El amor esta hecho de humo - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 El efecto resaca Parte 3
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3: El efecto resaca Parte 3 3: El efecto resaca Parte 3 El trayecto a casa transcurría bajo el parpadeo de las luces de la ciudad.
Mi amiga rompió el silencio con una pequeña risa.
—Siento si te asusté cuando te ofrecí el auto; te hablé varias veces, pero no le quitabas los ojos de encima a Kim.
—¿Kim?
—pregunté, tratando de que mi voz sonara casual, aunque el nombre vibró en mi pecho con una resonancia extraña.
—¿No sabes quién es?
—Negué con la cabeza—.
Él no es el líder de su banda, pero pertenece a uno de los grupos más grandes de la industria.
Escuché con atención, procesando cada fragmento de información.
—Nahuel y su grupo son los nuevos —continuó ella—, pero ellos manejan otro tipo de presiones.
Además, son extremadamente estrictos; hace poco compraron la empresa, así que técnicamente también son los inversionistas.
Son los dueños de todo esto.
—Es bueno saber quién es el jefe para no meterse con él —comenté con una risa fingida, aunque por dentro la idea de Kim como alguien inalcanzable solo alimentaba mi curiosidad.
Los días se deslizaron entre ensayos y rutinas.
La cercanía de Nahuel se volvió parte del paisaje; para todos era ya normal verlo orbitar a mi alrededor, buscando mi contacto como quien busca aire para respirar.
Sin embargo, el tiempo no se detiene, y la fecha de su gira llegó como una sentencia.
La despedida estuvo cargada de una pesadez húmeda.
Lo abracé con fuerza, pero me mantuve firme en mi papel de guía.
No me permití decirle que lo extrañaría, ni mucho menos le pedí que se quedara.
No podía encadenarlo; él es joven y su destino es brillar en los escenarios, no quedarse atrapado en mi sombra.
Como único consuelo, le entregué un pequeño frasco con mi perfume.
—Pon un poco en tu almohada cada noche antes de dormir —le dije al oído.
Nada más.
Un rastro de mi esencia para que, incluso a miles de kilómetros, su mente no pudiera escapar de mí.
Creía que mis vacaciones, al igual que las del resto del equipo, eran un hecho, pero la realidad tenía otros planes.
—Necesito que sigas viniendo —sentenció el mánager, cortando mis esperanzas de descanso.
—¿Qué?
¿Los ensayos continúan?
—pregunté, sintiendo el peso del agotamiento en los párpados.
—No exactamente.
Necesitan una bailarina de apoyo porque una de las chicas nuevas ha enfermado y no pueden permitirse detener la producción.
Se te pagará un extra por el sacrificio…
además —añadió, bajando la voz y lanzándome una mirada cómplice—, necesito tu “toque” especial.
Entendí el mensaje entre líneas.
Acepté con un suspiro y regresé a la estructura de cristal y cemento de la empresa.
Al entrar al estudio de grabación, donde el equipo se reunía para desmenuzar la nueva canción antes de plantear la coreografía, comprendí de inmediato a qué se refería el mánager.
Esta banda era una maquinaria bien aceitada: tenían una trayectoria sólida, legiones de fans y álbumes exitosos.
Sin embargo, el aire en la sala estaba cargado, casi eléctrico.
El estrés que manejaba el líder del grupo era tan denso que podía leerse en cada línea de su rostro, en la rigidez de su cuello y en su semblante sombrío, que parecía a punto de estallar bajo el peso de la perfección exigida.
—Llegó la niñera —soltó uno de los integrantes al verme entrar.
El veneno en su voz era evidente.
Podía sentir la tensión vibrando en las paredes del estudio y pensé para mis adentros: «Esto va a ser más difícil de lo que imaginé».
No hubo saludos, ni cortesía.
Me ignoraban sistemáticamente, evitando mi mirada como si mi presencia fuera un recordatorio de su propia fragilidad.
Me puse los auriculares para escuchar la pista.
Mientras el ritmo avanzaba, observaba al líder; su frustración era un incendio contenido.
—¿Qué le sucede?
—le susurré a una de las bailarinas.
—Desde que le cambiaron el título a la canción, está hundido —respondió ella en voz baja—.
Dice que ya no siente que la obra le pertenezca.
—Pero el ritmo es bueno…
tiene fuego, tiene juego.
¿”Sonrisas al parque”?
¿De verdad se llama así?
—pregunté, incapaz de ocultar mi asombro ante un nombre tan vacío.
—¿No te gusta?
—La voz ronca emergió detrás de mí, erizándome la nuca.
No necesitaba girarme para saber quién era—.
Uno de los artistas veteranos la eligió.
Ellos tienen la experiencia y el colmillo necesario en este negocio.
—No se nota —respondí sin mirar atrás, manteniendo una calma que no sentía—.
El título es un parche que no encaja con la canción.
Además, si el líder no la siente suya, transmitirá esa incomodidad cada vez que la cante o la baile.
El título debe nacer del artista, no de los veteranos.
Me di la vuelta entonces y choqué de frente con él.
Era Kim.
Sus ojos negros se clavaron en los míos con una intensidad que parecía querer desnudarme el alma.
Sostuve el aire, sintiendo el peso de su presencia como una sombra física sobre mis hombros.
Tras un silencio eterno, escuché sus pasos alejarse por el pasillo.
Solo cuando el eco de su caminar desapareció, me permití soltar el aire y volver a respirar.
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