El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 34
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34: Elena y el Leviatán 34: Elena y el Leviatán El rugido del Leviatán desgarró la bruma, un sonido primigenio que heló la sangre hasta al más valiente de los guerreros a bordo.
No podía creer que nos hubiéramos topado con semejante bestia.
En un segundo, ese monstruo ancestral podía reducir el barco a astillas y condenarnos a todos a una tumba acuática.
Corrí hacia la proa, y en un instante, me planté ante la criatura.
Su tamaño era una blasfemia contra el horizonte, una masa de escamas cicatrizadas y músculo puro que destilaba una fuerza infernal.
Dudé; no sabía si mi mirada de hipnosis funcionaría contra una mente tan antigua y alienígena, pero estaba segura de que si no lo intentaba, estaríamos perdidos.
A mi lado, Aurora y Nyx ya combatían.
Aurora, con los brazos extendidos y los ojos en blanco, invocaba una procesión de espectros translúcidos que se enredaban en las aletas y el torso del Leviatán como ataduras etéreas.
De repente, la bestia descargó un golpe contra el casco.
La madera crujió con un quejido agonizante y toda la embarcación se estremeció, lanzándonos contra la barandilla.
—¡Aurora, si golpea otra vez, prepárate!
¡No creo que el barco aguante!
—grité, escupiendo agua salada.
La preocupación se apoderó de todos.
El Leviatán rugía, encolerizado, y cada movimiento suyo era un cataclismo.
Oleadas gigantescas nos azotaban, haciendo que el barco se balanceara de forma violenta y errática.
Era una lucha constante por no ser arrastrado por la borda, y el agua que nos cubría hasta las rodillas convertía cada paso en una batalla.
Sentía que nos hundiríamos, no por el daño directo, sino por los embates del mar embravecido que ella misma provocaba.
En un momento crítico, la bestia alzó su cola, una lanza de carne y escamas del tamaño de un mástil, lista para asestar el golpe de gracia.
Esta vez no me quedé paralizado..
Impulsándome con una fuerza que no sabía que tenía, salté tan alto como pude para interponerme en su trayectoria.
El impacto fue como chocar contra una montaña; un dolor cegador estalló en mis brazos antes de que la fuerza bruta me arrojara como un muñeco de trapo contra las frías fauces del mar.
La oscuridad y el frío me envolvieron.
Forcejeé, mis pulmones ardían suplicando aire.
Como pude, nadando contra la corriente que me aspiraba hacia las profundidades, logré emerger, jadeando y con el cuerpo magullado.
Al enfocar la vista, supe que iba a atacar de nuevo.
Los guerreros se preparaban para una última y desesperada defensa.
Pero entonces, mi mirada se clavó en la cubierta.
Era Elena.
Avanzaba con determinación hacia la proa, imperturbable ante el caos.
Su collar, aquella reliquia siempre discreta, brillaba con una intensidad abrasadora, emanando una luz dual, blanca como la luna y roja como la sangre ardiente.
La visión fue tan hipnótica que me dejó sin aliento.
Iba directa hacia el Leviatán.
Un grito de advertencia se ahogó en mi garganta.
No iba a permitir que la lastimara.
Intenté correr, pero entonces una fuerza invisible, un mandato silencioso que surgió de ella, me inmovilizó por completo.
Sólo pude observar, horrorizada, mientras el Leviatán abría sus fauces, un abismo de dientes serrados y oscuridad, para engullirla.
Y en ese segundo, todo se detuvo.
Elena comenzó a cantar.
Su voz no era fuerte, pero cortó el estruendo de la tormenta y los rugidos como un cuchillo.
Era una melodía antigua, triste y llena de un poder ancestral.
El Leviatán se quedó inmóvil.
Su ojo, del tamaño de un escudo y lleno de malicia infinita, se posó en ella.
Y entonces, ocurrió lo imposible: la furia bestial se esfumó de su mirada, reemplazada por algo que parecía… reconocimiento.
La criatura, un dios de la destrucción, se inclinó.
Inclinó su colossal cabeza ante la frágil figura de Elena, en un gesto de sumisa reverencia.
Sin un solo ruido más, el monstruo se sumergió.
Las aguas se cerraron sobre su lomo como si nunca hubiera estado allí, dejando tras de sí un silencio repentino y sobrenatural, roto sólo por el leve balanceo del barco.
Elena se desplomó.
La fuerza que me sujetaba se rompió y corrí hacia ella, esquivando los restos de la cubierta.
La tomé en mis brazos; estaba fría y palidísima, pero respiraba.
Sin perder un momento, la llevé en brazos a su camarote para cuidar de ella, dejando atrás el misterio y el eco de una canción que había domado al Leviatán.
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