El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 44
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44: Damon el rey licantropo 44: Damon el rey licantropo Punto de vista de Lucian Todos los sirvientes se afanaban en los preparativos para la ceremonia.
Un torbellino de actividad que sellaba mi futuro.
Ya no tenía opción en este punto, especialmente con la duda constante que carcome mi alma: ¿Seguirá viva Elena?
Aurora insiste en que la siente con vida, pero yo ya no sé qué pensar.
El Consejo de Ancianos ha fijado fecha y hora para la ceremonia.
Solo me queda aceptar mi destino.
Para colmo, Beth ha decidido mudarse a mi habitación.
Tendré que buscar otra; no pienso estar con ella.
Se lo dejé bien claro.
Siento que no la detendré, pero al menos mantendré mi distancia.
Mientras, Raphael sigue buscando a Elena sin descanso.
Pronto se irá a rastrear el último lugar donde la vimos.
Aunque le dije que descansara, su obsesión por encontrarla es aún más férrea que la mía.
Al caminar por los largos y fríos pasillos del castillo, me encuentro con Beth.
De pronto, sujeta mi brazo con una alegría que me resulta falsa y agobiante.
Me gustaría apartarla de un golpe, pero lleva a mi hijo en su vientre.
Por su bien, la trataré lo mejor posible.
—Vamos, Beth, al comedor —dije con una calma forzada—.
Que te den una copa de sangre y comida.
Quiero que mi hijo nazca fuerte.
La dejé en la entrada del gran salón, pero en ese momento, la voz de Gabriel resonó en mi mente, nítida y urgente: “Lucian, hay vampiros y cazadores atacando el Ala Norte.” ¡No puede ser!
Los ataques se habían detenido.
Está claro que buscan la liberación de Azrha, y eso no lo podemos permitir.
Todos ansían el control de ese demonio, sin entender que nos destruirá a todos.
Dejé a Beth sin más explicaciones y salí disparado hacia el Ala Norte.
Al llegar, el caos reinaba.
Entre el humo y el crujir de huesos, vi cómo los licántropos, en su forma bestial más poderosa, destrozaban cazadores y despedazaban vampiros con una ferocidad impresionante.
No entendía qué estaba pasando, pero no era momento de preguntas.
Me lancé a la refriega, mis manos no dudaron en arrancar cabezas mientras la furia me guiaba.
En medio de la contienda, la voz mental de Gabriel sonó de nuevo: “El Rey Licántropo está con ellos.” Al volverme, lo vi.
Me detuve en seco.
Su imponente figura, casi un metro más alto que cualquier hombre, destacaba sobre la carnicería.
Su pelaje era de un negro azabache, y sus ojos, de un ámbar brillante, me observaban con intensidad.
—Lucian, tenemos que hablar.
Es urgente —rugió su voz, grave y cargada de autoridad.
Una vez que acabamos con los últimos intrusos, caminamos hacia mi oficina.
Sentía que la conversación que se avecinaba no sería fácil.
Damon, el Rey Licántropo, llevaba el rostro marcado por la preocupación y unas cicatrices que hablaban de batallas recientes.
Al cerrar la puerta de mi estudio, rodeados por el olor a cuero y pergaminos antiguos, se dejó caer en un sillón.
—Lucian, lo que te voy a decir no es fácil —comenzó, sus garras rascando levemente el brazo del asiento—.
En las fronteras de mi reino, en las orillas más remotas, están apareciendo distintas especies muertas.
También de los míos.
Algo… o alguien, está amenazando nuestra paz.
Vine a ti porque en uno de mis guerreros licántropos encontramos heridas de colmillos.
Quiero saber si estás detrás de esto, porque si lo estás, te declararé la guerra —su mirada se tornó una amenaza viva—.
Y créeme, ni siquiera verás nacer a tu hijo.
Sus palabras encendieron una ira profunda en mi pecho.
Nadie viene a mi reino a amenazarme y a hablarme de esa manera.
Contuve el impulso de mostrar los colmillos.
No es el momento de hacer enemigos, no cuando algo más poderoso que todos nosotros se cierne sobre el horizonte.
—Damon, no somos nosotros —respondí, manteniendo la voz firme y clara—.
Deberías saber que algo se está despertando en nuestro mundo.
Hay clanes que están ayudando a despertar a Azrha; quieren el control de este mundo, pero se les olvida que el demonio no es esclavo de nadie.
Quiero que trabajemos juntos en esto.
Hice una pausa, midiendo su reacción.
Su expresión no cambió, pero escuchaba.
—En una semana será mi ceremonia, coronando a mi reina.
Quiero que asistas.
Vendrán más clanes que se unirán a esta causa.
Damon soltó un gruñido bajo, contemplativo.
—Muy bien,Lucian.
No me importa tu ceremonia, pero sí la unión para esta guerra.
Cuenta conmigo.
Vendré en una semana y nos darás una solución a esto —se levantó, su sombra llenando la habitación—.
O la buscaré yo mismo.
Con eso, Damon se marchó del castillo, dejando tras de sí el peso de una alianza frágil y la certeza de que la guerra que se acerca será como ninguna otra que hayamos conocido.
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