El Archimago se retira - Capítulo 45
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45: Interludio 4: Amarga celebración.
45: Interludio 4: Amarga celebración.
La reina Silvania saludaba con la mano en alto, dibujando una sonrisa impecable mientras el carruaje avanzaba lentamente por la avenida principal.
Todo estaba dispuesto para el júbilo popular: los estandartes ondeaban en lo alto de las torres, las campanas de la ciudad repicaban sin cesar, y los balcones estaban engalanados con flores y cintas doradas.
El desfile conmemoraba una victoria costosa, pero el pueblo no veía heridas, solo la fachada reluciente del triunfo.
Vestía un atuendo sencillo, cuidadosamente escogido para parecer cercano al pueblo, aunque los detalles finísimos en perlas y bordados de hilo de plata delataban la realeza en cada puntada.
Su cabello cobrizo estaba recogido en una trenza elaborada, entrelazada con gemas minúsculas y plata, símbolo de su rango y temple.
A su lado, su hija Eleanor Wilfrost, de apenas catorce años, la imitaba con una sonrisa tímida, la espalda erguida y el rostro dividido entre el orgullo infantil y el nerviosismo.
Seguía los movimientos de su madre, ensayados y majestuosos, como si fueran una coreografía que aún estaba aprendiendo.
Mientras el carruaje cruzaba lentamente la avenida imperial, familias enteras salían de sus casas a arrojar pétalos de flores.
Se agolpaban en las veredas, trepaban a muros y tejados para ver pasar a su reina.
Detrás del carruaje, una larga columna de jinetes de la guardia real cerraba la marcha, impecables en sus uniformes de gala, estandartes alzados al viento.
El desfile marcaba el inicio de cinco días de celebraciones.
Una vez que la reina y la princesa ingresaron al palacio, comenzó un segundo desfile, más popular: artistas callejeros, malabaristas, trovadores, músicos de la Universidad de Scabia.
En la gran plaza del mercado, los puestos de comida y ferias abrían al amanecer y no cerraban hasta bien entrada la madrugada.
Pero tras la fachada del júbilo, Silvania llevaba una carga que no podía compartir.
Una vez en su despacho, lejos de la vista del público y los cortesanos, la reina se dejó caer sobre un diván.
Se quitó los zapatos y estiró los dedos con un suspiro profundo, ajena por un instante al decoro.
—Madre… si alguien entra, podría arruinar su imagen —observó Eleanor, que entraba tras ella con paso cuidadoso.
—¿Quién va a venir ahora?
Están todos ocupados celebrando como si el mundo estuviera a salvo —respondió Silvania, cerrando los ojos un momento.
—No pareces feliz, madre.
Silvania la miró con ternura, aunque en su expresión asomaba una sombra.
Se recostó en el respaldo del diván, con una lentitud que no era fingida.
—No es nada, querida.
O… tal vez sí.
A veces las reinas deben tomar decisiones que preferirían evitar, y esa es una carga que no siempre se comparte.
Golpearon la puerta.
Una guardia apareció al instante.
—Su Majestad, el consejero Edictus ha respondido a su llamado.
—Hazlo pasar —dijo de inmediato.
—¡Madre, los zapatos!
—susurró Eleanor, escandalizada.
Silvania ni se inmutó.
Cuando Edictus entró, la encontró descalza y con el cabello ligeramente revuelto por el viento de la procesión.
Vestía su acostumbrada túnica de brocados dorados y cuello alto.
El cabello corto, peinado con precisión, y el rostro adusto, con la mandíbula siempre tensa como si reprimiera juicios no solicitados.
Caminaba como quien está acostumbrado a que se le ceda el paso incluso antes de llegar.
—Su Majestad.
Princesa Eleanor.
—Se inclinó levemente, luego tomó asiento sin que lo invitaran.
Nadie se lo impediría.
—Hice este absurdo festival como sugeriste —dijo Silvania, sin rodeos.
—Los miembros del Witan también lo consideraron necesario —respondió Edictus, acomodándose en el sillón—.
Era esencial mostrar la victoria al pueblo.
Ahora pagarán los nuevos tributos convencidos de que su sacrificio tiene sentido.
Afuera, el sol invernal se colaba por los ventanales.
A pesar de la estación, el cielo estaba despejado, como si el clima también hubiera hecho una tregua por la ocasión.
—Me importa más que quienes lucharon reciban lo que merecen —replicó Silvania—.
Compensar a las familias, fortalecer las defensas, apoyar a las torres de magia.
Sabemos que su contribución fue decisiva.
—En especial la nuestra, Majestad —añadió Edictus, con una sonrisa apenas dibujada.
