El Archimago se retira - Capítulo 46
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46: Capítulo 12: Voces del deber.
46: Capítulo 12: Voces del deber.
La habitación aún olía a ungüentos, a lino limpio y a la leña húmeda que crepitaba en el brasero.
La nieve golpeaba suavemente contra los postigos cerrados, como si el mundo allá afuera se resistiera a perturbar el silencio que reinaba en el interior.
Dyan yacía semierguido entre almohadas, con el torso vendado y los ojos velados por una fatiga persistente que lo mantenía más cerca del sueño que de la vigilia.
Lena se sentó junto a su cama, con la espalda recta pero los hombros levemente vencidos por el cansancio.
En sus manos sostenía el pergamino lacrado con el sello real, que había llegado esa mañana con un jinete exhausto.
No era frecuente que una carta así fuera entregada a un soldado convaleciente.
Mucho menos una firmada por la Reina en persona.
—¿Estás listo?
—preguntó en voz baja.
Dyan parpadeó, movió apenas los dedos sobre la manta.
Asintió sin hablar.
Lena rompió el sello con cuidado.
Sus ojos recorrieron las líneas escritas con una caligrafía firme y elegante.
Carraspeó una vez, y luego comenzó a leer en voz alta: “A la atención de Dyan Halvest, aprendiz de Edictus y servidor del Reino…” La voz de Lena, templada y grave, se fue adaptando al tono de la carta, como si tejiera las palabras con hilos suaves sobre la herida abierta del muchacho.
A medida que leía, su expresión cambiaba: ceño fruncido cuando la reina confesaba sus dudas, una sombra de ternura al mencionar el deseo de cuidarlo con sus propias manos.
“Calma mi corazón, por favor.
Dime que estás mejor, pero no me mientas para hacerme feliz…” Lena hizo una pausa, tragando saliva.
El cuarto se llenó con el crujido de la madera al dilatarse por el calor del fuego.
Cuando levantó la vista, encontró los ojos de Dyan fijos en ella.
Había algo distinto en su mirada: no era dolor, ni agotamiento.
Era un asomo de vida.
—No sabía que le importabas tanto —murmuró Lena, dejando el pergamino sobre la mesa de noche.
Dyan intentó hablar, pero solo logró un suspiro ronco.
—No hace falta que digas nada —continuó ella, tomándole la mano con suavidad—.
Vas a mejorar.
No por ella, no por mí.
Por ti.
Porque aún te queda mucho que hacer, y porque… no mereces quedarte roto.
El silencio entre ambos fue largo, pero no incómodo.
Lena no soltó su mano.
—Cuando estés más fuerte, le responderás —dijo al fin—.
Pero hasta entonces, deja que este cuarto te proteja.
Deja que te cuide.
Dyan cerró los ojos por un momento.
Últimamente le ardían con cierta frecuencia; una señal, quizás, de que su vista al fin comenzaba a regresar.
No quería hacerse ilusiones, pero esa posibilidad lo mantenía en vilo, como si su cuerpo temiera confirmar lo que su alma tanto deseaba.
Apretó suavemente la mano de Lena.
—Gracias por todo.
No sé cómo podré devolverte todo lo que has hecho por mí.
—Sonrió, y esa vez, la sonrisa fue completa, como si el recuerdo del muchacho que alguna vez fue empezara a regresar poco a poco.
—Una parte de mí no quiere irme.
Lena lo interrumpió antes de que el peso de esas palabras se hiciera más denso.
—No pienses en eso aún.
Me salvaste la vida, Dyan.
Y… eres el primer mago al que realmente aprecio.
—Lo miró con franqueza, con una dulzura que rara vez dejaba salir—.
Esta casa también es tuya.
Y… contigo aquí, no me siento tan sola.
Dyan abrió los ojos.
Esta vez, la niebla no era total.
Pudo distinguir el contorno de Lena, y detalles de su rostro que antes se le escapaban.
Sus facciones se formaban como si emergieran de un sueño, y aunque aún borrosas, eran sin duda reales.
La mejoría, paradójicamente, le trajo una mezcla confusa de alivio, ansiedad y miedo.
Recuperarse significaba volver al deber.
Volver a marchar.
Alzó la mano izquierda con lentitud.
Con un leve gesto, la llama de la lámpara de aceite se extinguió.
