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El Archimago se retira - Capítulo 49

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49: Capítulo 13: El tiempo 49: Capítulo 13: El tiempo Los primeros rayos del sol caían oblicuos sobre el rostro de Finia, que se había apoderado de la cama como si cada rincón del aposento le perteneciera.

Dormía atravesada, con los cabellos ondulados desordenados sobre su cara y las sábanas, una red de serpientes castañas.

Una pierna asomaba entre las frazadas, como un pilar inamovible, y sus pequeños ronquidos llenaban la habitación con un aire apacible, entrañable.

Dyan se detuvo en el umbral, contemplándola.

La veía tan relajada, tan serena.

Aún era esa niña inquieta que, sin embargo, podía dormir como un tronco.

Había madurado, sí, pero seguía siendo ella en el fondo… y quizá también en la superficie.

Entró con suavidad y se sentó a su lado.

Con cuidado, apartó los rizos de su rostro.

Finia se quejó en un murmullo, solo para girarse hacia él y estirar una mano en busca de compañía incluso en medio del sueño.

Dyan sonrió.

La adoraba con el alma.

Tenerla cerca, sin preocupaciones, sin deberes urgentes, había sido el mayor alivio para su espíritu.

Y en esa calma, inevitablemente, regresaba a él un nombre.

Un recuerdo dulce y amargo a la vez.

Un nombre que aún dolía: Lena.

Cabellos dorados, sonrisa tensa, la voz impostada para parecer más fuerte, brazos firmes que lo habían abrazado cuando más lo necesitaba, cuando aún era un joven perdido y roto.

Y luego, la distancia.

El abandono.

¿Seguiría en Glacius?

El pensamiento era una grieta por la que se filtraba la humedad de la memoria, como en las casas viejas que esconden el moho hasta que llega el invierno.

Finia tanteó con la mano sobre la cama hasta encontrar la suya.

—Solo un poco más —susurró, aún sumida en el sueño.

Dyan sostuvo su mano con ternura, procurando no arrancarla de ese descanso profundo.

El rostro relajado de la niña disipó la oscuridad que había asomado en su mente, como el sol borrando el hielo del alfeizar.

—Ya es primavera —murmuró, con la vista puesta en el río que corría sin pausa más allá de la ventana.

Los pajarillos comenzaban a cantar más temprano en los últimos días.

Se posaban entre las ramas del aromo que cubría el patio trasero, justo frente a la ventana.

Su trino era una promesa, como el calor que regresaba con la estación.

Para Dyan, ambas cosas lo eran: trino y sol, esperanza renovada.

Y más aún después del pensamiento que había germinado en su mente mientras Finia dormía a su lado.

Ella abrió los ojos lentamente.

—Tengo hambre —dijo con una sonrisa, apretando su mano—.

Dormí tan bien.

Me encanta dormir así… ¿Por qué será que duermo tan bien aquí?

—No lo sé, quizás ocupar la cama de otros te ayuda a dormir mejor —respondió él con ironía suave.

Finia rió.

—Me gusta dormir a tu lado.

Dyan le revolvió el cabello.

—Te estás mal acostumbrando, traviesa.

Dijiste que la vez anterior era la última.

—Esta sí que fue la última, lo prometo —dijo, aunque ambos sabían que no lo sería.

Observó el rostro de Dyan.

Siempre le habían fascinado sus ojos, cómo destellaban bajo la luz del sol, como si contuvieran plata líquida o acero viejo, según la hora del día.

—Vamos a desayunar.

Frila debe estar por llegar, junto a nuestra pequeña ayudante.

—Creo que no le agrado a Frila… ¿Por qué será?

Cadin es tan dulce, pero Frila es muy tímida conmigo.

Me gustaría acercarme a Casia también, tenemos casi la misma edad.

Dyan le acarició la mejilla con un gesto suave.

—Paciencia.

También eres una niña dulce y amable.

Ellas lo verán, con el tiempo, y se acercarán a ti.

Finia hizo un puchero.

—Está bien… me cuesta tener paciencia, pero lo intentaré.

Ya caerán.

—Sonrió—.

Hoy voy a estrujar las mejillas de Cadin hasta el hartazgo.

—No te pases con ella.

—¡Pero es que son tan…!

—Hizo el gesto de apretarlas con la mano—.

Son tan suaves… Rieron juntos.

El torbellino llamado Cadin no tardaría en llegar.

