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El amor esta hecho de humo - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 El efecto resaca Parte 6
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6: El efecto resaca Parte 6 6: El efecto resaca Parte 6 Mientras los ensayos con el grupo de Fénix seguían su curso, mi relación con Willy se estrechaba en los márgenes de la jornada.

Se convirtió en una costumbre que me buscara a la hora del almuerzo.

—Hoy traje pasta —me dijo un día, con una chispa de entusiasmo que solo mostraba cuando estábamos a solas.

Su carácter era el de un libro con dos portadas: en público, era la persona más extrovertida de la empresa, el alma de la fiesta que buscaba hacer reír a todos para llenar el silencio; pero en privado, se asomaba esa melancolía típica de quien lucha contra una tristeza profunda.

Poco a poco, se convirtió en un amigo indispensable.

Disfrutaba de su presencia, de nuestras bromas y de cómo cada charla se transformaba en un proceso creativo.

Lo que nunca faltaba era ese abrazo.

Un abrazo antes de irme a ensayar o de marcharme a casa.

En varias ocasiones, Willy intentó colarse de nuevo en mi apartamento, pero yo siempre ponía excusas o le decía, con honestidad, que estaba agotada.

No quería romper la magia de nuestra amistad mezclándola con la intensidad de su dependencia.

—Eres un gran amigo, Willy.

Realmente no pensé que congeniaríamos tan bien —le dije una tarde, justo antes de que mi teléfono vibrara.

Era una llamada de urgencia desde la empresa.

—¡Danna!

Fénix se ha encerrado en el estudio y no quiere salir…

dice que solo quiere verte a ti.

¡Fénix está fuera de control!

—Debo volver ahora mismo —dije, sintiendo un nudo de preocupación en el estómago.

—Vamos —respondió Willy con una calma gélida.

Me extrañó.

Willy jamás tomaba el control de sus emociones de forma tan tajante ante una crisis de un compañero.

Su falta de reacción era una señal de alarma.

Subimos al ascensor de la empresa en silencio.

Mientras los números marcaban nuestro ascenso, una sensación de irrealidad me invadió.

—Hay algo raro —le dije, observando su reflejo en el metal—.

Es como si las piezas de este rompecabezas no encajaran.

—No sé a qué te refieres —respondió él, pero evitó sostenerme la mirada.

Su lenguaje corporal gritaba que ocultaba algo.

—Tú sabes algo —sentencié.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron a un pasillo que debería haber sido un caos de gritos y mánagers corriendo, pero estaba en un silencio absoluto.

Demasiado absoluto.

Caminé con el corazón acelerado hasta que nos cruzamos con Jeon, uno de los veteranos de mayor rango.

—¿Qué sucede?

—pregunto Jeon deteniendose en el pasillo.

—Nada —respondió Willy de forma casi automática, adelantándose—.

Todo está bajo control.

Con permiso, Jeon.

Esa respuesta fue la confirmación final.

Fénix no estaba en peligro.

Willy no estaba preocupado.

Jeon no estaba corriendo.

Fue entonces cuando las fechas hicieron clic en mi cabeza.

—¡Ay, no!

—me detuve en seco, soltando una carcajada incrédula—.

¿Me organizaron una fiesta de cumpleaños?

Willy se quedó helado, como si le hubiera disparado.

—¡Rayos!

¿Cómo es posible que te dieras cuenta?

—Nada se me escapa, cariño —dije riendo, aunque por dentro sentía una mezcla de ternura y ansiedad—.

No te preocupes, fingiré sorpresa cuando abramos esa puerta, aunque sabes que no soy muy fan de estas celebraciones.

Al cruzar el umbral del salón, puse en marcha mis dotes de actuación.

Abrí los ojos con asombro y solté una exclamación de sorpresa mientras los globos y los gritos de “¡Feliz cumpleaños!” llenaban el aire.

Willy, que no me quitaba la vista de encima, se inclinó hacia mi oído y susurró con una sonrisa cómplice: —Eres una actriz excelente.

La fiesta fue un despliegue de afecto que no esperaba.

En medio del ruido, recibí una videollamada de Nahuel.

A través de la pantalla, se lo veía agotado por la gira, pero sus ojos brillaron al verme.

Casi se quiebra al confesarme cuánto me extrañaba y cómo aquel pañuelo perfumado seguía siendo su único consuelo en las noches de hotel.

A medida que pasaban las horas, la dinámica en la sala se volvió evidente para todos.

Varios miembros del personal y otros bailarines bromeaban con Willy y Fénix, quienes no se me despegaban ni un segundo.

No competían entre ellos; era algo más profundo.

Me trataban como si fuera su amuleto de la suerte, o como si yo fuera la miel y ellos las abejas buscando un poco de paz.

El momento más especial llegó cuando el grupo de Fénix me entregó una caja elegante.

