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El amor esta hecho de humo - Capítulo 27

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Capítulo 27: El foco del engaño Parte 16

El ambiente en la academia se volvió una olla a presión. Con la eliminación del tercer grupo, la final estaba a la vuelta de la esquina: el Grupo 4 contra las nativas. La rivalidad ya no era solo por el talento, era una guerra de identidades, y el odio de las chicas coreanas hacia nosotras se volvió casi tangible.

​Pero en medio de ese campo de batalla, Kim y yo habíamos construido un refugio invisible.

​Nuestro secreto era lo único que me mantenía cuerda. No podíamos tocarnos frente a los demás, ni siquiera mirarnos por más de tres segundos, pero la comunicación era constante. Kim se volvió un experto en el arte de la atención invisible.

​En mi casillero del ensayo, a veces encontraba una botella de mi bebida favorita con una pequeña nota adhesiva que solo tenía un número: los minutos que faltaban para vernos en el pasillo.

​Un día apareció un pequeño llavero de un mate de madera en mi bolso. Kim lo había conseguido en una tienda de importación. Para cualquiera era un objeto curioso; para mí, era su forma de decir que respetaba mis raíces.

​Durante las evaluaciones, si Kim se ajustaba el anillo de su mano izquierda mientras yo bailaba, sabía que me estaba diciendo que lo estaba haciendo perfecto.

​Él ya no era frío; era el hombre que se arriesgaba a ser captado por las cámaras de seguridad solo para dejarme un chocolate suizo debajo de mi almohada.

​

​Mientras tanto, en el departamento, el resto de las parejas ya no se escondían. Mi mejor amiga y Hoseok eran prácticamente inseparables, y Prins ya no ocultaba su adoración por la chica de nuestro grupo. El líder de los idols y el nativo varón compartían rutinas de ejercicio que terminaban en conversaciones largas y susurros en el gimnasio.

​El colombiano, que lo veía todo, se sentó conmigo una noche en la cocina mientras yo miraba una pequeña pulsera de hilo rojo que Kim me había “entregado” al pasar por mi lado en el pasillo.

​—Estás brillando diferente, Danna —dijo él, con una sonrisa de medio lado—. Ese coreano te tiene loca, ¿verdad? Y lo mejor es que él está igual. Nunca lo había visto tan distraído en los ensayos.

​—Es peligroso —susurré, guardando la pulsera en mi bolsillo—. Si las nativas se enteran de que tenemos algo, nos destruyen.

​—Por eso hay que ganarles primero —respondió él, volviéndose serio—. Solo quedamos nosotros y ellas. Y créeme, ellas no van a jugar limpio en la final.

La producción decidió llevarnos a la costa para filmar un “especial de verano”. El contraste al bajar del autobús fue casi cómico. Las nativas bajaron envueltas en capas: sombreros de ala ancha, camisas de manga larga protectoras y capas de bloqueador solar blanco que no se molestaban en difuminar. Se instalaron bajo carpas gigantes, evitando el sol como si fuera ácido.

​En cambio, el Grupo 4 salió disparado hacia la arena. Mi mejor amiga dominicana se quitó el short en un segundo, revelando un bikini que resaltaba sus curvas, y yo hice lo mismo. Los varones, el colombiano y el nativo, no tardaron en quedar en torso, mostrando el resultado de meses de ensayos y gimnasio. Solo nos pusimos protector solar y dejamos que el calor nos golpeara.

​—¡Cuidado con la piel! ¡Se van a arruinar! —gritó una de las coreanas desde la sombra, mirándonos con una mezcla de horror y envidia mal disimulada.

​—¡Se llama vitamina D, cariño! ¡Deberías probarla! —le devolvió el grito mi amiga, riendo mientras corría hacia el agua.

​

​Decidimos armar un partido de voley playa. Era un espectáculo de energía pura: saltos, arena volando y risas a pleno pulmón. Jugábamos con una intensidad física que las nativas no podían comprender desde su refugio bajo la carpa.

​Los idols estaban sentados en una zona VIP, bajo sombrillas negras. Tenían prohibido quemarse; sus agencias exigían esa piel de porcelana impecable para los conciertos. Kim estaba sentado en medio, con gafas oscuras, pero yo sabía perfectamente a dónde apuntaba su mirada.

​Cada vez que yo saltaba para rematar el balón, sintiendo la arena caliente bajo mis pies y el sudor recorriendo mi espalda, sentía la mirada de Kim quemándome más que el sol.

​—Mira a Kim —susurró el colombiano mientras rotábamos posiciones—. Está a un segundo de tirar la sombrilla y saltar a la cancha. No puede quitarte los ojos de encima.

