El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Nuestra mascota
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12: Nuestra mascota 12: Nuestra mascota Lucían El aire en las mazmorras se espesa cuando Raphael desaparece tras la puerta, dejando solo el eco de sus pasos y el peso de sus palabras.
“Nuestra mascota”.
Mis puños se aprietan.
Elena sigue acogida en el rincón, sus ojos brillando como dos piezas de ámbar bajo la tenue luz de las antorchas.
Su respiración es rápida, superficial, y el sonido de su corazón acelerado resuena en mis oídos como un tambor de guerra.
— ¿De dónde vienes?
—pregunto, mi voz más baja que el susurro de las sombras.
Ella traga saliva antes de responder.
— De un pueblo cerca de la ciudad… —sus palabras tiemblan—.
Por favor, déjame ir.
Nadie me echará de menos.
Mis colmillos presionan contra el interior de mi labio.
Mentira.
Algo en ella grita que es importante, que es diferente.
El collar en su cuello brilla débilmente, como si reaccionara a mi presencia.
— No puedo dejarte ir —digo, acercándome un paso más—.
Más de un clan te busca, y cuando te encuentren, no dudarán en destrozarte, necesito saber porque eres importante para ellos si solo eres una humana.
Ella palidece aún más, eso no es posible no soy nadie, no los conozco yo no tengo dinero o algo parecido que ellos necesiten de mi.
__ Eso no lo se elena, pero no saldrás de aquí, eres mi prisionera y yo yo quiero serás mi mascota — Pero… ¡no hice nada!
—protesta, sus manos aferrándose a los barrotes de la celda.
— Eso es lo que voy a descubrir —gruño—.
Pronto te llevarán a un lugar más… adecuado.
Hasta entonces, mantente viva.
Mis ojos se clavan en los suyos, asegurándome de que entienda lo que viene a continuación.
— Y aléjate de Raphael si quieres seguir respirando, no me gusta que jueguen con mis mascotas personales.
Ella abre la boca para responder, pero no le doy la oportunidad.
Me giro y salgo de la celda, dejando atrás su aroma a miedo ya algo más… algo que no puedo identificar.
— El Encuentro con Beth Mi oficina está iluminada solo por la luz de la luna que se filtra a través de los vitrales.
Pero no estoy solo.
Beth.
Está sentada en mi escritorio, sus piernas cruzadas, su vestido negro tan ajustado que parece una segunda piel.
Su sonrisa es peligrosa, calculadora.
— Lucian… —mmmm—.
Te necesito ahora.
¿Acaso no me extrañaste?
El aire se enrarece.
Mis músculos se tensan.
— Beth —digo, cada palabra cargada de hielo—.
Odio como usa esas palabras conmigo.
Eres solo mi calienta camas, ahora, lárgate y déjame en paz.
Ella no se inmuta.
En cambio, sus ojos brillan con algo más… desafío.
— Querido… deberíamos hablar de Darius.
En un instante, estoy frente a ella.
Mis dedos se cierran alrededor de su garganta, levantándola del suelo como si fuera una muñeca de trapo.
— ¿Qué quieres decir sobre Darius?
—pregunto, mi voz un rugido sordo.
Beth tose, pero su sonrisa no desaparece.
— Se están uniendo —jadea—.
Todos los clanes… y los lobos.
No podrás con todos ellos juntos.
Mis dedos se aprietan.
— Eso nunca pasará —susurro, acercando mis labios a su oído—.
Porque los destruiré uno por uno.
La suelto, y ella cae al suelo con un golpe seco.
—Ahora vete —gruño—.
Antes de que decida que ya no eres útil.
Beth se levanta, su risa un eco envenenado en la habitación antes de desaparecer por la puerta.
–por cierto lucían no olvides que las paredes susurran y ellos buscan algo que ya se que la escondes.
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