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El Archimago se retira - Capítulo 24

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24: Capítulo 5: No saber rendirse.

24: Capítulo 5: No saber rendirse.

Casi dos meses habían pasado con una velocidad abrumadora.

El primer piso de la casa de Edictus estaba casi completo.

Dyan había devuelto la decencia a la verja, limpiado todo el terreno e incluso preparado la tierra para plantar algunas hortalizas que le sirvieran para complementar su comida.

El segundo piso avanzaba más lento, pero para un mago con escasas habilidades en carpintería, aquello ya era casi milagroso.

La alegría de las hijas de Eunid, que iban seguido a ayudarle, le había dado no solo energías renovadas, sino también conocimiento de asuntos cotidianos de los que carecía.

Incluso la pequeña Cadin sabía cosas que él no: reconocía plantas y hongos que él jamás había visto, o encontraba fácilmente el rastro de animales, algo que sin magia le era completamente imposible.

La presencia de las jóvenes había llenado su vida con una chispa antes esquiva, especialmente cuando Cadin corría por el patio trasero.

Le recordaba a Finia cuando era pequeña, aunque la hija de Eunid tenía una perspicacia distinta y, a diferencia de los rizos rebeldes de Finia, Cadin tenía el cabello de un liso casi sobrenatural.

Frila y Casia tenían su propia manera de perturbar su paz y, al mismo tiempo, de entretenerlo.

Frila ayudaba y a la vez buscaba maravillarse, aprender del mundo exterior y, de vez en cuando, sin decirlo con palabras —pero sí con una mirada suplicante— le pedía que hiciera magia para ella.

Un par de veces incluso había apoyado su cabeza en su brazo mientras comían cerca del río, pero él simplemente le acariciaba la cabeza con suavidad.

Era una niña dulce e ingenua, pero deseosa de aprender algo más que asuntos del campo.

Para ella, él era la sorpresa, la maravilla, lo desconocido.

Casia, en cambio, era demasiado curiosa y siempre insinuaba con tono pícaro, algo propio —se decía Dyan— de una muchacha hormonal de su edad.

Sin embargo, era amable, y sus bromas, siempre en la punta de la lengua, traían alegría y espontaneidad incluso cuando arruinaba alguna reparación en curso con sus escasas habilidades de carpintero o constructor.

Ahora que disponía de una cantidad casi pecaminosa de tiempo libre, había logrado avanzar notablemente en su investigación sobre la magia espacio-temporal.

Dos semanas después de haber creado las monedas comunicadoras, ya era capaz de transportar manzanas desde la mesa del comedor hasta un sillón de mimbre junto a la ventana que daba al patio trasero.

A veces llegaban partidas a la mitad, con un trozo menos o deterioradas.

Incluso una había llegado en estado de putrefacción.

Luego intentó usar la moneda como guía para la transportación y los resultados fueron superiores, aunque aún necesitaba probar con algo vivo, no solo piedras, frutas o tazas.

Esa mañana había estado trabajando en el experimento desde la salida del sol, deteniéndose solo para comer un trozo de pan de centeno y beber un té de manzanilla que él mismo había recolectado con la ayuda de Casia.

Para su sorpresa, la joven era muy hábil recolectando y conocía el bosque como la palma de su mano, quizás por haber huido de las labores de la casa más de lo que se atrevía a confesar.

Unos golpes suaves pero persistentes resonaron en la puerta principal.

Estaba tan absorto en su experimento que no había escuchado la campana de la verja.

Se apresuró a abrir, y en cuanto lo hizo, una pequeña de mirada inquieta saltó sobre él.

—¡Tío mago, Cadin vino a jugar!

Dyan sonrió mientras la levantaba del suelo como si no pesara nada.

—¿Le avisaste a tus padres que vendrías?

Cadin asintió con entusiasmo.

—Dijeron que me divierta… y que no vuelva tarde.

El mago atravesó el salón y sentó a Cadin sobre la silla de mimbre.

Entonces, la moneda que guardaba en el bolsillo de su túnica comenzó a vibrar y a brillar, incluso bajó por dentro de la chaquetilla.

La sacó rápidamente.

La voz de Finia le llegó clara: —Dos días más para llegar.

Sonaba preocupada, tensa.

