El amor esta hecho de humo - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 El efecto resacada Parte 7
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7: El efecto resacada Parte 7 7: El efecto resacada Parte 7 Sentía la brisa salina en el rostro y la caricia del agua bajo mis pies, pero mi mente estaba a kilómetros de aquella playa.
—Danna, otro mensaje de Willy —dijo uno de los productores, sosteniendo su teléfono con resignación.
—No me los des.
Sabes que tengo prohibido contestar —respondí, forzando una calma que me costaba mantener.
Willy estaba perdiendo la cabeza.
Llamaba todos los días al productor de Sejon, torturándolo con tal de conseguir un minuto para hablar conmigo.
Por su parte, Fénix había sido más previsor: antes de mi partida, me entregó una caja llena de cartas, una para cada día de mi ausencia.
En ellas volcaba su mundo; me contaba cuánto me extrañaba y enumeraba todos los planes que quería hacer conmigo al regreso: ir al parque, nadar, viajar…
cosas simples que para él eran tesoros.
Mientras tanto, Nahuel terminaba su gira y llegaría a la ciudad cinco días antes que yo.
La tensión estaba aumentando en la distancia.
Las grabaciones con Sejon fueron de una intensidad agotadora.
Él era una figura intocable, un profesional extremo que exigía perfección absoluta.
Su trato era curioso: bromeaba con los bailarines, jugaba con ellos y se mostraba cercano, pero con nosotras, las mujeres, mantenía una indiferencia gélida.
No era odio, era un muro de cristal.
En las horas libres, los bailarines extranjeros aprovechábamos para tomar sol y disfrutar del mar, mientras los coreanos se cubrían buscando mantener su piel pálida.
A veces, entre las olas, surgía el tema de mi pelea con Kim, pero hablábamos en susurros; después de todo, estábamos trabajando para su mejor amigo.
El penúltimo día, el grupo de Sejon —el de los veteranos— llegó a la locación para apoyarlo.
Fue la primera vez que vi a Kim fuera de su hábitat de oficinas y trajes oscuros.
Verlo en ropa informal, en un ambiente tan relajado, resultaba inquietante y extrañamente magnético.
—Es su última noche, equipo —anunció KQ, el líder del grupo veterano—.
Diviértanse.
Mañana no arrancaremos hasta las diez.
Era el momento de lucirme.
Preparé mi bolso y me puse el vestido que me habían regalado los chicos del grupo de Fénix.
Me sentaba como una segunda piel.
Salí con mis amigas dispuestas a quemar la última noche en la playa, riendo y bailando bajo las estrellas, consciente de que, aunque Kim me estuviera vigilando, yo ya había ganado esta batalla.
Esas dos semanas de silencio estaban a punto de terminar, y el “efecto resaca” prometía ser devastador para ellos…
y para él.
A mitad de la noche, el agotamiento comenzó a pasar factura al grupo de los veteranos.
Kim y los suyos se veían desgastados por el día de rodaje y se retiraron temprano, seguidos por algunos bailarines.
Pero yo no estaba dispuesta a que la noche terminara así.
Me quedé con mis amigos extranjeros, entregada al ritmo de la música y a la libertad de la costa hasta que los primeros rayos del sol pintaron el cielo.
No me privé de nada.
Llevaba meses conteniéndome, siendo el pilar emocional de todos, la consejera perfecta, la mujer inalcanzable.
Pero esa noche, entre la brisa marina y el anonimato de la oscuridad, me dejé llevar con un desconocido.
Necesitaba recordar que mi cuerpo me pertenecía solo a mí.
Regresamos al hotel a las ocho de la mañana.
El aire en el vestíbulo se volvió denso en cuanto cruzamos la puerta; la delegación de los veteranos ya estaba allí, lista para la partida.
—¿Por qué llegan tan tarde?
—gritó Sejon, visiblemente irritado—.
¿No saben que deben armar sus bolsos?
—Ya están listos —respondió una de las bailarinas veteranas con voz cansada pero firme—.
Nos bañamos y estaremos listas en diez minutos.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Kim no dijo una palabra, pero su mirada estaba clavada en mí con una expresión indescifrable, una mezcla de desconcierto y una furia contenida que hacía vibrar el ambiente.
Yo estaba allí, con el vestido del grupo de Fénix ligeramente desordenado y el cabello cayendo en cascada sobre un hombro.
No fue hasta que vi el reflejo de una de las vitrinas que comprendí el motivo de su fijación.
Mi escote y mi cuello estaban marcados: dos hematomas violáceos, dos “chupones” imposibles de ignorar, gritaban lo que había hecho esa noche.
Sostuve la mirada de Kim sin bajar la cabeza.
Él me había exigido que no tuviera contacto con sus artistas para que no los “corrompiera”, pero ahora se encontraba frente a una realidad que no podía controlar: yo no era su marioneta, y mi vida privada era un territorio donde él no tenía jurisdicción.
Al volver, las instrucciones del mánager fueron claras: mis dos semanas de aislamiento se extenderían de una forma distinta.
—Danna, coordinarás directamente con KQ —me informó—.
Quieren que seas la protagonista del próximo video de los veteranos.
Me olió a Kim desde el primer segundo.
Sabía que era su táctica para mantenerme bajo su vigilancia directa y lejos de los otros grupos.
