El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 61
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61: Recuerdos del Pasado 61: Recuerdos del Pasado Punto de vista de Elena Hoy Damon ha estado fuera desde ayer con Estefy.
No los he visto en todo el día, imagino que eso de proteger una ciudad no es tarea sencilla.
Aurora me dijo que hoy podría tocar la piedra.
No ha recibido órdenes de Damon… parece que se olvidó de mi existencia.
Así que me prepararé.
Esta vez no fallaré.
Lucian llegará pronto, y necesito que vea mis avances.
Debo escapar de estos hombres lo antes posible.
—Elena —dijo Aurora con una voz suave pero firme—, cuando toques la piedra, si sientes el cuerpo muy caliente, no te asustes.
La expulsión de los poderes se siente tibia en las venas.
Solo déjate llevar.
Si logras conectar con la piedra, podrías tener recuerdos vívidos… es normal.
—Claro que sí, Aurora —respondí intentando sonar segura—.
Lo intentaré.
Pero si pasa algo como la primera vez… por favor, que sea Derel quien me sujete, y no digan nada.
Me apresuré antes de que Damon, o alguien más, llegara a interrumpir.
La piedra estaba frente a mí, inmóvil, imponente, sin brillar siquiera.
Pero mi collar… mi collar sí brillaba.
Algo me decía que esta vez sería diferente.
Tomé aire y avancé lentamente, con los dedos temblorosos.
Sostuve el colgante contra mi pecho, y al tocar la piedra, una ola de calor recorrió mi cuerpo desde las puntas de los dedos hasta la cabeza.
Era cálido… reconfortante, como un abrazo que había esperado toda la vida.
Apenas toqué la piedra, sentí un calor subir por mis brazos como fuego líquido.
Mis venas ardían, pero no era dolor… era poder.
Cerré los ojos, y una imagen se encendió en mi mente como si el tiempo retrocediera.
Ahí estaba ella, mi madre.
Corría dentro de una cueva húmeda y oscura, jadeando, con el rostro cubierto de lágrimas.
Sus pies descalzos golpeaban las piedras, dejando un rastro de sangre.
En sus brazos me llevaba a mí, apenas una bebé, envuelta en una manta vieja.
El colgante en su cuello —idéntico al mío— brillaba con una luz blanca que apenas lograba vencer la oscuridad.
El sonido de pasos resonó detrás de ella.
No estaba sola.
La respiración de algo grande, salvaje… se acercaba.
De pronto, una sombra surgió de entre las rocas.
Un golpe seco.
Mi madre cayó al suelo con un gemido, cubriéndome con su cuerpo.
—¡No!
—gritó, levantando la mirada.
De sus manos comenzó a brotar fuego, una flama dorada que crepitaba en el aire como si tuviera vida propia.
El hombre que la había golpeado retrocedió, y el fuego lo envolvió por completo.
Un grito, un olor a carne quemada, y el silencio volvió… solo por un instante.
Porque entonces ellos aparecieron.
Tres lobos enormes salieron de las sombras, negros como la noche sin luna.
Sus ojos brillaban en rojo, sus colmillos chorreaban saliva.
Un rugido llenó la cueva, tan grave que hizo temblar las paredes.
Mi madre dio un paso atrás, tambaleándose, con una pierna herida.
Pero no soltó el fuego.
El primero de los lobos saltó hacia ella; con un movimiento veloz, mi madre lo esquivó y le dio una patada tan fuerte que el animal salió disparado contra una roca, dejando un gemido ahogado.
El segundo lobo la atacó por el costado, hundiendo los dientes en su pierna.
—¡Ahhh!
—el grito de mi madre se mezcló con el eco de la cueva.
La sangre corrió por su piel, pero su mirada se endureció.
El tercero se acercó a mí, olfateándome, sus ojos fijos en mi rostro de bebé.
Mi madre lo vio.
Y rugió.
El fuego estalló a su alrededor como una ola viva.
