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El Archimago se retira - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Capítulo 11 La quietud de las ruinas
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44: Capítulo 11: La quietud de las ruinas.

44: Capítulo 11: La quietud de las ruinas.

El amanecer llegaba como una brasa suave entre los tejados aún dormidos, tiñendo de ámbar las tejas mohosas del patio interior.

El río calaba hondo todavía y a veces una fina capa de nieve cubría el pequeño patio interior.

En la casa de Lena, el aire matinal olía a tierra húmeda y madera vieja.

Las golondrinas apenas comenzaban su danza cuando una figura delgada se incorporó lentamente desde un rincón junto al umbral.

Dyan se había despertado antes que el sol, como ya era costumbre.

El sueño no le ofrecía refugio.

Sus noches estaban plagadas de la nada: de ecos sin forma, de rostros que no recordaba pero que dolían igual, de voces distorsionadas.

El mundo aún le llegaba borroso, cubierto por esa nebulosa gris que empañaba sus ojos, y cada paso era un recordatorio: estaba roto.

Se apoyó contra la pared del patio, los dedos buscando el contorno frío de la piedra.

Dio un primer paso, torpe.

Luego otro.

Su mano resbaló levemente al encontrar una grieta en el muro, y casi cayó.

El muslo derecho temblaba con un dolor sordo.

Respiró hondo, apretó los dientes, y siguió.

El trayecto era corto, apenas unos cuantos metros desde la puerta hasta la parra que trepaba por la esquina más soleada del muro.

Pero para él era una travesía titánica.

Caminaba pegado a la pared como un náufrago aferrado a un madero, guiándose por el tacto, dejando que sus dedos le marcaran el camino.

Algunas mañanas llegaba.

Otras no.

Cuando no lo lograba, caía de rodillas al suelo.

A veces se mordía los labios ahogando un grito desesperado, a veces golpeaba el suelo con los puños cerrados hasta que las manos se le llenaban de tierra y vergüenza.

Y otras, simplemente permanecía allí, recostado contra el muro, mirando hacia un cielo que no podía ver del todo, respirando como si le doliera estar vivo.

Lágrimas ardientes corrían por su rostro, creía que al menos esa vergüenza la pasaba en soledad, escondido de todo y de todos.

A veces se aferraba a su mano vendada, que ardía como el infierno y sentía el calor y el dolor en la piel, en el músculo, en el alma.

Desde el segundo piso, Lena lo observaba tras la cortina entreabierta.

No lo llamaba.

No bajaba.

No lo interrumpía.

Lo vigilaba como se observa a un pájaro herido que intenta volar con las alas aún rotas.

Cada caída le dolía a ella también, pero había aprendido a no interferir, no de inmediato.

Sabía que si lo hacía, Dyan no volvería a intentarlo al día siguiente.

Él no sabía que lo veían llorar, caer de bruces sobre la tierra, aferrarse a su brazo herido con lágrimas en los ojos.

Lena había descubierto en sí una ternura inesperada, incómoda.

También miedo.

Le temía a esa esperanza.

Le temía al día en que él la mirara sin esa neblina en los ojos, y preguntara por lo que había perdido, por lo que habían hecho con él.

Porque aún no sabía todo.

Aún no entendía.

Ese amanecer, Dyan llegó a la parra.

Se detuvo allí, apoyado con la frente contra la pared.

Respiraba con dificultad, las piernas temblorosas, los labios resecos.

Pero no cayó.

Permaneció de pie durante un largo minuto.

Lena, desde arriba, sintió que algo se abría lentamente en su pecho, como una semilla después de una tormenta.

Una parte de ella deseó bajar y abrazarlo.

Otra, más vieja y endurecida, se lo prohibió.

En el patio, Dyan exhaló despacio.

Le dolía cada fibra del cuerpo, cada paso le recordaba cuán lejos estaba aún de su fuerza anterior.

Pero seguía en pie.

Resistía con todo lo que le quedaba, guiado por un deber que tenía grabado en el alma como una herida antigua.

A veces ese deber era lo único que lo empujaba hacia adelante, lo único que lo mantenía aferrado al muro en lugar de dejarse caer.

