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El Archimago se retira - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Capítulo 10 El precio del Invierno 2
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40: Capítulo 10: El precio del Invierno (#2) 40: Capítulo 10: El precio del Invierno (#2) En algún momento, entre el sopor y la agonía, Dyan creyó escuchar una voz conocida.

Era Lena.

Su voz emergía desde muy lejos, entrelazada con el sonido apagado de pisadas sobre el barro, como si el mundo entero estuviera cubierto por una manta espesa y húmeda.

Intentó llamarla, pero no encontró fuerza siquiera para mover los labios.

Apenas le quedaba un destello de consciencia, terco, aferrado a la vida como una astilla al leño encendido.

Su visión era una nube gris, y en ella los cuerpos eran sombras sin forma, manchas en la neblina.

—¡Está con vida!

—gritó Lena, y su voz rasgó la bruma—.

¡Que vengan los magos, rápido!

Hubo más gritos, carreras, órdenes, pero todo se desvanecía en el vacío.

Dentro de ese letargo no había dolor.

Había tan poco de él, que ni siquiera eso quedaba.

—Mi señor… —Kermit se arrodilló junto a su cuerpo, la voz quebrada—.

Por todos los dioses… ¿qué ha hecho?

Dyan quiso responder.

Nada.

Su cuerpo era una ruina sobre la tierra encharcada, aferrado apenas a un hilo de conciencia.

Orlec apareció segundos después, jadeando.

Se inclinó sobre Dyan, apoyando las manos con urgencia sobre su pecho destrozado.

—No te quedes ahí parado —le dijo a Kermit con la voz ronca, pero firme—.

Mientras haya vida, podemos salvarlo.

—S-sí… claro.

—Kermit se arrodilló también.

De los presentes, era el único con suficiente fuerza mágica para obrar sin reservas—.

No lo dejaremos morir.

Lena se apartó.

Miró a su alrededor, obligándose a mantener la compostura.

Había vivido muchas batallas, pero nunca algo así.

Por donde posaba la vista sólo hallaba huesos calcinados, acero fundido, tierra negra.

Lo que antes fue un ejército era ahora una alfombra de ceniza y cadáveres irreconocibles.

El hedor de la carne quemada se aferraba a su ropa, a su piel, como si quisiera fundirse con su memoria.

Unos pocos soldados de Balder, arrinconados en la retaguardia, habían sobrevivido.

Pero sus ojos estaban vacíos.

Su andar era torpe, mecánico.

Cuando fueron tomados prisioneros, algunos desearon que hubieran muerto.

Lo que quedaba de ellos eran cuerpos sin alma.

Los magos de Scabia improvisaron una camilla con túnicas rasgadas y trasladaron a Dyan con sumo cuidado de vuelta al campamento.

Allí lo trataron durante días, sin descanso.

Durante ese tiempo, más de uno pensó que lo que habían rescatado era un cascarón vacío.

Pero nadie se rindió.

Al cabo de una semana de sanación incesante, Dyan balbuceó algo ininteligible.

Eso fue suficiente.

Fue como ver moverse una estatua.

Un suspiro de esperanza recorrió la tienda, y los magos redoblaron esfuerzos.

Kermit y Orlec se encargaron de sostener la moral de todos, guiándolos con una mezcla de disciplina y fe.

Una tarde, Lena cruzó el umbral de la tienda.

No era la primera vez.

A veces se quedaba de pie, en silencio, observando desde la entrada.

Pero últimamente había pasado menos, absorta en las negociaciones del armisticio, iniciadas tres días después del desastre.

Adentro, Kermit alimentaba a Dyan con una papilla espesa que se escurría por su mentón.

Al verla entrar, se puso de pie al instante.

—Capitana.

Gracias por venir.

Lena asintió con gravedad.

Sus ojos se posaron en Dyan, sentado sobre un lecho improvisado.

Su cabello plateado colgaba en mechones apagados, sin brillo.

Su piel estaba cenicienta, los labios cuarteados, los ojos velados por una pátina opaca.

Lena se mordió el labio inferior.