Dyan sostuvo la moneda entre los dedos, buscando las palabras adecuadas.

Cadin lo miraba con los ojos muy abiertos, sorprendida por la voz que había salido del metal.

—Descansen antes del último tramo —dijo él, imbuyendo energía arcana a sus palabras.

Hubiera querido decirle más.

Tenía aún muy fresco el recuerdo de la incursión anterior a la frontera, cuando habían tenido que correr el último tramo en pleno combate para alcanzar el fuerte antes del anochecer.

Apretó con fuerza la moneda, esperando que Finia le entendiera.

—Tío Dyan, ¿vamos a desaparecer manzanas hoy también?

—dijo Cadin con genuina curiosidad, ajena a la tensión de la batalla inminente.

Dyan guardó la moneda en el bolsillo con suavidad.

—¿Te gusta desaparecer cosas?

Se supone que deben aparecer sobre la mesa —respondió, señalando el mesón al otro lado del salón.

Pasaron la mañana moviendo manzanas, tazas, piedras, frascos vacíos y otros objetos pequeños de un lado al otro usando la magia espacio-temporal.

Cadin los arrojaba sobre el pergamino trazado con glifos arcanos, y estos aparecían al otro lado del salón, sobre otro pergamino con símbolos similares.

Cada éxito era celebrado como una gran victoria, y ella corría a buscar el objeto para repetir la hazaña.

A veces, claro, las cosas aparecían con un trozo menos.

Al mediodía se detuvieron para comer.

Todavía quedaban muchos ajustes por hacer, pero los avances eran notables.

Cadin se acercó a Dyan, alzando los brazos para que la levantara.

—Tío Dyan, vamos a comer a casa.

Mamá dijo que vinieras con Cadin.

Él la alzó y le acarició la cabeza con ternura.

—Bien, supongo que ya es hora.

El camino hacia el pueblo siempre era agradable.

El sol caía con gracia, las ardillas asomaban entre las ramas y las vacas que pastaban cerca recibían nombres nuevos cada vez.

Cadin se los inventaba con entusiasmo, como si fueran amigas nuevas.

Al entrar al pueblo, algunos mineros se dirigían a la posada para almorzar, mientras Melia, la panadera, recibía sacos de harina del ayudante del molinero.

Al final de la calle, Anidia los esperaba en el umbral, escudriñando el horizonte.

Cuando cruzaron la entrada de la casa, Anidia los recibió con una sonrisa burlona.

—¿Qué haces en brazos de Dyan, bribona?

¿Acaso te crees un bebé?

Cadin se escondió en el hombro del mago, riendo por lo bajo, sabiendo que, esta vez, su travesura había sido bien recibida.

Ya en la casa, el aroma a estofado llenaba el ambiente, y los pasos de todos resonaban sobre el suelo de madera mientras se reunían alrededor de la mesa.

Frila fue la primera en tomar asiento, y lo hizo con un gesto rápido, colocando su silla justo al lado de la de Dyan.

Fingió que solo era casualidad, pero el leve sonrojo en sus mejillas la traicionaba.

Casia, que acababa de llegar desde la cocina con una bandeja de pan humeante, alzó una ceja con una sonrisa traviesa.—Frila, si te acercas un poco más, van a pensar que ya vives con el mago.Frila le lanzó una mirada severa, con el ceño fruncido y las mejillas ahora al rojo vivo, pero no dijo nada.

Anidia, que había oído el comentario desde la cocina, se acercó rápidamente, secándose las manos en el delantal, y al pasar junto a Casia le susurró al oído con una sonrisa contenida:—Tonta, la que debería sentarse junto al mago eres tú.Casia abrió los ojos con sorpresa, pero antes de poder replicar, una risita interrumpió la escena.

Cadin se había adelantado a todas, trepando con facilidad al regazo de Dyan, como si fuera el sitio más natural del mundo para ella.—Aquí se come mejor —dijo, acomodándose con una sonrisa triunfante.

Dyan no pudo evitar reír bajo, mientras le ofrecía un trozo de pan.

Desde la cabecera, Eunid carraspeó con intención, claramente incómodo con la dirección de las insinuaciones.—Vamos, vamos, dejen las tonterías y sirvan la comida antes de que se enfríe —dijo, golpeando suavemente la mesa con los nudillos.