Sin embargo, con la misma fuerza que lo impulsaba, nacía también un miedo sordo, persistente: el temor de que tras esta batalla viniera otra, y otra más… que cada victoria arrancara un pedazo de él hasta que no quedara nada.

Tenía que volverse más fuerte.

Más que nunca.

No podía volver a vivir esta desesperación.

—Entra a casa —dijo la voz templada de Lena, desde el umbral—.

La mañana está fría.

Tomemos el desayuno juntos.

Había hecho ruido al salir, para no sorprenderlo.

Dyan se volvió hacia ella, y asintió, con los surcos de las lágrimas secas marcados en la piel.

Su sonrisa era débil, una máscara temblorosa de quien intenta aparentar lo que ya no siente.

—Voy…

—dijo, buscando la pared con la mano para apoyarse mientras avanzaba con lentitud—.

Estoy en camino.

Lena no comentó nada más.

Lo esperó en silencio, como quien respeta el honor de un guerrero herido al regresar.

En la cocina, el aroma del desayuno comenzó a llenar el aire: huevos dorados en mantequilla, tocino crepitando en la sartén y pan calentándose junto a la hornalla.

Lena sirvió dos platos.

Cuando Dyan se sentó, ella mojó un paño y con delicadeza le limpió las manos manchadas de tierra y sangre reseca.

—Después de comer, cambiaré tus vendajes.

¿Está bien?

—Sí…

claro —respondió él, bajando la cabeza.

Le pesaba demasiado depender de ella.

Lena se ocupó de acercarle el plato, colocarle la taza en la mano, dejar el tenedor justo a su alcance.

Dyan aceptaba su ayuda, pero cada pequeño gesto parecía arrancarle una parte de su dignidad.

Sus cejas se fruncían con cada tropiezo, cada error, cada torpeza.

Comer se había convertido en una tarea llena de dificultades en vez de un disfrute.

Tomó la taza de leche, intentando levantarla.

Pero sus dedos, aún entumecidos y torpes, no respondieron con precisión.

La taza se le resbaló y cayó de lado, derramando su contenido sobre la mesa.

El líquido corrió veloz, empapando su vendaje antes de que pudiera hacer nada, filtrando entre las tablas hasta el suelo.

—No… —murmuró, jadeando, con el rostro pálido de rabia contenida.

Intentó limpiarlo con la otra mano, sin éxito.

—Tranquilo —dijo Lena, levantándose con rapidez—.

No te preocupes, yo lo limpio.

Sus pasos urgentes en la cocina no aliviaron la tensión en el pecho de Dyan.

Al contrario, la agrandaron.

Se llevó la mano húmeda al corazón, apretando la tela de su túnica con fuerza.

Su mano temblaba.

Su respiración se volvió irregular.

Cuando Lena regresó con un paño, lo encontró agitado.

Él alzó la cabeza hacia ella con los ojos desbordados.

—Perdón… —susurró—.

Perdóname.

Por favor…

Lena se detuvo.

Dejó el paño a un lado y se acercó a él.

Con ambas manos tomó su rostro y limpió sus lágrimas con los pulgares, como haría una madre, una hermana, una amiga, todo al mismo tiempo.

—Shh…

tranquilo.

Es solo leche.

No importa.

Pero sí importaba.

Importaba para él.

La mano de Dyan seguía en su pecho, temblando de impotencia.

Tiraba de su propia túnica con tanta fuerza que parecía querer desgarrarse el alma.

Las lágrimas le corrían ahora sin contención, y un sollozo le quebró el aliento.

—Gracias… —murmuró—.

Gracias por quedarte…

Entonces se rompió.

El nudo en su garganta cedió por completo.

Lloró con la fragilidad de quien ha contenido demasiado por demasiado tiempo.

Lloró como solo puede hacerlo alguien que ha perdido hasta la noción de sí mismo.

Lena lo abrazó.

Lo abrazó por todas las veces que lo vio desfallecer en el patio y no bajó.

Por todas las lágrimas que recogió en silencio desde su ventana.

Lo abrazó porque, incluso los más fuertes, los más temidos, los más poderosos… necesitan a alguien que los sostenga.

Sus dedos se hundieron en el cabello largo y plateado de Dyan.