Sintió el pecho retorcerse con una angustia que no sabía que era capaz de albergar.

Aquel muchacho al que había llegado a respetar, ahora parecía poco más que una sombra.

Instintivamente llevó la mano al puñal que colgaba de su cinturón.

¿Y si…?

—¿Puedes dejarnos a solas?

—Claro.

—Kermit dejó el cuenco sobre la mesa auxiliar y salió en silencio, sin atreverse a mirar atrás.

Lena se sentó junto a Dyan.

Por varios minutos, el silencio fue absoluto.

Pero su mano seguía en el puñal.

Finalmente habló.

—Quiero creer que no sabías que esto iba a terminar así… porque si lo sabías, no sé si podría perdonarte.

—Tragó saliva, la garganta áspera—.

Un joven tan valiente no merece pasar el resto de su vida en este estado.

¿No lo crees?

Su mano temblaba sobre el mango de la daga.

Tuvo que apretarla.

Alzó la mirada, buscando los ojos de Dyan.

Pero ellos permanecían opacos, ausentes.

—Estoy dispuesta a tomar tu vida entre mis manos.

A evitarte más sufrimiento.

Quizás sea egoísta… pero preferiría que te recordaran como un héroe… antes que verte convertido en esto.

—Desenfundó la daga lentamente.

El aire de la tienda se tornó más espeso.

Más frío.

—Dame una señal.

Lo que sea.

Dime que todavía quieres vivir.

—Tomó su rostro con cuidado por el mentón, obligándolo a mirarla—.

Si estás ahí dentro, demuéstralo.

Los labios de Dyan se movieron apenas, una vibración débil.

—Di algo.

Lo que sea —susurró Lena, desesperada—.

Dime que aún estás aquí.

—Sss…

go…

a…

qui… Fue apenas un hilo de voz, roto, frágil.

Pero suficiente.

Lena cerró los ojos, conteniendo un sollozo.

—Sí.

Sigues ahí.

—La daga cayó de sus dedos al suelo con un sonido sordo.

Lo miró con ternura y le limpió el mentón con la misma mano, luego le acomodó el cabello húmedo sobre la frente—.

Volveré… Quiero ver que de verdad estás aquí.

—Su voz se quebró—.

Por favor… no te rindas.

Dyan intentó articular algo más, pero sólo consiguió un quejido ahogado.

Sus ojos seguían turbios, el cuerpo temblaba, la mano aún era una herida abierta, cubierta por vendajes que ardían con el tacto.

Pero incluso así, resistía.

Como una llama diminuta que se niega a morir, aunque sople la tormenta.

Lena lo recostó con cuidado.

Una lágrima cayó de sus ojos sobre la mejilla de Dyan.

—Lo siento… Se levantó, temblorosa, y abandonó la tienda.

Su esperanza era débil, quebradiza como el hielo al amanecer.

Pero lo había escuchado.

Sigo aquí.

Y por eso, tal vez… valía la pena esperar un poco más.

El invierno llegó, trayendo consigo un armisticio que desde el primer día olía a venganza.

Pero con la nieve cubriendo caminos y montañas, al menos habría paz durante esa estación.

El campamento base comenzó a ser desmantelado.

Las fuerzas retornaban poco a poco a sus lugares de origen.

—¿Mi señor…?

¿Está seguro de que estará bien?

Dyan alzó la mirada en busca de Kermit, pero su rostro seguía siendo apenas una sombra recortada contra la luz grisácea.

Sin embargo, su voz cálida le bastaba para reconocerlo.

Le sonrió débilmente, aunque su rostro aún no podía reflejar sus gestos con fidelidad.

—Deben volver… a casa —dijo con esfuerzo.

Luego miró a sus compañeros—.

Gracias… por todo.

Se volvió hacia Orlec con un susurro casi inaudible.

—Cuídalos… hasta que lleguen… a la Torre.

—Por supuesto, mi señor —respondió Orlec, con un dejo de solemnidad—.

Lo estaremos esperando, para celebrar.

Dyan extrajo una carta de su túnica y se la tendió a Kermit.