La penumbra abrazó la habitación.
—¿Recuperaste tu magia?
—preguntó Lena, conteniendo el aliento, guiando su mirada hacia el rostro de Dyan en la oscuridad.
El brasero crepitó suavemente, arrojando una luz cálida y tenue.
—Un poco —susurró él.
Dyan trazó un círculo en el aire, su dedo índice brillando con una luz plateada.
Pequeñas burbujas luminosas comenzaron a brotar del aire mismo, flotando con gracia en la habitación, rebotando suavemente entre sí.
Eran como luciérnagas de invierno, vivas y efímeras.
—Es hermoso —dijo Lena, con una mezcla de sorpresa y ternura.
Su cabello rubio reflejaba los destellos de las burbujas, y sus ojos brillaban con una chispa infantil.
Rió suavemente, una risa tímida, y llevó la mano de Dyan junto a la suya mientras seguía con la mirada la danza de las luces.
—Es un regalo para ti —dijo él, con la voz quebrada—.
Espero que me recuerdes cuando haya partido… porque yo nunca podré olvidarte.
Lena sonrió, con los ojos húmedos.
—Claro que te recordaré —iba a decir que no quería que se fuera, que le daba miedo lo que lo esperaba allá afuera, pero no pudo pronunciarlo.
No todavía.
Las semanas siguientes marcaron el lento y doloroso regreso de Dyan a su cuerpo, a su voluntad, a sí mismo.
Con cada amanecer caminaba con más firmeza.
Al principio, avanzaba por el patio interior guiándose con la palma contra la pared, tambaleante.
Luego comenzó a caminar sin apoyo, despacio, con pasos medidos, pero seguros.
Su vista mejoraba, los colores volvían como una pintura que alguien limpiaba con delicadeza, y los contornos dejaban de confundirse.
Ya no tropezaba con los muebles, y podía acompañar a Lena al mercado o verla entrenar bajo el sol del mediodía.
Una mañana, mientras el agua hervía para el desayuno, Lena estaba de pie tras él, peinando con delicadeza el cabello largo de Dyan.
—No tienes que hacer esto cada día —protestó él con una sonrisa avergonzada.
—Tu mano derecha sigue herida.
Además, me gusta tu cabello.
Es suave, y ese color es raro por aquí.
—A veces me da vergüenza —dijo Dyan, sintiendo las mejillas encenderse.
—¿Vergüenza ahora?
Te he visto desnudo muchas veces y ¿te sonrojas porque te peino?
—rió Lena con suavidad, sujetándole el cabello en una coleta alta con un lazo oscuro.
—En el baño no hay muchas opciones… pero esto… Lena lo abrazó por detrás, su mentón apoyado en el hombro vendado de Dyan.
—Déjame cuidarte hasta el final.
¿No harías tú lo mismo por mí?
Dyan bajó la cabeza y asintió.
—No tiene sentido discutir con la capitana.
—Veo que también recuperaste el sarcasmo, mocoso atrevido —dijo ella, besándole la mejilla con un gesto fugaz—.
Te voy a extrañar mucho.
—Yo también.
Estos días han sido… los más cálidos que recuerdo, incluso con las heridas.
—Entonces no los desperdiciemos.
¿Cocinas conmigo?
Él la miró con afecto.
—Claro, me encantaría.
Los días se volvieron una especie de milagro cotidiano.
Cada uno robado al invierno que comenzaba a ceder.
Dyan ya podía viajar, si así lo deseaba.
Pero no lo hacía.
Alegaba que aún necesitaba sanar, que las cicatrices debían cerrarse del todo.
Lena no lo contradecía.
Seguía curando sus heridas con esmero, cambiando vendas, aplicando ungüentos, aferrándose a la rutina compartida como si pudiera posponer lo inevitable.
Una tarde, mientras entrenaba en el patio, Lena empuñaba su espada con una precisión que rozaba la danza.
Cada mandoble cortaba el aire con elegancia.
Su cuerpo brillaba de sudor, los músculos tensos bajo la ropa ligera.
Era fuerza hecha carne.
Dyan la observaba desde el umbral, como lo hacía cada día.
—¿No crees que te hace falta algo de músculo en esos brazos?
—dijo Lena sin mirarlo, mientras hacía girar la espada en un movimiento circular perfecto.
