hecho de humo - Capítulo 26
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Capítulo 26: El foco del engaño Parte 15
El camino de regreso a la academia fue un viaje en un túnel de silencio. Kim y yo no nos dirigimos la palabra ni una sola vez en la camioneta, pero el espacio entre nosotros seguía vibrando. Yo todavía sentía el peso de su cuerpo sobre el mío y el calor de su piel; él, sentado con la mirada perdida en el cristal, mantenía la mandíbula apretada, como si estuviera procesando la humillación de haber perdido el control frente a todo un equipo técnico.
Nuestros amigos nos esperaban en el departamento para comer juntos y celebrar el lanzamiento del video.
El ambiente en el departamento se había vuelto espeso, casi irrespirable. La furia de las semanas anteriores había mutado en algo mucho más difícil de manejar: una vergüenza paralizante.
Cada vez que Kim entraba en la sala, yo bajaba la mirada. No podía evitar que mi mente regresara a ese colchón, al roce de su piel sudada contra la mía y a la sensación de su erección —ese bulto que yo, en mis prejuicios, imaginaba pequeño y que resultó ser una presencia sólida y abrumadora— presionando mis muslos. Él estaba igual; su arrogancia habitual se había esfumado, reemplazada por un silencio tenso y torpe.
El colombiano intentaba romper el hielo con chistes, pero la energía era extraña.
—Oye, Kim —dijo el colombiano, pinchando un trozo de carne—, has estado muy callado hoy. ¿Te dio duro el ensayo o es que todavía estás en personaje por el video?
Kim se atragantó ligeramente con el agua y no me miró.
—Solo estoy cansado —respondió cortante, fijando su vista en el plato.
—Pues Danna está igual —añadió mi mejor amiga, lanzándome una mirada pícara—. Parece que a los dos les comieron la lengua los ratones desde que volvieron del set.
Yo no respondí. Me limité a remover la ensalada, sintiendo el calor subir por mi cuello. Pero la tregua terminó abruptamente cuando Hoseok encendió la pantalla gigante de la sala.
—¡Ya salió! ¡Acaban de subirlo al canal oficial! —gritó emocionado.
El MV comenzó a reproducirse. El silencio que se apoderó de la sala fue sepulcral. Vimos las discusiones, los jarrones rompiéndose, pero cuando llegó la escena de la mesada, el aire pareció desaparecer. Ver el beso en esa pantalla gigante, notar la desesperación con la que nuestras bocas se buscaban, era como desnudarnos frente a todos otra vez.
Y luego, la escena de la cama.
La cámara no captó perfectamente el momento en que nuestros cuerpos se unieron tras caer la almohada. Aunque el montaje era artístico, la verdad estaba ahí: la forma en que yo arqueaba la espalda y cómo él hundía el rostro en mi cuello con un gemido silencioso.
—Dios mío… —susurró el nativo, rompiendo el silencio—. Eso no es actuación, hermano.
No pude soportarlo más. Mis mejillas ardían y sentía que las paredes se me echaban encima. Me levanté bruscamente, empujando la silla.
—Necesito aire —solté, y salí casi corriendo hacia el balcón.
El aire frío de la noche coreana me golpeó la cara, pero no fue suficiente para enfriar mi sangre. Me apoyé en el barandal, mirando las luces de la ciudad, tratando de borrar la imagen de nosotros dos en esa pantalla. Unos minutos después, escuché el roce de la puerta corredera. No necesité girarme para saber quién era. Su aroma lo delató antes que sus pasos.
Kim se puso a mi lado, también apoyando los brazos en el metal frío. Durante un largo rato, ninguno dijo nada.
—Se ve… diferente en la pantalla, ¿verdad? —dijo finalmente, su voz era apenas un susurro quebrado por la misma vergüenza que yo sentía.
—Se ve real, Kim —respondí, mirándolo de reojo—. Ese es el problema. Todo el mundo vio lo que pasó cuando esa almohada se cayó.
Kim suspiró, pasando una mano por su cabello revuelto. Se giró hacia mí, eliminando la poca distancia que nos separaba.
—No me arrepiento de que se haya caído —confesó, buscándome los ojos con una honestidad que me desarmó—. Me avergüenzo de que todos lo vean, sí. Pero no me arrepiento de haberte sentido así. Llevaba semanas volviéndome loco por saber si lo que imaginaba era verdad.
—¿Y? —le pregunté, con el corazón empezando a galopar de nuevo—. ¿Era verdad?
—Fue peor —respondió él, dando un paso más, dejándome atrapada entre su cuerpo y el barandal—. Porque ahora que sé cómo encajas conmigo, no sé cómo voy a volver a fingir que solo somos compañeros de reality.
