El amor esta hecho de humo - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 El efecto resaca Parte 5
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5: El efecto resaca Parte 5 5: El efecto resaca Parte 5 Aproveché el fin de semana para desconectar.
Tras una ducha larga, me envolví en uno de mis perfumes favoritos —un aroma sutil pero persistente— y salí con mis compañeras de la empresa.
Ellas buscaban el olvido en el alcohol; yo, en cambio, prefería la lucidez.
Bailamos hasta que mis pies empezaron a protestar y el sudor empañó el aire del club.
Mis amigas, ya eufóricas, insistían en que bebiera con ellas, así que decidí escabullirme por la salida trasera para tomar aire.
Al salir al callejón, noté un movimiento inusual.
Cerca de la entrada principal, varios periodistas y paparazzi montaban guardia con sus cámaras listas.
Algo no iba bien.
Me disponía a marcharme cuando el estrépito de unas botellas rompiéndose me hizo saltar.
Entré en pánico.
Instintivamente, busqué algo con qué defenderme y encontré un palo de madera entre los desperdicios.
Me acerqué con cautela y vi a un hombre tirado en el suelo, oculto entre las sombras.
No era un vagabundo: el brillo de un Rolex en su muñeca y su cabello teñido —mitad negro, mitad rubio— lo delataron de inmediato.
Sentí un vuelco en el corazón.
Lo reconocí de mi primer día en la empresa: era Willy, uno de los integrantes estrella de la banda veterana.
Estaba al borde de la inconsciencia, perdido en una borrachera peligrosa.
—¡Rayos!
—exclamé, mirando hacia la esquina del callejón—.
No pueden verte así.
Si los periodistas lo encontraban en ese estado, su carrera terminaría esa misma noche.
Me acerqué y le quité el reloj, guardándolo en mi bolso para no atraer a los ladrones.
—Oye…
¿qué haces?
—murmuró él, arrastrando las palabras.
—¡Cállate!
—le ordené en un susurro urgente.
Lo cubrí con unos periódicos viejos para camuflarlo mientras lo arrastraba fuera del callejón, lejos de la luz de la calle.
—¿Me estás…
secuestrando?
—preguntó Willy, con el aliento saturado de alcohol.
—¡Cállate y sígueme!
—respondí, cargando con su peso muerto sobre mis hombros.
Logré detener un taxi antes de que algún fotógrafo nos viera.
En cuanto subimos, él se desplomó en el asiento trasero.
Para asegurarme de que nadie lo reconociera al bajar, tomé un trozo de carbón que había en el suelo del taxi (o quizás un delineador oscuro de mi bolso) y le manché la cara de forma estratégica, ocultando sus rasgos tras una máscara de hollín.
Mientras las luces de la ciudad pasaban como ráfagas a través de la ventanilla, iluminando el interior del taxi por breves segundos, me dispuse a acariciar su pelo con suavidad.
Sentí cómo él, en medio de su embriaguez y el cansancio, se acurrucaba contra mi mano de forma instintiva; se movía con una urgencia silenciosa, como si llevara una eternidad buscando el calor de alguien.
En ese momento, bajo el parpadeo de los neones exteriores, Willy dejó de ser el artista rebelde y se convirtió en un ser humano vulnerable, refugiándose en mi tacto como si fuera el único lugar seguro que le quedaba en el mundo.
—Gracias —le dije al taxista cuando llegamos a mi edificio.
Con un esfuerzo sobrehumano, lo subí hasta mi apartamento.
La semana “agradable” que esperaba acababa de convertirse en una misión de rescate.
Aún no podía creer que lo hubiera traído a mi casa.
«No me quedó otra opción», intentaba convencerme mientras lo miraba desparramado en mi sofá, un ídolo del pop convertido en un despojo humano.
Suspiré y, tras asegurarme de que no se ahogaría con su propia lengua, me fui a dormir.
A la mañana siguiente, el aroma del café recién hecho llenaba la cocina.
Me di la vuelta, con la taza en la mano, y casi la suelto del susto.
Willy estaba allí, de pie, empuñando mi escoba como si fuera una espada.
Con la cara todavía manchada de carbón y el pelo bicolor revuelto, parecía un personaje salido de una película de terror de bajo presupuesto.
—¿Quién eres?
—gritó, con la voz quebrada y los ojos desorbitados—.
¡Malditas fans, han llegado demasiado lejos!
—Oye, oye…
tranquilo —dije, tratando de mantener la calma mientras buscaba mi credencial de la empresa en el estante—.
Trabajo para tu misma agencia.
Soy bailarina.
—¡Acosadora!
—insistió él, apuntándome con la escoba—.
¡Me has secuestrado!