—Vístete.

Iré a preparar el desayuno —dijo él, poniéndose de pie—.

Te espero abajo.

Dyan se dirigió a la puerta.

Su largo cabello plateado se agitó levemente con sus pasos.

—Papá… —dijo Finia, justo antes de que él cruzara el umbral.

Dyan se detuvo y giró para mirarla—.

Te amo.

Dyan sonrió.

—Yo también te amo.

Apúrate, que si llega Cadin, se comerá tu desayuno.

—¡Cierto…!

—exclamó Finia, incorporándose de golpe.

Mientras preparaba el desayuno, la mente de Dyan revoloteaba entre ideas nuevas, nacidas durante la noche.

Su pensamiento, más inquieto que nunca, no lograba calmarse; sentía que el tiempo le corría en contra.

Había una promesa, una deuda silenciosa con Silvania, que llevaba demasiados años pesando sobre él.

Y por primera vez en mucho tiempo, comenzaba a vislumbrar una oportunidad de hacer girar el reloj en sentido contrario.

Aquella posibilidad, aunque tenue, le insuflaba una fuerza renovada.

Tomó una cuchara de madera y la hundió en un frasco de miel, vertiéndola en la leche que había dejado calentar sobre la estufa.

A un costado, el pan blanco y unos bollitos de canela, comprados el día anterior a Melia, la panadera del pueblo, se doraban lentamente.

En la mesa ya reposaban queso, mantequilla, y mermeladas de fresa y albaricoque.

Sin darse cuenta, aquella simple tarea diaria —preparar el desayuno para Finia y sus pequeñas visitantes— se había vuelto una rutina entrañable.

Cada día le ponía más dedicación y cuidado.

Donde antes había solo té, pan y mantequilla, ahora había bollería, leche caliente, quesos, y platillos improvisados con un toque de creatividad.

Sus habilidades culinarias se habían ido puliendo sin pretenderlo.

Revolvió la leche, y el dulzor de la miel comenzó a impregnar el aire del comedor.

Luego, puso mantequilla en la sartén y, mientras se derretía, picó finamente una cebolla.

La dejó caramelizar a fuego lento hasta que su color fue dorado y su aroma invadió la casa.

Entonces rompió varios huevos y los revolvió suavemente sobre la mezcla.

Sal, pimienta, y el desayuno estaba listo.

Sirvió todo en la mesa, colocando cuatro tazas —ya habituales— junto a los platos.

Entonces oyó los pasos en la escalera.

Finia se detuvo en el altillo, con los ojos bien abiertos.

—Por todos los dioses… —exclamó, dramatizando con una mano sobre el pecho—.

¿Piensas enviarme de regreso a Scabia en carretilla?

Desde que llegué siento que he subido cinco kilos.

—Se cruzó de brazos, fingiendo indignación.

—Ven a comer antes de que se enfríe —respondió Dyan, alzando la taza con la leche endulzada en dirección a ella.

Sus miradas se encontraron.

Sonrisas tranquilas, cálidas, casi sorprendidas por la serenidad que ambos experimentaban.

Era un tipo de paz al que no estaban acostumbrados, pero que comenzaban a aceptar como propia.

Habían decidido —sin decirlo— dejar de avanzar por el sendero rígido del deber, al menos por un tiempo, y caminar otro paralelo, uno más humano.

Uno donde los abrazos reemplazaban las órdenes y las sonrisas sustituían la ausencia.

Finia bajó de un salto e infló el pecho.

—Hoy haré el almuerzo yo.

—¿En serio?

¿Recuerdas tu último intento?

—¡No me lo recuerdes!

Era una niña entonces —replicó con un puchero, mientras tomaba asiento.

Inspiró profundamente al recibir su taza—.

Creo que he aprendido lo suficiente viéndote.

—Sonrió, abrazando la taza con ambas manos—.

Gracias.

Su rostro brillaba.

Las pecas salpicadas en sus mejillas rosadas, combinadas con sus rulos indomables, le daban un aire de caos encantador.

Había madurado, sí, pero su esencia seguía allí.

Dyan pensó que quizá la Torre la había vuelto más seria, más sombría… y que él, sin querer, también había contribuido a endurecerla.

Pero ahora, en Gavendell, la capa de frialdad que alguna vez la cubrió comenzaba a deshacerse.

