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El Archimago se retira - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capítulo 2 Una mano cálida
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12: Capítulo 2: Una mano cálida.

12: Capítulo 2: Una mano cálida.

Anidia pasó la mirada por la cocina.

Todo estaba en su sitio, excepto lo más importante.

Ladeó la cabeza con leve fastidio.

—¿Dónde está Casia ahora?

—murmuró, secándose las manos en el delantal mientras salía al corredor.

Levantó un poco la voz—.

Cadin, ¿has visto a tu hermana?

Cadin dejó su muñeca de trapo sobre el suelo de madera y se acercó a su madre dando pequeños saltitos.

Luego se puso en puntillas y le susurró con aire conspirador: —Mamá…

la hermana salió en secreto.

—Se tapó la boca con ambas manos, conteniendo una risa pícara.

Anidia alzó las cejas.

—¿Ah sí?

¿Y dónde se fue esa mocosa?

Vamos, dile a mamá dónde se metió Casia.

—La alzó en brazos con facilidad, y Cadin se acomodó como un saco de harina liviano.

—La vi por la ventana —dijo con toda la seriedad que le permitía su vocecita—.

Iba por el camino a la granja de la tía Melia.

Anidia frunció el ceño.

—Te apuesto a que fue a chismear con Fania.

Siempre metida en la cocina de otros.

Eunid salió del cuarto con los tirantes aún a medio subir, rascándose la barriga mientras se acercaba.

—Déjala, déjala.

Puede tener veintiún años, pero sigue siendo una niña traviesa en su corazón.

—Soltó una carcajada profunda.

—Sí, claro —replicó Anidia—.

Contigo apoyándola en todas sus tonterías, va a madurar cuando tenga cuarenta.

—Le apretó una de las mejillas a Cadin y luego la besó en la frente—.

Si sigue así, no se va a casar nunca.

—¿Y para qué quieres que se case?

Aquí en casa hay espacio de sobra.

—Eunid alzó los hombros con despreocupación.

—Debió haberse casado hace cinco años.

Ahora tengo que pensar en ella y en Frila.

¿O es que piensas vivir para siempre, viejo tonto?

Eunid abrió los brazos hacia Cadin.

—¿Quieres venir a cortar leña con papá?

Pero Cadin cruzó los bracitos, firme.

—Cadin quiere ir a jugar a la casa de la abuela Brila.

Eunid fingió una expresión de desconsuelo exagerado, con un puchero teatral.

—Ay, me parte el corazón, pequeña traidora…

Pero Cadin no se inmutó.

Anidia reprimió una sonrisa.

—Querida —dijo Eunid, volviendo a su tono serio—, no las apures tanto.

Prefiero que se casen con alguien que realmente amen.

La prisa no es buena consejera.

Anidia se quitó el delantal de un tirón con una mano mientras sostenía a Cadin con la otra.

—¿Crees que el señor Dyan está casado?

Eunid parpadeó, sorprendido.

—¿El mago?

Lo dudo.

¿Por qué vendría tan lejos dejando una esposa en casa?

—Se rascó la barba con aire pensativo—.

Ni siquiera estoy seguro de si los magos pueden casarse.

¿No son como sacerdotes o algo así?

Quizá hasta sean eunucos…

Su carcajada fue tan ruidosa que Cadin se tapó los oídos.

—¡Eres un bruto!

—le espetó Anidia, con los ojos encendidos—.

¿Crees que un hombre tan guapo va a ser eunuco?

—¡Era una broma!

Pero Edictus nunca se casó.

Quizá está prohibido para ellos.

—Hizo una pausa—.

Espera… ¿No estarás pensando en él para Casia?

—¿Y por qué no?

Es reservado, amable, un mago… debe tener dinero, y además es más guapo que cualquiera de los muchachos de esta villa.

—Pero tiene casi cuarenta años, mujer.

Deja de soñar.