Lo atrajo con suavidad contra su pecho, dejándolo llorar allí, seguro.

—No estás solo —susurró, apretándolo contra ella—.

Te dije que te cuidaría hasta el final.

—No quiero… ser una carga —dijo él entre sollozos, con la frente hundida en su vientre, apenas sostenido por sus manos.

Lena lo miró con dolor.

¿Dónde estaba el mago que rasgó el cielo con rayos?

¿Dónde el muchacho que hizo temblar al norte con su poder?

Allí no quedaba más que un joven herido, encogido por dentro, perdido en su propia ruina.

Y supo que el miedo que había sentido días atrás era infundado.

El verdadero poder de Dyan no estaba en su magia, sino en su alma, y esa alma ahora estaba desnuda frente a ella.

Ya no podía temerle.

Solo podía acompañarlo.

—No lo eres —le dijo con firmeza—.

No importa cuánto tiempo tome.

Me quedaré a tu lado.

Te lo prometo.

Las palabras de Lena fueron un bálsamo.

Dyan no respondió de inmediato, pero se aferró a su abrazo como si le fuera la vida en ello.

Las mañanas avanzaron… El aroma del pan recién horneado llenaba la cocina.

Lena había madrugado, como siempre, para preparar el desayuno.

El calor del horno le confortaba las manos, todavía frías por el rocío de la mañana, pero no lograba calentarle el pecho.

Cada día, desde que Dyan despertó de su largo letargo, había sido un paso más en un sendero incierto, hecho de rutinas nuevas y silencios incómodos.

Sirvió el té de hierbas con movimientos automáticos.

Las tazas de loza vibraron suavemente cuando las apoyó sobre la mesa.

El pan crujía al partirlo, y la manteca se derretía lentamente bajo el calor.

Todo estaba en su lugar, salvo ella misma.

Escuchó los pasos de Dyan antes de verlo.

Eran lentos, arrastrados, como si cada movimiento le costara una batalla.

Cuando entró al comedor, se detuvo unos segundos en el umbral, respirando hondo.

Lena fingió no haberlo notado, para no herir su orgullo.

—Buenos días —dijo él, con voz baja, aún ronca por el esfuerzo del amanecer.

—Buenos días —respondió ella con suavidad, sin girarse de inmediato—.

¿Dormiste algo después de tu… paseo?

Dyan soltó un resoplido breve.

No era exactamente una risa, ni una queja.

Lena lo miró por el rabillo del ojo mientras él se sentaba.

Le dolía ver su cuerpo encorvado, sus manos temblorosas al tomar la taza, la forma en que tanteaba el borde de la mesa con los dedos para asegurarse de su posición.

Pero más le dolía no saber cómo ayudar.

—Tienes barro en los codos —le dijo, intentando sonar ligera.

Él bajó la mirada, o eso creyó ella.

Sus ojos, aunque abiertos, seguían viendo solo sombras.

—Me caí.

Tres veces.

Ella asintió con un pequeño gesto, partiendo un trozo de pan para él.

Lo dejó junto a su plato, sin ofrecerlo directamente.

—Supongo que es un récord —intentó bromear, aunque su voz salió más amarga de lo que esperaba.

El silencio volvió, pesado.

Lena bebió un sorbo de té, fingiendo normalidad.

Pero por dentro sentía el torbellino.

Quería decirle que lo admiraba por seguir intentándolo, por levantarse aún cuando el mundo lo había derrumbado tantas veces.

Quería abrazarlo.

Quería gritarle que no podía cargar con todo eso solo, que ella también tenía miedo.

Pero en lugar de eso, le pasó un pañuelo.

—Límpiate el rostro, pareces un mendigo.

Dyan obedeció en silencio.

Luego murmuró, casi imperceptible: —Gracias por no decir nada esta mañana.

Lena lo miró con más detenimiento.

Su rostro seguía siendo el de un muchacho, pero en sus gestos había algo viejo, roto, algo que ella no sabía cómo reparar.

—Vi tu llanto, Dyan —dijo al fin, en voz baja, sin juicio—.

Y está bien llorar.

Pero prométeme que no dejarás de caminar.

Él tragó saliva.

Se tensó.

Y luego asintió, una sola vez, con esfuerzo.