El frío del balcón parecía congelarse ante el calor que emanaba de nosotros. Kim no se alejó; al contrario, acortó la distancia hasta que su pecho casi rozaba el mío, bloqueando cualquier escape. Sus ojos, que siempre habían sido dagas de hielo o de orgullo, ahora estaban llenos de una vulnerabilidad que me dejó sin defensas.
—¿Sabes por qué te odiaba tanto al principio? —preguntó, su voz apenas un susurro que el viento se llevaba-
Yo negué con la cabeza, incapaz de articular palabra.
—Porque desde el primer maldito segundo en que te vi bailar ese tema de Anitta, supe que eras mi fin —confesó, y una sonrisa amarga y honesta cruzó sus labios—. He pasado años construyendo una imagen perfecta, siendo el idol que no siente, que no desea, que no comete errores. Y llegas tú, con tu acento, con tu forma de mirarme como si no fueras a inclinarte ante nadie, y rompes todo.
Hizo una pausa, su mano subió lentamente y, con una delicadeza que contrastaba con la furia del rodaje, acarició mi mejilla con el dorso de sus dedos.
—Las discusiones, los gritos, los celos por ese tipo en la discoteca… todo era porque no sabía cómo manejar que una mujer me tuviera tan desesperado —continuó—. En la escena de la cama, cuando la almohada se cayó… por un momento deseé que no hubiera nadie más en ese edificio. Que el video fuera nuestra realidad y no este juego de cámaras.
Me quedé helada.
—Danna, deja de pelear conmigo —suplicó, su frente apoyándose suavemente contra la mía—. Ya ganaste. Me tienes. No puedo ver el video sin sentir que me falta el aire porque sé que, aunque el mundo crea que es una actuación brillante, para mí fue el único momento de verdad que he tenido en años. No quiero ser más tu enemigo.
Sentí cómo mi propio muro se derrumbaba. Toda la rabia que sentía por sus controles y sus desplantes se evaporó, dejando solo ese hambre que habíamos descubierto bajo las sábanas del set.
—Yo también tenía miedo, Kim —admití, mi voz vibrando—. Miedo de que si te dejaba entrar, me perdería a mí misma en tu mundo. Pero después de lo que sentimos en esa cama… después de saber que tú también tiemblas cuando me tocas… ya no puedo fingir que no te quiero cerca.
Kim soltó un suspiro de alivio que fue casi un gemido. Sus manos bajaron a mi cintura, atrayéndome hacia él con una firmeza que ya no buscaba dominar, sino pertenecer.
—Entonces hagamos un pacto —dijo, mirándome con una intensidad que me hizo flaquear las piernas—. Frente a ellos, frente a las cámaras, seremos lo que el programa necesite. Pero aquí, o donde sea que estemos solos… no habrá más mentiras. No habrá más almohadas.
Sin decir una palabra, acorté los pocos milímetros que nos separaban. Puse mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido de su corazón galopar contra mis palmas, igual de salvaje que el mío. Lo miré a los ojos una última vez, buscando cualquier rastro de duda, pero solo encontré el mismo hambre que yo sentía.
Entonces, lo besé.
No fue como el beso en la mesada de la cocina. Aquel había sido un choque de egos y desesperación profesional. Este fue nuestro. Fue un beso lento, profundo, con el sabor de la libertad que tanto habíamos buscado. Mis labios se movieron sobre los suyos con una ternura que me sorprendió, y sentí cómo Kim soltaba un suspiro entrecortado contra mi boca, como si finalmente estuviera soltando una carga que llevaba cargando demasiado tiempo.
Él no tardó en responder. Sus manos, que antes apretaban mi cintura con posesividad, ahora me sostenían con una delicadeza casi dolorosa, subiendo por mi espalda hasta enredarse en mi cabello. Me atrajo más hacia él, eliminando cualquier rastro de aire entre nuestros cuerpos.
En este beso no había cámaras, no había mánagers, no había un director gritando instrucciones. Estaba el sabor de la noche coreana, el frío del metal en mi espalda y el calor abrasador de su lengua encontrándose con la mía. Fue un beso que sabía a verdad, a la confesión de que, aunque el mundo nos viera como rivales, en la oscuridad del balcón éramos simplemente dos personas que se habían encontrado en medio del caos.
Cuando nos separamos, Kim no me soltó. Apoyó su barbilla en mi cabeza y nos quedamos así, abrazados, mirando las luces de Seúl.
—Ahora sí que estamos en problemas, Danna —susurró él, pero por primera vez, su voz no tenía miedo, sino una satisfacción que me hizo sonreír contra su pecho.