—Eunid se giró hacia la puerta con pisadas decididas, como si quisiese dejar el tema atrás.

Anidia fue tras él, con Cadin en brazos, quien tiraba de las mejillas de su madre repitiendo con voz cantarina: —Estoy aburrida, mamá…

aburrida…

—¡Viejo sinvergüenza!

Tú tienes casi treinta años más que yo…

—¡Veinticinco!

—respondió Eunid desde el umbral, conteniendo la risa.

—Veinticinco, treinta, ¡qué más da!

¿Y te opones?

¡Dyan es un buen partido!

Eunid se detuvo en la puerta.

La luz del sol lo bañaba de frente, y su figura regordeta ocupaba casi todo el marco.

—Si ella quiere, no me opondré.

Pero algo me dice que el mago no ha venido a buscar esposa.

¿De verdad crees que en la capital no iba a encontrar algo mejor que…?

—¡Cuidado con lo que vas a decir!

—le interrumpió Anidia con voz cortante—.

Estás hablando de tu hija.

Mi Casia es una belleza.

—Es un decir, mujer.

Deja de ser casamentera y déjame ir a trabajar.

—Cogió su sombrero del perchero de fierro fundido y se lo caló con firmeza.

—Si no vas a ayudar, al menos no estorbes.

Alguien tiene que cuidar el futuro de nuestras hijas.

—Sí, sí…

haz lo que quieras —murmuró mientras salía rumbo al potrero, refunfuñando para sí.

Anidia miró a Cadin, que la observaba con los ojos muy abiertos.

—Tu padre es un testarudo.

—¿Qué es testarrudo?

—preguntó Cadin, arrastrando la erre, con la cabeza ladeada de forma adorable.

—Nada, hija…

algo que ya aprenderás.

La pequeña puso cara pensativa, luego sonrió de oreja a oreja.

—¿Vamos donde la abuela Brila?

—Claro, vamos.

A ver si Rett y Noa te aguantan la energía.

Anidia se ajustó a Cadin en la cadera, tomó una cesta con pan que había preparado esa mañana y salió en dirección al sendero del sur, bajo el tibio sol de la media mañana.

———————AO——————— Casia se agachó para acomodar el cubo bajo la ubre de la vaca.

Sus movimientos eran torpes, pero insistentes.

—Estás apretando muy fuerte.

Vas a dejarla sin leche y sin paciencia.

—dijo Fania con media sonrisa, observando desde el corral.

—¡Estoy aprendiendo!

No todas nacimos entre vacas y estiércol.

—bromeó Casia, y ambas rieron.

Fania se sentó sobre una piedra plana y dejó que el sol le diera en la cara.

—Mi madre quiere casarme antes de fin de año.

Dice que hay un muchacho del molino con buena espalda y pocas palabras.

Yo digo que con ese perfil, que se case ella.

—¿También la tuya anda de casamentera?

La mía no deja de hablar del nuevo mago.

Dice que es un excelente partido.

—¿El señor Dyan?

¿Ese que habla como si tuviera un palacio metido en la garganta?

No me malinterpretes… es apuesto, pero tiene mirada de hombre que ha visto demasiadas cosas.

Casia la miró con una ceja alzada.

—¿Y eso es malo?

—Depende.

A veces, cuando uno mira demasiado al abismo… el abismo te responde.

—Fania ladeó la cabeza, burlona.

—Eso decía un libro que leí.

Además, tiene más de treinta y cinco.

Seguro tiene más secretos que dientes.

En ese momento, Melia se asomó desde el granero con las manos en la cintura.

—¡Fania!

No te hagas la distraída, que todavía queda heno por mover.

—¡Sí, mamá!

—respondió con voz cantarina.

Y en un susurro, añadió para Casia: —Si sigo aquí, me va a casar con el burro antes que termine la semana.

—¡Te escuché!

—replicó Melia sin perder el paso.

—Y si no dejas de decir tonterías, te voy a casar con él solo para callarte.