Entonces, por primera vez en semanas, Lena sonrió con sinceridad.

—Buen.

Porque mañana, tú haces el pan.

—¿El pan?

—Sí —respondió, bebiendo otro sorbo de té—.

Estoy cansada de cocinar para ti.

Además, así aprenderás a no caerte al recorrer la cocina.

El sonido que escapó de Dyan fue una risa débil, pero real.

—Llegó una carta para ti.

Dyan buscó a Lena.

— ¿De quién?

No esperaba nada… —Tiene el sello de su Majestad.

Supongo que no te han olvidado.

El mago sonrió, pero no podía evitar sentir el peso de la incertidumbre.

Al atardecer, Dyan se sentó con esfuerzo en el pequeño escritorio que Lena había preparado para él.

La habitación olía a madera tibia y a cera derretida.

Una lámpara de aceite parpadeaba suavemente, proyectando sombras que bailaban en las paredes.

Un pequeño brasero mantenía el aire cálido, aunque el frío parecía haberse instalado en sus huesos desde la batalla.

Sobre el escritorio descansaba una carta, aún cerrada, con el sello de lacre intacto.

La tomó con torpeza, tanteando los bordes.

Acarició con los dedos la superficie del sobre, reconociendo la textura, la hendidura del sello… y el peso invisible de su significado.

No era solo un mensaje.

Era una señal.

De vida, de presencia.

De que alguien, en algún lugar, se había acordado de él.

Quería creer que sus actos no habían pasado desapercibidos.

Que su esfuerzo, su dolor, su lucha, habían dejado una huella en el mundo.

Rompió con cuidado el sello.

Aguzó la vista, en vano.

Sus ojos solo captaban manchas grises entre destellos anaranjados, distorsionados por la luz de la lámpara.

Sacó con lentitud la hoja del sobre y la extendió sobre el escritorio.

El aroma de la tinta fresca aún persistía, tenue pero claro.

Deslizó las yemas de los dedos sobre el papel, sintiendo los surcos de la escritura, como un relieve mudo.

La giró.

Una, dos veces.

Quizá estaba al revés.

Volvió a intentarlo.

Identificó algunas letras, algunas formas familiares.

Pero su mente no lograba hilarlas.

No había palabras.

Solo trazos.

Solo vacío.

Una barrera más entre él y el mundo.

Intentó leer.

Otra vez.

Otra más.

Pero las palabras seguían siendo solo una hendidura en la superficie.

Un lenguaje que se le escapaba entre los dedos.

Llevó las manos a la cabeza, con los dientes apretados, y se dejó vencer por la frustración.

No gritó.

No lloró.

Solo apretó los puños sobre su cráneo y contuvo la rabia que le ardía en el pecho.

Desde el umbral, Lena lo observaba.

Llevaba el cabello aún húmedo, recién salida de su baño.

El vapor le cubría aún la piel, dándole un aire frágil, casi fantasmal.

Pero sus ojos, cargados de tristeza, eran demasiado humanos.

—¿Quieres que la lea para ti?

—preguntó con suavidad, su voz cargada de una congoja que no quiso disfrazar.

Entró en la habitación sin esperar respuesta, acercándose con paso lento, y lo rodeó por la espalda.

Se inclinó apenas sobre él, cuidando no tocarlo demasiado.

—Sé que no debería leer algo tan personal… pero verte así me duele, Dyan.

Él levantó el rostro hacia ella, buscándola entre la niebla de su ceguera.

Adivinó su silueta más por el calor de su cercanía que por lo que alcanzaba a ver.

—No —murmuró con voz apagada—.

Estoy cansado.

No puedo más por hoy.

Hubo un silencio.

Lena lo sostuvo con la mirada, contenida.

—Entonces ven —dijo con dulzura—.

El agua está tibia.

Necesitas un baño.

Dyan bajó la mirada, avergonzado.

—No tienes que hacerlo.

Solo… solo indícame cómo llegar.

Yo me las arreglo.

—Como quieras… —respondió en voz baja, pero no lo soltó.

Le tomó la mano con suavidad, y lo ayudó a ponerse de pie.

Salieron juntos de la habitación, avanzando con pasos lentos por el pasillo.

