El Archimago se retira - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Capítulo 10 El precio del invierno
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39: Capítulo 10: El precio del invierno 39: Capítulo 10: El precio del invierno Las semanas siguientes se convirtieron en un incesante ir y venir de escaramuzas y enfrentamientos abiertos.
Las fuerzas se toparon en plena noche, al alba, al mediodía.
Se desgastaban mutuamente, sin tregua ni esperanza de rendición.
Ambos bandos estaban demasiado comprometidos: retroceder primero significaba descubrir el pecho, perder la iniciativa y quizá, la guerra.
Tras un mes de lucha constante, solo una orden permanecía fija sobre el mapa de estrategias: Resistir a toda costa.
Lo único estable en el frente era el avance implacable del invierno.
Día a día el aire se volvía más gélido, y ligeras nevadas comenzaban a cubrir el valle con un velo blanco.
La escarcha ya calaba no solo en los huesos, sino también en los ánimos.
Dyan cruzó el campamento rumbo a la tienda del comandante.
Las voces de los soldados, antes llenas de vida alrededor del fuego, eran ahora apenas murmullos.
Pasó entre tiendas donde algunos se encogían junto a braseros humeantes, envueltos en mantas improvisadas, con miradas que no sabían mentir: “No quiero estar aquí”.
En medio de ese clima gris, los gritos de Volka atravesaban el campamento como cuchillas.
Su furia era ruidosa, rabiosa, pero Dyan ya se había acostumbrado.
Era su forma de resistir.
Los guardias lo saludaron con una leve inclinación cuando entró en la tienda.
Dentro, la tensión se podía cortar con una daga.
Volka golpeó la mesa.
Una copa de vino se volcó y el líquido carmesí se derramó entre los mapas.
—¿Cuánto más van a tardar los refuerzos?
—vociferó—.
¡Prometieron una semana!
Ha pasado un mes.
Un mes en el que he perdido a la mitad de mis magos.
—No eres la única que ha perdido gente —respondió Lena con frialdad.
—Cada uno de mis magos vale por cien de tus soldados.
No es comparable.
Lena apuntó un dedo a su rostro, las cejas tensas por la ira contenida.
—Si valieran tanto, no estarían muertos.
Vuelve a decir eso y te estampo el puño en tu mágico rostro.
Climberland levantó su única mano, la derecha; la otra la había perdido en la primera batalla.
—No nos reunimos aquí para lanzarnos piedras.
Todos queremos que esto termine —dijo con voz grave, agotada.
Dyan se acercó a la mesa, apoyándose en su báculo.
La herida aún ardía a ratos, un recordatorio persistente de su vulnerabilidad.
Vio que la mano de Volka, abierta sobre la mesa, temblaba levemente, y comprendió que el dolor no era solo físico.
—Debemos terminar esto antes de que no quede nadie para luchar —dijo Volka, pasándose el cabello del rostro con gesto nervioso.
Tenía profundas ojeras y la piel pálida.
—No somos los únicos exhaustos.
El enemigo también lo está.
Tiene que haber una forma.
¿No se supone que ustedes son los estrategas?
Climberland bajó la vista.
Cada palabra le dolía.
Sus planes no habían dado frutos, y su confianza se había desvanecido como su mano cercenada.
Lena guardó silencio.
Aunque no lo dijera, sentía el peso del fracaso igual que él.
—Pido la palabra —intervino Dyan.
Las miradas se giraron hacia él.
—Todos estamos de acuerdo en que esperar refuerzos es inútil.
Asintieron en silencio.
—Tengo un plan que podría poner fin a esta guerra, pero necesito al menos tres días.
Volka y Lena intercambiaron miradas desconfiadas.
—No podré luchar si nos atacan en los próximos tres días.
Pero si logran atraer al enemigo y lo acercan a mi alcance… puedo actuar.
Climberland frunció el ceño.
—Si somos atacados en ese tiempo, tu ausencia pesará sobre todos.
¿Lo comprendes?
—Lo comprendo.
Pero estoy dispuesto a asumir el riesgo.
La pregunta es: ¿ustedes lo están?
—¿Qué planeas hacer?
—preguntó Lena—.
¿Por qué necesitas tanto tiempo?
—Es un hechizo de rayo, pero no uno común.
Requiere más maná del que puedo acumular por medios tradicionales.
Necesito tiempo para reunirlo… y para prepararme.
No es algo que pueda lanzar en el fragor de una batalla.
Volka lo miró con recelo.
—¿Qué clase de hechizo requiere tanto poder?
No existe tal cosa.
No arriesgaré mi vida por una ilusión.
Dyan la sostuvo con la mirada.
—Que no lo conozcas no significa que no exista.
Soy un mago de batalla.
Mis conjuros fueron diseñados para esto.
Volka lo tomó por la túnica y lo arrastró hacia ella con violencia.
—¡Los magos de batalla ya no existen!
¡Estás mintiendo!
—Su voz se quebró por la rabia—.
¿Crees que mis compañeros murieron en vano?
—No lo dije antes porque sabía que no me creerían —replicó él con calma—.