Dyan se incorporó, se quitó la túnica y bajó los pies al suelo con firmeza.
—Quizá me vendría bien algo de ejercicio.
Creo que ya estoy listo para intentarlo.
Las vendas cubrían aún parte de su abdomen y la mano izquierda.
Las cicatrices no desaparecerían del todo, pero ya no dolían.
—Muy bien.
Toma mi espada —dijo ella, arrojándosela con facilidad—.
Con cuidado.
Pesa más de lo que parece.
Dyan la atrapó con ambas manos.
El acero le pareció más denso que cualquier grimorio.
Lena se acercó por detrás y le rodeó con los brazos.
—Endereza la espalda.
Así.
—Acomodó su postura con precisión—.
Te ves más alto sin esas túnicas de viejo sabio.
—Mi maestro me la regaló.
—Pues deberías buscar algo que acentúe que aún eres joven —le dijo, pasando la mano por su espalda.
Luego le guiñó un ojo—.
Tienes buena estatura, y con un poco más de entrenamiento, serías un espadachín más que decente.
—¿Tú crees?
—susurró Dyan, notando cómo sus brazos temblaban.
Sostener la espada al nivel de los ojos no era tan fácil como ella lo hacía parecer.
—Yo lo sé —Pues enséñeme como mejor le parezca, capitana.
— Dyan sostenía una espada de entrenamiento con ambas manos, visiblemente incómodo por el peso, aunque firme.
—No es cuestión de fuerza —explicó Lena con paciencia, colocándose detrás de él—.
Es equilibrio, es saber desde dónde nace el golpe.
Colocó sus manos sobre las suyas, corrigiendo el ángulo de la hoja.
Dyan tragó saliva.
Sentía la calidez de Lena detrás de él, la firmeza tranquila de su voz.
Durante semanas lo había visto al borde de la fiebre, sin poder moverse de la cama.
Ahora estaba de pie, con la pierna aún adolorida, el brazo torpe, pero de pie al fin.
—Relaja los hombros —murmuró ella—.
Si levantas tanto los codos, te vas a exponer.
—¿Así?
—preguntó él, corrigiendo apenas.
—Mejor.
Ahora intenta un tajo horizontal.
Lento.
No tienes que impresionar a nadie.
El movimiento fue torpe, pero efectivo.
Lena asintió con la cabeza y se colocó frente a él, alzando su propia espada de madera.
—Golpéame.
Y no tengas miedo de hacerlo —le dijo con una sonrisa—.
Te aseguro que puedo detenerlo.
—¿Y si no?
—Entonces tendrás que cargarme de vuelta a casa.
—respondió, burlona.
Dyan rió, y la espada cayó ligeramente.
—Vamos, Halvest.
Estoy dándote permiso para golpear a tu capitana.
—Eso suena como una trampa.
Lena rio también.
Era una risa breve, baja, que no solía regalar.
Se miraron apenas un segundo más de lo necesario.
Durante la siguiente hora practicaron formas básicas.
Dyan transpiraba, resollaba, y el dolor en su costado se hacía más agudo con cada movimiento, pero no se detuvo.
Lena lo corrigió con gestos suaves, sin levantar la voz.
Ya no era su capitana, o no del todo.
Era la mujer que lo había cuidado, que le había leído una carta con la voz quebrada, que no se atrevía a hablar del mañana.
Cuando el sol comenzó a hundirse, Lena bajó la espada y lo observó en silencio.
El aire se había vuelto más frío, y las sombras se alargaban entre los árboles.
—No te exijas tanto —dijo al fin—.
Lo estás haciendo bien, más de lo que esperaba.
Pero no tienes que demostrarme nada.
Dyan asintió, bajando la mirada.
—Sé que nos queda poco tiempo.
—¿Por qué lo dices?
—Porque tú lo sabes también.
Ella no respondió de inmediato.
Caminó hacia él, y le quitó la espada de las manos.
—Sí —dijo, sin alzar la vista—.
Nos queda poco tiempo.
Ambos permanecieron en silencio un momento.
Dyan sentía el corazón latirle en la garganta, no por el ejercicio, sino por la certeza de lo que venía.
La guerra no se había detenido.
Él apenas estaba sanando.
Y Lena… Lena tenía órdenes que cumplir.