Día tras día, volvía a parecerse a aquella niña traviesa que alguna vez corrió a su lado, tomándolo de la mano.

Finia tomó una tostada, la cubrió con la mezcla de huevo y cebolla, le espolvoreó un poco de pimienta y le dio una gran mordida.

Levantó las cejas con gesto de aprobación, los ojos sonriendo mientras masticaba.

Dyan se sentó junto a ella, vertió leche en su propia taza y, tras un breve silencio, habló: —¿Alguna vez has pensado en la naturaleza de la magia de sanación?

Finia se limpió la comisura de los labios y lo miró con curiosidad.

—¿No es una manifestación de la magia divina?

Eso dicen los textos… —bebió un sorbo antes de continuar—.

La verdad, nunca me lo he planteado demasiado.

Siempre me ha bastado con manejarla.

Aunque desde que llegué aquí, cuestionar las bases se ha vuelto algo común.

—Si lo analizas bien —dijo Dyan mientras se preparaba su propia tostada—, la magia curativa básica cierra heridas.

Pero los conjuros más avanzados…

hacen que desaparezcan sin dejar rastro.

Ni una cicatriz.

Como si nunca hubiera ocurrido.

—Es cierto —asintió Finia—.

Siempre creímos que las marcas quedaban por falta de poder en el conjuro.

—Se detuvo a pensar unos segundos—.

¿Tú crees que no es así?

—Justo eso estoy considerando.

Creo que los sanadores como tú tienen una conexión con algo más profundo…

algo que quizá se vincula con la magia espacio-temporal.

Ella frunció el ceño.

—¿Te refieres a esa magia peligrosa que mencionaste hace unos días?

¿”Ecoscrito”, la llamaste?

Dyan le tomó la mano con suavidad.

—No, tranquila.

Me refiero a la magia espacio-temporal, la que estamos investigando juntos.

Finia relajó los hombros y sonrió.

Dyan continuó.

—Creo que tengo cierta afinidad con la magia espacial, pero la temporal se me escapa… —dijo pensativo—.

Aunque los resultados de los últimos experimentos han mejorado contigo aquí.

Eso mismo me dio una idea.

Quizá la magia temporal se conecta con tu especialidad: la sanación.

Finia arqueó una ceja mientras le daba otra gran mordida a su tostada, sin la menor preocupación por los modales.

—Tiene sentido.

Eso explicaría algunas cosas… En ese momento, alguien golpeó la puerta principal.

Un golpe leve, familiar.

La puerta se abrió sin esperar respuesta y pasos veloces llenaron la casa.

—¡Tío mago!

¡Tía Ninia!

¡Ya llegué!

—gritó Cadin apenas puso un pie dentro.

Frila venía detrás, jadeando y suplicando en voz baja que se comportara, sin demasiadas esperanzas.

Dyan cortaba con cuidado una rebanada de queso curado cuando el golpeteo alegre en la puerta rompió la calma.

Finia se levantó con una sonrisa, sabiendo perfectamente de quién se trataba.

—¡Voy yo!

No alcanzó a cruzar el salón, cuando Cadin entró como una tormenta de entusiasmo.

Llevaba en brazos un pequeño canasto cubierto con un paño, y detrás de él, con pasos suaves y mirada baja, asomó Frila, cargando una cestita con frutas.

—¡Buenos días!

¡Traigo pan de leche!

—anunció Cadin, alzando el canasto como si fuera un tesoro—.

Y Frila trajo duraznos, lo mandó mamá.

—Agregó con una sonrisa enorme.

—Los elegí yo misma.

—musitó Frila, escondiendo una sonrisa detrás de su trenza.

Sus mejillas se tiñeron de rosa.

Finia no pudo evitarlo.

Rodeó la mesa y en un par de pasos alcanzó a Cadin, atrapando su rostro entre sus manos como si fuera un peluche viviente.

—¡Mira estas mejillas!

¿Cómo no voy a querer estrujarlas todos los días?

—dijo, mientras ella se quejaba sin mucha convicción.

—¡Tía Niniaaa, me duele un poquito!

—Es medicina para el alma —contestó ella, riendo.

Dyan observó la escena con una sonrisa cálida.

Ese instante, con el aroma del pan, las risas compartidas y la energía vibrante de Cadin, el mundo pareció detenerse.

Se hizo a un lado para hacer espacio en la mesa, y Frila tomó asiento a su derecha, colocando con cuidado las frutas sobre un plato.