Eleanor los observaba en silencio, registrando cada palabra con la atención de quien aún no sabe cuánto pesan.
—He sabido que tu aprendiz sobrevivió.
Pero no ha respondido a mi carta —dijo Silvania, entornando los ojos—.
¿Sabes algo de él?
—Uno de mis magos trajo una misiva.
Dyan solicitó permanecer en Glacius hasta recuperarse.
Debe estar gravemente afectado para no haber regresado aún.
Su entrenamiento le habría permitido viajar incluso herido.
—No pareces muy interesado en su estado —le reprochó Silvania, frunciendo el ceño.
—No es desinterés.
Cumplió su deber.
Volverá cuando esté listo.
No debemos encariñarnos con lo que fue entrenado para servir, no para depender.
Las palabras cayeron como un jarro de agua helada.
Eleanor desvió la mirada, visiblemente incómoda.
—Eres lo más parecido a un padre que tiene.
Podrías hablar con un poco más de humanidad —dijo Silvania, con un dejo de rabia contenida.
Edictus sonrió, casi con lástima.
—¿Padre?
Con el debido respeto, Majestad, eso es una exageración.
Es mi aprendiz, nada más.
Fue formado por varios maestros, no solo por mí.
No tenemos ese tipo de vínculo.
Lo respeto, sin duda.
Pero los magos no estamos para vínculos personales.
—¿Y simplemente debo esperar?
¿Ignorar que el informe de la capitana Lena dice que quedó ciego, con quemaduras, que apenas camina, apenas habla?
¿Y eso no te conmueve?
—No lo subestime.
Dyan es fuerte.
Y está bien cuidado.
Traerlo al palacio no le dará mejores probabilidades.
Nuestros magos ya hicieron todo lo posible.
Lo demás depende de él.
Silvania bajó la mirada.
Apretó los dedos contra su palma.
—¿Entonces por qué me siento tan miserable por esto?
—No se culpe, Majestad.
El muchacho volverá.
Silvania cruzó una mirada con su hija.
En ese instante, ambas sintieron lo mismo: que la pasividad era una forma cruel de abandono.
—Edictus —dijo con voz firme—.
Rezaré por su regreso, pero si no vuelve pronto, si algo le ocurre mientras tú me pides paciencia, cargarás con esa culpa.
Y los dioses no quieran que los norteños vuelvan antes de que él esté listo.
Porque lo necesitaremos.
—Está bien cuidado —repitió Edictus con calma imperturbable—.
Eso decía su carta.
—Te mintió.
No quería que vieras su fragilidad.
Lena no tuvo ese reparo.
Su informe no me deja dormir.
—Se puso los zapatos de un tirón—.
Si algo le ocurre, Edictus, no será él quien haya fallado… seremos nosotros.
El Archimago no respondió.
Se mantuvo inmóvil, impasible, como si ya supiera que en las guerras, incluso las ganadas, siempre hay víctimas que se quedan fuera del desfile.
La cena transcurría en un salón lateral del ala este del palacio, lejos del bullicio de los criados y las discusiones de los señores.
Una mesa redonda, pequeña, apenas para dos personas, ocupaba el centro de la estancia.
Las velas proyectaban sombras suaves sobre las paredes de piedra, y el aroma del estofado de caza se mezclaba con el del pan recién horneado.
Eleanor cortaba con lentitud un pedazo de pan, más por costumbre que por hambre.
Tenía la mirada fija en el mantel, y su cuchillo trazaba dibujos invisibles sobre la superficie.
Silvania, sentada al frente, la observaba en silencio, dejando que el silencio se acomodara entre ambas como una tercera comensal.
—Madre… —preguntó Eleanor por fin, con voz baja—.
¿Qué está ocurriendo, de verdad?
Silvania dejó su cuchara con cuidado sobre el borde del cuenco.
Su gesto fue sereno, pero sus ojos traicionaron un leve parpadeo de inquietud.
—¿A qué te refieres, querida?
Eleanor alzó la mirada.
Sus ojos claros, aún jóvenes pero agudos, se clavaron en los de Silvania.
—No me hable como si tuviera diez años.
¿Qué sucedió realmente en el norte?
Nadie me cuenta los detalles, simplemente hablan de una victoria, pero si fuera así no estarías tan cabizbaja.
¿Quién es ese tal Dyan?
¿Por qué te preocupa tanto?
¿Por qué nadie habla claro?
Silvania se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos sobre el mantel.
Era una mujer de porte solemne incluso en la intimidad, pero había algo maternal en su mirada esta vez, una paciencia tejida con preocupación.
—A veces el silencio no es una mentira —dijo con suavidad—.
Es una forma de proteger.