—Entonces —dijo él finalmente—, ¿Continuaremos mañana?
Lena asintió.
Pero antes de girar para volver al campamento, se detuvo junto a él y le rozó el brazo con los dedos.
—Sí —dijo, con suavidad—.
Mientras podamos.
El invierno comenzaba a retirarse, dejando atrás los días nevados.
El viento, más templado, traía consigo el aroma fresco de las coníferas y las primeras flores que se atrevían a brotar.
El aire de la mañana se colaba por las ventanas abiertas de par en par, llenando la cocina con la promesa de una estación nueva.
Lena observaba a Dyan desde la mesa, con una ceja ligeramente alzada.
—¿De verdad sabes lo que estás haciendo?
El mago alzó la vista, con una expresión serena y satisfecha.
—Te he ayudado lo suficiente como para aprender algunas cosas.
Huevos y tocino no es precisamente alquimia avanzada.
—¿Seguro que no necesitas ayuda?
Dyan se acercó con una sartén en mano, donde reposaban unos huevos revueltos y lonchas de tocino crujiente.
En su rostro brillaba una sonrisa orgullosa, como si acabara de lograr una hazaña.
Dejó la sartén cerca de Lena, invitándola a admirar su creación.
—Sorprendente… para alguien que no sabía distinguir una cuchara de una espátula hace unos meses.
—Si cocinas con amor —dijo mientras tomaba asiento con una taza de infusión de manzanilla—, la comida sabe mejor.
Lena sonrió, divertida.
—¿Así que ahora quieres ser dueño de casa en vez de mago, cocinando con amor para tu joven esposa?
Dyan vertió agua caliente en su taza, donde Lena ya había colocado el polvo de bayas tostadas.
Luego se sirvió a sí mismo y se sentó frente a ella.
—No suena mal.
Solo falta la joven esposa.
—La sonrisa que acompañó sus palabras fue más tenue, casi como una pregunta velada.
Lena frunció el ceño con fingida molestia y se inclinó sobre la mesa para apretarle la mejilla.
—Te estás volviendo muy insolente, ¿lo sabías?
¿Acaso parezco una anciana?
Solo te llevo… ¿seis?
¿Siete años?
—Estoy bromeando —susurró él, tomando su mano entre las suyas.
Deslizó el pulgar suavemente sobre la piel blanca de sus dedos.
—Lo sé… —murmuró Lena, sin poder contener la sonrisa.
—Gracias por la comida.
En los últimos días, sus momentos juntos se habían llenado de una calidez sencilla y real.
A veces, mientras comían, se encontraban tomados de la mano, aunque eso los obligara a maniobrar los utensilios con torpeza.
Otras veces simplemente se sentaban juntos en el patio interior, bajo las ramas retorcidas del parrón, hombro con hombro, mirando el cielo.
Cuando salían, tomaban caminos más largos, y si se aventuraban fuera de la ciudad, caminaban hacia el río para huir de las miradas ajenas, con los dedos entrelazados y los silencios colmados de presencia.
Pero cada instante, por perfecto que fuera, llevaba consigo el susurro de la despedida.
Como si algo esperara, paciente, agazapado en una esquina del tiempo.
No habían terminado el desayuno cuando llamaron a la puerta.
Dos golpes secos, espaciados.
No fueron fuertes, pero resonaron como si una montaña se desmoronara al otro lado del umbral.
Lena se levantó de inmediato.
—Yo voy, no te preocupes.
Dyan sostuvo su mano un segundo más, como si ese gesto pudiera posponer lo inevitable.
La miró con los ojos cargados de una angustia sin nombre.
—Tranquilo —dijo ella, con voz suave—.
Quizá solo es el cartero.
Pero los dos sabían que no lo era.
El mago siguió con la mirada a Lena mientras ella se alejaba hacia la puerta.
Su corazón golpeaba con fuerza, y cada paso de la capitana retumbaba como un eco eterno en su pecho.
Por un instante, se irguió sobre la mesa, impulsado por el deseo irracional de detenerla, de aferrarse a ella y no dejarla ir nunca más.
Pero al final, mientras ella abría la puerta, Dyan se dejó caer de nuevo sobre la silla, sintiendo cómo el nudo en su garganta se apretaba sin piedad.
