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El amor esta hecho de humo - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 El efecto resaca Parte 8
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8: El efecto resaca Parte 8 8: El efecto resaca Parte 8 El mes pasó volando, pero mis energías empezaron a menguar.

Los chicos —Nahuel, Fénix y Willy— estaban más absorbentes que nunca, reclamando cada segundo de mi atención como si temieran que fuera a desaparecer de nuevo.

Tuve que empezar a tomar vitaminas solo para soportar el ritmo frenético de trabajo y la carga emocional que significaba ser su apoyo.

Pasaba la mayor parte del tiempo con el grupo de los veteranos.

Para las dudas técnicas, siempre acudía a KQ o a Prins, uno de los bailarines más talentosos y analíticos del grupo.

Con el tiempo, empecé a notar las costuras de sus vidas privadas.

Algunos de ellos mantenían relaciones amorosas en secreto; era evidente en sus llamadas furtivas y en cómo su semblante cambiaba drásticamente según el humor de sus novias.

Un día, mientras observaba estas dinámicas, solté una pequeña risa.

—¿Qué te parece tan gracioso?

—preguntó Kim, con esa seriedad que parecía pegada a su piel.

Al convivir tanto con ellos, los filtros empezaron a desvanecerse.

Me olvidé por un momento de su jerarquía y fui más natural que nunca.

—Me causa gracia cómo una mujer puede influenciar tanto el estado de ánimo de un hombre —dije, señalando con la mirada a dos de ellos que cuchicheaban en un rincón—.

A simple vista te das cuenta de cuáles están de novios.

Sus ojos los delatan.

Kim guardó un silencio denso.

Creo que en ese momento comprendió que yo veía mucho más allá de la superficie y que su estrategia de “contacto cero” no había servido de nada; mi intuición era mi mayor arma, y él no podía bajar la guardia ni un segundo conmigo.

Mi relación con Prins se volvió más cercana.

Disfrutábamos de las risas y de intercambiar ideas creativas que daban frescura a los ensayos.

Sin embargo, el día del concierto de reapertura llegó y nos exprimió hasta la última gota de energía.

Al finalizar, el agotamiento era tal que me desplomé en uno de los sofás de los camerinos, intentando recuperar el aliento.

Vi entrar a Kim y a KQ, empapados en sudor, con la adrenalina del escenario aún vibrando en sus cuerpos.

Pero cuando entró Prins, percibí algo distinto.

No era solo cansancio físico; emanaba un olor a agotamiento mental y a una preocupación extrema, algo que le pesaba en el alma.

Sin decir una palabra, lo miré a los ojos y extendí mis brazos, invitándolo a refugiarse en un abrazo.

Sabía que, en ese nido de veteranos duros y profesionales, yo era la única que podía ofrecerle un puerto seguro.

—¿Qué?

—preguntó Prins con una frialdad que pretendía ser defensiva, pero sus ojos lo traicionaban.

—Ven, no muerdo —respondí sin inmutarme, sosteniendo la invitación de mis brazos abiertos.

Sabía que Prins no solo buscaba consuelo; lo que realmente quería era sacarse la duda.

Necesitaba entender qué era eso que el resto de los grupos había encontrado en mí, esa fuerza invisible que los absorbía por completo.

Como un desafío personal, se dejó caer sobre mí en el sofá, desplomando todo su peso muerto.

—Prins, ¿qué demonios haces?

—soltó Kim, visiblemente molesto por la falta de decoro en el camerino.

—Déjame —contestó él con voz ahogada, sin siquiera dignarse a levantar el rostro de mi regazo.

Me quedé allí, ignorando las miradas de reproche de Kim y continuando mi charla con las otras bailarinas como si no tuviera a uno de los mejores artistas del país usándome de almohada.

Comencé a masajear su espalda con movimientos circulares y rítmicos.

Sentí cómo sus músculos, antes rígidos como cuerdas de piano, se relajaban fibra a fibra.

Su respiración, pesada y errática por el estrés, se volvió lenta y profunda.

Se había quedado dormido en cuestión de minutos.

Kim regresó de las duchas con el vapor aún escapando de su piel y se quedó congelado al ver la escena.

Prins estaba totalmente entregado, relajado y hundido en un sueño reparador que no parecía haber tenido en años.

Kim no podía creerlo; su “fortaleza” de veteranos se estaba desmoronando ante sus ojos de la forma más pacífica posible.

—Pásame eso —le pedí a una compañera, señalando una de mis camisetas limpias.

Con una lentitud quirúrgica para no despertarlo, deslicé la tela sobre mi pecho, justo donde Prins apoyaba la mejilla.

—¿Está babeando?

—preguntó la chica entre risitas, tapándose la boca con la mano.

—Sí —respondí con una sonrisa triunfal—, se durmió profundamente.

Mientras yo seguía conversando sobre temas triviales, el resto de los veteranos picaba algo de comida en silencio.

No podían apartar la vista de Prins.

Lo miraban roncar como nunca lo habían escuchado, convertido en la prueba viviente de que, bajo mi cuidado, incluso el más duro de los guerreros podía finalmente bajar la guardia Una hora después, Prins comenzó a moverse.

Abrió los ojos lentamente, desorientado, como si regresara de un viaje muy lejano.

—Ey, dormilón —le dije dulcemente, manteniendo mi mano en su nuca—.

¿Viste que no mordía?

Él parpadeó, asimilando que se había quedado dormido sobre mí frente a todo el equipo.

Le acaricié el cabello una última vez antes de darle un suave empujón.

—Desperézate y ve a comer algo.

Te hará bien.

Mientras él se incorporaba, todavía aturdido, tomé un pañuelo y limpié con naturalidad mi pecho; el rastro de sus babas se había deslizado entre mis senos durante su sueño profundo.

Prins se dio cuenta y sus orejas se tiñeron de un rojo intenso.

—Lo siento…

de verdad —murmuró, evitando la mirada de Kim, que seguía observando todo desde una esquina.

—Está bien —respondí con una sonrisa tranquila—.

Estabas agotado.

Lo importante es que dormiste bien, ¿no?

Él solo pudo asentir con la cabeza, incapaz de articular palabra ante la paz que sentía.

Antes de abandonar los camerinos, saqué de mi bolso un pequeño frasco y me apliqué un poco de perfume en las muñecas y el cuello.

Al instante, una nota embriagadora y única llenó el aire cargado del camerino.

—Huele delicioso…

¿Qué es?

—preguntó la misma chica que antes se reía de Prins, acercándose con curiosidad.

—Es mi perfume personal —respondí, guardando el frasco con celo—.

Lo hago yo misma en casa.

—¡Es increíble!

¿Me prestas un poco?

—insistió ella, extendiendo su muñeca.

—Lo siento —mentí con suavidad, inventando una excusa rápida—, es que me quedan muy pocos ejemplares y no quiero gastarlo antes de poder preparar una nueva tanda.

En realidad, no quería que nadie más llevara ese aroma.

Era mi marca, el hilo invisible que conectaba a Nahuel, Fénix y Willy conmigo.

Si ese perfume se volvía común, perdería su poder.

Salí del camerino dejando tras de mí una estela que, sabía perfectamente, Kim y Prins se quedarían respirando durante mucho tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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