Casia soltó una carcajada.

—Al menos no te toca sola.

A mí me andan ofreciendo al mago sin siquiera preguntarme.

Fania sonrió.

—¿Y tú qué piensas?

Casia se quedó en silencio por unos segundos.

El balde seguía llenándose con lentitud.

—Creo que… no lo sé.

Es como si todos esperaran que tome una decisión que no es mía.

Y cuando lo veo, hay algo… no miedo, pero sí algo que me da vueltas en el pecho.

Como si no supiera si me va a hablar o a leer el alma.

Fania la observó en silencio, luego se levantó.

—Entonces ya estás en peligro.

El amor a veces empieza con una mano cálida y termina con una cicatriz.

—¿Y tú qué sabes del amor?

—preguntó Casia, entre divertida y curiosa.

—Nada.

Pero escucho a las vacas y ellas saben todo.

Ambas estallaron en risas, mientras el sol seguía su camino sobre la granja, ajeno a los corazones jóvenes que comenzaban a arder con preguntas para las que aún no tenían respuestas.

——————-AO——————- Durante los últimos dos días, Dyan había estado limpiando el terreno con la ayuda constante de Frila, la hija del medio de Eunid.

La muchacha había llegado temprano ambas mañanas, sin que nadie se lo pidiera, y aunque al principio conservaba su actitud tímida y apenas sostenía la mirada del mago, poco a poco parecía ir soltándose.

A veces aún se le encendían las mejillas si Dyan la observaba por demasiado tiempo, pero ya no se escondía tras su cabello como antes.

Dyan había decidido no utilizar magia para restaurar el lugar.

Aunque con un par de gestos y unas palabras habría podido acelerar el proceso, prefería tomarse su tiempo.

Había algo en el trabajo físico —en el sudor, en la tierra bajo las uñas— que lo tranquilizaba.

Quizás era una manera de reconciliarse con la tierra, o simplemente de distraer la mente.

Tiró de un cardo rebelde con fuerza hasta arrancarlo de raíz.

El sol ya estaba alto, y el aire olía a polvo caliente y savia rota.

Habían estado desmalezando toda la mañana, y les quedaba poco.

Lo peor había sido retirar las zarzamoras que se habían enredado como una plaga por el acceso principal, pero Frila le había facilitado una pala vieja de su padre, y entre los dos lograron abrir paso.

Se quitó los guantes y caminó hacia el umbral de la vieja casa, donde Frila estaba terminando con los últimos restos de maleza.

—¿Tienes hambre?

—preguntó con tono amable, tratando de suavizar su voz grave.

Frila levantó la vista, evitando su mirada.

—Un poco —murmuró, frotándose las manos llenas de tierra.

—Vi que hay buenos peces en el río, justo detrás.

¿Te apetece?

Podríamos hacer una fogata y almorzar allí.

—Me gusta el pescado asado, pero… ¿está seguro de que podrá pescar algo?

Dyan sonrió, divertido por la duda.

—Confía en mí.

Caminaron juntos hacia la orilla del río, cruzando el jardín trasero donde el pasto crecido les llegaba hasta las rodillas.

El sol se filtraba entre las ramas altas de los sauces, y el murmullo del agua era sereno, casi hipnótico.

—Frila, ¿puedes recoger algunas ramas secas?

Yo iré a pescar —dijo, mientras se descalzaba con calma.

Ella asintió, aunque lo miraba con cierta incredulidad.

No había visto caña, ni red, ni nada que se pareciera a una herramienta de pesca.

Lo observó con atención mientras él se adentraba en el río con los pantalones arremangados.

Entonces sucedió.

Dyan alzó los brazos con elegancia y comenzó a murmurar palabras en una lengua desconocida.

El agua se agitó a su alrededor y, de pronto, se abrió como si obedeciera una orden invisible.

El cauce se dividió dejando al descubierto un tramo de fondo pedregoso, donde decenas de peces, sorprendidos y expuestos, se agitaban torpemente en busca de agua.