Cada minuto que Lena pasaba lejos se alargaba como una aguja clavándose lentamente en su alma recién recompuesta.
Y entonces, ella volvió.
Apareció en el pasillo con una sonrisa apenas dibujada, de esas que no engañan a nadie, mucho menos a él.
Sus ojos hablaban con más verdad que sus labios: estaban cargados de tristeza.
En su mano, una carta.
Una carta con el sello real.
Lena se la tendió sin rodeos.
—Parece que te busca la reina.
—Se sentó de nuevo frente a él, soltando un suspiro largo, como quien libera un peso insoportable.
Bajó la mirada y se quedó observando su reflejo en la taza casi vacía.
—Lo lamento, Dyan.
De verdad lo lamento.
—Su voz era un susurro quebrado.
—Climberland me ha llamado al servicio.
Se han registrado movimientos en la frontera chinsonita.
Partiremos al amanecer.
Cada palabra fue una roca cayendo sobre sus hombros.
Lena continuó, sin levantar la mirada.
—Hay un carruaje esperando fuera.
El consejero real te ha citado en palacio.
Se espera que partas de inmediato.
No necesitaba leer la carta.
El pergamino le quemaba en las manos como si ya conociera su contenido.
Su rostro, ya pálido, se volvió casi traslúcido, y aunque la respiración se le hizo pesada, se mantuvo erguido.
El silencio que siguió fue de esos que no consuelan, que no calman, que solo agravan.
Un silencio amargo, hecho para quebrar almas.
Lena se levantó y lo rodeó con sus brazos fuertes.
—No quería despedirme así de ti.
Dyan sintió el peso del momento apretándole el pecho.
Se apoyó contra ella, buscando en su calor la última chispa de algo que pudiera retener.
—Lena… —Alzó la vista, y al encontrar la suya, descubrió sus ojos llenos de lágrimas.
—¿Puedes abrazarme un poco más?
Solo… un poco más.
—Estiró la mano y acarició el rostro de quien le había devuelto la vida.
—No te imaginas cuánto te voy a extrañar.
—Oye —susurró Lena, sonriendo entre lágrimas—, hablas como si no fuéramos a vernos nunca más… Ambos somos guerreros.
Nos encontraremos en el frente, y si te tomas unas vacaciones, puedes venir aquí.
Esta siempre será tu casa.
Y si paso por la capital, pasaré por Scabia para verte… Sus palabras se diluían bajo el peso de las lágrimas, que caían una tras otra sin contención.
—También puedes escribirme.
Y aunque no me guste hacerlo, prometo responder… Lo prometo.
Dyan intentó secarle el rostro, pero Lena tomó su mano y la llevó a sus labios.
La besó con una ternura desesperada, una y otra vez, sus labios temblando sobre su piel.
El mago se puso de pie y la abrazó con fuerza.
Sentía los sollozos de Lena contra su pecho, y los propios, silenciosos, como una tormenta interna sin lágrimas visibles, le desgarraban por dentro.
—Gracias por todo.
—Susurró contra su cuello—.
Estos meses han sido los más dulces, los más amables que he vivido.
Te quiero, Lena… te quiero mucho.
—Yo también —susurró ella, apretándolo—.
También te quiero mucho.
La despedida no se alargó más de lo inevitable.
El carruaje esperaba, inmóvil e implacable.
Cuando Dyan salió de la casa, llevaba solo su báculo de almendro y la carta con el sello real.
Pero en su corazón se llevaba algo mucho más valioso, algo que jamás dejaría atrás.
Antes de que el carruaje partiera, Lena lo ayudó a subir y, por última vez, le limpió el rostro como tantas veces lo había hecho.
Con manos temblorosas, alisó su cabello plateado y lo miró directo a los ojos, con una intensidad que parecía querer esculpir su imagen en su alma.
—No te olvidaré… nunca.
—Susurró con voz rota.
Dyan apretó los labios, aferrándose a su báculo para no rogar quedarse.
—Te quiero.
—Fue lo último que dijo antes de cerrar la puerta.
El carruaje se puso en marcha, y mientras se alejaba por las calles empedradas, Lena se quedó allí, con el corazón en un puño, deseando en silencio que se detuviera.
Pero no ocurrió.
Ni ella se atrevió a pedirlo cuando pudo.
Porque al amanecer, ella también partiría.
Y así fue.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com