El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Paseo en el lago
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42: Paseo en el lago 42: Paseo en el lago Punto de vista de Volkran Desde que perdí a mi compañera en la guerra, la vida no ha sido fácil.
Un vacío constante me acompaña, un frío que ni los grandes fuegos de la fortaleza logran disipar.
Ahora, corren rumores de que algo sombrío se aproxima en el horizonte, una amenaza que tiene a todos, incluso a los más valientes de mi clan, sumidos en el miedo.
Pero entonces está Elena.
Ella posee una luz interior, una paz tan serena que, cuando estoy a su lado, siento que podría hacer frente a cualquier oscuridad.
Por eso, hoy me armé de valor y le propuse: “Elena, ¿qué te parece si damos un paseo por el lago?
El aire fresco nos hará bien”.
Ella aceptó con una dulce sonrisa, y mientras caminábamos por el sendero bordeado de altos pinos, noté que cada detalle del paisaje parecía agradarle: el suave murmullo del agua azulada al besar la orilla pedregosa, el aroma a tierra húmeda y hierba silvestre, el sol filtrándose entre las hojas.
“Elena, tus heridas se están curando muy rápido”, comenté, observando cómo las vendas de sus brazos ya no ocultaban más que piel sonrosada.
“Para ser humana, te recuperas con una velocidad asombrosa”.
“Gracias, Volkran”, me respondió con una voz que era como un susurro melodioso.
Sus dedos, de manera casi inadvertida, rozaron mi antebrazo.
Fue solo un contacto leve, pero sentí un calor tan intenso y electrizante que recorrió todo mi cuerpo como una descarga.
Por un instante, temí no poder controlar mis instintos más primarios, esa parte de mí que anhela proteger y, al mismo tiempo, poseer.
La vi relajarse aún más, confiada, y eso me serenó.
“Oye, Elena, ven.
Vamos a cenar, ya nos están esperando en el gran comedor”.
Esta vez, le ofrecí mi brazo para llevarla, y ella no se negó.
Su mano se posó en mi antebrazo con una ligereza que me conmovió, y una sonrisa tan tierna que podría derretir el hielo del invierno más crudo cruzó su rostro.
Mientras caminábamos por los amplios corredores de piedra, con antorchas que proyectaban sombras danzantes en los tapices, me aventuré a preguntar: “Oye, Elena, no sé si estés lista, pero…
¿me podrías decir qué te pasó realmente?
No quiero presionarte, lo sabes, pero…
me gustaría ayudarte”.
Ella bajó la mirada por un momento.
“Volkran, agradezco realmente tu ayuda, pero apenas te conozco.
Cuando me lleves al castillo de Lucian, y si él decide contarte, entonces yo también te contaré mi historia”.
Vi cómo se mordió suavemente el labio inferior, una señal de su inquietud.
“No quiere confiar en mí”, pensé con un peso en el pecho.
“Es comprensible, es un buen hombre, pero su desconfianza es un muro alto.
Lo que más desea es ver a Lucian, lo extraña terriblemente.
Solo espero que esté bien, sabiendo que tiene tantos enemigos…” “Muy bien, Elena”, concedí.
“Tenemos que prepararnos.
Tengo una junta con los ancianos y al parecer es urgente, así que te dejo para que puedas terminar tus alimentos”.
Nos detuvimos frente a las imponentes puertas de roble del gran comedor, donde el bullicio tenue de la cena ya se escuchaba.
“Cuando termine mis deberes, me gustaría salir a los jardines con tu compañía.
¿Qué te parece?” “Sí, Volkran.
He estado muy aburrida”, me respondió la querida Elena, con una chispa de genuino interés en sus ojos.
Salí del comedor, dejando atrás el calor y el olor a comida, y me dirigí a la sala del Consejo, una estancia fría y austera ubicada en la torre más alta de la fortaleza.
Las paredes de piedra desnuda y el largo mesa de ébano tallado siempre imponían un aire de severidad.
Al entrar, vi que todos los ancianos, con sus rostros surcados por las batallas y el tiempo, ya estaban reunidos, sus expresiones graves.
“Muy bien, díganme ¿qué urgencia los convoca a esta hora?”, pregunté, tomando mi asiento a la cabecera de la mesa.
Uno de los más ancianos, Kaelen, con una barba blanca que le llegaba al pecho, tomó la palabra.
“Volkran, hemos recibido una invitación.
El rey vampiro Lucian se unirá a su compañera muy pronto, en menos de dos semanas.
Se espera nuestra presencia en la ceremonia.” La noticia me golpeó con la fuerza de un martillo.
No sabía que Lucian hubiera encontrado a su compañera predestinada.
Un nudo se formó en mi estómago.
Pero antes de que pudiera procesarlo por completo, Kaelen añadió, con un tono aún más solemne: “Y también se anuncia…
que tendrá un heredero”.
“¿Qué?
¿Un heredero?”, pregunté, incapaz de disimular mi asombro.
“¿Con quién?” “Nervioso, me dice: “Con una vampira llamada Beth, de uno de los clanes vecinos.” “¿No son esos uno de los clanes que lo traicionaron?”, cuestioné, sintiendo cómo una ola de desprecio se apoderaba de mí.
“Vaya, Lucian, qué rápido cambias por una mujer.” “Muy bien”, dije, conteniendo mis emociones.
“Entonces tendremos que ir.
Además, tengo que llevar a alguien allá”, anuncié a mi consejo, pensando inmediatamente en Elena.
Cuando terminó la plática, mi mente era un torbellino.
Bajé de la torre con pasos pesados, dirigiéndome a la habitación de Elena.
No sabía si ella estaría al tanto de esto, pero si no lo estaba, tendría que ser yo quien le diera la noticia: que Lucian espera un hijo y que debemos prepararnos para llegar el día de su unión.
“Vaya, Elena.
No sé si sientes algo por él, pero cada vez que pronuncio su nombre, tu mirada se ilumina.
Pronto tendrás que saber la verdad, y temo que te rompa el corazón.” Llegué a su puerta, un portal de madera oscura adornado con herrajes.
Tomé aire y llamé con los nudillos.
Pronto, la sirvienta abrió la habitación, y ahí estaba ella, bañada por la suave luz de las velas que hacía brillar su cabello.
Tan radiante, tan hermosa.
Mi Elena, a punto de enfrentarse a una tormenta que quizás yo había ayudado a traer hasta su puerta.
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