No me afectó; simplemente acepté el desafío y me sumergí en los ensayos.
Durante tres días, Kim logró lo imposible: blindar el estudio para que nadie entrara.
Aunque su presencia me intimidaba a veces, ver cómo su fachada de hombre serio se agrietaba cuando bromeaba con sus amigos veteranos me recordaba que, debajo de todo ese control, solo había otro ser humano.
Sin embargo, el muro de contención se rompió al cuarto día.
—Tomen veinte minutos de descanso —anunció el coreógrafo.
Me acerqué a KQ para discutir unos tecnicismos de la coreografía cuando un estrépito en la puerta interrumpió la paz del estudio.
—¡Muévete!
—escuché la voz de Willy, cargada de una urgencia eléctrica.
Entró en la habitación como un torbellino.
Al verme, sus ojos se iluminaron con una mezcla de alivio y desesperación.
Corrió hacia mí y me envolvió en un abrazo tan fuerte que casi me deja sin aire.
Sus manos comenzaron a recorrer mi espalda y mis brazos con ansiedad, como si necesitara comprobar que era real y que estaba allí de nuevo.
Estaba cobrándose, con creces, cada día de silencio impuesto.
—Willy…
—advirtió KQ con tono severo, haciendo ademán de separarlo.
Le hice una seña rápida a KQ para que no interviniera.
—Estás pasado de revoluciones —murmuró Heok, otro de los veteranos, observando la escena con desaprobación.
Yo no dije nada.
Dejé que Willy aspirara mi aroma, aferrado a mí como un náufrago.
Miré de reojo hacia donde sabía que Kim estaba observando.
—Le advertí a Kim que sería peor si intentaba alejarme —pensé para mis adentros.
Entonces, la puerta volvió a abrirse.
Fénix entró lentamente, con paso vacilante, como si yo fuera un espejismo que pudiera desvanecerse si se acercaba demasiado rápido.
Willy finalmente se apartó, limpiándose unas lágrimas traicioneras con el dorso de la mano.
Entonces fue el turno de Fénix.
Él me abrazó con una dulzura que me encogió el corazón.
—Te extrañé tanto…
—susurró, hundiendo su rostro en mi cuello y respirando hondo.
—Ya está, ya pasó —dije riendo suavemente mientras acariciaba su cabello—.
No me fui tanto tiempo.
Intenté moverme para seguir con el ensayo, pero no me dejaron.
Willy corrió a buscarme una botella de agua y Fénix me escoltó hasta una silla, sosteniéndome del brazo como si fuera de cristal.
Se quedaron allí, flanqueándome y tocando mi mano o mi hombro hasta que el coreógrafo gritó que el descanso había terminado.
—Después nos vemos —les dije mientras los guardias de seguridad los sacaban del estudio para que pudiéramos continuar.
Me giré hacia los veteranos.
Estaban absortos, con las bocas casi abiertas.
No podían creer lo que acababan de presenciar.
No era yo quien los perseguía, ni yo quien los “acosaba”.
Eran sus ídolos, los líderes de la industria, los que estaban de rodillas buscando un poco de mi atención.
Apenas el coreógrafo anunció el segundo descanso, no tuve tiempo ni de recuperar el aliento.
Sentí unos brazos fuertes y urgentes rodeándome desde atrás, envolviéndome con una fuerza que casi me hace perder el equilibrio.
No necesité girarme para saber quién era; su energía lo delataba.
Era Nahuel.
Al igual que Willy, sus manos se movieron con desesperación sobre mis brazos y mis hombros, subiendo y bajando como si necesitara memorizar mi cuerpo de nuevo tras la distancia.
Su tacto era posesivo, rozando el límite, marcando su territorio con una intensidad que dejó a toda la sala en silencio.
—¡Nahuel!
—exclamó Kim, con una voz que tronó en el estudio, cargada de autoridad y reproche.
Pero Nahuel hizo algo que nadie esperaba.
Se tensó y giró el rostro hacia Kim, lanzándole una mirada fulminante, cargada de una hostilidad pura que jamás le habían visto.
En sus ojos no había rastro del chico dócil y novato; solo había un hombre protegiendo lo que consideraba suyo.
Era como si yo fuera un dulce que no estaba dispuesto a compartir con nadie, y mucho menos con quien me había alejado de él.
Luego, volvió a mirarme.
Sus ojos se inundaron en un segundo y se largó a llorar desconsoladamente sobre mi hombro, sollozando con la angustia acumulada de esas dos semanas de silencio.
—Ya, ya…
todo está bien.
Estoy aquí —susurré, dándole suaves palmadas en la espalda mientras intentaba calmar su respiración entrecortada.
Al finalizar el drama, el personal de seguridad tuvo que escoltarlo fuera del estudio; sus propios ensayos lo esperaban y no podía retrasarse más.
Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio que quedó en la sala de los veteranos era tan espeso que se podía cortar.
Me tomé un momento para recomponerme, me coloqué el cabello y busqué la mirada de Kim.
No dije una sola palabra.
No hacía falta.
Mi expresión le gritaba lo que él se negaba a aceptar: que hay lazos que no se rompen con contratos ni con prohibiciones.
Le mostré en mis ojos que, por mucho que él intentara mover las piezas de su tablero, había fuerzas en el corazón de sus artistas que escapaban totalmente de su control.
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