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El amor imposible de lucian y Elena - Capítulo 68

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  4. Capítulo 68 - 68 La Bestia tras los barrotes
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68: La Bestia tras los barrotes 68: La Bestia tras los barrotes Punto de vista de Elena He estado muy nerviosa desde lo que me dijo Aurora.

Aunque Lucian me aseguró que no le ha dado su marca a beth, sigo sin entender cómo es posible que ella no pueda sentir cuando él y yo dormimos juntos.

Hoy terminarán de llegar Inxs y los demás para partir mañana.

Necesitaremos dragones para llegar más rápido y hacer el camino menos peligroso.

Así que me preparo para el entrenamiento del día y salgo apresurada hacia los campos de entrenamiento.

Pero, para mi mala suerte, al llegar a la salida del castillo me encuentro con Estefy, esperándome con esa sonrisa arrogante suya.

—Oye, Elena —dice, cruzando los brazos—.

Sé que nos viste hace dos noches.

Solo quería decirte que es mejor que rechaces a Damon.

Es lógico que me ama, además, cada mes entro en celo, y suele durar una semana completa, imagínate cómo lo tendré en mi cama…

cosa que tú no sabrías hacer: complacer a un licántropo.

Su voz goteaba veneno, cada palabra era una daga dirigida a mí.

Si supiera que no me interesa.

—Basta, Estefy —le respondí con frialdad—.

Ya le dije a Damon que me rechace, pero no quiere.

Dice que no aceptará mi rechazo, así que, no me molestes con esas cosas y le deberías decir a el que me rechace mejor querida Estefy, creo que no hiciste un muy buen trabajo en la cama.

Vi cómo su rostro se distorsionaba por la rabia.

Empezó a gruñir, y pude notar cómo sus garras se extendían.

No iba a quedarme ahí a esperar que me arrancara la cabeza.

Por suerte, Raphael estaba a unos doscientos metros, y corrí hacia él, lanzándome a sus brazos.

—¿Querida Elena, pasó algo?

—preguntó sorprendido.

—No, nada —mentí, sonriendo—.

Oye, ¿estás listo para entrenar hoy?

No te tendré compasión, Raphael.

Le solté un suave puñetazo en el estómago a modo de juego, y juntos caminamos hacia los campos de entrenamiento.

Allí ya estaban Aurora, Derel, y por supuesto, Lucian, con esa sonrisa suya que me sacaba de quicio y a la vez me robaba el aliento.

—Elena, llegas tarde —comentó Lucian con tono divertido.

—¿Lucian?

¿Qué haces aquí?

¿Supervisarás mi entrenamiento o me entrenarás tú hoy?

—pregunté, arqueando una ceja.

Se acercó lentamente, tan cerca que pude sentir su respiración en mi oído.

—Elena, se te olvida quién te está enseñando todo… ¿O ya olvidaste lo que te enseñé hace dos noches?

Un escalofrío me recorrió la nuca.

Vaya hombre tonto, pensé, aunque mi corazón latía como si quisiera escapar de mi pecho.

—Hoy entrenarás con espada —dijo Lucian, más serio—.

Debes aprender a defenderte.

Tu cuerpo no se cura como el nuestro, así que tienes que dominar la defensa y el contraataque.

Esta espada está cubierta de plata y fue forjada hace siglos por mis ancestros, quiero que la tomes.

—Lucian, no creo que deberías… —protesté, pero él me miró fijamente.

—Pero sé que no aceptarás un “no” —suspiré—.

La cuidaré mucho, ahora enséñame a usarla.

El entrenamiento fue intenso.

Lucian era increíble con las armas, especialmente con la espada.

Yo terminaba una y otra vez en el suelo, jadeando, cubierta de sudor.

Sus movimientos eran precisos, casi felinos.

Cada golpe suyo sonaba como metal contra metal, y sus músculos tensos parecían esculpidos por los dioses.

Por suerte, la espada era especial, o ya estaría hecha pedazos por la fuerza de sus ataques.

—Bueno chicos —intervino Aurora finalmente—, creo que deberían dejar descansar un poco a Elena.

Ya tuvo suficiente con las espadas, es mi turno.

Quiero ayudarla a encontrar equilibrio entre ella y la naturaleza, así que necesito un poco de espacio.

Aurora me tomó de las manos y me llevó al centro del campo, formó un círculo de sal a nuestro alrededor y alzó mis manos, cerrando los ojos.

—Elena, cierra los ojos y escucha mi voz.

Imagina un lugar blanco, puro, busca una luz dorada, cuando la encuentres, dímelo.

Obedecí todo era blanco, miraba en todas direcciones, pero no encontraba nada.

Empezaba a frustrarme… hasta que de pronto la vi: una luz dorada, brillante, cálida.

Corrí hacia ella, pero cada vez que me acercaba, se alejaba más.

—Aurora, ya la vi, ¡pero no puedo alcanzarla!

—grité.

—No te rindas, Elena.

Sigue intentándolo —respondió su voz lejana.

Corrí más rápido, hasta que de repente el paisaje cambió.

Ya no estaba en una habitación blanca, sino dentro de un enorme volcán.

El calor era insoportable, el suelo estaba cubierto de lava, pero mis pies descalzos no se quemaban.

Llevaba un vestido blanco, y a lo lejos vi un camino de piedras rojas que me guiaba hacia algo.

Seguí avanzando, aunque el terreno se volvía cada vez más difícil.

Si no fuera por el resplandor de la lava, habría caído directo al río ardiente.

De pronto, vi algo: una jaula colosal.

Los barrotes brillaban rojos como el hierro fundido.

Tras ellos, un par de ojos enormes y carmesí me observaban.

El miedo me paralizó, aquella criatura sabía quién era yo.

Se aferró a los barrotes, rugiendo como un demonio.

Su cuerpo se encendió como fuego líquido; era gigantesco, con cuernos y una cabeza mezcla entre toro y humano.

Cada rugido hacía temblar el suelo bajo mis pies.

—¡Aurora!

—grité aterrada—.

¡Sácame de aquí!

¡Ayúdame, por favor!

No escuchaba su voz.

Solo el rugido del monstruo.

—Madre… ayúdame… —susurré.Esa cosa rugia cada vez más, movía los barrotes como si quisiera arrancarlos, sentí que era mi final.esa criatura saldría y me .ataria pero De pronto, mi collar comenzó a arder.

El calor era insoportable, quise arrancarlo, pero al tocarlo sentí una paz tan profunda que todo se volvió luz.

Y desperté.

Todos me observaban con los ojos muy abiertos.

Lucian estaba arrodillado junto a mí, desesperado.

—Elena, cariño, ¿estás bien?

—preguntó, revisándome frenéticamente.

—¿Qué pasó?

—balbuceé.

—Dejaste de responder.

Tus ojos se pusieron completamente blancos y tus pies se elevaron del suelo.

Antes de poder decir algo más, Damon apareció corriendo, con el rostro desencajado.

—¡Lucian, suéltala!

¡Ella es mi compañera!

—gruñó, acercándose de un salto.

Su presencia me revolvió el estómago.

—Aléjate, Damon.

No me toques.

Vi cómo se tensaba, sus ojos volviéndose oscuros, pero no me importó.

No permitiré que me toque.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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