—¿Cómo se siente hoy, maestro Dyan?

—preguntó ella con voz suave, mirando de reojo al mago.

—Muy bien… gracias.

—respondió.

—Feliz de tenerlas aquí nuevamente.

Frila bajó la cabeza, estaba demasiado avergonzada para mirarlo a los ojos, mientras Dyan llenaba su taza con leche tibia.

Cadin ya estaba contando alguna anécdota de su visita a las granja del pueblo y cómo había ordeñado una vaca, gesticulando con entusiasmo mientras untaba miel en su pan.

Finia la escuchaba con fingida incredulidad, haciendo preguntas absurdas para molestarla aún más.

—¿Y estás segura de que la vaca no te estaba pidiendo matrimonio?

—¡Tía, Ninia!

—Gritó Cadin apuntándola con una cuchara colmada de miel.

Las carcajadas llenaron la pequeña sala.

Frila dejó escapar una risa contenida, y hasta Dyan se inclinó hacia atrás en su silla, riendo sin reservas.

Por un instante, no hubo deberes, ni marcas arcanas, ni ciudades sitiadas.

Sólo pan tibio, manos compartiendo el mismo plato, y el calor simple de un hogar improvisado.

Después de desayunar, Finia y Cadin se lanzaron a uno de sus juegos favoritos: mover objetos mágicamente de un lado al otro del salón.

Finia cada vez lo hacía con mayor destreza, mientras la pequeña ayudante exigía retos más audaces con el entusiasmo propio de quien no conoce los límites.

Incluso pidió, por tercera vez esa semana, que la movieran a ella misma.

—¡Vamos, muéveme!

¡Aunque sea un poco!

—rogó Cadin, saltando en su lugar.

Finia señaló la pizarra colgada junto a la ventana, donde aún se leía claramente, en tiza rosa: “Regla 4: No mover a Cadin.

Aunque Cadin quiera.” —Las reglas son claras —dijo Finia con fingida solemnidad, aunque no pudo evitar sonreír.

—¡Pero si es una regla antigua!

—protestó Cadin, cruzándose de brazos con exageración—.

Ya soy más grande ahora.

Finia le revolvió el cabello con ternura.

—Y más terca también.

En el fondo, adoraba jugar con Cadin.

Su risa desbordante y su energía inagotable eran contagiosas, pero había algo más.

En ese pequeño caos, Finia sentía una libertad que nunca había tenido: la de jugar sin objetivos, sin presión, sin deberes.

Solo ser, reír y existir en un espacio seguro, por fin.

Mientras tanto, Dyan fregaba los platos con Frila a su lado, secando cada uno con delicadeza.

—Maestro Dyan… gracias por jugar con mi hermana —dijo Frila, con su voz suave y pausada, casi temblorosa—.

Viene todos los días y… puede ser un poco intensa.

Dyan le entregó otro plato, que ella tomó con cuidado.

—No te preocupes.

Finia la adora, y yo también.

Su compañía nos alegra el día —respondió con una sonrisa mientras se secaba las manos—.

Tú también eres bienvenida, Frila.

—Gracias, Maestro Dyan —repitió ella con una leve inclinación de cabeza.

—Llámame solo Dyan.

Ya no soy maestro de nadie.

Frila lo miró, sorprendida.

—¿Habla en serio?

—Por supuesto.

El momento le trajo un recuerdo inesperado.

Silvania le había dicho casi lo mismo, cuando él tenía poco más que la edad de Frila.

Sonrió para sí mismo.

A veces el tiempo era un espejo extraño, capaz de devolver imágenes que uno pensaba perdidas.

No todas eran amables, como el recuerdo amargo de la mujer que lo cuidó con ternura en sus días más oscuros, pero otras… otras traían rostros amados de antaño.

Como el de Silvania, antes de la enfermedad.

Se volvió hacia Frila, su expresión más viva que hacía un instante.

—Vamos, Frila.

Hoy vamos a hacer magia.

Ella dejó el último plato junto a los demás y lo cubrió cuidadosamente con un paño.

Luego siguió a Dyan, con pasos apresurados, sin querer perderse nada.

El patio trasero los recibió con el sol filtrándose a través de las ramas del aromo.

Más allá, los pinos y cedros dibujaban un muro verde que amortiguaba el viento.

Se oía el rumor constante del río, lejano pero presente.