Frila dejó caer las ramas que llevaba.

El corazón le dio un vuelco.

Dyan se agachó y recogió con facilidad cuatro peces medianos, que murmuró algo antes de devolver el agua a su curso natural.

Las aguas volvieron a fluir con suavidad, como si nada hubiera ocurrido.

Con un simple chasquido de los dedos encendió una pequeña fogata, y las llamas comenzaron a bailar sobre las ramas secas como si las hubieran estado esperando.

Todo en él parecía parte de un ritual antiguo, lleno de gracia y de una fuerza contenida que fascinaba a Frila.

Mientras los pescados se asaban, la joven no podía dejar de observarlo.

Había algo en la manera en que movía las manos, en la luz tenue que parecía envolver su cuerpo cada vez que conjuraba, que la mantenía hechizada.

Sentados sobre dos tocones cerca del fuego, ella por fin se atrevió a hablar, con voz temblorosa: —Maestro Dyan… ¿todos los magos pueden hacer eso?

—No es gran cosa —respondió sin arrogancia, mientras giraba los pescados sobre el fuego—.

Incluso los aprendices pueden hacerlo, con algo de práctica.

—Es… hermoso.

¿Podría… volver a verlo?

Dyan la miró, y en su rostro vio un reflejo de sí mismo muchos años atrás, cuando por primera vez había presenciado la verdadera magia.

Se acercó con suavidad y tomó una de las manos de Frila entre las suyas.

Ella se quedó paralizada, sintiendo cómo su corazón se desbocaba.

El contacto de su piel era cálido, firme, pero delicado.

—Mira esto atentamente —le dijo con dulzura.

Susurró palabras que parecían surgir del viento mismo.

El aire a su alrededor vibró, cálido y denso.

Sobre la palma de Frila apareció una esfera de luz iridiscente, que flotó lentamente hacia el cielo.

Pronto, otras esferas comenzaron a brotar alrededor, girando en el aire como luciérnagas encantadas.

—Maestro Dyan… —susurró ella, con los ojos llenos de asombro— es sorprendente… Apretó su mano con más fuerza, sin darse cuenta.

Las esferas comenzaron a inflarse, volviéndose traslúcidas como burbujas, y una a una estallaron en una lluvia de chispas plateadas que descendieron como copos de luz líquida sobre ambos.

—¿Te gustó?

—preguntó Dyan sin soltarle la mano.

Frila asintió, muda, temblando entre el asombro y el temblor adolescente del corazón.

Una parte de ella deseaba quedarse allí para siempre.

Él soltó su mano con suavidad y volvió a su asiento.

El olor del pescado asado llenaba el aire.

—Gracias por tu ayuda, Frila.

Eres una buena niña —dijo Dyan con voz serena.

Frila sonrió, pero sintió que las palabras se le clavaban como una espina.

Lo de buena niña la hizo estremecerse, y durante un segundo su sonrisa vaciló, apenas, antes de recomponerse.

El fuego crepitó entre ambos mientras el sol descendía poco a poco tras los árboles.

Y aunque no lo sabía, Frila jamás olvidaría aquel día.

—————————–AO—————————— Frila volvió a casa cuando el cielo ya se teñía de naranja.

Las sombras se estiraban a lo largo del sendero de tierra, y el canto de las cigarras llenaba el aire como un murmullo antiguo.

Llevaba los brazos cruzados contra el pecho, como si intentara retener entre sus manos el calor que aún le quedaba de la magia, el aroma del pescado asado y la suavidad de la voz del mago repitiendo palabras que no entendía, pero que sentía grabadas bajo su piel.

Caminaba despacio, sin apuro, arrastrando los pies en el polvo, como si cada paso la alejara de un sueño del que no quería despertar.

En su interior, el corazón aún latía rápido, confundido, como si algo hubiera cambiado sin que ella supiera cuándo o cómo.