Las mujeres se movieron con agilidad, acostumbradas al ritmo de la casa.

En cuestión de minutos, platos humeantes cubrían la mesa.

El bullicio se tornó en risas, comentarios cruzados, alguna burla inofensiva, y sobre todo, una calidez que llenaba el salón de manera inesperada.

Dyan observaba todo aquello en silencio al principio, algo distante, como si aún no creyera que esa vida —tan humana, tan simple— le perteneciera en parte.

Pero cuando Frila le ofreció una porción extra, cuando Casia le lanzó otra broma acompañada de una sonrisa franca, cuando Eunid sirvió su plato sin preguntarle siquiera qué prefería, como si ya fuera de la familia…

comprendió que comenzaba a disfrutarlo.

Y cuando Cadin le limpió la comisura de la boca con una servilleta, tan tranquila como si lo hubiera hecho mil veces, supo que algo muy dentro de él se estaba ablandando.

Tal vez, pensó, no era tan malo almorzar rodeado de voces, de manos compartiendo el pan y de risas que llenaban los huecos del alma.

El almuerzo había quedado atrás, con sus risas, el aroma del pan recién horneado y el calor de la casa todavía flotando en la memoria.

El sol comenzaba su lento descenso, tiñendo los tejados del pueblo con un tono dorado.

Dyan se despidió con la calma de siempre, recogiendo su capa del perchero junto a la puerta.

Frila fue la primera en ponerse de pie, dispuesta a acompañarlo hasta la entrada del pueblo, pero Anidia la detuvo con una sonrisa tranquila y un gesto suave.—Ve tú, Casia —dijo con naturalidad, como si no hubiese una segunda intención.Frila frunció los labios, pero obedeció, resignada.

Casia atrapó la mirada de su madre y comprendió lo que buscaba.

También comprendió que no tenía sentido discutir.

El camino hasta la entrada del pueblo fue breve, pero tranquilo.

Los pasos de ambos resonaban sobre la tierra seca, acompañados por el canto lejano de algún pájaro y el susurro del viento en los árboles.

Dyan caminaba con las manos a la espalda, como un maestro paseando por un jardín.

Casia, más relajada, balanceaba los brazos con ligereza, sin romper el silencio que se extendía entre ellos como un hilo suave, casi cómodo.

Se detuvieron justo donde el camino se bifurcaba: a la izquierda, hacia la linde del bosque; a la derecha, rumbo a la casa de Edictus.

Casia observó las sombras alargarse, luego miró al hombre a su lado.

—¿Lo has notado?

—preguntó, ladeando la cabeza con una media sonrisa.—¿Qué cosa?

—respondió él, aunque ya sabía la respuesta.—Las intenciones de mi madre —dijo sin rodeos, cruzándose de brazos.

Dyan soltó una leve risa, profunda y contenida, casi un suspiro.—Sí, las noté —asintió—.

Pero no tienes que preocuparte, Casia.La miró de reojo con esa amabilidad que siempre lo envolvía.—Podría ser tu padre.

O, al menos, un tío bastante joven —añadió con ironía.

Casia rió, sin molestarse.—¿Un padre tan apuesto?

Bueno…

debo admitirlo, eres guapo —le lanzó con una sonrisa—.

Pero yo prefiero a los hombres salvajes.

Con barro en las botas, no libros bajo el brazo.—Ah, entonces no tengo oportunidad ni en otro siglo —bromeó él, relajado.

Compartieron la risa, suave y breve, como una bocanada de aire en un día sin viento.

Por un instante, todo pareció flotar entre ellos: la comprensión, la amistad, y algo más difícil de nombrar, más profundo, aunque sin forma aún.

Dyan hizo una pequeña reverencia con una mano en el pecho, como lo hacía siempre.—Gracias por la compañía.

Y comenzó a alejarse, su silueta perdiéndose entre las sombras que el sol dejaba alargadas tras él.

Casia lo observó en silencio, sin moverse.

No sentía tristeza, no del todo.

Era otra cosa.

Un peso leve, como si algo se hubiese desplazado en su interior sin avisar.

Una ausencia antes de la despedida.

Algo que no estaba segura de haber sentido antes.

Se quedó allí un momento más, con el viento acariciándole el cabello, preguntándose qué era esa punzada quieta en el pecho.