En medio del jardín, sobre un tocón de madera, descansaba un durazno al que Dyan había arrancado un trozo.

Sentadas en el pasto, Frila y Finia miraban expectantes, mientras Cadin se acomodaba sobre las piernas de su “tía Ninia”.

—Este durazno fue herido —declaró Dyan con una solemnidad casi cómica.

—Tío mago… solo le diste un mordisco —intervino Cadin, levantando una ceja.

—Herido —completó Finia con una sonrisa divertida.

—Eso dije —asintió Cadin, como si siempre lo hubiera entendido.

Frila jugaba con la punta de una de sus trenzas, conteniendo la risa.

Dyan colocó la mano sobre el durazno.

Una luz suave y cálida lo envolvió mientras canalizaba magia de sanación.

Las niñas observaron con atención, pero a simple vista, nada parecía haber cambiado.

Cadin aplaudió por la luz, aunque ladeó la cabeza.

—¿Qué pasó?

—Acérquense —dijo Dyan, mostrándoles el durazno.

Frila se inclinó y examinó con atención.

Donde antes había un corte limpio, hecho por un cuchillo, ahora los bordes eran irregulares, como si la fruta hubiera intentado crecer sobre la herida.

—Los bordes cambiaron… —murmuró, casi sin aliento.

—¿Crecieron?

—preguntó Cadin, extendiendo la mano.

Finia tomó el durazno y lo observó con más detalle.

—Voy a intentar algo más —anunció, alzando una ceja.

Sostuvo la fruta en la palma y canalizó la magia curativa avanzada.

Su cuerpo se iluminó con un suave resplandor dorado.

Cadin y Frila miraban boquiabiertas mientras la luz envolvía el durazno y vibraba levemente en el aire.

—No te detengas —dijo Dyan—.

Confía en lo que haces.

Cuando la luz se desvaneció, Finia abrió los ojos y miró la fruta con incredulidad.

El corte había desaparecido.

No quedaba rastro.

Giró el durazno entre sus dedos, buscando alguna marca, una cicatriz, una imperfección… nada.

—Por todos los dioses… —murmuró—.

¿He curado un durazno?

—No —respondió Dyan, con una calma que contrastaba con la emoción del momento—.

Lo devolviste a un estado anterior.

Eso es lo que creo.

La magia de curación avanzada, en realidad, podría ser magia temporal localizada.

No sana… retrocede el tiempo dentro del cuerpo, a un momento anterior a la herida.

Cadin se puso de pie y aplaudió entusiasmada.

—¡Tía Ninia!

¡Lindas luces!

¡Te felicito!

Finia, aún atónita, le ofreció el durazno.

—Gracias —dijo Cadin, sujetándolo con ambas manos como si fuera un regalo precioso.

Mientras la niña mordía feliz la fruta “resucitada”, Finia mantenía la mirada perdida en el espacio.

Las ideas bullían en su mente.

Si Dyan tenía razón, y todo apuntaba a que sí, una parte esencial de la teoría mágica de sanación estaba equivocada.

O incompleta.

Y eso… podía cambiarlo todo.

Después de la cena —preparada entre Frila y Finia, con la participación imprescindible de Cadin—, el mago acompañó a las visitas a su casa.

Al volver, encontró a Finia sentada en el escritorio, revisando las anotaciones que había estado escribiendo noche tras noche.

Dyan encendió las lámparas y la chimenea con un leve gesto de la mano al cruzar el umbral.

Finia levantó la mirada, su rostro pálido a la luz cálida del fuego.

—Creo que entiendo lo que está pasando —dijo en voz baja—.

Papá, esto podría obligarnos a replantear muchas cosas sobre la magia.

—Señaló el florero sobre la mesa de centro—.

Lo rompí mientras estabas fuera.

Dyan apenas alzó una ceja.

El florero estaba entero, sin una sola grieta.

—Entonces mis suposiciones eran correctas.

—Creo que sí… pero también da miedo.

Si esto es cierto, alguien podría retroceder su propio reloj… o el de otros.

¿Cuánto tiempo podría abarcar?

¿Hasta dónde se puede llegar?

No dejo de pensar en los riesgos.

Dyan se acercó al escritorio y se sentó frente a ella.

—Tus miedos tienen sentido, pero es poco probable que alguien lo intente.

Primero, los magos capaces de usar sanación avanzada se cuentan con una mano.