Pero ya he demostrado en el campo de batalla lo que puedo hacer.
—¡Suéltalo, Volka!
—interrumpió Lena—.
Dyan tiene razón.
Nos ha salvado en más de una ocasión.
Si dice que puede darle un giro a esto… yo lo apoyo.
Climberland se aclaró la garganta.
—Recemos para que el enemigo no ataque en los próximos días.
Si logras lo imposible, todo cambiará, de muchas maneras.
—Mi maestro me envió aquí para esto —afirmó Dyan—.
Si lo logro, el enemigo no volverá.
Volka soltó su túnica con brusquedad.
—Si estás mintiendo, yo misma te mataré.
Dyan no respondió.
No tenía energías para discutir ni para defenderse con palabras.
Solo tenía una certeza: el tiempo estaba en su contra, pero la esperanza, por frágil que fuera, seguía viva.
La tienda de campaña de Dyan, aunque sobria, estaba cargada con la tensión de la inminente tormenta.
Afuera, el viento silbaba entre las estacas del campamento, y en el cielo se reunían nubes con un murmullo profundo, como si la tierra misma contuviera el aliento.
Dentro, el joven mago se preparaba.
No llevaba armadura, sólo sus ropajes oscuros de tejido encantado y una serie de glifos que había trazado en su antebrazo.
Sus dedos se movían con precisión mientras entonaba las primeras palabras en la lengua arcana.
Cada sílaba dejaba una estela brillante en el aire, y cada trazo parecía latir con una fuerza contenida.
Un halo de luz azulada lo envolvía por momentos, intermitente, como si el mismo tejido del mundo respondiera a su invocación.
Los magos de Scabia lo rodeaban en un semicírculo, quietos, atentos, algunos con las manos ya alzadas, otros con las palmas contra sus pechos.
Todos habían seguido a Dyan en silencio desde el final de la primera batalla, y aunque algunos lo habían temido al principio, ahora lo respetaban.
No porque fuera el más fuerte —aunque lo había demostrado—, sino porque los había protegido, luchado y sangrado a su lado.
—¿Estás seguro de que no podemos adelantarnos?
—preguntó Orlec, su segundo más leal, con la voz tensa—.
Si salimos ahora, podríamos ganarles la sorpresa.
Dyan alzó la mano para pedir silencio.
Sus ojos, antes templados como acero, estaban fijos en los glifos que aún danzaban frente a él.
Luego, sin mirarlos, respondió: —Si atacamos sin preparación, nos dividirán y caeremos uno a uno.
Necesito tiempo… para terminar esto.
—¿Esto?
—susurró Volka desde la entrada de la tienda, los brazos cruzados—.
¿Un encantamiento que aún no sabes si funcionará?
Dyan alzó apenas la mirada hacia ella.
Su rostro no mostraba ofensa, sólo una especie de cansancio que parecía venir de muy lejos.
—No lo sé, Volka.
Pero si no lo intento, no quedará nadie para comprobarlo.
Ella guardó silencio.
No creía en glorias invisibles ni en esperanzas tejidas en el aire.
Pero había estado en suficientes batallas junto a él como para saber que algo en ese joven cambió desde el día en que mandó aquella carta.
No sólo lanzaba hechizos.
Había empezado a escribir en el mundo.
Dyan continuó, sus palabras se volvieron más rápidas, más densas.
Los glifos comenzaron a rodearlo en espiral.
Sus compañeros de Scabia adoptaron posturas de canalización, uniéndose a él en una sinfonía de murmullos arcanos.
Volka lo observó desde la entrada, la silueta recortada por el parpadeo del conjuro.
El campamento más allá se movía con apuro: los exploradores regresaban, los soldados cerraban filas, y los oficiales gritaban órdenes con las voces afiladas por el miedo.
Pero ahí dentro, el tiempo parecía distinto.
Una calma extraña, como la que precede al choque de dos tempestades.
—Dyan… —murmuró Volka, ya no incrédula sino resignada—.
Si mueres aquí, al menos haz que valga la pena.
Él no respondió.
Pero los glifos a su alrededor brillaron con un pulso más firme, como si esa promesa no se hiciera con palabras, sino con la magia misma.
Las horas se arrastraron con una lentitud cruel, aliadas del dolor que implicaba sostener tanto maná en un cuerpo tan joven.
Dyan, inmóvil en el centro de su tienda, era una vela encendida en medio del viento, tiritando pero firme.
Kermit lo observaba de cerca, por si algo sucedía, mientras los magos de Scabia se preparaban en silencio, tensos, a la espera de la trompeta que anunciaría el fin de su tregua.
Cuando cayó la noche, el maná acumulado era tal que ondas de energía escapaban por los pliegues de la tienda, dejando tras de sí un zumbido vibrante que recorría el campamento entero como un presagio.
Un hilo de sangre se deslizó desde el oído de Dyan.
Él no parpadeó.
Siguió recitando palabras ininteligibles, casi olvidadas por la historia, y trazando letras arcanas con el dedo en el aire, que se encendían como brasas flotantes y luego se deshacían en una danza luminosa.