Y por qué, por primera vez, el cariño lejano de Dyan no le había bastado del todo.

———————————AO—————————– La noche se abalanzaba con rapidez y, en la casa de Edictus, Dyan se sentó al fin a continuar su investigación.

Encendió unas velas y comenzó a repasar sus anotaciones del día anterior, buscando algún error en las inscripciones, algún glifo mal trazado, cualquier indicio de que había cometido una equivocación.

Como siempre, con atención metódica, volvió sobre sus pasos.

Recorrió lo que el propio Edictus había dejado, y, después de un par de horas que pasaron en un abrir y cerrar de ojos, se detuvo de golpe.

Debía completar esa magia esa misma noche.

Suspiró.

En una esquina del escritorio había varias cartas sin abrir, todas con el sello real.

No el de Silvania, sino el de Eleanor.

Se había negado a leerlas, aún dolido por la última misiva, que había llegado cargada con más veneno del que estaba dispuesto a recibir de alguien a quien todavía amaba tanto.

No haberlas abierto le escocía en el alma, pero se había prometido que no volvería a escribirle… y, del mismo modo, que tampoco volvería a leer de ella.

Como si ese gesto pudiera cerrar una herida que aún supuraba.

Se mintió a sí mismo.

En las largas noches de experimentación, la tentación de abrirlas se volvía más fuerte.

Pero leer sin responder le parecía un acto sucio, casi un pecado.

¿Y si decía algo que necesitaba respuesta?

Ese pensamiento lo atenazaba, como una cadena al rojo vivo colgando de su cuello.

Y cada día, se sentía más pesada.

Cogió una de las cartas y la miró con detenimiento.

El lacre rojo con el sello de la casa real le pareció un obstáculo infame.

La alzó frente a la luz de las velas, intentando distinguir algo del interior, pero sólo se dibujó el contorno de la hoja.

¿Cuánta rabia quedaría todavía en sus palabras?

¿Seguiría odiándolo igual que el primer día?

Dejó la carta a un lado.

No era momento de traicionar sus propias convicciones, especialmente las más recientes.

Retomó su trabajo, y en cuanto comenzó a escribir algunas ideas, las ciencias arcanas lo arrastraron como una tormenta.

Se sumergió de lleno en su práctica, dejando atrás todo pensamiento ajeno.

Sus ojos brillaban con renovado entusiasmo, como en su juventud.

Las ideas eran frescas, rompedoras.

A veces se sorprendía queriendo romper esquemas que él mismo había defendido con fiereza.

Esquemas que Edictus le había recalcado como dogmas irredargüibles que ningún mago debía cuestionar.

Pero ahora, libre de toda Torre o Escuela, aquellos dogmas se le antojaban absurdos.

Ya había traicionado el amor que juró seguir a ciegas, incluso si eso implicaba perderse a sí mismo… ¿cómo no iba a traicionar esos sacramentos arcanos?

Eran momentos como ese por los que había dejado todo atrás: para encontrarse a sí mismo, al hombre y al mago.

Porque nunca hubo una separación real entre ambos.

Creció siendo mago, y el hombre se fundió con el hechicero para poder sobrevivir.

Ahora, podía entregarse sin reservas a investigaciones fascinantes y, durante el día, disfrutar de alegrías tan mundanas como la risa de un niño corriendo por su casa.

Eso le llenaba el corazón como nada antes.

Lo único que aún lo alejaba de la paz que se había prometido al marcharse… era el amor.

O mejor dicho: el hecho de que él mismo le rehuía.

Ahogaba esa posibilidad en sus estudios.

En el tiempo con otros.

En cosas maravillosas.

Pero quizá lo hacía con más ahínco justamente para no sentir.

Para no pensar.

Para fingir que en su corazón todo estaba bien.

El tiempo se volvía engañoso cuando se sumergía con tanta pasión en sus investigaciones.

Pero siempre, en esas noches de desvelo, había un momento en que se detenía.

Un instante sagrado, que representaba para él un recuerdo precioso.

Se puso de pie y salió hacia el patio trasero.

El cielo nocturno, tapizado de estrellas titilantes, cubría la noche con un halo plateado.