Era una mezcla de vértigo y dulzura, de culpa y maravilla.

Su mente no podía dejar de repasar una y otra vez el momento en que Dyan le tomó la mano, la forma en que su piel brillaba como si el sol lo habitara por dentro, las esferas de luz flotando como luciérnagas encantadas, la manera en que el mundo entero parecía callar para dejar que existiera solo su magia.

Cuando cruzó el umbral de la casa, Anidia la estaba esperando sentada en la banca junto a la entrada, con los brazos cruzados y una ceja arqueada.

—¿Dónde estuviste estos dos días, Frila?

—preguntó en cuanto la vio, con ese tono de madre inquisitiva que pretendía sonar severo, pero que siempre se suavizaba al final.

Frila titubeó un momento.

Sabía que no había hecho nada malo, que solo había ayudado al mago con las hierbas del jardín… pero no podía explicar lo que había sentido sin que sonara a locura.

—Estuve con el mago —dijo finalmente, bajando la mirada—.

Me pidió ayuda para limpiar el terreno.

Anidia entrecerró los ojos.

—¿Desde la mañana hasta la tarde?

¿Dos días seguidos?

Frila asintió, y al hacerlo notó el suave crujido de la mesa desde la cocina.

Casia, la mayor, estaba removiendo un guiso en la olla de hierro, pero no tardó en volverse ligeramente hacia ellas.

No dijo una palabra, pero su mirada fue suficiente.

La conocía demasiado bien.

Esa manera de fruncir apenas los labios, ese gesto breve en las cejas: Casia lo sabía.

Supo, en un segundo, que algo había florecido en su hermana menor.

Frila intentó mantener la expresión neutral, pero un rubor le subió por el cuello hasta las mejillas, traicionándola.

—Ah —dijo Casia finalmente, en tono casual—.

Así que el mago.

—Es amable —respondió Frila demasiado rápido, como si se defendiera.

Luego bajó la voz—.

Y poderoso.

Nunca había visto algo así.

Es… como estar en medio de un cuento.

Casia no respondió de inmediato.

Sirvió la cena con movimientos tranquilos, pero en su mente hervía una mezcla de ternura, preocupación y una pizca de tristeza.

Sabía cómo empezaban esas historias.

Sabía que los cuentos con magos y niñas del pueblo rara vez terminaban bien para las niñas.

Anidia se cruzó de brazos, mirando a Frila con curiosidad.

—¿Te gusta, no es así?

—preguntó con una sonrisa traviesa, pero sus ojos no eran tan ligeros.

Frila no respondió.

Se sentó a la mesa en silencio, dejando que sus dedos rozaran la madera astillada mientras la sopa humeaba en su cuenco.

No quería hablar.

No quería que le pusieran nombre a lo que apenas estaba comenzando a entender.

No era solo que le gustara… era que se había sentido vista por primera vez.

Había algo en la forma en que Dyan la miraba cuando hablaba con ella, con esa calma serena que no la juzgaba, como si no fuera una niña tímida, sino alguien digna de atención.

—Es solo que… —murmuró Frila, con la voz apenas un susurro—.

Es diferente a todo lo demás.

Casia sirvió la última porción y se sentó frente a ella.

La miró largamente antes de hablar.

—Solo recuerda que los hombres que brillan no siempre calientan —dijo con suavidad, sin dureza, como quien da un consejo desde el cariño y la experiencia—.

A veces solo encandilan.

Frila tragó saliva.

No respondió.

Pero por dentro, se prometió a sí misma que, al día siguiente, volvería.

———————-AO———————- La noche había caído por completo sobre Glavendell, y la bruma del río se colaba entre los árboles bajos, como un susurro persistente que rozaba las piedras rotas de la vieja casa.

En el primer piso de la estructura derruida que una vez había sido el hogar de su maestro, Dyan encendió una pequeña lámpara de aceite.

