Resumen
El impacto fue físico. Las manos de Nahuel, nerviosas y desesperadas, se cerraron sobre mis brazos con una urgencia que me quitó el aliento. No era un saludo; era un rescate. Sus dedos subían y bajaban por mis hombros, recorriendo el contorno de mi cuerpo con una posesividad que rozaba el límite de lo permitido, como si necesitara comprobar que no era un espejismo después de catorce días de vacío. El silencio en la sala de los veteranos se volvió sepulcral, cargado de una electricidad peligrosa.—¡Nahuel! —la voz de Kim estalló en el aire, fría y autoritaria como un látigo.Era el grito de un líder reclamando el orden, pero Nahuel hizo lo impensable. Se tensó bajo mis manos, pero no retrocedió. Giró el rostro hacia Kim y le lanzó una mirada fulminante, una expresión de hostilidad tan pura y salvaje que dejó a los presentes mudos. En ese segundo, el chico dócil y el aprendiz disciplinado desaparecieron. Solo quedó un hombre marcando su territorio frente al “rey” de la industria. Sus ojos decían claramente lo que su contrato le prohibía gritar: que yo no era un peón en su tablero, sino el fuego que lo mantenía vivo.Entonces, la fuerza de Nahuel se quebró. Volvió a mirarme y sus ojos se inundaron al instante. Se hundió en mi hombro, rompiendo en un llanto desconsolado, un sollozo desgarrador que arrastraba toda la angustia y el silencio de las últimas dos semanas.—Ya, ya… todo está bien. Estoy aquí —le susurré al oído, ignorando las cámaras y las miradas de juicio. Le di suaves palmadas en la espalda, sintiendo cómo su respiración entrecortada buscaba refugio en mi cuello.El personal de seguridad, actuando bajo las órdenes mudas de la producción, intervino finalmente. Tuvieron que escoltarlo fuera del estudio; sus propios ensayos no esperaban y el escándalo ya era suficiente. Cuando la puerta se cerró tras él, el vacío que dejó fue más pesado que el ruido anterior.Me tomé un segundo para recomponerme. Me alisé el cabello con una calma forzada y, con la espalda recta, busqué la mirada de Kim. No dije nada. No hacía falta.Mis ojos se clavaron en los suyos con una frialdad desafiante. En ese silencio, le grité la verdad que su poder no podía comprar: que hay lazos que no se rompen con prohibiciones ni con cláusulas de confidencialidad. Le mostré que, por mucho que él intentara mover las piezas y controlar nuestras vidas, el corazón de sus artistas tenía una lealtad que escapaba totalmente de su control.Kim me sostuvo la mirada, pero por primera vez, vi una grieta en su máscara de piedra. Había entendido que, en esta guerra de sentimientos, él era el único que estaba empezando a quedarse solo
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