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El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 67

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  4. Capítulo 67 - 67 Las indecisiones de Damon
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67: Las indecisiones de Damon 67: Las indecisiones de Damon Estefy, por favor, no necesito que andes diciendo que estuvimos los dos en la misma habitación.

—No, Damon —respondió ella con el ceño fruncido—.

Si la que te importa ya nos vio, basta, tengo cosas importantes que hacer, y tú también.

Por lo que me dijo Alex por el enlace, entraron al castillo y tú estás a cargo de la seguridad; así que refuerza todo.

Con esa frase se dio por terminada la conversación.

Sentí un calor molesto detrás del pecho, como si me hubieran encendido brasas en el estómago.

Tenía que encontrar a Elena y explicarle las cosas.

Me dirigí a mi oficina a paso acelerado; los pasillos del castillo se me antojaban más fríos de lo habitual, las antorchas arrojaban sombras alargadas que parecían susurrar reproches.

—Vaya, ¿qué haces en mi oficina, Lucian?

—gruñí al verlo apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa desafiante que siempre tenía cuando quería molestarme.

—No estoy para tus juegos, lucian.

—Le devolví la mirada con frialdad.

Sin embargo, al observarlo algo dentro de mí se tensó: su voz, su postura… noté que mi mirada ya no se mantenía vacía como antes.

—Sabes, Damon —dijo Lucian, acercándose—, no pensé que fueras de esos que no se conforman con su compañera predestinada.

Hace dos días casi matas a Elena por calmar el celo de una que no es tu compañera.

Una venilla en el cuello me palpitó.

Tragué saliva con esfuerzo.

—Cállate, Lucian.

No tienes derecho a meterte en mis asuntos personales, y no te debo explicaciones.

—Mi paciencia se evaporaba.

Sentía el latido del licántropo en mi interior aumentando su ritmo; si no me controlaba, la bestia tomaría la ventaja.

—Si no puedes proteger a Elena, me la llevaré.

No puedo permitir que le pase algo; ella es la elegida para esta guerra y lo diré al Consejo.

—Tú no te llevarás a nadie —le respondí con los dientes apretados—.

Será mejor que te largues antes de que te destroce la cara.

En ese instante apareció Estefy, como una ráfaga de viento que desordena papeles.

Estaba inquieta, con la coleta a medio hacer y traia un vestido que dejaba todo a la imaginación.

Su energía contrastaba con la tensión que se había instalado en la sala.

—Oh, Lucian —dijo Estefy con dulcura—.

Solo quería avisarle a Damon que ya reforzamos el castillo y la ciudad.

—Eso lo hicimos nosotros hace dos días, Estefy —replicó Lucian con sorna—.

Mientras tanto, tú estabas ocupada con Damon.

Una chispa de ira me recorrió como un rayo.

Me esforcé por mantener la compostura; no necesitaba más espectáculos por hoy.

Me disculpé con voz tensa y me marché; tenía que encontrar a Elena antes de que se perdiera en su entrenamiento.

Corrí por los corredores hasta la habitación de Estefy, golpeé la puerta con el puño y esperé.

—Pasa —escuché su voz desde a dentro.

Abrí y la encontré sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas, la mirada clavada en el suelo.

Tenía rastros de polvo en las botas; su respiración era acelerada, como si acabara de correr.

—¿Esperabas a alguien más, Elena?

—pregunté al verla.

—No, Damon, ¿qué pasa?

¿Necesitas algo?

Había enojo en sus ojos, pero también algo que no supe identificar: una inquietud que me atravesó.

Me acerqué y noté el perfume de lavanda que siempre llevaba; un pequeño recuerdo de tranquilidad en medio del caos.

—Quería hablar contigo sobre lo que viste hace dos noches —le dije con firmeza—.

No me pienso disculpar porque no hice nada malo; solo estaba cumpliendo mi deber como rey licántropo.

—Oh, Damon —respondió ella con desdén—.

Me das promesas de amor y esto es tu idea de amar: acostarte con Estefy por deber.

Deberías ser más inteligente.

La voz de Elena cortó el aire como un filo.

Una mezcla de humillación y rabia me subió a la garganta.

—Basta —la interrumpí—.

Tú eres mi compañera y si lo hice por deber fue porque no podía permitir que Estefy…

se acostara con cualquiera.

Aun no tiene compañero y no podía permitir que la tocara cualquiera, lo sabes.

Ella me miró como si no entendiera nada.

—Yo no sé nada, Damon.

Solo sé que si la amas deberías estar con ella, así que mejor me rechazas o lo haré yo.

Las palabras de Elena eran veneno.

No aceptaría su rechazo, no lo soportaría.

Sentí que mi control se resquebrajaba; las uñas se me clavaban en la palma de la mano.

—Cállate —gruñí—.

Jamás aceptaré el rechazo y tampoco permitiré que me rechaces.

Mientras Estefy no encuentre compañero, yo supliré su celo.

—Mi voz sonó más dura de lo que esperaba.

Elena salió de la habitación sin mirarme, sus pasos resonaron en la madera como golpes secos.

Me quedé solo un instante, con la respiración agitada.

—¿Qué pasa?

—escuché a Alex por el enlace mental—.

Voy enseguida.

El Consejo está aquí por la seguridad; hemos visto más bestias alrededor de la ciudad.

Esto se está saliendo de control.

El pulso me dio un vuelco.

“Pronto tendremos que partir para ver si Elena es la elegida”, pensé, el peso de esa responsabilidad aplastándome.

—Damon —dijo Alex con urgencia—.

Habla con Lucian y con Aurora; tenemos que apresurarnos.

He pedido a Raiden que ayude con la seguridad.

Prepara a nuestros guerreros: partimos mañana.

La decisión cayó sobre mí como una losa.

Miré en torno: auroras pálidas en el cielo, guardias que afilaban lanzas, el murmullo de la ciudad que parecía contener la respiración.

Elena, Lucian, Estefy: todos enredados en una madeja que amenazaba con romperse.

—Que así sea —respondí con voz vacía por un momento—.

Nadie más sufrirá Mientras me movía para ordenar los preparativos, una certeza se instaló: haría lo que fuera necesario para proteger a mi pueblo…

y para que Elena fuera mía.

Aunque eso implicara arriesgarlo todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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