El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Nombres del pasado
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11: Nombres del pasado 11: Nombres del pasado Raphael El aire en las mazmorras es denso, empapado del olor a moho, sangre seca y miedo.
Las antorchas parpadean, proyectando sombras retorcidas que se arrastran por las paredes como gusanos.
Cada paso que doy resuena en el silencio, un eco de botas contra piedra que hace que los prisioneros se encogen en sus rincones.
Pero hay una celda que me llama.
Elena.
La veo antes de que ella me vea a mí.
Encogida en un rincón, sus brazos rodeando sus rodillas temblorosas.
Su pelo negro está enmarañado, sucio de tierra y sudor, pero aún así… hay algo en ella .
Algo que hace que mis colmillos se tensen.
— Elena —digo, y su nombre cae de mis labios como un susurro venenoso.
Ella se estremece.
Sus ojos—grandes, del color del ámbar bajo la luz de la luna—se alzan hacia mí.
— P-Por favor —su voz tiembla—.
Déjame ir.
No le diré a nadie que existen.
Una risa oscura ruge en mi pecho, un sonido que hace que los otros prisioneros se estremezcan.
— Mentira —murmuro, inclinándome hasta que mi aliento frío roza su mejilla—.
Todos hablan… eventualmente.
Mis ojos recorren su cuerpo, deteniéndose en el collar.
Esa maldita pieza de plata con runas que me queman con solo mirarlas.
— Dime, Elena —mi voz es un látigo envuelto en seda—.
¿Quién te dio ese collar?
Ella traga saliva, sus dedos aferrándose al colgante como si fuera un salvavidas.
— M-Mi madre —susurra—.
Me lo dio cuando murió.
Yo tenía tres años… apenas la recuerdo.
Miento una sonrisa, pero por dentro, algo se retuerce.
Elizabeth.
¿Es posible?
Extiendo una mano, agarrando su muñeca con fuerza suficiente para dejar marcas.
Y entonces… sucede.
Un dolor quemante atraviesa mi piel, como si hubiera tocado el sol.
Suelto su brazo de inmediato, pero no hay marcas.
No hay heridas.
Solo ese dolor que persiste, como un veneno corriendo por mis venas.
Ella me mira, confundida.
Asustada.
— ¿Q-Qué te pasa?
—pregunta, arrastrándose hacia atrás.
No respondo.
Mis ojos se clavan en el collar, en las runas que ahora brillan con una luz tenue, casi imperceptible.
Maldición.
— No eres humana —gruño, más para mí que para ella—.
No del todo.
El silencio que sigue es más pesado que el hierro de sus cadenas.
Y entonces, desde las sombras más profundas del pasillo, algo se mueve.
Un susurro.
Un nombre.
“Raphael…” Mi sangre se congela.
Esa voz.
No.
No puede ser.
Pero cuando giro la cabeza, no hay nadie allí.
Solo el viento, silbando entre los barrotes como un alma perdida.
Mi Elizabeth,¿ porque esta pasando esto ahora?
que tiene que ella con Elizabeth .
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