Segundo, restaurar incluso un objeto pequeño parece requerir cantidades descomunales de maná.

Ahora imagina restaurar a un ser humano… no solo un brazo, sino un cuerpo completo.

Sería necesario un maná que ningún mago podría reunir en condiciones normales.

—En condiciones normales… sí —admitió Finia, bajando la mirada—.

Pero hay magos poderosos… y herramientas aún más poderosas.

Alguien podría intentarlo.

—En efecto —murmuró Dyan, con un leve matiz sombrío en la voz.

Bajó la mirada.

Lo había pensado.

—Un cristal como el de la Torre de Scabia… —empezó ella.

—Podría ser una fuente viable para un conjuro así —confirmó él—.

Aunque las consecuencias serían imprevisibles.

—¿Esto es solo una hipótesis, cierto?

—preguntó Finia, buscando en sus ojos una negación, una seguridad que calmara el creciente temor que sentía.

Dyan no respondió de inmediato.

—Papá… por favor, dime que no lo vas a intentar.

—Estiró la mano y buscó la suya—.

El precio puede ser enorme, papá.

Por favor… Los ojos plateados de Dyan brillaban con un tinte cálido por el reflejo del fuego.

Apretó la mano de su hija con fuerza.

—Si algo te ocurriera… la usaría sin dudarlo.

Por ti, y por quienes amo.

¿No es por eso que usamos la magia?

Si existe una posibilidad de hacer posible lo imposible… ¿no vale la pena intentarlo por amor?

Finia sintió un nudo en la garganta, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No te preocupes por mí, pequeña —dijo Dyan, con ternura—.

No haría nada que me arriesgara al extremo.

Sé demasiado bien lo que es perderlo todo.

Alzó la mano derecha.

—¿Recuerdas cuando la sanaste?

—¿Cómo podría olvidarlo?

—susurró ella, luchando por mantener la compostura—.

Fui ascendida a maga avanzada gracias a esa sanación.

Creí que moriría ese día… —No lo sabíamos entonces, pero arriesgaste tu vida por mí —dijo Dyan, acariciando su mano—.

Estuviste días en cama, con fiebre, exhausta.

Pero ahora entiendo por qué.

No solo sanaste una herida… retrocediste el tiempo de mi cuerpo hasta antes de sufrirla.

Esa quemadura la recibí a los quince años, en una batalla en el norte.

Finia abrió los ojos, haciendo cuentas mentalmente.

Ella tenía dieciséis cuando fue ascendida, lo que significaba que Dyan tenía al menos treinta y dos entonces.

Había restaurado una herida de más de quince años… y casi le costó la vida.

—Lo que hiciste fue un acto de amor —dijo él, mirándola con orgullo—.

Pero ahora… tiene un significado aún más profundo.

No solo sanaste mi mano.

Borraste más de una década de sombras que cargaba desde que era apenas un muchacho.

Por eso, si algún día llega mi turno… si tengo que devolverte lo que me diste, si debo arriesgarme por ti, o por aquellos que me salvaron del abismo… lo haré.

Sin dudarlo.

Finia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

Ya no había miedo en su rostro, sino una ternura profunda, honda, sincera.

Su padre —no solo su maestro, su padre— la miraba como si aún fuera su niña pequeña, y ella lo sentía así, con la misma necesidad de cuando era huérfana, cuando lo admiraba desde lejos y temía no estar a la altura.

—Papá… sé que harás alguna locura tarde o temprano —dijo con voz temblorosa—.

Como cuando viajaste al Fuerte Frontera con esa magia espacio-temporal que ni siquiera habías probado.

Sé que lo harás.

Pero prométeme que no me dejarás sola.

Eres todo lo que tengo.

—Jamás te dejaré.

No hablaron más de magia esa noche.

Se sentaron frente a la chimenea, abrazados.

Dyan le contó historias de sus primeros combates, de su viejo maestro Edictus, de Silvania, de los compañeros que tuvo bajo su mando y de los peligros que enfrentaron juntos.

Solo una historia guardó en silencio.

No quiso hablar de ella.

Quizá porque todavía dolía.

Quizá porque decir su nombre en voz alta era despertar un recuerdo enterrado.

Aún dolía el recuerdo de aquella guerrera de cabellos dorados, de brazos fuertes y sonrisa esquiva, pero de corazón sincero.

Su primer amor verdadero… y su primera traición.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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