El amor esta hecho de humo - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 El efecto resaca Parte 9
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9: El efecto resaca Parte 9 9: El efecto resaca Parte 9 El tiempo en la empresa se había vuelto una masa informe de exigencias y rostros que dependían de mí.
Con el paso de los días, los mareos repentinos dejaron de ser una molestia para convertirse en una presencia constante.
Estaba agotada; sentía que caminaba por la cuerda floja sobre un abismo de vértigo.
Mis fuerzas físicas menguaban, pero eran las mentales las que estaban a punto de quebrarse.
—Necesitas vacaciones —dijo Kim durante un ensayo.
Su voz, siempre gélida, hoy sonaba extrañamente lejana, como si viniera del fondo de un túnel.
—Siempre vamos a necesitar vacaciones —respondí automáticamente, sin mirarlo, concentrada en no perder el equilibrio.
Mi cuerpo seguía el ritmo de la música por pura inercia, pero mi mente estaba en otro lugar, enredada en la red de responsabilidades que había tejido: cuidar de Willy, sostener a Fénix, calmar a Nahuel y desafiar a Kim.
Terminamos el ensayo y me quedé en el estudio vacío, guardando mis cosas con una lentitud que me pesaba en los huesos.
En cuanto el silencio absoluto se apoderó de la sala, el dique se rompió.
Mis manos comenzaron a temblar con una violencia que no pude contener.
Solté mi bolso y apoyé las muñecas en el respaldo de una silla, sintiendo el metal frío clavarse en mi piel.
—Por favor, no aquí…
—rogué en un susurro.
Sentí el ataque de ansiedad asomarse como una sombra negra.
Estaba sola, y aunque eso debería haberme dado paz, el pánico de no poder llegar a casa me paralizó.
Detestaba desbordarme; durante meses me había esforzado por ser el pilar de todos, la mujer inalcanzable y perfecta que olía a flores y calma.
Nadie podía verme así.
Nadie debía ver mis grietas.
El sudor frío comenzó a perlar mi frente y mi vista se nubló en una neblina blanca.
Me incliné sobre la silla, sintiendo que el suelo se inclinaba.
Intenté buscar la pared para no caer, pero mi cuerpo era una hoja seca en medio de un vendaval.
Mi respiración se volvió un silbido entrecortado, un esfuerzo titánico por atrapar un aire que parecía haberse acabado en todo el edificio.
—Te dije que necesitabas vacaciones.
Era la voz de Kim.
Lo miré con los ojos empañados y vi su figura recortada contra las luces del estudio.
Detestaba esa mirada de preocupación en él; me hacía sentir que había perdido la batalla del control.
—Estoy bien…
vete —logré decir, haciendo un gesto débil con la mano.
En lugar de irse, sentí sus brazos rodeándome por la espalda.
No fue un abrazo brusco, sino un ancla.
Me envolvió con una firmeza que detuvo mis temblores.
—Respira conmigo —murmuró cerca de mi oído, y sentí cómo su mano comenzaba a acariciar mi brazo con una suavidad rítmica, casi hipnótica.
Cerré los ojos, aferrándome a ese contacto, al olor de su perfume de madera y metal, a la calidez de su pecho contra mi espalda.
Me dejé ir, permitiendo que su voz me guiara fuera de la oscuridad…
…Y de pronto, el silencio cambió.
Ya no era el silencio de un estudio de baile, sino el ruido blanco de una oficina y el murmullo lejano del tráfico de la mañana.
Pestañee varias veces, desorientada.
La luz que entraba por la ventana era distinta; era la luz cruda y real del sol de las 9:00 AM.
Me encontré de pie, frente a mi escritorio, con el bolso todavía al hombro y las manos apoyadas en la superficie de madera.
No había sudor, ni ataques de pánico, ni brazos de Kim rodeándome.
Me quedé inmóvil, sintiendo el corazón latir a un ritmo normal.
Me di cuenta de que acababa de llegar a mi trabajo.
No recordaba en qué momento exacto del viaje en metro o mientras subía el ascensor mi mente había decidido desconectarse de la realidad para ensoñar toda esta historia.
El perfume, los pañuelos, los ídolos vulnerables que buscaban mi consuelo…
todo había sido una construcción perfecta de mi cerebro, un refugio de fantasía para escapar de la presión de una vida que me exigía demasiado.
Miré hacia el pasillo y vi pasar a mis compañeros reales, ajenos a la epopeya emocional que yo acababa de vivir en mi cabeza.
Suspiré, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo.
La historia de la bailarina que salvó a los líderes del pop se desvaneció como el humo, dejándome sola con la rutina.
Fin?
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