La tierra húmeda bajo sus pies y el aroma del pasto cortado días atrás impregnaban el aire con un suave olor a petricor.

Avanzó hasta la orilla del río.

La brisa fresca agitó sus cabellos plateados, que se esparcieron sobre su hombro como una red de finas hebras de acero bruñido.

Alzó la mirada hacia las estrellas.

Con un leve gesto de la mano, hizo aparecer un laúd.

Le había tomado años encontrar el tiempo para aprender a tocarlo.

Pero al final lo hizo.

Por ella.

Para acompañar su voz y su flauta.

Porque el laúd sabe acompañar… como él lo había hecho por tantos años.

Se sentó sobre una roca y comenzó a tañer las cuerdas.

Primero con firmeza, luego con delicadeza.

Las pocas sonrisas de Eleanor que guardaba en su memoria surgieron ante él con dolorosa claridad: el fuego de sus cabellos, la gravedad de sus miradas, el temblor febril de su primer beso.

El primero fue para ella.

Y el último también.

Tocó una de las canciones que había compuesto un otoño: un alba para laúd.

Una pieza romántica para amantes que se encuentran en la noche y se separan al amanecer.

Duerme al otoño Duerme, mi amada, duerme.

Duerme, que me marcho silente.

Duerme mientras me alejo, me alejo herido, perplejo.

Este es mi lamento: el marcharme sin quererlo.

Esto es lo que soy: mi amor es lo que doy.

El calor de tus caricias se enfría al marcharme.

Soy pecador y pecado, soy el trueno y el rayo.

Duerme, mi sol, que me alejo.

Duerme hasta la primavera.

Duerme mientras te beso.

Duerme el amor que profeso.

El viento arrastraba los sonidos con suavidad, como si el mundo se hubiese quedado quieto para escucharle.

Dyan tañía el laúd con dedos templados por el frío, pero calientes por la emoción.

La canción que había compuesto años atrás para Eleanor, “Duerme al otoño”, brotaba de las cuerdas con un temblor nuevo.

No era igual.

Nunca lo sería.

Los acordes se quebraban en ciertas notas, como si el dolor filtrara la melodía.

Cantó el último verso apenas en un susurro, y luego guardó silencio.

El río fluía como un segundo pensamiento, distante y constante, ajeno al hombre que, de rodillas sobre una roca, miraba las estrellas buscando respuestas que ya no esperaba recibir.

—¿Por qué no basta con amar?

—dijo, sin saber si hablaba con ella, con el mundo o consigo mismo.

Y entonces, algo cambió.

Las palabras se quedaron flotando en el aire.

Literalmente.

Una estela leve, hecha de un resplandor grisáceo como la niebla al alba, dibujó su frase en el espacio que le rodeaba.

Letras curvas y temblorosas, de un alfabeto que no había escrito, pero que entendía de inmediato: eran suyas.

Su voz, su dolor, su culpa.

Su verdad.

El laúd dejó de sonar.

Dyan se quedó inmóvil, mirando aquellas palabras suspendidas como humo que se niega a disiparse.

¿Por qué no basta con amar?

La frase flotó unos segundos más, y luego pareció disiparse con una exhalación, pero no del todo: la humedad del aire, el cauce del río, la piel misma de Dyan habían cambiado.

Lo sintió.

Había hecho algo.

Sin fórmulas.

Sin glifos.

Sin preparación.

Solo con la emoción desnuda.No un conjuro.

Una confesión que el mundo había escuchado… y respondido.

Sintió que algo en su pecho se desgarraba suavemente, como si hubiera dejado ir un trozo de sí mismo, uno que ya no podía recuperar.

Pero no dolía.

No como antes.

—¿Qué fue eso…?

—murmuró.

Y esta vez, vigilante, no dijo más.

No quería perder otro recuerdo sin saberlo.

Cerró los ojos y apoyó la frente contra el laúd.

El cuerpo entero le temblaba, no de miedo, sino de una revelación tan profunda que ni siquiera los años en la Torre de Scabia podían haberle preparado para comprenderla.

Una magia sin runas.Un hechizo sin nombre.Una herida convertida en lenguaje.

Había cruzado un umbral, y aunque no lo supiera aún, esa noche marcaría el inicio del Ecoscrito.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Have some idea about my story?

Comment it and let me know.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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