—Dásela… a mi maestro.

Los veinte magos se acercaron en silencio, formando un círculo solemne alrededor de Dyan.

Cada uno posó una mano sobre él, gesto ancestral entre los magos para bendecir y honrar a los suyos.

Era una ceremonia reservada para quienes alcanzaban la maestría… o para quienes regresaban del abismo.

Dyan apenas logró sostenerse en pie con la ayuda de su báculo de almendro.

Su figura, aunque frágil, irradiaba una dignidad que conmovía.

Habían luchado juntos hasta la extenuación, muchas veces dudando si volverían, pero las palabras que Dyan había dicho cuando llegaron a Glacius se habían cumplido y su respeto acrecentado.

—Gracias… muchachos.

Algunos de ellos habían combatido a su lado en más de una escaramuza, habían sangrado, llorado y sobrevivido juntos.

No hubo muertos entre los magos de Scabia, pero las heridas internas… esas tardarían años en sanar.

Quizá nunca lo harían del todo.

—Partan ahora —ordenó con voz suave—.

No sea que alguna nevada cierre el camino.

El carromato partió lentamente, cargado de rostros cansados, manos levantadas en despedida, y miradas que se perdían en la bruma.

Dyan permaneció de pie largo rato, aún cuando la carreta desapareció entre la nevada ligera.

Lena se acercó por detrás y posó una mano en su hombro.

—Vamos… hace frío, y quedarte aquí fuera no te hará bien.

Dyan giró apenas el rostro, intentando verla.

Solo distinguía una figura dorada sobre el fondo gris.

Aun así, asintió, esbozando una sonrisa leve.

Lena le tomó la mano con cuidado.

—Mi casa no es muy grande, pero servirá… para los dos.

Se detuvo un instante.

El cabello de Dyan se había deslizado sobre su frente.

Con ternura, Lena se lo apartó y le acarició las mejillas con ambas manos.

—Intenta sonreír.

Estás de pie, hablas… quizá, solo quizá, recuperes pronto la vista.

—Estoy son… sonriendo —respondió él, con los labios apenas curvados.

Ella se quitó la bufanda y se la colocó alrededor del cuello con un gesto protector.

—Vamos a casa.

El camino a Glacius estaba cubierto por una fina capa de nieve.

El campamento base había sido casi completamente desmantelado.

Solo quedaba una guarnición, que se integraría a las defensas permanentes de la ciudad.

La nieve, la lluvia y el tiempo habían borrado los rastros físicos de la última batalla, pero no su recuerdo.

El día de la descarga mágica se convirtió en leyenda en la región, conocido como el Día del Derrumbamiento.

Algunos aseguraban que el cielo se había resquebrajado.

Otros huyeron aterrados, convencidos de que los dioses habían desatado su ira sobre el mundo.

Glacius, la ciudad fronteriza más importante del norte de Willfrost, les dio la bienvenida con sus calles estrechas, casas apiñadas, faroles mágicos de luz cálida y una plaza central que vibraba con vida.

El corazón de la ciudad palpitaba con mercado, música y voces.

Lena sentó a Dyan en una banca de piedra junto a la fuente del mercado.

A su alrededor, la vida fluía: mercaderes voceando sus productos, un bardo cantando baladas antiguas, niños corriendo entre risas.

—Iré por algo de comer.

No te muevas de aquí.

Dyan le dedicó una sonrisa desdibujada.

—Claro… no me moveré de aquí.

Tranquila.

Lena se alejó entre la multitud, pero antes de perderse del todo, volvió la mirada.

Lo vio tal como lo había dejado: inmóvil, con una sonrisa tenue y los ojos opacos mirando al frente.

“¿Cuánto esperaría ahí si no volviese?”, se preguntó con una punzada en el pecho.

“¿Cuánto tiempo mantendría esa sonrisa vacía?” Sacudió la cabeza.

Le costaba entender lo que sentía.

Había prometido cuidarlo, había elegido quedarse a su lado, y aun así…

le pesaba.

No por él, sino por el vacío que ahora parecía rodearlo.