En ese momento, algo dentro de mí se rompió.
Dejé la taza sobre la mesa con un golpe seco, me puse seria y me erguí, clavando mi mirada gélida en la suya.
—¿Es una broma, verdad?
—solté con una voz tan cortante que él dio un paso atrás—.
Encima de que salvo tu carrera y tu preciada fama, de que te saco de un callejón donde estabas tirado como un trapo sucio, ebrio y a merced de los paparazzi, ¿tienes la audacia de llamarme así?
Me acerqué a él, ignorando la escoba.
—Toma tu Rolex, está en la entrada.
Y ahora, vete de mi casa.
No tengo tiempo para lidiar con artistas que no saben sostener su propia vida.
Su expresión cambió en un segundo.
La agresividad desapareció, dejando paso a una confusión avergonzada.
—¡Cállate!
—gritó Willy, apretándose las sienes con fuerza mientras el dolor de la resaca le martilleaba el cráneo.
—¿Que me calle?
El único que está gritando aquí eres tú —respondí con calma, extendiendo mi tarjeta de identificación de la empresa frente a sus ojos—.
¿Ves que no miento?
¿Qué querías, que te dejara en aquel callejón con los paparazzi a escasos metros?
Me di la vuelta y comencé a servir una taza de café, dejando que el aroma amargo llenara la cocina mientras continuaba con mi reprimenda.
—¿Por qué bebiste tanto?
¿Acaso no piensas en tu grupo, en tu imagen?
Ten…
—le dije, extendiéndole la taza humeante y uno de mis pañuelos.
—¿El pañuelo para qué?
No estoy llorando —soltó con un deje de su antigua arrogancia.
—Es para que te limpies la cara —contesté, señalando su reflejo—.
El carbón no se va a ir solo.
—¿Qué me hiciste?
—preguntó escandalizado, tocándose la mejilla y manchándose los dedos.
—Solo te pinté para protegerte.
¿O preferías que te reconocieran y mañana tu cara estuviera en todas las pantallas del país?
Se hizo el silencio.
Willy comenzó a sorber el café con lentitud, procesando mis palabras mientras la vergüenza le ganaba la partida a su orgullo.
Pasaron unos minutos densos, interrumpidos solo por el sonido de la porcelana contra la mesa, hasta que finalmente habló con la voz baja.
—Lo siento —murmuró.
—No tienes por qué disculparte conmigo —respondí, dando el último trago a mi taza—.
El alcohol nos hace hacer cosas locas, pero el mundo real no perdona tanto.
Ve y date un baño, hay toallas limpias en el estante.
Yo saldré a correr un rato para que puedas arreglarte y marcharte con más comodidad.
Me puse las zapatillas, recogí mi cabello en una coleta alta y salí del apartamento sin mirar atrás.
Necesitaba aire fresco y dejar que aquel “ídolo” recuperara la compostura a solas en mi casa.
Mientras mis pies golpeaban el asfalto en un ritmo constante, Willy se quedaba atrás, sumergido en el silencio de mi hogar.
Recorrió con la mirada cada rincón, absorbiendo el orden, la calidez y esa paz casi tangible que yo me esforzaba tanto por mantener.
Se bañó, se vistió con la ropa cómoda que le había dejado —piezas que, milagrosamente, le quedaban bien— y, vencido por el agotamiento físico y emocional, se quedó dormido.
Cuando regresé de correr, el apartamento estaba en calma.
—¿Ya te bañaste?
—pregunté al aire, pero no hubo respuesta.
Lo encontré en el sofá, acurrucado como un niño pequeño, con una expresión de soledad y tristeza que su fachada de estrella solía ocultar.
Me acerqué con cuidado y lo cubrí con una manta.
—Debes de estar muy cansado —susurré para mí misma.
Le acaricié el cabello de forma instintiva, un gesto de ternura involuntaria.
Sin embargo, cuando hice amago de levantarme para preparar el almuerzo, sentí un tirón firme en mi muñeca.
Su mano me sujetaba con una fuerza desesperada.
—No te vayas —murmuró, dándome la espalda, sin abrir los ojos.
—¿Y qué se supone que haga?
—pregunté con una pequeña risa, sorprendida por su vulnerabilidad.
—Hace mucho que no tengo compañía —confesó él.
En ese instante lo comprendí todo.
Su grupo estaba separado temporalmente y su carrera como solista lo había empujado a un vacío que no sabía cómo llenar.
El “lobo solitario” de la industria no era más que un hombre asustado de su propia sombra.
Me rendí ante su súplica y me quedé allí, sentada a su lado, acariciando su cabello y cuidando de sus sueños como si mis dedos pudieran borrar todo el peso que cargaba en su espalda.
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