El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 4
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4: Encuentro 4: Encuentro RAPHAEL El crujido de las hojas secas bajo mis botas era el único sonido en el claro del bosque, aparte del gemido del viento que serpenteaba entre los árboles como un espectro.
Mis dedos se cerraron alrededor del collar de esclavitud vampírica colgando del cuello de la desconocida.
El metal, negro y gastado, zumbaba con una energía antigua, como si contuviera un latido propio.
—No puede ser—, pensé, es el mismo collar que tenia Elizabeth, eso no es posible o solo que sea otro pero.
No se había forjado uno así en siglos, no desde que los Antiguos redujeron a cenizas a los herreros prohibidos y , sin embargo, ahí estaba, ardiendo contra su piel pálida como la luna misma.
¿ Quien era ella realmente?
Un chasquido arrepentido en los arbustos me hizo girar, los colmillos al descubierto.
Pero no era más que un zorro, huyendo con un chillido agudo.
La mujer cayo inconsciente, su pecho subiendo y bajando con una calma que no encajaba en esta noche cargada de presagios.
Su rostro me era familiar, algo en el me taladraba la mente —La he visto antes—.
¿En un sueño?
¿En uno de esos recuerdos que Lucían insiste en borrar cada siglo?
El ulular lejano de un búho rompió el silencio, recordándome lo que estaba en juego.
Los Kraven estaban moviéndose, y si sellaban una alianza con los Crows o los Mortens, ni siquiera Lucían podría detener la tormenta que se avecinaba.
Y luego estaban los humanos.
Débiles, frágiles, necesarios para nuestra especie Sin ellos, perderíamos lo último que nos ataba a algo parecido a la humanidad.
—Derel tendrá que encargarse de esto y no dejar evidencia que hubo una guerra aquí —.
El mismo tendrá que rastrear de donde provino esta mujer es el mejor rastreador del linaje antiguo.
Si alguien podía descifrar el origen de esa mujer—de ese maldito collar—, era él.
— LUCIAN La noche era espesa, cargada con el murmullo de secretos y el hedor metálico de la sangre seca.
Mis nudillos crujieron al apretarse contra la columna de piedra.
— ¿Qué carajos le pasa a Raphael?— gruñí, mi voz rasgando el silencio como un cuchillo.
El idiota llevaba demasiado tiempo con ese humano.
¿Era tan difícil un trabajo rápido?
—¡Raphael!— llamé a través del vínculo, pero solo recibí un vacío inquietante.
Hasta que, de pronto, su voz irrumpió en mi mente, quebrada pero urgente.
— Lucian, esto te interesa… mucho.
Te veo atrás del castillo.
No podemos dejar que nadie la vea.
¿La?
Un gruñido escapó de mi garganta.
En menos de un segundo, estuve ahí.
— El bosque detrás del castillo contuvo el aliento.
El viento aullaba entre las ramas, llevándose consigo el susurro de hojas muertas.
Rafael estaba inmóvil, su sombra alargándose sobre el suelo como un presagio.
Y entonces la vi.
Una mujer.
Inconsciente arrastrada sobre tablones de madera que gemían bajo su peso.
Su cabello, negro como la tinta derramada, se enredaba en el barro.
Su piel, pálida como la luna llena, estaba salpicada de sangre seca que olía a cobre y hierro viejo.
Pero no fue eso lo que me paralizó.
Fue su rostro.
—¿La ves?— preguntó Raphael, su voz un hilacho de tensión.
Mis músculos se tensaron como cuerdas de arco.
— Sí…— — ¿La reconoces?
Mis pasos retumbaron en la tierra mientras me acercaba, cada movimiento amplificado por el silencio me agache con un gesto brusco, aparte su cabello de la cara.
Y entonces lo entendí.
—No puede ser—, dije, pero las palabras sonaron huecas en el aire cargado.
— ¿Qué cosa?
—Rafael insistió, su voz afilada como una daga.
Mis puños se cerraron hasta que los huesos crujieron.
— Es… imposible.
El viento aulló de nuevo, arrastrando consigo el nombre que no me atrevía a pronunciar.
Era ella.
Y si estaba aquí, el infierno estaba a punto de desatarse.
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