El ambiente en la academia se volvió una olla a presión. Con la eliminación del tercer grupo, la final estaba a la vuelta de la esquina: el Grupo 4 contra las nativas. La rivalidad ya no era solo por el talento, era una guerra de identidades, y el odio de las chicas coreanas hacia nosotras se volvió casi tangible.
Pero en medio de ese campo de batalla, Kim y yo habíamos construido un refugio invisible.
Nuestro secreto era lo único que me mantenía cuerda. No podíamos tocarnos frente a los demás, ni siquiera mirarnos por más de tres segundos, pero la comunicación era constante. Kim se volvió un experto en el arte de la atención invisible.
En mi casillero del ensayo, a veces encontraba una botella de mi bebida favorita con una pequeña nota adhesiva que solo tenía un número: los minutos que faltaban para vernos en el pasillo.
Un día apareció un pequeño llavero de un mate de madera en mi bolso. Kim lo había conseguido en una tienda de importación. Para cualquiera era un objeto curioso; para mí, era su forma de decir que respetaba mis raíces.
Durante las evaluaciones, si Kim se ajustaba el anillo de su mano izquierda mientras yo bailaba, sabía que me estaba diciendo que lo estaba haciendo perfecto.
Él ya no era frío; era el hombre que se arriesgaba a ser captado por las cámaras de seguridad solo para dejarme un chocolate suizo debajo de mi almohada.
Mientras tanto, en el departamento, el resto de las parejas ya no se escondían. Mi mejor amiga y Hoseok eran prácticamente inseparables, y Prins ya no ocultaba su adoración por la chica de nuestro grupo. El líder de los idols y el nativo varón compartían rutinas de ejercicio que terminaban en conversaciones largas y susurros en el gimnasio.
El colombiano, que lo veía todo, se sentó conmigo una noche en la cocina mientras yo miraba una pequeña pulsera de hilo rojo que Kim me había “entregado” al pasar por mi lado en el pasillo.
—Estás brillando diferente, Danna —dijo él, con una sonrisa de medio lado—. Ese coreano te tiene loca, ¿verdad? Y lo mejor es que él está igual. Nunca lo había visto tan distraído en los ensayos.
—Es peligroso —susurré, guardando la pulsera en mi bolsillo—. Si las nativas se enteran de que tenemos algo, nos destruyen.
—Por eso hay que ganarles primero —respondió él, volviéndose serio—. Solo quedamos nosotros y ellas. Y créeme, ellas no van a jugar limpio en la final.
La producción decidió llevarnos a la costa para filmar un “especial de verano”. El contraste al bajar del autobús fue casi cómico. Las nativas bajaron envueltas en capas: sombreros de ala ancha, camisas de manga larga protectoras y capas de bloqueador solar blanco que no se molestaban en difuminar. Se instalaron bajo carpas gigantes, evitando el sol como si fuera ácido.
En cambio, el Grupo 4 salió disparado hacia la arena. Mi mejor amiga dominicana se quitó el short en un segundo, revelando un bikini que resaltaba sus curvas, y yo hice lo mismo. Los varones, el colombiano y el nativo, no tardaron en quedar en torso, mostrando el resultado de meses de ensayos y gimnasio. Solo nos pusimos protector solar y dejamos que el calor nos golpeara.
—¡Cuidado con la piel! ¡Se van a arruinar! —gritó una de las coreanas desde la sombra, mirándonos con una mezcla de horror y envidia mal disimulada.
—¡Se llama vitamina D, cariño! ¡Deberías probarla! —le devolvió el grito mi amiga, riendo mientras corría hacia el agua.
Decidimos armar un partido de voley playa. Era un espectáculo de energía pura: saltos, arena volando y risas a pleno pulmón. Jugábamos con una intensidad física que las nativas no podían comprender desde su refugio bajo la carpa.
Los idols estaban sentados en una zona VIP, bajo sombrillas negras. Tenían prohibido quemarse; sus agencias exigían esa piel de porcelana impecable para los conciertos. Kim estaba sentado en medio, con gafas oscuras, pero yo sabía perfectamente a dónde apuntaba su mirada.
Cada vez que yo saltaba para rematar el balón, sintiendo la arena caliente bajo mis pies y el sudor recorriendo mi espalda, sentía la mirada de Kim quemándome más que el sol.
—Mira a Kim —susurró el colombiano mientras rotábamos posiciones—. Está a un segundo de tirar la sombrilla y saltar a la cancha. No puede quitarte los ojos de encima.
Tenía razón. Kim estaba rígido, observando cómo mi cuerpo se movía con total libertad. Se le notaba la frustración en la mandíbula apretada. Él, que era el rey del escenario, estaba atrapado en su papel de ídolo intocable mientras yo era simplemente una mujer disfrutando de la vida.