Tomó al lobo por el cuello con una fuerza que no parecía humana y lo lanzó contra un árbol.
El crujido del impacto resonó como un trueno.
El más grande, el alfa, se abalanzó sobre ella.
Su tamaño era el doble que el de los otros.
La mordió del hombro, la arrastró, la hizo caer.
Mi madre luchaba, arañando, gritando, empujando con el poco aliento que le quedaba.
Pero entonces algo cambió.
Su respiración se volvió profunda, y sus ojos… sus ojos se iluminaron con un brillo dorado.
Las flamas a su alrededor se intensificaron, y sus dedos se alargaron, curvándose hasta convertirse en garras.
Con un rugido que no era del todo humano, mi madre se levantó y desgarró el aire con un golpe.
El lobo trató de escapar, pero ella lo sujetó de una pata y la retorció hasta que el hueso se quebró con un chasquido seco.
El lobo aulló, un sonido tan feroz que me hizo llorar incluso dentro del recuerdo.
Los otros dos huyeron, aterrados, dejando un rastro de sangre en la tierra.
Mi madre, jadeante, con la pierna ensangrentada y el rostro cubierto de hollín, me levantó del suelo y me apretó contra su pecho.
Sus labios temblaban.
—No te soltaré… nunca —susurró con voz quebrada desperté.
Aurora me miraba pálida, como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué pasa, Aurora?
¿Por qué me ves así?
—Elena… ¿estás bien?
No reaccionabas.
Estuviste en trance mucho tiempo.
Derel y yo rogábamos a la Luna que te hiciera volver.
—Tranquila, Aurora.
Me dijiste que podía tener recuerdos vívidos, y así fue.
Vi a mi madre… la atacaban.
Huía conmigo en brazos, cruzando la misma cueva por la que yo llegué aquí.
La perseguía un vampiro… no vi su rostro, pero sí a tres lobos negros.
Uno escapó, el más grande… le lastimó una pierna.
Aurora se llevó la mano al pecho, temblando.
—Elena… ¿cómo era tu madre?
Los lobos que mencionas… esos no eran comunes.
Eran alfas.
Pero no entiendo por qué la perseguían.
Necesito más detalles.
—Mi madre tenía el cabello negro y largo, la piel tan blanca como la nieve, los ojos oscuros como la luna nueva… y llevaba este mismo collar —le respondí, apretando la joya entre mis dedos.
Aurora abrió los ojos con asombro.
—No puede ser… Estoy muy confundida.
Antes de decirte algo, debo investigar.
No quiero equivocarme, porque esto… esto no es cualquier cosa, Elena.
Ven, descansa.
No le digas a nadie lo que pasó hoy.
Prométemelo.
—No te preocupes, Aurora.
No lo haré.
Pero la práctica… prefiero dejarla para mañana.
Estoy agotada.
—De acuerdo —dijo ella con una sonrisa leve—.
Derel y yo iremos a verificar lo que me dijiste.
Los vi alejarse por el pasillo mientras me dirigía a mi habitación.
El aire estaba cargado, pesado… y entonces lo sentí.
Esa presencia.
Levanté la mirada, y allí estaba él.
Lucian.
El cabello negro un poco alborotado, la mirada profunda y salvaje, los labios serios.
Era como una pared de músculos, pero su caminar era suave, seguro, casi dulce.
—¿Lucian?…
¿Cuándo llegaste?
—pregunté con un hilo de voz, mientras mi corazón comenzaba a latir con fuerza.
El fuego se extinguió lentamente, y solo quedó el sonido del viento entrando en la cueva.
Ella corrió hacia la salida, con el cabello pegado a la piel y las lágrimas secándose en su rostro.
Cuando salió al pueblo, la gente la miró horrorizada.
Algunos retrocedieron, otros murmuraban.
Pero ella no se detuvo.
Solo me sostuvo más fuerte y siguió corriendo… hacia la oscuridad.
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