La llama danzaba tímida, proyectando sombras que se alargaban como espectros en las paredes partidas.

Había extendido una manta gruesa sobre el suelo de piedra, y junto a él, un libro antiguo y una esfera de luz que giraba lentamente dentro de un anillo de plata.

No había mucho más.

No necesitaba más.

Fuera, todo era silencio salvo por el rumor de las hojas y el lejano canto nocturno de los búhos.

Dentro de su mente, sin embargo, reinaba el caos de los recuerdos.

Pensó en Finia, su aprendiz.

Cuánto había crecido.

Ya no necesitaba su guía.

Había tomado su lugar como Archimaga de la Torre de Scabia con una dignidad que Dyan nunca supo si merecía.

A veces, al cerrar los ojos, aún la imaginaba de pie junto a él, en los balcones altos de la torre, con su túnica demasiado grande para su cuerpo delgado y esa mirada ansiosa por aprenderlo todo.

Ahora Finia daba lecciones, pronunciaba decretos mágicos, tomaba decisiones que él ya no tenía fuerzas para enfrentar.

Pensó en Silvania.

Querida Silvania.

Su risa aún resonaba en su memoria como una melodía antigua.

Reina emérita, amiga en la tormenta.

Habían compartido secretos, temores, años enteros de guerra y paz.

¿Cuándo fue la última vez que la vio?

¿Cinco años?

¿Ocho?

Y luego, inevitablemente, llegó a ella.

Eleanor.

La imagen de su rostro lo golpeó como una ola fría.

Tan hermosa.

Tan fría.

Ni siquiera había sido una despedida, sino solamente una mirada cargada de rabia.

Había creído que, pese a todo, quedaba en ella un rincón que aún lo aceptaba.

Se equivocó.

Dyan pasó una mano por su cabello, cansado, y se recostó lentamente contra el muro.

El cuerpo ya no respondía con la misma ligereza que antes.

Cada noche le pesaba más.

Miró hacia la pequeña ventana rota por la que se filtraba la luz de las estrellas.

Había sido un loco al pensar que podía retirarse, desaparecer sin que el mundo lo reclamara una vez más.

Pero aquí, en Glavendell, los días eran distintos.

Más lentos.

Más humanos.

Las tareas pequeñas le daban estructura: limpiar el jardín, reparar las tejas, ahuyentar los roedores.

Y luego estaba ella.

Frila.

El rostro iluminado de la niña cuando conjuró la pequeña danza de luces.

Sus ojos enormes, brillando como si hubiese visto un milagro.

La risa clara, sincera, pura.

Fue un instante breve.

Pero algo en su interior, algo que había permanecido adormecido por años, se sacudió con aquel gesto.

No era amor.

No podía serlo.

No debía serlo.

Frila era una niña dulce, entusiasta, hermosa en su inocencia y en su fe ciega.

—No es amor lo que veo en sus ojos, —pensó— es hambre de mundo.

Hambre de magia, de belleza, de algo que le diga que su vida puede ser otra cosa.

Y yo soy, para ella, la puerta hacia eso.

Sabía que no debía abrirla más de lo necesario.

Suspiró.

Cambiar la Torre por una cabaña, la Corte por la soledad, los viejos hechizos por hierbas y tierra húmeda parecía una locura.

Y sin embargo… había algo reconfortante en ello.

Algo que no sabía si merecía, pero que aceptaba como un respiro antes del final.

Mañana Frila volvería.

Lo sabía.

Y él tendría que empezar a poner límites.

No porque no le gustara tenerla cerca, sino precisamente porque sí le gustaba.

Porque cada sonrisa suya lo hacía olvidar que él ya no tenía lugar en los sueños de las jóvenes.

Y aún así, cuando cerró los ojos esa noche, no pensó en Eleanor.

Ni en Finia.

Ni siquiera en Silvania.

Pensó en la risa de Frila.

Y eso le dolió más que cualquier despedida REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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