Escuchaste lo que le ocurrió, pero no quisiera decir cómo le ocurrió, porque solamente los que estuvieron ahí podrían decirlo.
Eleanor frunció el ceño.
—¿Proteger a quién?
Silvania suspiró.
Su voz, cuando respondió, fue más baja.
—A los que aún están aprendiendo a cargar con el peso del mundo.
A los que todavía tienen el corazón limpio.
—¿Y tú crees que eso me describe a mí?
—Aún sí.
Por eso no quiero que corras hacia las sombras sólo porque las ves de reojo.
Todo a su tiempo, Eleanor.
Pronto sabrás más de lo que deseas.
La joven bajó la mirada, pero su mandíbula seguía tensa.
—No me gusta que sufras sola.
Quiero serte de ayuda, madre.— Eleanor titubeó.
—Además… pareces tener miedo a algo.
—No tengo miedo.
—Silvania sonrió con un matiz triste—.
Solo culpa.
Eleanor tragó saliva.
El estofado se había enfriado en su plato.
De pronto, la cena parecía menos importante que todo lo no dicho.
—¿Puedo hacer algo?
Silvania alargó la mano y le acarició los dedos.
—Sí.
Sigue aprendiendo a liderar.
Y escucha más de lo que hablas.
Eso bastará.
Eleanor asintió, aunque aún había preguntas en sus ojos.
Se sirvió un poco de agua, y en el silencio que volvió a instalarse, comprendió que esa noche no tendría todas las respuestas.
Pero quizás, pensó, ya estaba empezando a entender las preguntas correctas.
Al anochecer, Silvania se sentó en el pequeño escritorio de su habitación.
Sacó un pergamino y, tras remojar la pluma en tinta, comenzó a escribir una vez más, con una prisa dolorosa: A la atención de Dyan Halvest, aprendiz de Edictus y servidor del Reino, Quizá fue un error escribirte directamente.
Tal vez no subestimé tus heridas, sino que simplemente no podías leer mi carta por culpa de ellas.
Esa posibilidad —según me ha dicho Lena— ha comenzado a inquietarme con insistencia.
Por eso, he dirigido esta nueva carta a su nombre, con la esperanza de que pueda leerla para ti.
No tengo certezas sobre tu estado, y esa ignorancia me pesa.
Me angustia no saber cuán graves son tus heridas, cuánto dolor enfrentas, cómo te encuentras realmente.
Eres muy joven para soportar un destino tan cruel…
y sin embargo fui yo quien te envió a la primera línea.
Perdóname por eso.
Perdóname también porque, si la necesidad lo exige, sé que volveré a hacerlo.
Me esfuerzo por ser una reina justa, pero la justicia que anhelo no siempre alcanza a todos.
No alcanza a los muertos, ni a sus familias.
No alcanza a quienes, como tú, han quedado heridos por obedecer mis órdenes.
A veces pienso en mis culpas, en la sangre que pesa sobre mis decisiones.
Me duele.
Pero no me detiene.
Espero que comprendas que este daño no fue intencional.
Me habría gustado poder cuidarte con mis propias manos…
pero cada uno tiene su deber, y el mío es gobernar.
Según Edictus, el tuyo era estar allí.
Confío en que Lena te brinda el cuidado que mereces.
Aún no la conozco bien —como a tantos capitanes—, pero hay algo en sus palabras que me hace pensar que es más dulce de lo que aparenta.
Tal vez el refugio que te ofrezca sirva de consuelo.
El invierno está en su apogeo, y esta carta puede tardar mucho en llegar.
Tal vez tu respuesta demore aún más.
Aun así, no dejas mi pensamiento.
¿Podrás perdonar a tu reina por la carga que puso sobre tus hombros?
Quiero creer que sí, porque en tus ojos vi una fortaleza que sé que regresará.
Joven Dyan, mi mente y mi corazón esperan noticias tuyas.
Me preocupa tu estado, sí, por culpa…
pero también por algo más.
Porque aún queda un largo camino por recorrer, y no deseo que este sea su final.
Te pido, con descaro y sin remedio, que me escribas.
Cuéntame de tu estado, de tus progresos, de tu ánimo y tus dolores.
No para halagarme ni para fingir, sino con sinceridad.
No quiero consuelo, quiero verdad.
Dime que estás mejor —pero solo si es cierto—.
Ojalá lo estés.
Para que puedas regresar.
Para que esta vez, aunque sea un poco, me dejes cuidarte yo.
Para aplacar esta culpa.
Para calmar esta preocupación que no me deja dormir.
Vuelve pronto.
Con respeto, Silvania de Wilfrost Reina de los Inviernoeternos REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!
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