La carta quedó sobre el escritorio, abierta, las palabras esperando unos ojos que pudieran leerlas.

El vapor se alzaba lentamente desde la tina de madera, colándose por las ventanas entreabiertas y envolviendo el cuarto de baño con un velo difuso y cálido.

Lena había dispuesto todo con esmero: el jabón de lavanda que solía usar, una toalla limpia, ropa seca, y un cesto para las prendas húmedas.

Se frotó las manos con nerviosismo mientras esperaba a que Dyan entrara.

Él llegó despacio, apoyando una mano en la pared del pasillo y la otra en el marco de la puerta.

Tenía el cabello revuelto, la camisa arrugada y un aire sombrío de derrota aún colgado de los hombros.

—Puedo hacerlo solo —dijo en voz baja, sin convicción.

Lena asintió, sin discutir.

Pero se acercó igual, con delicadeza, tomándole la mano para guiarlo hasta el borde de la tina.

Dyan se dejó conducir.

La calidez de su piel le atravesó los dedos, y esa cercanía —inofensiva pero palpable— hizo que Lena contuviera la respiración un instante.

—Aquí está el borde —susurró, guiando su mano hasta la madera húmeda—.

Cuidado, está tibia pero el vapor puede marearte.

Dyan asintió.

Respiró hondo, como si se preparara para una batalla, y comenzó a quitarse la camisa.

Sus movimientos eran torpes, imprecisos.

Cuando intentó desabrochar el último botón, los dedos no le respondieron.

—Maldita sea… —murmuró, frustrado.

Lena se acercó en silencio y con gesto calmo colocó sus manos sobre las de él.

—Déjame.

No hubo protesta.

Solo un asentimiento apretado, casi avergonzado.

Ella bajó la mirada mientras desabrochaba los botones con cuidado, sintiendo la respiración contenida de Dyan, la rigidez de su cuerpo, el pudor contenido entre ambos como una cuerda tensa.

Cuando retiró la prenda, él se cubrió instintivamente con los brazos.

Su torso estaba marcado por cicatrices recientes: algunas aún rojizas, otras ya cicatrizadas.

La piel tensa sobre los músculos atrofiados hablaba de esfuerzo, de dolor, de un cuerpo que aún no había renunciado del todo.

—Voy a ayudarte a entrar —dijo ella, sin mirarlo a los ojos.

Se colocó a su lado, firme, y él se apoyó con torpeza, tanteando el borde.

Lentamente bajó un pie, luego el otro.

El agua le arrancó un suspiro, mitad alivio, mitad incomodidad.

Lena se arrodilló junto a la tina.

No dijo nada.

Solo tomó una esponja suave y la sumergió en el agua, luego comenzó a pasarla por sus hombros con movimientos circulares.

Dyan tensó los músculos al principio, pero luego se dejó hacer.

—¿Te incomoda?

—preguntó ella en voz baja.

—No… Solo… Me siento inútil.

—Estás vivo.

Eso no es poca cosa.

El silencio que siguió fue largo.

El único sonido era el del agua moviéndose suavemente entre los bordes de la tina.

—Lena —dijo él, con la voz quebrada—.

No quiero que me veas así.

—Así, ¿cómo?

¿Vivo?

¿Cansado?

¿Humano?

Sus palabras no eran retóricas.

Había ternura en ellas, pero también firmeza.

—No tienes que demostrarme nada, Dyan.

No ahora.

Él bajó la cabeza, las gotas cayendo desde su mentón hacia el agua.

Se frotó los ojos como si aún pudiera llorar.

Lena sumergió nuevamente la esponja, le limpió el cuello con delicadeza, y luego dejó la esponja flotando sobre el agua.

Apoyó una mano sobre su hombro.

—Puedo esperar afuera si lo prefieres.

Pero si me necesitas, estaré a un paso.

Dyan asintió sin mirarla.

Lena se levantó en silencio, le dejó la toalla colgada cerca, y salió del baño con el corazón latiéndole en la garganta.

Cerró la puerta despacio, sin hacer ruido.

Apoyó la espalda en el muro del pasillo, respirando hondo.

En ese momento no supo si era él quien se estaba reconstruyendo… o también ella.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Have some idea about my story?

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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