A veces deseaba verlo ponerse de pie, reclamar su lugar, levantar la voz como antes… y otras veces deseaba que jamás volviera a tocar la magia, que se alejara de todo lo que lo había convertido en esto.

Se alejó sin mirar atrás.

Dyan se sentía desconectado de todo.

Escuchaba el bullicio, las risas de los niños, las voces de los vendedores y compradores.

Olía los alimentos, el pan recién horneado, las especias del sur, las manzanas dulces.

Pero los sonidos llegaban distorsionados, como si estuviera sumergido bajo el agua.

La visión seguía siendo una niebla pálida y confusa.

El tiempo dejó de tener sentido.

¿Habían pasado diez minutos?

¿Una hora?

No podía saberlo.

Entonces, una voz, conocida, vibró cerca de su oído.

Su corazón dio un leve vuelco.

Se inclinó hacia el sonido, titubeando.

—¿Lena…?

¿Eres tú?

Tanteó con las manos y alcanzó a tomar unas vestimentas.

—No muchacho, estás equivocado, no soy esa Lena.

—Respondió la persona.

—¡Lena!

—gritó otra vez, con la garganta reseca, sintiendo que cada intento por alzar la voz lo desgarraba por dentro.

Sus dedos buscaban la madera conocida de la banca, pero solo tocaban aire y piedra.

La superficie del mundo parecía ajena, como si la ciudad misma se hubiese retirado un paso.

El murmullo lejano de los paseantes no traía consuelo; al contrario, hacía más evidente que nadie se acercaba.

Escuchaba sus pasos, sí, pero todos evitaban su camino.

¿Serían sus ojos?

¿Su aspecto tembloroso?

¿O tal vez simplemente era invisible, un mendigo entre sombras?

El peso de esa idea lo aplastó.

Solo.

Totalmente solo.

Se tambaleó, agitando sus manos en busca de algo de lo que sostenerse, y sintió las lágrimas, sin darse cuenta cuándo comenzaron a caer.

Su báculo, no estaba.

Avanzó tanteando el suelo, buscando entre el bullicio alguna señal.

—¡Lena!

¡Lena, por favor!

Y entonces, cuando su voz era apenas un susurro roto, cuando ya no tenía esperanza de respuesta, escuchó unas pisadas distintas.

Firmes, rápidas, urgentes.

Luego la voz, jadeante: —¿Cómo llegaste hasta aquí?

Unas manos tomaron su brazo, con cuidado, pero temblando.

—Por los dioses, Dyan…

casi me muero del susto.

Él sintió el tacto cálido en su mejilla: el pulgar de Lena limpiándole el rostro con un pañuelo que olía a jazmín y tinta fresca.

Le acomodó la túnica arrugada, el cuello desordenado.

Después recogió su báculo, ese que él mismo había dejado caer sin notarlo.

—Eras tú…

—susurró él, con una débil sonrisa.

El sonido de su voz era otro.

Más pequeño, más frágil.

Como si recién se diera cuenta de lo mucho que se estaba rompiendo.

Y fue en ese momento, con ella ahí, tocándolo, sosteniéndolo, que entendió realmente cuán hondo había descendido en su fragilidad.

El mundo se le había vuelto oscuro, inmenso y hostil.

Solo su voz lo traía de regreso.

Solo ella era todavía un ancla.

—Estoy aquí, Dyan.

Estoy contigo —dijo Lena con firmeza, aunque sus ojos también estaban enrojecidos por el miedo.

—Por favor… —Lo abrazó con fuerza.

Dyan sintió la respiración agitada de Lena, en su cuello, contra su pecho.

—Creí que eras tú… creí que eras tú.

—Agregó con la voz quebrada.

—Yo… de verdad, creí que eras tú.

—Tranquilo, ya estoy aquí.

—Lo apretó con más fuerza.

—Me demoré más de lo que esperaba, lo lamento.

Él asintió en silencio.

Ya no tenía palabras.

Solo la certeza del tacto y esa voz que, por ahora, aún lo rescataba de la oscuridad.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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