Dentro había un vestido precioso, acompañado de una nota manuscrita: “Gracias por ayudar a Fénix y por mejorar el ambiente de trabajo.

Sigue así, esperamos un desenlace”.

Ese mensaje me dejó pensando.

¿Qué tipo de desenlace esperaban?

¿Acaso eran conscientes de que yo estaba cambiando las piezas del juego interno de la empresa?

Nos tomamos fotos, reímos y, por un momento, las jerarquías desaparecieron.

Al finalizar, cuando la música se apagó y las luces volvieron a la normalidad, varios de ellos se quedaron para ayudarme a limpiar el desorden, demostrando que ya no me veían como una simple empleada, sino como parte esencial de su mundo.

—¿Dos semanas?

—gritó Willy, haciendo que varias personas en el pasillo se giraran—.

¡Es demasiado tiempo!

—No hagas un escándalo de esto, Willy —respondí con una calma que no sentía del todo—.

Es solo trabajo.

La junta para el nuevo videoclip de Sejon no había sido precisamente animada.

El plan era rodar en una locación rural, un campo apartado, lo que implicaba que todo el equipo se trasladaría allí durante quince días.

—Haremos el video de Sejon en exteriores.

Necesitamos a los mejores bailarines; será una grabación fugaz pero intensa —explicó el mánager.

—Me parece bien la lista de seleccionados —opinó Kim, revisando los papeles con desdén.

Yo evitaba su mirada, concentrada en mis notas, intentando ser invisible.

—Mmm…

¿hay posibilidades de que Danna se quede en la ciudad?

—preguntó el mánager, consciente de mi efecto en los chicos y temiendo que las cosas se complicaran si yo no estaba para mediar.

Kim y Sejon lo miraron con una seriedad cortante.

—¿Qué dice su contrato?

—preguntó Sejon.

—Bailarina.

—Entonces, ¿qué debe hacer ella?

—soltó gélidamente—.

Bailar.

No contrato damas de compañía ni abogadas que interceden por los artistas.

Debe limitarse a su función, no a hacer vida social.

El frío en la habitación se volvió insoportable.

Varios de los presentes se tensaron, molestos por el comentario despectivo.

—Por lo menos espero que haga eso bien —murmuró Kim.

En ese momento, mi autocontrol saltó por los aires.

Me puse de pie, clavando mis ojos en los suyos con una furia contenida.

—Si tiene algún problema conmigo, despídame —dije con voz firme—.

No voy a soportar insultos.

Hago el mismo esfuerzo que mis compañeros y no estoy aquí para dramas laborales.

—Pero sí para jugar a la niñera —replicó Kim, mirándome por encima de sus gafas de leer.

Solté una risa seca.

—No es un problema mío si le agrado a la gente, a diferencia de usted.

Si el jefe quiere que me aísle y me limite estrictamente a bailar, lo haré.

Pero eso creará un ambiente denso que nadie necesita ahora mismo.

Si no le gusta mi forma de ser, despídame de una vez.

—Despedida —dijo Kim, sin dudar un segundo.

—Muy bien.

Fue un placer, chicos —respondí sin que se me moviera un pelo.

Comencé a guardar mis cosas con una dignidad absoluta.

Pero entonces, estalló el caos.

En una muestra de lealtad que no esperaba, bailarines, vestuaristas y hasta los maquilladores se levantaron en una batalla campal de protestas contra Kim.

Aproveché la confusión para salir al pasillo, molesta pero decidida a no mirar atrás.

—Señorita Danna, hablemos —la voz de Kim resonó al final del corredor.

—No —contesté sin detenerme—.

Estoy despedida y usted ya no es mi jefe.

Escuché sus pasos acelerarse.

En un movimiento rápido, abrió una puerta lateral y se plantó frente a mí, bloqueándome el paso.

—Hablemos.

Discutimos durante varios minutos en un círculo vicioso de reproches.

Él se exasperaba ante mi resistencia y yo me frustraba por su obsesión con el control.

—Dos semanas —sentenció él finalmente—.

Dos semanas sin tener contacto con ellos durante el rodaje.

Si acepta eso, no la despediré.

—¿Qué obsesión tiene con mis relaciones personales?

—pregunté incrédula.

—No me inspira confianza.

—¿Y eso me incapacita para trabajar?

¿He robado?

¿He filtrado información?

—Dos semanas de contacto cero —insistió—.

Verá como, en cuanto desaparezca, se olvidan de usted.

—Acepto.

No me afecta —dije con frialdad.

Kim creía que el tiempo borraría mi rastro.

Pero yo sabía perfectamente qué semillas había plantado en Nahuel, Fénix y Willy.

Esas dos semanas de ausencia no serían olvido; serían sed.

Sabía que el efecto sería el contrario: cuando regresara, me absorberían con la intensidad de una resaca.

Kim acababa de cometer su mayor error estratégico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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