Kermit se acercó con un paño para limpiarle el oído, apenas rozándolo.
—¿Está seguro de correr este riesgo, mi señor?
Dyan lo miró.
Su rostro no mostraba temor ni debilidad, sólo la piedra tallada del deber.
En ese silencio compartido, perforado por los pasos en el exterior, por las miradas de los soldados temblorosos y la angustia contenida, no había certezas.
Tampoco había alternativa.
Al segundo día, el agotamiento era evidente.
Sus ojos resplandecían con una luz antinatural, como si una tormenta habitara en ellos.
La sangre brotaba de sus oídos y lagrimales con una frecuencia alarmante.
Kermit y Orlec se turnaban para limpiarlo como podían, pero acercarse a Dyan era cada vez más peligroso.
La energía que irradiaba causaba náuseas, mareos, desvanecimientos; un cabo que entró por curiosidad cayó inconsciente tras dos pasos.
Nadie volvió a intentarlo.
Aun así, él no se detuvo.
Los magos lo contemplaban con una mezcla desigual de sorpresa, miedo y reverencia.
Era un espectáculo de otro mundo, de un tiempo olvidado.
Antes del anochecer, Lena pensó en pasar a verlo.
Pero cuando se aproximó, Orlec la detuvo con gesto firme.
Desde la entrada, apenas alcanzó a ver su silueta: un cuerpo destellante bajo una luz trémula, con rastros de sangre seca y fresca resbalando de sus ojos como lágrimas de tinta oscura.
Apretó los labios, la garganta cerrada, y se retiró en silencio.
La madrugada del tercer día la rompió el grito metálico de la trompeta.
Esta vez no sorprendió a nadie.
Las huestes marcharon al encuentro del enemigo con el rostro endurecido.
En el campamento, sólo quedaron un puñado de guardias y Kermit, firme a la entrada de la tienda.
Cuando Dyan salió, era ya mediodía.
Los combatientes no habían regresado.
Si el campamento seguía en pie, era porque la batalla aún ardía.
Caminó lentamente, apoyado en su báculo.
Su cuerpo parecía arrastrar el peso de otro mundo.
—Kermit…
no veo bien.
Llévame al campo de batalla.
Su voz era un susurro amargo, un suspiro agónico.
El corcel guiado por Kermit salió como una sombra negra entre los árboles y las tiendas, sin alarde.
A lo lejos, el fragor del combate se mezclaba con los ecos de la tensión acumulada.
Acero contra acero, escudos destrozados, gritos rotos.
Para Dyan, sin embargo, todo llegaba como desde una caverna sumergida.
Su corazón marcaba un ritmo propio, retumbando en sus sienes.
—Déjame en la retaguardia.
Luego lanza un hechizo de estruendo.
Deben huir.
Kermit asintió en silencio.
Cuando el joven mago descendió del corcel, apenas podía mantenerse en pie.
Y sin embargo, lo hizo.
Entre el momento en que Kermit lanzó el hechizo de estruendo y los guerreros comenzaron a retroceder, Dyan se convirtió en una figura solitaria.
Los soldados pasaron a su lado como si fuera un espectro.
El enemigo, confiado en su victoria, rompió filas y se abalanzó tras ellos, rugiendo.
Dyan alzó la mano.
Nadie lo escuchó.
Nadie lo vio del todo.
Allí estaba: un muchacho de cabellos plateados, empapado en sudor y sangre, su figura apenas un trazo en el horizonte.
Frente a un mar de enemigos enfurecidos.
Las palabras apenas salieron de sus labios, como una oración secreta al abismo, como un ruego que lo sostuviera ante un final: —Ten piedad de mí…
Y entonces, el cielo se partió en dos.
Una marea de nubes negras cubrió el firmamento y cayó una cortina de rayos como un telón de fuego sobre la tierra.
La descarga no fue un relámpago: fue un diluvio de luz y muerte.
Desde la distancia, los aliados sólo vieron un resplandor cegador y luego, el estruendo.
Una explosión tan violenta que los tumbó al suelo, clavó un chirrido en los oídos, y dejó temblando la tierra bajo sus pies.
Los rayos se entrelazaban como serpientes de plata enloquecidas, descendiendo en una red infinita.
Durante lo que pareció una eternidad, el mundo se volvió sólo luz, sonido y ceniza.
Y luego, el silencio.
Una lluvia helada comenzó a caer, como si el cielo exhalara por fin tras tanto dolor.
El agua golpeó las armaduras humeantes, creando una nube de vapor fantasmal sobre un campo arrasado.
Los cuerpos del enemigo eran poco más que sombras calcinadas; algunos, simples montones de polvo.
En medio de todo, Dyan yacía tendido.
El cuerpo empapado, los ojos abiertos, sangrantes.
La piel de su mano derecha —la que sostuvo el conjuro— se había deshecho hasta revelar la carne viva.
Respiraba.
Apenas.
Pero respiraba.
Y en el centro de aquella devastación, la magia antigua volvió a dormir REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Have some idea about my story?
Comment it and let me know.
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