​Tenía razón. Kim estaba rígido, observando cómo mi cuerpo se movía con total libertad. Se le notaba la frustración en la mandíbula apretada. Él, que era el rey del escenario, estaba atrapado en su papel de ídolo intocable mientras yo era simplemente una mujer disfrutando de la vida.

​

​En un momento, el balón voló cerca de la zona de los idols. Fui corriendo a buscarlo y me detuve justo frente a la silla de Kim. El contraste era brutal: yo, empapada de sudor, con arena pegada a los muslos y la piel empezando a tomar un tono dorado; él, impecable, bajo la sombra, con una camisa de lino cerrada hasta el cuello.

​Me agaché para recoger el balón, asegurándome de que él viera el pequeño tatuaje en mi cadera que el bikini dejaba al descubierto.

​—¿No te aburres ahí sentado, Kim? —le pregunté, jadeando un poco por el esfuerzo, con una sonrisa desafiante—. El agua está increíble.

​Él se bajó un poco las gafas, y por un segundo, vi el fuego puro en sus ojos.

—Estás loca, Danna —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. No tienes idea de lo difícil que es quedarme aquí sentado viendo cómo te diviertes mientras yo solo puedo pensar en…

​Se calló bruscamente cuando Hoseok se acercó.

—¡Hey, Danna! ¡Buena jugada! —gritó Hoseok, mirando a mi mejor amiga en la cancha con un deseo que ya no se molestaba en esconder—.

​Regresé a la cancha con un guiño, dejando a Kim luchando contra su propia jaula de porcelana. Al final del día, las nativas estaban blancas y perfectas, pero nosotras estábamos radiantes, llenas de vida y con la marca del sol que gritaba que, aunque estuviéramos en Corea, seguíamos siendo dueñas de nuestros cuerpos.

La noche había caído sobre la costa, y mientras el resto del grupo celebraba la victoria del partido en la planta baja del hotel, yo me encontraba en mi habitación, lidiando con las consecuencias de mi imprudencia bajo el sol coreano. Mi piel, normalmente dorada, ahora ardía con un tono rosado intenso, especialmente en los hombros y la espalda.

​Un suave golpe en la puerta me hizo respingar. Antes de que pudiera preguntar, Kim se filtró en la habitación con la agilidad de una sombra. Traía una pequeña bolsa de farmacia y una expresión que mezclaba la preocupación con ese “te lo dije” que tanto me irritaba.

​—Te dije que el sol de aquí no perdona, Danna —susurró, cerrando la puerta con seguro.

​—Valió la pena por el remate que hice —repliqué, intentando sentarme en la cama, pero solté un quejido cuando la tela de mi bata rozó mis hombros.

​Kim suspiró y se acercó. Sacó un frasco de gel de aloe vera puro, frío como el hielo.

—Quítate la bata. Solo hasta los hombros. No me mires así, soy el único que puede ayudarte sin que el mánager se entere de que estás herida para el ensayo de mañana.

​Me giré, dándole la espalda y dejando caer la bata hasta la mitad de mi espalda. Sentí el aire frío de la habitación y, un segundo después, el contacto de sus dedos. Kim no aplicó el gel con prisa; lo hizo con una lentitud que me erizó la piel.

​—Estás ardiendo… —murmuró. Sus manos, usualmente firmes y fuertes, se movían con una delicadeza extrema.

​El frío del gel chocando con el fuego de mi piel me hizo soltar un suspiro de alivio, pero cuando sus dedos recorrieron la línea de mi cuello, la sensación cambió. Ya no era alivio médico; era esa electricidad familiar. Kim se detuvo un momento justo donde la marca de mi bikini terminaba, trazando el contorno de mi piel clara y la zona quemada.

​—Verte hoy en la playa… libre, bailando, sin importarte nada… —su voz bajó de tono, volviéndose más ronca—, me volvió loco, Danna. Pero verte ahora así, tan vulnerable, me duele más a mí que a ti.

​Me giré lentamente, sosteniendo la bata contra mi pecho, quedando a centímetros de su rostro. Kim tenía los dedos manchados de gel transparente y los ojos fijos en los míos. El silencio de la habitación era absoluto, solo roto por el sonido de las olas rompiendo a lo lejos.

​—¿Te duele porque soy una responsabilidad, o porque te importa lo que me pase? —le pregunté, desafiante a pesar del dolor.

​Kim dejó el frasco en la mesa de noche y acunó mi rostro con sus manos limpias. Su pulgar rozó mi labio inferior con una suavidad que me hizo olvidar el ardor de la espalda.

​—Sabes perfectamente la respuesta —respondió, y se inclinó para dejar un beso casto, casi sagrado, en mi frente—. Duerme.

​Se quedó unos minutos más, asegurándose de que estuviera cómoda, antes de desaparecer por la puerta, dejándome con el olor a aloe vera y la certeza de que, bajo su máscara de hielo, Kim estaba completamente consumido por mi fuego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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