En un momento, el balón voló cerca de la zona de los idols. Fui corriendo a buscarlo y me detuve justo frente a la silla de Kim. El contraste era brutal: yo, empapada de sudor, con arena pegada a los muslos y la piel empezando a tomar un tono dorado; él, impecable, bajo la sombra, con una camisa de lino cerrada hasta el cuello.
Me agaché para recoger el balón, asegurándome de que él viera el pequeño tatuaje en mi cadera que el bikini dejaba al descubierto.
—¿No te aburres ahí sentado, Kim? —le pregunté, jadeando un poco por el esfuerzo, con una sonrisa desafiante—. El agua está increíble.
Él se bajó un poco las gafas, y por un segundo, vi el fuego puro en sus ojos.
—Estás loca, Danna —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. No tienes idea de lo difícil que es quedarme aquí sentado viendo cómo te diviertes mientras yo solo puedo pensar en…
Se calló bruscamente cuando Hoseok se acercó.
—¡Hey, Danna! ¡Buena jugada! —gritó Hoseok, mirando a mi mejor amiga en la cancha con un deseo que ya no se molestaba en esconder—.
Regresé a la cancha con un guiño, dejando a Kim luchando contra su propia jaula de porcelana. Al final del día, las nativas estaban blancas y perfectas, pero nosotras estábamos radiantes, llenas de vida y con la marca del sol que gritaba que, aunque estuviéramos en Corea, seguíamos siendo dueñas de nuestros cuerpos.
La noche había caído sobre la costa, y mientras el resto del grupo celebraba la victoria del partido en la planta baja del hotel, yo me encontraba en mi habitación, lidiando con las consecuencias de mi imprudencia bajo el sol coreano. Mi piel, normalmente dorada, ahora ardía con un tono rosado intenso, especialmente en los hombros y la espalda.
Un suave golpe en la puerta me hizo respingar. Antes de que pudiera preguntar, Kim se filtró en la habitación con la agilidad de una sombra. Traía una pequeña bolsa de farmacia y una expresión que mezclaba la preocupación con ese “te lo dije” que tanto me irritaba.
—Te dije que el sol de aquí no perdona, Danna —susurró, cerrando la puerta con seguro.
—Valió la pena por el remate que hice —repliqué, intentando sentarme en la cama, pero solté un quejido cuando la tela de mi bata rozó mis hombros.
Kim suspiró y se acercó. Sacó un frasco de gel de aloe vera puro, frío como el hielo.
—Quítate la bata. Solo hasta los hombros. No me mires así, soy el único que puede ayudarte sin que el mánager se entere de que estás herida para el ensayo de mañana.
Me giré, dándole la espalda y dejando caer la bata hasta la mitad de mi espalda. Sentí el aire frío de la habitación y, un segundo después, el contacto de sus dedos. Kim no aplicó el gel con prisa; lo hizo con una lentitud que me erizó la piel.
—Estás ardiendo… —murmuró. Sus manos, usualmente firmes y fuertes, se movían con una delicadeza extrema.
El frío del gel chocando con el fuego de mi piel me hizo soltar un suspiro de alivio, pero cuando sus dedos recorrieron la línea de mi cuello, la sensación cambió. Ya no era alivio médico; era esa electricidad familiar. Kim se detuvo un momento justo donde la marca de mi bikini terminaba, trazando el contorno de mi piel clara y la zona quemada.
—Verte hoy en la playa… libre, bailando, sin importarte nada… —su voz bajó de tono, volviéndose más ronca—, me volvió loco, Danna. Pero verte ahora así, tan vulnerable, me duele más a mí que a ti.
Me giré lentamente, sosteniendo la bata contra mi pecho, quedando a centímetros de su rostro. Kim tenía los dedos manchados de gel transparente y los ojos fijos en los míos. El silencio de la habitación era absoluto, solo roto por el sonido de las olas rompiendo a lo lejos.
—¿Te duele porque soy una responsabilidad, o porque te importa lo que me pase? —le pregunté, desafiante a pesar del dolor.
Kim dejó el frasco en la mesa de noche y acunó mi rostro con sus manos limpias. Su pulgar rozó mi labio inferior con una suavidad que me hizo olvidar el ardor de la espalda.
—Sabes perfectamente la respuesta —respondió, y se inclinó para dejar un beso casto, casi sagrado, en mi frente—. Duerme.
Se quedó unos minutos más, asegurándose de que estuviera cómoda, antes de desaparecer por la puerta, dejándome con el olor a aloe vera y la certeza de que, bajo su máscara de hielo, Kim estaba completamente consumido por mi fuego.
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