El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 47
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47: Damon encuentra a su compañera 47: Damon encuentra a su compañera Punto de vista de Lucian No sé en qué momento llegó Elena.
Mi mente estaba sumergida en la pesada bruma de la ceremonia, en el peso de una corona que ahora sentía más como una cadena.
Pero de pronto, allí estaba ella, como un fantasma surgido de mis más profundos anhelos y mis más oscuros temores.
Al verla, el mundo se detuvo.
Por un instante, una esperanza feroz y ciega iluminó cada rincón oscuro de mi ser.
Era la misma chispa que me mantenía vivo en los campos de batalla, la imagen que guardaba en mi corazón cuando todo lo demás era sangre y cenizas.
Pero ese destello fue efímero, brutalmente aplastado por una realidad helada.
Algo dentro de mí, algo fundamental, se quebró con un crujido silencioso.
Todo se había acabado.
Yo lo había acabado.
No pude evitar clavarme en sus ojos, esos ojos que solían brillar para mí con una luz que ahora extrañaba como al aire.
Pero en ellos no encontré ira ni reproche; solo una tristeza infinita y resignada, un océano de dolor que me ahogaba con solo mirarlo.
En ese preciso instante, Beth se acercó con una sonrisa triunfal y depositó un beso en mi mejilla, una marca de propiedad que me quemó la piel.
Fue entonces cuando Raphael, comprensivo como siempre, tomó del brazo a una Elena paralizada y se la llevó hacia mi oficina.
Tengo que terminar con esta farsa pronto.
Tengo que irme con ella.
Tengo que verla.
—Cariño, Lucian —la voz de Beth, aguda como un cuchillo, me sacó de mi trance—.
¿Quién trajo a Elena y por qué está aquí?
La miré.
Su hermoso rostro estaba contraído en una mueca de molestia, y detrás de ella, su padre me observaba con esos ojos de buitre, calculadores y fríos.
Un viejo miserable.
—No lo sé, Beth —respondí, esforzándome por mantener la voz neutra—.
Lo averiguaré pronto.
Vamos, nos esperan todos los del consejo y nuestros habitantes.
Ya saben que eres la nueva reina y al futuro heredero.
Todos están eufóricos por ti.
Deberías ir mientras yo arreglo los asuntos de la alianza.
Intenté darle un tono de despedida, pero ella no se movió.
Su mirada se endureció.
—Querido, no quiero que tardes —dijo, y luego bajó la voz a un susurro cargado de veneno—.
Y respecto a Elena… no la quiero aquí.
Ahora que soy la reina, no quiero que interfiera en nuestra relación.
Sabes a lo que me refiero.
No soy ninguna tonta.
La ira, un fuego que siempre llevaba a rastras bajo la piel, crepité dentro de mí.
Me giré hacia ella, y por un instante, dejé que viera al Rey, al Licántropo Alfa, no solo a su prometido.
—Beth, yo soy el Rey —dije, y cada palabra cayó como un bloque de hielo—.
Y aquí se hace lo que yo diga.
Si ella se queda, es mi problema, no el tuyo.
Así que regreso pronto para terminar con esto.
Sin esperar respuesta, me di la vuelta y me dirigí a mi oficina, tal como le había indicado a Raphael.
Mientras caminaba por los interminables pasillos de mármol, mis pensamientos eran un torbellino incontrolable.
¿Cómo reaccionaría Elena cuando se enterara del heredero?
¿Cómo podría yo mismo enfrentar esa verdad?
Este enredo de mentiras, deberes y traiciones al corazón era un pantano del que no sabía cómo salir.
Prefería mil guerras, mil batallas cuerpo a cuerpo, a este desastre emocional que me estaba devorando por dentro.
Antes de llegar a la puerta de mi oficina, un aroma familiar me envolvió, haciéndole daño a mis sentidos: el dulce y puro olor a lavanda de Elena.
Mi boca se hizo agua de forma instintiva, un anhelo primitivo que me recorrió como una descarga.
Pero debajo de ese aroma tranquilizador, había algo más en el aire, una electricidad áspera y salvaje, el estímulo feroz de un fenómeno licantrópico en ebullición.
No era un licántropo cualquiera.
Era Damon.
Abri la puerta de un golpe y la escena que se presentó ante mí hizo que la sangre se me helara en las venas.
Damon, con su postura arrogante y sus ojos dorados brillando con posesión, intentaba alcanzar a Elena, quien retrocedía aterrada.
Entre ellos, Volkran, mi leal amigo , estaba en una posición defensiva, su cuerpo temblando, los músculos contorsionándose mientras su piel comenzaba a tomar el tono escamoso de su forma de dragón, a punto de transformarse para protegerla.
—¿Qué es lo que está pasando aquí?
—rugí, y mi voz retumbó en la habitación con toda la autoridad de mi rango—.
Damon, ¿qué rayos estás haciendo?
Damon se giró hacia mí, sin un ápice de temor, sus ojos clavados en los míos con un desafío brutal.
—Lucian, ella es mi compañera —declaró, como si estuviera anunciando una verdad incuestionable—.
La puedo oler.
Es mía y la quiero ahora.
Así que quita a Volkran de en medio o lo mataré donde está.
Sus palabras me golpearon como un martillo.
¿Compañera de Damon?
No.
Eso no podía ser.
Era imposible.
Yo también podía olerla, era el aroma que me había obsesionado durante años, pero… ¿qué podía esperar?
Si nunca la reclamé, si la dejé ir.
Mi mirada se desvió hacia Elena, pálida y temblorosa, completamente perdida y aterrorizada.
Ella no entendía nada de este mundo salvaje.
—Damon, estás asustando a Elena —dije, intentando recuperar el control—.
Ella es humana.
No sabe nada sobre esto.
La risa de Damon fue un sonido cortante y burlón.
—¿Lucian, qué dices?
—escupe—.
¡Ella no es humana!
Hay algo más en ella, lo siento en cada partícula de mi ser.
Soy un licántropo, y no cualquier licántropo, soy un Rey.
Así que no me mientas.
¡Ella no es humana!
Sus palabras resonaron en mi cráneo, mezclándose con el caos de mis propios pensamientos.
Esto no puede estar pasando.
Si lo que dice es cierto… si Elena no es humana… entonces, ¿qué es?
El suelo pareció moverse bajo mis pies.
El misterio de su origen, el hechizo que siempre había sentido a su alrededor… todo cobraba un sentido aterrador y nuevo.
Y ahora, otro hombre, otro Rey, la reclamaba como suya ante mis ojos.
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